“Cuando el humo de tabaco también huele a la boca que lo exhala, es porque ambos olores se han casado en lo infraleve” señala Duchamp, en sus cuadernos, donde imaginó una máquina que dispusiera estas relaciones; un transformador diseñado para almacenar esa energía infraleve y descartable. El exceso de presión en un timbre; el crecimiento del pelo; la fuerza con la que cae la orina, el vómito; el gesto de estirarse, bostezar, de estornudar. Su idea fue que esta máquina nos educara artísticamente, que nos enseñara a mirar la visión y oír la audición, a no sentir calor o frío, sino el sentimiento del cuerpo sintiendo.

En uno de los poemas de El sonido de las liebres (Ágata Musgo, 2026), de Analaura Núñez, un mirlo solo, ante la exigencia de su entorno, tiende al crecimiento desmedido. Un hecho de la physis que, puesto en el panorama del libro, recuerda a este transformador de Duchamp que almacena energías leves. En los poemas, “el vapor escribe en los azulejos”, “el calor se adhiere a las paredes, hincha las puertas, descascara la pintura en silencio”, y aun, se habla de: “las huellas que permanecen en las baldosas” “la presión de los codos sobre la mesa, el aire que desplaza un hombro”. Es como la hipertrofia del mirlo que se queda solo: la hablante enclaustrada atiende lo infraleve como la revolución de un espacio de sujeción y celaje, desarrolla sentidos animales, instintos y alertas en este espacio en reducción.

Pero estas energías accidentales y errantes también erotizan este espacio contenido, dejando a quienes moran en una especie de alerta sexual que cruza el libro. Acá los calores breves, los olores pasajeros, las respiraciones que empañan las superficies, excitan solo levemente el cuerpo, por medios que no se condicen con sus materiales de origen; quizás suspira calor una cazuela que es cómplice del degollamiento de una gallina, o el olor a enfermedad de una entrepierna, aunque abrume, hace del órgano una presencia latente en la pieza compartida. Estas alertas sexuales, dibujadas por las energías de cualquier procedimiento doméstico, figuran en la pareja la tensión del cazador y la presa: se desbordan de animalidad y de contradicción, al placer lo maquina el dolor, el miedo, la crueldad.

Y ese es un problema interesante del sadomasoquismo que el libro de Analaura aborda, porque si el placer interviene en formular leyes a las que responde nuestra realidad, permitiéndonos deliberar entre dos o más soluciones, cuando la vía hacia el placer es el displacer, la crueldad o el daño, estas mismas deliberaciones se hacen ambivalentes. Se llega a necesitar del otro para activar esa ley que el placer aclara, turnándose los roles de cerradura y llave: la dependencia crea la claustrofobia y el agobio que son, tautológicamente, nuevos alicientes para la sexualidad masoquista. “Incluso al dormir/ mi cuerpo sigue tu cuerpo”, dice la hablante en uno de los poemas. En otro comen, ven tele, esperan a que se vaya la tarde para sacar las correas y las amarras; y es paradójica esta inercia de crueldad, burocrática, medida: estas personas-animales-vegetales hacen de sus pasiones una contrafábula, con contraenseñanzas; la liebre o la gallina convive con el cuchillo o el hocico, que ya tampoco la desea, siendo obvia y consentida la crueldad.

Entonces, este cuerpo huye en proyecciones, en simulacros que lo diluyen en el paisaje, como la simiente del animal o la semilla del árbol. Deja a una paloma pararse en su pecho, para que se lleve de él un pedazo que multiplique ese lugar que resguarda al amante. Se prefigura un paisaje de tórax, de pechos como anémonas, como ojos tenía el cerro donde Mistal visionaba a la madre. Acaso esta identidad diluida también guarda algo de estos infraleves: “Rebanas tomates”, dice, “y tú cuerpo se afila con cada corte”; o son las baratas que se mueven con la misma cautela que hay en sus abrazos. Reflexiones casi epicúreas parecieran seccionar el libro: “las semillas abren la tierra por dentro” o “la piedra le dicta su nombre al agua”. Y también las notables y obsesivas imágenes de una cocina monstruosa: a esas materias de sustento, la voz les amasa crueldad, duda, resentimientos, y si seguimos la metáfora de la asimilación y el aprendizaje como la boca abierta que come al mundo, aquí la hablante decide comunicar, impregnando de comunicabilidad a los alimentos.

La liebre me parece un paradigma de esta proyección, en cuanto implica también su fracaso o su destino. Es como si ella resistiera a espirituarse de esta identidad escindida, y ese mismo rechazo la hiciera un yo verosímil: caprichoso, ambiguo, impredecible como es la vida más allá del encierro. Ni gime, ni grita, ni chilla: no por una sumisión perfeccionada, sino porque su sonido está incorporado en la tierra; misteriosa, dual, cambiante. Me recuerda una anécdota que quisiera traer: hay un mito peruano, recopilado en 1612 por el Padre Arriagada, donde una mujer adúltera da a luz a gemelos, uno de su esposo y otro de su amante, ambos hijos con habilidades antitéticas. El mismo mito se ha encontrado en toda América, donde los gemelos siempre señalizaron el adulterio y la trampa. Pero en las versiones canadienses del mito, el adúltero es siempre una liebre que engaña a la mujer, quien defendiéndose le parte el labio con un palo. Se dice que desde entonces el labio leporino de la liebre es una señal de gemelidad incipiente. Por eso la liebre como dios posee un carácter ambiguo en las mitologías: a veces es una deidad sabia que tiene a su cargo el orden del universo, a veces aparece como un payaso que va de contratiempo en contratiempo. 

Así en este primer libro de Analaura, la figura de la liebre pasa de ser una expresión de sumisión, al brío de cierta libertad donde esta identidad flotante podría hallar un centro, donde placer y crueldad convivan sin contención ni dependencia, y donde la alternancia de fondo y figura sea rítmica, erótica y deliberada. Los poemas de este libro trabajan con factura estas contradicciones, y ha sido afinada su visión a los problemas identitarios del presente, no sin enchufar también ese gran cable marino que trae a su trabajo los temas de la muerte y el amor. En ese sentido es un libro leporino, actual, sorprendente y de una calibrada indolencia que conmueve.

Por Manuel Boher
Fotografía: Retrato de Mieko Shiomi por George Maciunas
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El sonido de las liebres
Analaura Núñez
Ágata Musgo Editora
2026