Sobre: Memorias de la Gracia de Malva Marina Vásquez

Una vocación coral nos sorprende en estas Memorias de la Gracia, el último libro de la poeta Malva Marina Vásquez, después de Tiempo de la muerte súbita (1998) y Perla Negra (2001). Y me aventuro en las páginas de este poemario como quien ingresa a una galería de arte, una que dista mucho de la sala silenciosa y solemne de un museo vetusto, ya que invita a recorrer una exposición sonora donde resuenan múltiples ecos. En efecto, se invocan las voces de poetas y artistas latinoamericanas y, en especial de tres figuras relevantes: Gabriela Mistral, Sor Juan Inés de la Cruz y Fridha Kahlo. En este poemario, la poeta orquesta un “diálogo informe e intemporal”, proveniente del subsuelo de un olvido que comienza a disiparse gracias a una voz que “altisona” la letra de su “opus pulenta”.  La primera gracia que me asalta en este intrincado laberinto es la imagen de la portada, ese “Jardín encantado” (2011) de la escultora brasilera Ana María Pacheco. Es un bajo relieve en porcelana coloreada, cuya paleta transita del blanco de los vestidos a las tonalidades tierra de los animales, hasta llegar al cobre que funge como marco. Son cuerpos híbridos: cabezas de animales salvajes sobre cuerpos femeninos ataviados de blancos vaporosos. Se aproximan con confianza unos a otros como si compartieran una reunión amistosa.

La elección de la portada no podría ser más afortunada en este libro donde, conviene recordarlo, la acción privilegiada es la de rememorar. Y no se trata de una rememoración cualquiera, sino de la evocación de la Gracia: la mayúscula del encanto estético, la armonía y el garbo, pero, sobre todo, del don gratuito. En Memorias de la Gracia, aunque múltiples voces resuenan en sordina –desde Dostoievsky a Vallejo– la poeta ha querido ser explícita en la invocación de múltiples poetas latinoamericanas (y de un único poeta varón) que le han ayudado a urdir “los goznes de estas letras” o esa trenza que sostiene y entrelaza su voz. Se trata de un linaje o “casta ebria” que la impele con vehemencia “a graznar y pico alzar”, donde con protagonismo indiscutible se yerguen las voces de Gabriela Mistral con su sed y desvarío redoblados; el ruido sacrílego de Sor Juana Inés de la Cruz y el tesoro ilícito de los cálices colmados de Delmira Agustini. Se suman además otras voces e imaginarios de la literatura chilena: la nebulosa amalgama de víscera y mente de Diamela Eltit; el memorable reino poético de la bastarda Emperatriz, Carmen Berenguer; el ágape de voces con que Soledad Fariña entona la vocal de la tierra; el pubis ángel y cal de Marina Arrate; la pureza rabiosa de la elegía de Rafael Rubio y los desvelos en la vía pública de Eugenia Brito. Enarboladas como talismanes, estas voces nos conducen a otro sentido de “memorias”: la constatación de una existencia poética que instala su pathos en el espacio de las “sacrílegas musas” que “Te traen los ecos y reflejos de ti misma/esa vuelta al enigma/en que se perfila la letra”. La poesía de Malva Marina, como vemos, tiene una vocación coral, como apreciamos en el poema “De un primer sueño”: “Enarbola a la musa airada/Que insufla aliento en el polvo/Para irrumpir ya/en el vuelo alzada/en una algazara de voces/junto a la entrada/suntuosa de las palabras”.

Vuelvo a la palabra “gracia” y a otro de sus múltiples sentidos. En el uso cotidiano la empleamos para designar aquello que nos divierte o nos provoca risa. Malva Vásquez hace que sus palabras mismas se diviertan, desplegando una estrategia creativa singular: inventa nuevos vocablos y frases al desarticular las ya existentes. Como si retornáramos al goce infantil del juego de palabras, la “ensimismada” se convierte en “en sí y mimada”; las “trompas de Falopio” devienen “trompas de falo y opio” (pienso en poder y embriaguez); la vulva deja de ser pecaminosa para devenir “peca y mimosa”, lunar travieso y cariñoso. Incluso, la frase “Pubis angelical”, título de la novela de Manuel Puig que denuncia la utilización y postergación de las mujeres, se metamorfosea en “Pubis, ángel y cal”; vientre mensajero ideal y muerte purificadora, antesala al “vórtice de miradas” que “en un rictus mortal/abre la comisura de su boca”.

Prosigo devanando el hilo de este museo sonoro que, como “acuoso laberinto de nuestra caída”, ha dejado oír su “bárbara disonancia”, cuando en la sección final, se me interpela, con urgencia, a desvelar un olvido. El poema “El vis a vis del cobijo materno” me hace retornar a la dedicatoria del libro: “A la memoria de mi madre”. Un gesto nítido y simple que reverbera en mi galería de voces; la dedicatoria de Alejandra Pizarnik en Extracción de la piedra de la locura a su progenitora. Pero, a diferencia de Pizarnik, quien en un poema de este libro exclama: “Lloras funestamente y evocas tu locura / y hasta quisieras extraerla de ti / como si fuese una piedra, / a ella, tu solo privilegio”, Malva Marina hace alianza con todas las voces que la constituyen, especialmente, con el desvarío y la sed mistralianas. Como la mejor funambulista, se equilibra sobre la memoria rescatada, consciente de sus peligros y abismos, para recordarnos que, aunque la muerte sea cierta: “(…) el instante de una memoria es invencible/Es como el talismán de una resistencia/sin la cual nada fuéramos ya…”

Acallemos por un instante las otras voces convocadas para dejar resonar la elocuencia mayor de la lengua materna, que en el poemario encierra una paradoja; no susurra consuelo ni entona canción de cuna. Esa huella materna se proyecta en la evocación de una pintura: el “Autorretrato con caballete” de Sofonisba Anguissola; la primera mujer que logró consagrarse con éxito al arte pictórico en el Renacimiento italiano. En el cuadro Sofonisba se autorretrata mirando directamente al espectador –como hará más tarde Velázquez en Las Meninas– mientras pinta un cuadro. Estamos ante un interesante antecedente del autorretrato del pintor barroco español. La imagen del cuadro de Sofonisha corresponde a la arquetípica Virgen con el Niño, Por su parte, la figura de la pintora transmite una severa seguridad; aparece vestida de un riguroso café carmelita, apenas suavizado por los vuelos blancos de la blusa. Cabello recogido con rigor, manos aplicadas y flexibles en su labor. Lo que más destaca es la mirada franca, sin tapujos ni velos, dirigida hacia sí misma y hacia nosotros, los espectadores. Todo cuadro, al igual que un poema, existe únicamente cuando lo leemos. En ese acontecer, la pretensión de universalidad se consume en el chispazo irrepetible de la sensibilidad propia. ¿Qué se le reveló a Malva Vásquez en este lienzo? La respuesta emerge de un poema ecfrástico, “El vis a vis del cobijo materno”. En estos versos, la poeta hace resonar la memoria de la madre –o, mejor dicho, graznar la memoria de la madre– evocándola e invocándola a la vez:

Anguilas del mirar

tus pétreos ojos

en un desliz del socorro angélico

van demudando el vis a vis

del cobijo materno

Y desde tu caballete

Anguilas y serpientes

Pero

-¡Cómo no volver allí, cómo no volver!-

Si va a fermentar el pincel

si va a borrarse el nutricio edén

para mostrar el pastar al día

y el amargo beber la negra leche

de la inane edad

y su brutal despojo 

En el poema la figura de Sofonisba nos enfrenta con dureza eléctrica, desmantelando la imagen de la madre como remanso, borrando el paraíso perdido y tiñéndolo con la sangre del tiempo que, al avanzar sin retorno, convierte la blancura nutricia en negra leche amarga.  No obstante, como sugieren los versos finales del último poema del libro: “Sosteniendo un cráneo/en la cuerda floja/de la memoria”, es cierto que en el acto de recordar puede consumirse la vida; pero también puede depararnos la gracia de –al no olvidar lo vano de las vanidades y aprovechar el día– reencontrar la huella de “una perdida mirada”. Mientras ello no ocurra, lo que sí se recupera en este libro son las voces que comparten: “la cena del corazón/por nuestra gracia libremente concedida”.

Por Marianne Leighton
Fotografía de Gotthard Schuh

Memorias de la Gracia
Malva Marina Vásquez
Palabra Editorial
2025