Tener un fuego encendido era una costumbre para toda familia celta. Si se apagaba era símbolo de mala suerte, una especie de advertencia sobre tragedias por venir. Para evitar que el viento apagase el fuego durante la noche, la fogata se cubría con un biombo de madera. Si pese a esto, el viento lo apagaba, se prendía una nueva fogata con un tronco blanco, símbolo de purificación. Aprovechaban la desgracia para abrirse al cambio.
Belenos, Dios celta del fuego y el sol, cuyo nombre se traduce como “resplandeciente”, era venerado por su pueblo en la festividad “Beltayne”. Familias enteras se reunían en torno a una fogata avivada con savia, para bailar y cantar en un éxtasis inducido por la cerveza. El ganado se arreaba entre dos hogueras, con la intención de que los animales cruzaran por entre la luz de Belenos y se iluminara su pelaje, como una suerte de bendición. Para terminar con esta noche de fiesta, los paganos erigían las columnas de mayo, pedazos de madera tallados con forma de pene encendidos con la llama de Belenos, para ser introducidos en agujeros cavados por mujeres en la tierra.
Belenos, dueño del fuego y el sol, toca nuestros corazones con tu luz intensa y bendice nuestros propósitos.
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Michaux nos da una hipótesis: Dwa camina por la planicie. Un conejo se expone. Dwa le arroja una piedra al conejo, pero la piedra no le da y cae sobre otra piedra. Las piedras hacen un ruido vivo y pf. La chispa va a la hierba seca y este, es el origen del fuego.
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Las noches durante el paleolítico eran tan frías como la primera lluvia de junio. La luna no era suficiente para calentarse ni para alumbrar las cuevas, e imaginarse los temporales durante este período es aterrador. Caminos inundados y árboles derribados por el rayo deben ser parte del paisaje después del quiebre del cielo.
Del escupo eléctrico nace algo. El Homo Erectus queda maravillado ante este nuevo ente, un ser orgánico que se mueve en formas incontrolables. Baila, tirita, salpica partes de su cuerpo. Con una coloración entre fría y caliente, su blanco confunde al Homo Erectus, ese es el color de la luna, pero el amarillo rojizo es el color del sol.
No sabe si tocarlo, si echarle hojas o agua. Se acerca y de inmediato siente un calor que se infiltra entre las pequeñas aberturas de sus manos. La piel se enrojece, al parecer este nuevo ser tiene propiedades beneficiosas para nosotros. Quizás es la respuesta, aquello que dará pelea al aliento gélido de la montaña.
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Otra hipótesis: un tronco ha sido derribado por el rayo. Ahora está seco y duro. Dwa, corriendo, tropieza con el tronco y cae. Enfurecido con el tronco, lo golpea, lo rompe, frota los pedazos unos contra otros y ¡pf!, se eleva una llama y este, es el origen del fuego.
Me pregunto cuánto habrá tardado Dwa en cocinar la carne que se pudre ante el sol. Cuánto tiempo le habrá costado procesar que la llama que tiene ante sus ojos puede ayudarlo a ablandar los vegetales que crecen bajo sus pies. Cuanto tardo en hervir el agua que lo enferma del estómago cada tres días. Dwa tiene un arma, un ayudante e incluso un esclavo ante sus ojos. Cuánto tiempo le habrá costado procesarlo.
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La primera antorcha olímpica se encendió en la ciudad griega de Olimpia. Los organizadores de ese entonces, creían que el fuego debía ser encendido con los rayos del sol, para que la llama purificada por Helios nunca se apagase. Imagino la dificultad de conservar la antorcha encendida durante un mes, sobre todo teniendo en cuenta la escasez de los químicos modernos para su propósito.
Ahora, esta hazaña se ha facilitado gracias a la existencia del propano, pero en tiempos helénicos, la vida o muerte de la llama dependían en su totalidad del estado anímico del clima. El viento de Eolo podía avivar o apagar el fuego con un soplo, y el sudor del cielo era capaz de comerse las vísceras del hijo de Helios.
Es por esto, que hubo y hay más de una antorcha. A modo de precaución, se encendieron más de veinte fuegos en Olimpia, de los cuales quedan tres, guardados bajo llave. Al parecer estos fuegos, están encendidos desde el 776 antes de cristo.
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Al quemarse en la cocina, un chef ve el valor de su servicio en la carne chamuscada. Todo el dolor se traduce en un plato que acaricia las papilas gustativas. El cliente es exigente, y no se conforma con un risotto o filete miñón. Busca la experiencia, con todo y a todos los que conlleva. La sangre, sudor y lágrimas del chef que prepara el menú cada día y, por el otro, el comensal expectante por el olor a carne rostizada.
Quemarse en la cocina es parte del oficio, escribe Anthony Bourdain. Como los cortes, las quemaduras fortalecen la mente y la piel ante la presión de cuarenta comensales al otro lado de la puerta. Existe una creencia que afirma que llorar en un escenario como este permite apagar el incendio. Según ésta, tanto las lágrimas como el sudor calman los tejidos chamuscados.
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William Turner es conocido por la intensidad de sus paisajes. Experto en ilustrar las inclemencias del clima, tuvo una vida solitaria. Al ser inglés, buscó enmarcar la luz tan escasa durante el invierno. Por eso, pintó hasta el cansancio fogatas, amaneceres, y gran cantidad de incendios. Algo me dice que al joven Turner le hubiese gustado ver en llamas no solo la ciudad donde nació, sino también su hogar, vacío después de la muerte de su padre. El calor de sus pinturas fue insuficiente para mantenerlo vivo, pues nada se comparaba al abrazo de su padre. Como sus paisajes, la llama que alumbraba su vida se fue apagando de a poco.
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En La historia química de una vela, Faraday nos explica el origen del fuego a nivel molecular. El Triángulo del Fuego, como lo llama el físico, se compone del combustible, el comburente y el calor. Cuando el combustible sólido o líquido se calienta, se rompen sus enlaces químicos, liberándose gas. Una vez caliente este hálito invisible, basta con una chispa para encender la llama, que nos maravilla con sus colores oxidados.
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Un pez dorado brilla bajo el agua, iluminando la pileta. La sombra de humedad, no siempre logra evitar el caluroso abrazo del mediodía. El sol tiñe las paredes blancas del templo, al igual que las escamas del pez, faltándole el respeto al manto transparente que lo cubre. El pez, harto, se rebela: quiere entibiar el agua con su piel. El resto de algas y rocas se unen a su causa, y se dejan abrazar por la luz emanada por el koi.
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El sol pegado a la ventana, enciende las cortinas y nos obliga a levantarnos. Con rabia apago la fogata de tela al deslizar su cuerpo con un movimiento brusco. Pienso que, el repudio que sentimos por esta estrella se debe al resplandor de su cuerpo. A este señor irrespetuoso no le importa interrumpir el sueño de sus siervos.
Ponge escribe “Un sentimiento sincero y muy simple por parte nuestra, no, no podemos amar lo que resplandece en exceso, lo que el orgullo de su poder vuelve informe y turbulento, deslumbrante. No sentimos un amor excesivo hacia el oro. Acepto sus favores, a decir verdad los deseo, pero también me cubro la cabeza, no le doy más que algunas partes de mi cuerpo para dorar”.
La luz enciende tus ojos, mientras el aliento se desvanece entre las cortinas. La chispa que inició la fogata, me concede el favor de estallar en tu pelo de madera.
Por Sergio López Recabarren




