Cuando tenía 12 años mi hermana se hizo amiga de un grupo de chicxs que tenían una banda. Ella quería tener amigos con gustos parecidos que vivieran por el barrio y lo consiguió de un modo anecdótico pero casi como un conjuro: a unas tres cuadras de donde estaba nuestra casa, con un grupo de cabros jóvenes, increíblemente talentosos para el contexto modesto en el que surgieron. Tenían 16 o 17 años e interpretaban canciones de rock y metal progresivo en una pieza apretada en esa casa en la calle Parral, en Conchalí. Después de verlos quedé absorto. No sólo me encantaba el tipo de música que tocaban, sino que había algo más, la vistosidad del cuerpo concentrado, el movimiento de los pies marcando el pulso, las cabezas cayendo en el principio del compás, el estruendo de los platillos y la coordinación del bombo con el bajo, las miradas entre ellos en los momentos más álgidos me produjeron una intriga que ha resultado tener un poder sobre mí que, hasta ahora, ha sido infinito. Me afectaron de tal manera que no pude pensar en nada más durante varios años. Me he mantenido absorbido por ese impulso de querer escuchar música, muy distinta, ir a ver bandas en vivo y, en ese trance, componer e intentar conformar proyectos con otras personas. Han pasado más de veinte años desde ese momento gastando tanto tiempo, y plata, y energía y descuidando quizás cuánto más, pero todo eso todavía sigue teniendo sentido, casi todo el tiempo, parece que sí.

Estar en una banda es intenso en varios sentidos, quería escribir sobre los sentidos de esa intensidad: la pertenencia y el fiato con la banda, el creer en ella como los miembros de un equipo de fútbol creen en su equipo o como los adeptos más fieles a un partido político creen en su ideología. Hay algo distinto al estar en una banda. Pertenecer a ella y relacionarse con sus miembros tal vez sea una experiencia demasiado parecida a estar en una relación de pareja. Hay una intimidad que por momentos llega a ser abrumadora. Tener una banda es nunca “tenerla”, como nunca se “tiene” a la persona con la que uno comparte vínculos amorosos. Tener una banda es estar construyéndola y construyéndose a sí mismo del mismo modo en que se construye el vínculo amoroso con cada acción, aquí, con cada ensayo, con cada miembro, con cada nota, con el hábito y con el cuerpo. En eso hay algo, también, muy parecido a la relación sexual. Sobre todo la ejecución. Las rupturas en las bandas siempre son desconcertantes, las personas involucradas muchas veces la asimilan a una traición y emerge esa irracionalidad que es muy parecida a ese desdén excesivo a veces incomprensible que se genera con el quiebre de la relación amorosa, sobre todo cuando terminan mal, hay reproches, cobros de favores y dinero, a veces extorsiones, en los casos más duros hay demandas, a veces hay llantos y hasta agresiones físicas. 

Varios años atrás en una clase en la universidad, una profesora me interpela y me pregunta sobre el carácter masculino de las bandas, yo le digo que en mi banda hay una mujer y ella asiente, pero me mira con algo parecido a la insatisfacción. Tiempo después pienso en que había otra cosa en su observación y en su mirada sospechosa, tal vez bastante similar al modo en que se cuestiona por qué a los hombres que les gusta el fútbol parece gustarles el fútbol entre hombres más que nada. La educación y el modo en que se ha armado la representación en sus múltiples ramificaciones hace que siempre se piense distinto el modo en que se han armado nuestros imaginarios sobre el genio musical, el compañerismo, los instrumentos musicales y la tecnología. Las bandas, las de rock, que tratan tanto sobre esa camaradería se armaron en las últimas décadas a propósito de una omisión de lo femenino. A Jennifer Batten, la legendaria guitarrista de Michael Jackson le preguntaron más de una vez si era hombre. Es curioso, o quizás no tanto, cómo se omite constantemente el aporte imprescindible de las mujeres y disidencias sexuales en la música, la hermana Rosetta, Wendy Carlos y Joan Baez son, probablemente, los ejemplos más injustos. 

Llego al ensayo, agendamos los jueves en la tarde de cada semana, el proyecto ha sido armado de a poco, en nuestros tiempos acotados, en medio del trabajo, las relaciones amorosas y las mismas tocatas de una escena ínfima y precaria –a la que, supongo, pertenecemos–, donde a veces vamos juntxs o donde a veces nos topamos. Llega Maxi primero y espera leyendo, abro la sala, aislada, alfombrada, tiene una puerta doble para no molestar tanto a los vecinos y es un espacio pequeño, como todas las salas de ensayo huele a sala de ensayo, un olor a taller, a encierro, algo de olor a madera, a polvo tal vez, un poco olor a cuerpo, a veces algo de olor a cerveza o marihuana, pero lo predominante es ese olor característico al que huelen las salas de ensayo que no sabría explicar. Después llega Barb, y Lau, al final llega Vale. Nos demoramos en armar mientras conversamos de nuestras semanas, de cómo nos sentimos, si es que estamos cansadxs, dormí poco, el Nando García sacó una canción nueva, escuchemosla, he pensado en algunos arreglos cuando escuché esta canción, escuchemosla también. Nos conectamos mientras Maxi instala la batería. En la sala en general lo que se comparte son el bombo, los tambores, los atriles y el pedal. Los bateristas llevan sus platillos y su caja que, habitualmente, no se comparten, como los cepillos de dientes, a menos que haya mucha mucha confianza. Suena la estática de los monitores y a continuación el bullicio de las notas sueltas, los pedales de Vale siempre crean una atmósfera linda, aunque esté probándolos, tiene un chorus, un shimmer, un overdrive suave y un fuzz. Harta cosa. Yo no uso pedales, apenas la reverberación del amplificador. Barb enchufa el bajo directo al amplificador y Lau mueve las perillas del sintetizador que siempre tiene el problema de no sonar tan fuerte como los demás. Estabilizamos el sonido, probamos voces y a veces hay una saturación del micrófono, el más sensible, que nos deja sordos. Quien esté más cerca es quien se encarga de la mesa de sonido y le pide disculpas al resto, que se molesta brevemente. Antes de cualquier cosa la batería marca un pulso, a veces en 3/4, 6/8, mayormente 4/4, mientras terminamos de instalarnos se improvisa, a veces sale bien y estamos varios minutos siendo llevados por ese torrente de sonido, que se arma de a poquito y a veces forma un pequeño remolino que nos absorbe. ¿Estai grabando? me pregunta Lau. Nos sumamos, alguien se detiene, hay que afinar, la banda sigue, esa es la gracia. Estamos en un La y pasamos a Fa.

Hay que esperarse y a veces hay que esperarse mucho, los cables malos, la corriente, el amplificador que falla, que hay que afinar, que falta una parte de la batería, que se me acabó la pila de la guitarra electroacústica, y después, hay que mirar la parte de esta canción, que tuve una idea, pero déjame probar, pero espera que igual estamos desafinados, veamos las voces, no entiendo la letra, me la escribes, déjame anotar las notas en la pizarra, déjame probar algo, paremos, me perdí, todavía no me aprendo mis partes, nos reímos, espérame, espérame, esperamos, cómo era, así, no así, como un Re, pero con un dedo menos, no sé qué nota será, déjame ver, es un Re sus2. 

Tengo la impresión de que gran parte de los roces que he tenido en una banda han resultado por el hecho de que soy extremadamente ansioso y tengo que respirar un poco, sobre todo cuando hay discrepancias, sobre todo cuando se compone con más gente, esa área tan delicada que es la creación artística en conjunto, así que hay que respirar, escuchar, a veces la idea está buena, a veces hay que defender la idea propia, porque, porque no sé, porque me estoy jugando algo importante aquí, es urgente, es misterioso. Se puede ver, por ejemplo, en el docu de los Beatles, cuando Paul –siempre Paul– es quisquilloso con su canción, se la explica al resto y John escucha algo incómodo, George toca los acordes rápidamente ignorándolo hasta cierto punto, odiándolo harto, con justa razón y Ringo, atento, tranquilo, asintiendo, lindo siempre.

Aprendí a tocar bajo a los 13 años, en una guitarra acústica que me prestó una vecina y donde tocaba las últimas cuatro cuerdas, como si fuera un bajo y a los 14 mis papás me regalaron un bajo para navidad, hasta ese entonces nunca me había ido bien en música en el colegio, otra razón para odiar esa institución. Desde ese entonces, toqué en al menos unas diez bandas. Me he terminado yendo de las bandas enojado, diciendo no me llamen más. He salido pensando que ha sido una pérdida de tiempo y hay otras cuyo recuerdo son tesoros, he terminado bandas por acuerdo, por tiempo, por trabajos y estudios. Para dejar el hastío y para dejar de hacernos daño con los otros miembros. También he dejado de tocar como por inercia, como cuando se acaba una amistad sin decirlo, sin siquiera pensar en que puede que a esas personas nunca vaya a volverlas a ver en la vida. Nunca es igual cómo termina una banda, del mismo modo que nunca es igual el modo en que comienzan, cómo alguien decide comenzar una banda y contactar con amigxs o con otra gente, o coordinarse, o buscarse por redes, mandarse canciones y letras, juntarse primero con uno y después varios, o juntarse de inmediato tres o cuatro y sólo tocar, a ver qué sale, o empezar a masticar la idea en medio de una juerga, muy ebrios. Cuántas bandas que nunca existieron hemos pensado en medio de la borrachera y del humo. 

Lo difícil no solamente es tocar, ojalá fuera solo eso, sino gestionar las fechas, hacer una propuesta estética, ver quién hace los afiches, armar eventos, grabar, sacarse fotos, tal vez girar, tal vez hacer merch, venderlo y distribuirse en redes, streaming y en prensa. Coordinarse para y ver cómo financiamos todo eso. Pensar cuánto de esas gestiones queremos hacer, si es que nos convence eso de hacer un producto para vender y competir con el pop de masas y el género urbano en su mismo juego, que ya juegan demasiado bien. Esa suele ser la parte menos grata. Hay una historia que tiene que ver con industria y precariedad que ya ha sido contada unas cuantas veces. Supongo que había que mencionar eso también.

Una de las cosas de las que me he dado cuenta al estar en una banda es cómo uno termina vinculándose con alguien después de tocar, sobre todo después de tocar en vivo. Cuando nos hemos enfrentado al público nerviosxs, con gente con la que a veces ni siquiera somos tan cercanos, se experimenta algo interesante, una suerte de cariño rudimentario donde ambos estuvimos expuestos, ambos fuimos soportes entre nosotros. Me recuerda un poco a cómo en las series incluso los personajes que inicialmente eran enemigos se vuelven un poco más amigos después de haber enfrentado una situación crítica juntos. Al final, en Dragon Ball, Gokú se vuelve amigo de Vegeta, de Piccolo y de número 17 porque se terminan apoyando mutuamente en más de alguna contienda. Ese vínculo que se genera entre músicos, sobre todo en versiones más modestas de la actividad musical, me parece uno de los elementos más bellos de todo esto. Mi relación con hartxs amigxs de las bandas se ha construído en esas instancias, puede ser que a veces ni siquiera tengamos tanto en común, pero vivimos esto, codo a codo, fue intenso. Después de la presentación a  veces alguien la pasa mal, porque no se escucha bien, porque afloraron miedos, porque uno se expone al tocar en vivo, porque me pilló mal parado, se empieza tiritando o abrumado por la cantidad de gente, que fue mucha o muy poca, o porque en el público hay alguien que me importa mucho, así que da miedo cagarla, pero la mayoría de las veces terminamos y nos sonreímos y nos abrazamos, a veces completamente mojados de sudor, a veces agitados, a veces con la voz quebradiza, a veces muy tranquilxs. Comentamos las partes, los sobresaltos, las tensiones y los momentos más intensos. Al final, nos miramos a los ojos con gratitud y un cariño sereno.

Por Diego Márquez Arancibia

Fotografía Malick Sidibé