Y como ya todo es inútil,
como los candados del infinito crujen en goznes mohosos,
su actitud llena la tierra de lamentos.

Pablo de Rokha

El gesto de escribir puede ser muchas cosas. A veces significa detenerse. Cuando los acontecimientos se apuran alrededor, cuando todo avanza y quedas detenido ante aquello que aún no logra tomar forma en el decir, pasmado, arrastrado a la inercia, como si quedaras excluido de la capacidad de nombrar, como si el afuera te excluyera de su discurso hasta que sales al encuentro con las palabras que se detonan con más fuerza que ese afuera, con más fuerza que el discurso del afuera, en intensidades otras, en calles de sentido único, en puentes quebrados y cenizas, en teorías astronómicas que declaran la guerra a los libros de la ley moderna. Entonces, vienen textos como Cometas y barricadas. La imaginación insurrecta en el exilio (Luciole, 2025), a hablarnos de otros textos como La eternidad por los astros.

Como suele ocurrir, el texto que dedica Sean Bonney a Louis-Auguste Blanqui tiene varias capas de lectura. Por un lado, saca a Blanqui de la soledad de su celda desde donde escribe La eternidad por los astros y lo inserta quizá en una conversación, quizá en una obra colectiva, tejida a tiempo y destiempo junto a Rimbaud, a Baudelaire, a Lautréamont, a Césaire, a Benjamin, a Marx. Desde el propio gesto de Blanqui, Bonney también abre un tajo en el tiempo y en el espacio por donde escapan las ideas revolucionarias que, desde Blanqui y hacia la posteridad, distintos autores y autoras retoman, hilan, las vuelven poema o manifiesto. 

Sabemos que Blanqui no fue el primero en desafiar a las ciencias desde la astronomía o desde el puro gesto de mirar en rededor los fenómenos en los que estamos inmersos. No obstante, el detalle coyuntural que significa la publicación de La eternidad por los astros en paralelo, es decir, durante los mismos días en que estallaba y era acallada la Comuna de París y, encima, con su autor condenado por rebelde y otros juicios, preso durante treinta siete años, hacen de este un libro que no deja de temblar, de sacudirse entre las manos de quien lo lee. Como las ciudades tentaculares de las que habló alguna vez Pablo de Rokha, en un contexto del todo diferente, Bonney aborda ese ímpetu tentacular de la obra de Blanqui.

¿Qué es lo que cabe en ese gesto deambulante que salta ante nosotros, que se empuña en la mano que atesora la nada como un todo? El gesto de un verso que dio la vuelta a sí mismo; el de un yo desarticulado que reconocemos, que desarticula al otro y al nosotros en su movimiento; el de un poema que nos vara en el alambrado siempre roto de la comprensión y nos sume en el infinito de esas palabras que pudieron ser absolutamente otras. El gesto, en el hacer y el decir, que no hace ni dice. Que simplemente gesticula.

Entre destellos efímeros y anárquicos de un tiempo absolutamente compartimentado en la prisión, el gesto de Blanqui trastoca el muro, se fuga hacia su contexto inmediato entre las barricadas y las fuerzas burguesas y policiales que apresaban a sus compañeros. Pero, más allá de su propio tiempo, cuando Blanqui traza una línea que se extiende al infinito, ¿qué es lo que pone en tensión? 

La sentencia del juez lo encierra, lo atrapa en una eternidad donde «lo que escribo en este momento en una celda del Fort du Taureau, lo he escrito y lo escribiré a lo largo de toda la eternidad; en una mesa, con una pluma, y ataviado con estas mismas ropas, en circunstancias del todo semejantes». Pero lo que allí escribe es el intento de imaginar un universo donde la sentencia del juez es, sino imposible, entonces, dentro del contexto del infinito, absolutamente insignificante. Para Blanqui, el universo está «poblado de globos y no deja rincón alguno de tinieblas soledad o inmovilidad en ninguna parte». Las tinieblas y la soledad de su celda quedan fuera del universo que imagina y, por lo tanto, también la imaginación revolucionaria; Blanqui, y las tradiciones radicales que representa, deben ocupar un contra-universo, una anti-gravedad, un magnetismo negativo que el pensamiento de la burguesía no pueda penetrar, abarcar u ocupar. (Cometas y barricadas)

Y entre todo esto, los cometas.

Finitudes, palabras rotas, vidas rotas, como la de Blanqui. Si la recomposición de la ruptura incita en sí misma a una poética de la subversión, Sean Bonney observa la ruptura de la ruptura. El silencio en las formas de las insurrecciones fugaces, estridentes, contra el orden de la ciudad y del capital, así como el arrojo del pensamiento rumiante hacia un paseo por la realidad que deja, en su huella, un poema de la vida cotidiana. ¿Existe otro? 

Si la poesía sirve de utensilio para quienes abogan por el desarme y la incineración de las formas que les fueron dadas, con todas sus palabras y oraciones, con toda su literalidad y su política del decir, con su movimiento de avance y retroceso, ante todo, resistiéndose a la linealidad del tiempo moderno, lo que se juega es la mirada detenida, la posibilidad del entrecruce, de cavilaciones y conexiones improbables. De conversaciones manuscritas con otras lenguas que esbozaron una imagen que se adopta y se esboza nuevamente al alero de las palabras que nos encontramos en el camino, del alfabeto que dispone sus silencios y sus modos de armar, de la gramática rota, así como del ritmo y los cánticos absurdos que desprende en sus conjunciones. Enfrentados a la frustración de no poder decir aquello que se quiere decir, la escritura poética termina de escribirse a sí misma. «La eternidad por los astros es, por defecto, un texto poético. La poesía misma es una celda, sólo posible en tanto expresión de una trampa cósmica».

Tanto Cometas y barricadas como La eternidad por los astros conviven en la misma dimensión de la elocuencia implacable, en un método en el que no se va de lo particular a lo general ni viceversa, sino en el que se apunta directamente al infinito. Del infinito al infinito mediante la humildad del poema. Del ensayo que hace propio el lenguaje del poema, porque «el proletariado se apodera de las fuerzas de la invisibilidad que le impone la burguesía». El escondite detrás de la gramática, tan armada y desplegada como un libro, como un muro. 

Bonney, con su ímpetu decidido, como hace de costumbre con la discursividad de su lado y la escritura en modo collage, toma el apartado en el que Blanqui señala a los cometas como seres insubordinados, como destellos de luz antigravitacionales que a tientas pueden ser atraídos por la gravedad y capturados por una órbita, como pueden desprenderse de ella sin que la ciencia logre prever la totalidad de sus comportamientos. Malignos, temidos, augurios de pestes y hambrunas. Los rebeldes del cielo. Prejuiciados. Incapturables a la razón de las ciencias exactas. «Supersticiones, presagios de fuego que amenazan la propiedad de la clase dominante sobre el cielo, son metáforas convertidas en ideología; un sistema antipoético o versificado que, por paranoia y por deseo social de perpetuar la injusticia y el terror, se convierte en tejido legal».

Asimismo, para Bonney, las barricadas –como la poesía– se extinguen y vuelven en otro lugar, en un movimiento que no es capaz de definirse como una derrota ni como una victoria más que efímera, corta de vista. «Dentro de un universo infinito, la derrota siempre es inevitable, pero también lo es la victoria», escribe. 

El infinito es el sinsentido de un mundo de leyes y de palabras, cortas de efecto. Y algo siempre vendrá a interrumpir esa inercia, en este caso los cometas y las barricadas. Lo que nos jugamos es la interrupción. El corte de la cinta de Moebius.

En este sentido, no deja de aparecer en el texto de Bonney la cuestión o más bien la confirmación de que el acento no está en aquello para lo que sirve el fuego de las barricadas, y lo insignificante a escala cósmica de su extinción, sino en cómo también se reafirma en ese fuego la grieta de la prisión, a través de la que Blanqui proyecta su nombre y sus palabras hacia el pasado y hacia el futuro, como amenaza constante al sistema de la burguesía y el capital, en la inercia, como posibilidad y como potencia para quienes abogan por una realidad otra, y ante la que las palabras emergen como chispazos. Chispazos que se instalan, tozudamente, entre los escombros de la ciudad que a cada rato se viene abajo.

En momentos de derrota, la revolución se repliega de vuelta hacia la poética. Así como en los momentos de insurrección –como bien sabían Rimbaud, los surrealistas y los situacionistas– las energías ocultas en la poética estallan hacia la revolución. La revolución no se vuelve poética, la poesía se destroza a sí misma en el proceso de devenir revolucionaria.

De alguna manera el gesto de Blanqui, como el de Bonney, no deja de conversar sino con el gesto situacionista de la revolución en las cosas menores, que se proyecta desde la política de la vida cotidiana: un teléfono en llamas, una cuchara de palo que arranca de una mano a otra. Basta una pura mano desde el más allá que nos recuerde, como lo hace Blanqui –y Bonney– que en cualquier momento puede estallar una revuelta. 

La mesa que baila está siempre ante nosotros. Y aún ponemos el papel por debajo de esa pata chueca para simular la estabilidad que jamás nos viene dada. Esa boleta que guardamos en nuestro bolsillo como garantía de devolución de nuestra fuerza de trabajo. Ese papel donde se escriben las leyes y los tratados de libre comercio, que doblamos, arrugamos, transformamos: gesto con el cual alteramos el descalabre, quizá solamente para trastocarlo a nuestra medida. 

Escrituras como la de Blanqui no abogan al infinito, sino precisamente a la vida finita en la que se abren las múltiples posibilidades del hacer y del decir, posibilidades de la lengua, al fin. Al gesto mismo de escribir como práctica antiopresiva. Las letras se desintegran, y lo que leemos como un texto aficionado, destinado a otros aficionados por las cosas incomprensibles, no es sino una idea inconclusa de aquello que todo el tiempo se nos escapa: la finitud poema. Es en su falta de conclusión donde se abre la pregunta por el más allá del poema. 

Su poética revolucionaria es sombríamente realista en tanto comprende que él, Blanqui, estará en su celda para siempre, pero también se aferra e insiste sombríamente en una conflagración utópica que siempre existe justo más allá de finita imaginación burguesa. Se burla: no hay en el universo «un solo punto en donde no estalle incesantemente la perturbación de esta armonía pretendida». Los armónicos capitalistas son destrozados a cada paso por el anarquismo antigravitacional de los cometas, por la lucha de las barricadas, por escritos como el de Blanqui, Rimbaud, Lautréamont, Cesaire y millones más. Puede que estos estallidos disonantes de júbilo utópico duren solo un par de segundos, pero eso no importa: «la ausencia de tal perturbación no equivaldría más que al marasmo y enseguida la descomposición». El aburrimiento de Blanqui en su celda es simplemente aquel estancamiento: contiene el verdadero sentido de toda la historia del capital, el sentido de cada frase de mierda pronunciada por reyes, el contenido de cada salmo y cada himno nacional y cada fórmula financiera.

Porque no hay utilidad sino el propio rastro de lo dicho y en una suma de palabras que se transforman en el poema del haber, del habemos. Habemos caído, habemos hablado. Cada quién sabe cómo la realidad se transforma de un momento a otro y no aramos lo que solíamos ser. Y cómo deambulamos entre las mismas preguntas pese a esos movimientos. Termina el poema y nos quedamos rebotando en una órbita otra. Aunque la casa sigue estando, como el libro en el muro, como la prisión a la vuelta de un barrio que insiste, entre la presencia policial y los restos de la ciudad que heredamos o que nos heredó a nosotros. Podrá la gravedad acercarnos a su fuente de desdichas, podrá la órbita sumarnos entre sus filas. Pero entre el juego de niñxs que se da en una vereda sin sombra, entre la cocina flamante de una casa cualquiera, y entre las palabras que nos esbozan como posibilidades fuera de serie, nos quedamos pasmados, detenidos, dando un paso al vacío que nos devuelve solamente a la finitud y desde donde recién pensamos lo incomprensible.

No sé dónde leí la imagen de un bostezo –juré que fue en Rayuela, pero no logré encontrarla nuevamente– donde el narrador comenta que existe un puro bostezo en el mundo, que se va traspasando de persona en persona. Así creo que podría resumirse la idea de la revuelta a escala cósmica, al igual que el gesto en la lengua del poema. Esa interrupción en el habla, en el respiro, esa bocanada de aire que no se puede evitar ni disimular una vez se hace presente. No basta con entregarse a ese abrir de bocas tan grande que tensiona los músculos faciales hasta el hartazgo, no basta tampoco con sostenerlo. No basta incluso con las cuerdas que gritan una vocal inexistente. En la pura detención, ese gesto solo habita en un presente que nos excede, completamente finito y cuantificable, entre muros o árboles o calles destrozadas. Si bien nunca basta, ya con el hecho de ver a alguien hacer suyo ese bostezo, el gesto se desprende del sí mismo para pasar al otro, para ser del otro, para verlo: al otro y al gesto. 

Por Mónica Navarro Correa

Fotografía de Enrique Metinides

Cometas y barricadas. La imaginación insurrecta en el exilio
Sean Bonney
Luciole Ediciones
2025.