Año 2534. Al caminar por el desierto patagónico, los habitantes de los domos menos poblados del Imperio Austral cantan para reconocerse a lo lejos. Es difícil tener claridad a la distancia: la niebla artificial que quedó después de la guerra desdibuja las figuras y su contorno. Circular a cielo abierto se convirtió en una aventura arriesgada: afuera hay tantos aliados como enemigos.
Muchos datos de la humanidad se perdieron después de la Gran Crisis Electrónica: horas y horas de registros audiovisuales de los siglos previos. Con el tiempo, después del peligro, los argentinos se reunieron alrededor de los fotones de las placas solares para recuperar su historia. Reconstruir su memoria resquebrajada. No faltaron discusiones, claro. Acaloradas y a los gritos. Eso empezó la violencia, que duró décadas.
La música sobrevivió gracias a quienes siguieron tocando los instrumentos que quedaban, tarareando y silbando. Se convirtió en una contraseña comunitaria, un enlace para identificar aliados. Canciones conocidas como la Palabra Rudimentaria, que pasaron de generación en generación hasta perder el origen.
—Quién escribe en mi pared— dice alguien.
—La tribu de mi calle— responde otro, para no terminar acribillado.
Se cree que esas palabras fueron compuestas por un tal Indio. Otros lo llaman In-Dío. Las versiones de los Solares, los exégetas de la Palabra Rudimentaria, difieren: hay quienes piensan que fue un profeta de origen hindú, mientras que una porción de los creyentes concibe que se trató de un habitante de estas tierras antes de la invasión europea. Algunos defienden que descendía del filósofo y pensador visual Xul. Otros dudan de que haya existido alguna vez, lo consideran una figura mítica creada para darle sentido al pasado. Todos, sin embargo, coinciden en las Diez Verdades. No es una religión, pero su credo es sólido:
·Yo soy nadie
·Yo no me caí del cielo
·El futuro llegó hace rato
·El lujo es vulgaridad
·Violencia es mentir
·Todo preso es político
·El mejor testigo se puede contradecir
·Mejor no hablar de ciertas cosas
·Cuando el fuego crezca, quiero estar allí
·Vivir solo cuesta vida
Cada 5 de junio, los fieles migran hasta las antiguas tierras de Leloir. Aunque las versiones varían y esos encuentros no están exentos de sospechas mutuas, los feligreses viajan. Por el riesgo y la tradición. Durante el Gran Baile, el evento central, se comparte la Canción de la Risa Magna. Se canta la misma frase una y otra vez: “No lo soñé”. La repiten, estirando la última vocal: “No lo soñé-é-é-é-é”. Saltan sin pensar, se sacuden con una energía electrizante. Y cantan. Para volver a habitar la realidad. Para estar verdaderamente vivos.
Antes, se lee la parábola del “Pibe de los astilleros”. Nadie sabe qué es un astillero, pero hay que respetar la Palabra Rudimentaria. A veces, algunos mezclan las canciones en combinaciones impensables: “Banderas en tu corazón, ladren lo que ladren los demás”. Los más puritanos se horrorizan ante la disonancia de la imaginación popular.
La preferida de los menores, todos nacidos por incubación, tal vez sea la melodía más enigmática: “Ñam fri frufi fali fru fi ñam fi fru”. Los chicos y las chicas repiten esos sonidos sin entenderlos, con la alegría de compartir un código secreto.
Pero esa música también supo representar una fiesta dolorosa. En la época de las rebeliones, la Resistencia protestaba por la precariedad de la vida en los domos. Al ritmo de tambores improvisados, gritaban: “Preso en mi ciudad, atrapado en libertad”. Un mantra crítico que sirvió como un eco de esperanza. El canto llegaba entre banderas al viento, con frases de la Palabra Rudimentaria pintadas a mano: “En este tiempo de plumaje blanco”, “Con el humor de los sobrevivientes”, “Nuestro Pacman no es de nadie”.
—¿Qué es un Pacman?— preguntan algunos, en un español con acento eslavo.
Nadie se acuerda. Pero no lo entregan. Lo cuidan, porque es suyo.
5/06/2026
Por Julián Berenguel




