Vereda
Me arrastré a la puerta de entrada y la abrí de golpe para que la ambulancia pudiera encontrarme. Era algo extraño de hacer, ya que no había llamado a ni una ambulancia, así que me arrastré al final de la vereda y me senté ahí, lo que seguía sin tener sentido. Todos los condominios se ven igual, así que sería difícil encontrarme sin la puerta abierta. Había un ruido en mi cabeza y no podía costear una ambulancia, así que llamé a un amigo para que me viniera a buscar y no estaba contento. Se sentía raro. Me devolví y cerré la puerta y me quedé en la entrada de la casa esperando a mi amigo, pero no estaba parado en la entrada, estaba tirado en la vereda con mi cara apoyada en mi bolso, porque no podía pararme y estaba preocupado de que fuera a asustar a mi amigo, asi que me giré sobre mi costado y me apoyé en mi brazo débil mientras mis piernas se paralizaron tras de mí. Sostuve el bolso contra mi pecho y traté de verme casual, con mi sonrisa torcida y ojos desorbitados. Era difícil mantener mi cabeza en alto, pero seguí sonriéndole al cemento y la borrosa distancia hasta que pude ver las ruedas del auto y los zapatos de mi amigo. Sentí como que corría hacia él, pero no me movía. Los árboles eran altos y veloces en la ventana del auto. Seguía pidiéndole perdón. Estaba claro que algo había pasado y que no se iba a deshacer. En la Urgencia, la mujer del mesón no paraba de hacerme preguntas. Todas mis respuestas eran infarto, mareado, adormecido. Seguía diciendo las palabras de distintas maneras para que entendiera. No lo hizo. No me creyó. Me pusieron en la sala de espera, lo que sabía estaba mal, y me di cuenta de que había cometido un error al no llamar a la ambulancia. Seguí quedándome dormido en la sala de espera. Me veía peor. Mi cara, caída y torcida, movía sus dos lados a distintas velocidades. Volví al mesón y dije Ayuda. Me pusieron en una pieza. Nadie cree que sé lo que sé porque a veces me pierdo o lo cuento enredado. Algunas personas se quedan pegadas en lo primero que les dices y no te dejan terminar tu silogismo. Hicieron las preguntas erradas. Yo di respuestas erradas. Pensaron que estaba fingiendo. Yo dije Adormecido. Me refería a quedar adormecido, más adormecido, la mitad de mi casi todo adormecido. Me dijeron Levanta la pierna. Lo hice, un par de centímetros. Estaba pesada. Estaban enojados. Tu no estas paralizado. Seguían sin entender el punto: nada de esto era normal. Si se de algunas cosas. Estaba haciendo gestos extraños y ambiguos. Trataba de contarles sobre la puerta y la ambulancia y la vereda. El doctor decidió que estaba teniendo un ataque de pánico y me dió el alta. Alguien me llevó en silla de ruedas hasta la calle. Otra persona me ayudó a subirme al auto.
Sopa de Betarraga
Mi abuela golpea su mano contra la encimera. Los huevos chorrean, dorados y brillantes, sobre los cajones del mueble de cocina. Se ha venido a vivir con nosotros mientras se recupera de su infarto. Su discurso es desarticulado y sus movimientos convulsos. Limpio el huevo del mueble de cocina con una toalla nova, pero no soy tan alto para alcanzar la campana. Apartó los huevos y desayunamos cereales. Les vierto leche. Después del desayuno, ella empieza a cocinar, borsch, lo que suena a mala elección. No es una sopa tipo ponga-el-pollo-en-una-olla. Tendremos que picar un montón de cosas y tenemos mutua desconfianza con los cuchillos. Me subo a una silla, pico verduras con mucho cuidado, bajo su intranquila supervisión. La betarraga es un asunto serio. Surge bajo tierra mientras los manzanos se azotan toda la noche en la rojiza oscuridad del viento. A veces usamos rábanos. En el país de origen, usábamos lo que nos arrojaban. A ella no le arrojaron nada. No le creo, pero me gusta el sentimiento: un idealismo pragmático que forjaría mi sensibilidad metamoderna. Le pregunté dónde estaba el país de origen. A veces era Rusia; otros días Polonia. Las banderas cambiaron, el resto quedó igual. Pongo las verduras en un bowl. Quiero encontrar una ciudad, no reconstruir una. Casas tan nuevas que no tienen ratones en las paredes. Es la pobreza de la imaginación—el miedo a improvisar, la insistencia en bienes impecables. Agrego las verduras al caldo. Ella agrega la pimienta y el eneldo y revolvemos juntos ese brillante, edificado mundo.
Metonimia
Alguien me llevó en silla de ruedas hasta la calle. Alguien me ayudó a subir al auto. Llegamos al condominio y lograron que bajara las escaleras hasta el living, donde me dormí sobre una colchoneta que pusimos en el suelo. Me dormí, me meé, me caí de la colchoneta, me caí de la silla hablando sin parar. Los asusté, sea quien sea que fueran, la gente que supuestamente conocía. Sabía quién era James. Estaba al teléfono. Él estaba en California. No puedes quedarte ahí. Tienes que ir al Hospital. Puedes ir a otro Hospital. Me cambié de ropa. Fue como vestir un maniquí. Subiendo al auto, caí sobre el freno de mano y me quebré los lentes. En la urgencia del segundo hospital, la mujer del mesón dijo Oh no, le dio un infarto, y me ingresaron en silla de ruedas. El doctor era atractivo y me dio vergüenza. Por un momento, le hablé a una luz en la esquina de la pieza. Cuando trataron de pincharme heparina, les tiré el pato urinario. Seguía llamando a alguien una y otra vez—al amigo que me llevó al primer hospital. Dije Árbol negro, queriendo decir noche. Dije las ramas se agitan y dormimos en el suelo. Dije Teléfono. Puerto protegido. Quizás lo somos, quizás ustedes son diamantes.
Por Richard Siken
Traducción de Fernando Hormazábal a partir de I do Know Some Things
Fotografía de Joel Sternfeld




