1.
Mail a don Carlos Flores:
La otra vez, en realidad hace años, desperté de una siesta. Había soñado que iba con uno de esos micrófonos tipo cintillo recibiendo instrucciones tuyas para acceder a través de un laberinto de puertas al estadio de Curicó Unido, cuyo partido no podía perderme. En realidad el sueño era mucho más largo, deambulaba por un galpón infinito en el que cada puerta ofrecía escenas cada vez más incomprobables –en una de ellas estaba Carlos Peña encerrado adentro de un pizarrón–, pero tu participación era solo esa. Me tratabas mal, pero no importa: recordado y contado, el sueño es chistoso.
El caso es que al despertar de dicha siesta miré mi celular y había un mensaje de Jonnathan contándome que acababan de entrevistarte en Poesía y capitalismo. Me dijo que habías hablado de la fomedad de Curicó que experimentaste en ciertos veranos cuando joven y que, además, habías lanzado un par de veces el concepto “correr solo”, que es mi arroba en redes, y también el nombre de mi segundo libro.
Capaz son sincronías sin significado alguno, pero para mí fue un momento medio mágico, místico, o no sé. Verte aparecer en sueños en el instante mismo en que eras entrevistado por mi amigo, y encima hablando de Curicó y diciendo, sin querer, correr solo -un poco como quien invoca a Bleetejuice-, me pareció algo digno de consignar en mi diario y, ahora, tres años después, en este arbitrario mail.
2.
Se parece al Fantasma Figueroa, contesta G a una foto con Fabián Casas que acabo de subir porque se apareció frente al stand y le regalé Atarantado. Al rato, terminada ya la jornada y arrastrando el carrito con libros hacia mi casa, pasé junto a dos tipos que estaban apoyados en el quicio de una puerta y alcancé a oír que uno le decía al otro: el Fantasma Figueroa, ese chuchesumadre.
Esa misma noche figuro tumbado hojeando un poemario y viendo Hotel room –una de Lynch que desconocía porque la dirige con alguien más– cuando me doy cuenta que el número de la habitación en la que se desarrollan los acontecimientos es el mismo que el del sello de la editorial al cual pertenece el poemario que tengo en mis manos: 603.
La autora, dueña y señora de la editorial, que a su vez es quien me sacó la foto con el Fantasma Casas, me dice que es mera coincidencia, que no tenían a la vista la referencia lyncheana, que 603 era el número de un depto en el que habían vivido hace años y eso es todo.
Semanas después, durante un turno de madrugada, estoy ante TNT Sports en mute y, a través de mi parlantito, me acompaña una entrevista a la editorial ya mencionada. Conversan allí, entre otras cosas, en torno al necesario residuo de opacidad que contiene cada libro. Ritmo, imágenes, composición; cualquier cosa antes que el mero rendimiento e inteligibilidad de una obra. Énfasis, matiz o misión editorial que es expresado mientras en el compacto de goles le hacen un zoom a un lienzo de la barra de la UC, un lienzo que dice: NUNCA PODRÁN ENTENDERNOS.
3.
«Somos como la araña. Tejemos nuestra vida y luego nos movemos por ella. Somos como el soñador que sueña y luego vive en el sueño. Esto es así para todo el universo.» (Upanishads)
4.
¿Acaso se está jugando la vida en esto? le digo a mi compañero de la tarde, un vigoroso ex militar peruano que quería que corriera a tocar el botón del ascensor para atajar a una señora que subía desde el estacionamiento y así avisarle de dos paquetes que tenía en el refrigerador. Al rato, ya solo y frente a la tele, el entrevistador le dice al político: Pero usted, ¿se está jugando la vida con esto?
5.
Prefiero mantener siempre cierta vergüenza, comenta Camila Sosa Villada en una entrevista que llevo en los audífonos mientras voy a comprar el pan para la once en Curicó. Lo dice segundos antes que una chica se tropiece frente a mí y me ría, no de ella, sino como si yo mismo –o los dos al mismo tiempo– nos hubiéramos tropezado. La chica apura el paso y me quedo pensando en eso, en ese error, en esa mala traducción del sentir, pensando en todas las veces en que desde afuera parece que nos reímos contra alguien, pero en el fondo lo que sentimos es un súbito y sitiado cariño por el otro, una vergüenza sostenida de a dos.
6.
«De repente, un buen día, ves a tres o cuatro ciegos después de no haber visto ninguno en muchos años, ni siquiera en sueños. Conoces a una mujer llamada Olimpia y al cabo de unos minutos abres un diccionario de pintura por la página de la Olympia, de Manet y, dos horas después, en la calle, descubres la Floristería Olimpia. Son nudos de significado, plexos del sistema neural del mundo que unifica sus órganos y sus acontecimientos, indicios que deberías seguir hasta las últimas consecuencias, y lo harías si no tuvieras los prejuicios estúpidos de la realidad. Deberíamos tener un sentido que discriminara entre el signo y la coincidencia. Ves un día, una detrás de otra, tres mujeres embarazadas: ¿qué quiere decir eso? Y si hubieran sido solo dos, ¿te habría sorprendido también la coincidencia? ¿Y si a las tres añadieras una más, que sale de repente de una casa y camina ante ti por la calle? ¿Y si esta se detuviera, se volviera de golpe y te tendiera una nota arrugada en la que pone tan solo “¡Socorro!”, y luego corriera pesadamente calle arriba? ¿Cuánto resiste el hielo de la realidad? ¿Cuándo, en qué momento, sientes su crujido bajo los pies? Atisbas al principio las grietas finas de las coincidencias que se ramifican y se ensanchan de forma alarmante, pero el hielo todavía te sostiene y no te causa problemas por el momento: es tan solo una embarazada más, la cuarta. Puede suceder. No es imposible encontrarse con todas ellas a lo largo de un solo día. Pero la embarazada te entrega una nota, lees el mensaje y de repente el lulo se resquebraja y te hundes en el agua helada, y estas debajo.»
(Solenoide, Mircea Cărtărescu)
7.
Le pregunto a mi madre si le ha pasado algo por el estilo y, junto a un par de anécdotas y su historia con el tarot, me deja caer esta frase de Jung, que tiene anotada en un cuaderno: «Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú le llamarás destino.»
8.
¿Qué es lo que en realidad nos pasa cuando decimos que algo nos pasa? ¿Dónde o cómo opera ese filtro que reduce el ser a esto que me pasó hoy? ¿Acaso manda solo el dolor, los obstáculos que encuentra la voluntad, o quizá la suma de lo que informan los sentidos? O también, el embudo receptivo que somos, ¿ha sido enteramente donado o igual lo construimos un poco? Noto, en mi trabajo, que la mayoría tiene como primera fuente argumental su experiencia individual. El comunismo es miseria porque yo hace cincuenta años viví esto. Este grupo de personas es hostil porque una vez en la micro uno de ellos no me dio el asiento. Es una respuesta posible. Aburrida, en tanto clausura, pero posible y bastante común. A veces me pregunto cómo hay tan poca curiosidad a mi alrededor. Tan pocas ganas de salir de sí. ¿Así de tibia y habitable se autopercibe esa subjetividad que a mí me congela? Calienta tu propia vida hasta sobrepasar el punto de congelación, y haz lo que quieras. Cuando el alma se deshiela, ¿quién dudaría de su inclinación y capacidad de trabajar y celebrar con otras?. Eso escribe Sloterdijk en el primer tomo de Esferas. Calienta tu propia vida y haz lo que quieras. Quizá un primer hervor sea emanciparse de las verdades individuales –fundamento de toda rebeldía de derechas–; quizá el deshielo comienza cuando la configuración por default de nuestra experiencia es algo que desbaratamos juntos. ¿Pero qué hay allí afuera que se asemeje a la certeza del calor o el frío sobre el cuerpo? ¿El arte, la política, la mística? ¿Dónde, entonces, trazar la línea? De ningún modo es una respuesta, pero a veces juego a imaginar qué tipo de majamama es el universo si sacamos de la ecuación el ojo humano. Quizá haya una intemperie refulgente de existencia que acontece sólo para sí. Sustancia infinita inatestiguable. Hervidero burbujeante de ser y no ser. Qué miedo. O qué alivio. ¿Allá vamos cuándo termina todo? Quizá allá vamos porque nunca nada termina. Quizá, anticipando ese naderío –y prefiriendo la edificante canaleta de la finitud– es que llegamos a este consenso y acotamos, solo por sobrevivencia, por necesidad constitutiva de poder decir: yo. Pero una cosa es decir yo porque sirve para movernos en el mundo y otra es afirmar que estoy diciendo el mismo tipo de contundencia que cuando digo silla. Por eso me caen bien las filosofías orientales que te dicen mira, no te está pasando nada que no le esté también pasando a esa piedra (no consigo nunca la paz de la piedra, pero los domingos en la tarde luego de la siesta quedo bastante cerca). Redundo y me desvío, pero solo quiero decir esto: 1- El yo es cualquier cosa menos una silla y 2- Ya no aguanto más al sí mismo tan pegado de sí. Y animado por ese hartazgo es que voy raspando, mayormente por escrito, al Individuo. Para que algo entre o para que algo salga, no me queda claro. Concluyo, entonces, convenientemente, que suspender o bordear la experiencia individual abre pasadizos, y por allí entran, entre otras alimañas del ser, las sincronías, que quizá son mensajes de un más allá, o de un más acá, o de un más allá que está al fondo de un más acá que somos juntos, no sé, probablemente no sean más que meras posibilidades estadísticas, backrooms autoproducidos en una cadena insignificante de sucesos, conclusión triste a la que, pese a todo este rodeo, no me niego. De ser así, prefería que fuera como cuando Annie Ernaux en Memoria de chica dice que “la ausencia de sentido de lo que se vive en el momento en el que se vive es lo que multiplica las posibilidades de escritura” –y, por favor, por escritura entendamos aquí vida–.
Por Rodrigo Fernández
Fotografía de Richard Kalvar




