Alguna vez participé en una mudanza en la que Raúl Cuello se trasladaba desde el Abasto hasta Parque Patricios. Tuve que integrar una cadena humana para mover su biblioteca, que ya en ese entonces crecía a una velocidad preocupante. Esa experiencia me dio una dimensión física, con dolor de espalda incluido, de lo que significa ser lector de la manera en que lo es Raúl.
Agradezco a Libros Tadeys por este libro y a Raúl por la invitación. Lo que propongo aquí es una clave de lectura para Estampas de ocasión.
Es un libro lateral, de ensayos, semblanzas, impresiones, experiencias solidificadas en textos que hablan de autores y sus libros, pero sobre todo de lo que esa lectura le hizo a quien la vivió. La voz que nos guía por sus páginas es la de Raúl Cuello, enólogo cuyano e investigador del INTA en Buenos Aires. Hay algo en ese perfil, el hombre que trabaja con fermentaciones, que observa en un laboratorio lo que el tiempo hace a las cosas, que se filtra en el modo en que lee. La convicción de que ciertas transformaciones no se ven mientras ocurren.
El libro dibuja constelaciones de autores. El name dropping puede aturdir o deslumbrar según el temple del lector, pero los enunciados se concatenan en un ritmo que termina siendo prodigioso. Es un canon personal, una historia sentimental de la literatura argentina y de sus derivas francesas, en la que toda obra aparece indisociable de su autor. Sin embargo, la figura del autor importa menos como biografía que como voz. Y aunque hay un interés formalista de fondo, en última instancia es otra cosa la que impera.
Me he preguntado qué principio le permite a este libro avanzar sin dudar. La respuesta que encontré no es una cosmovisión sino algo más preciso, una pequeña mitología literaria argentina. Y a Raúl Cuello lo vería como el mitógrafo de esa tradición que cultiva la sutileza, la intelección, lo singular, siempre lo contrario de la Ciencia en su búsqueda de generalidades.
La cuestión podría parecer visual: la écfrasis, las referencias a la historia del arte, el título mismo. Estampa es un género menor dentro de la tradición artística; fresco, en cambio, uno de los centrales de la revolución pictórica del Renacimiento toscano. Pero esos caminos, aunque seductores, no llegan a la médula del libro. Tampoco es la crítica impresionista que cierta tradición metodológica quiso enterrar, la que mezclaba obra y autor sin rigor conceptual. Lo de Cuello es otra cosa. Una crítica atravesada por la experiencia de la conversión.
Búsqueda de los orfebres, de los delicados, pequeño compendio de obsesiones movilizado por la pulsión del coleccionista y el fervor del converso. La experiencia de la literatura como una caída del caballo.
Me refiero a aquella escena en la que Saulo de Tarso, mucho antes de ser San Pablo, cae del caballo en el camino a Damasco. Saulo persigue al cristianismo como si fuera una plaga y en mitad del camino cae, ve a Dios, y a partir de esa caída toda su vida se reconfigura: las pasiones purgadas, las vilezas esfumadas, la ligereza que precipita una vida nueva. Caravaggio lo pintó mejor que nadie.
En el libro, Raúl anota, después de haber leído un texto en particular, que “nada volvió a ser igual”, y que le fue regalado el don de “seguir buscando, libro tras libro, el sagrado encuentro con la palabra escrita, un gusto reservado a aquellos lectores que se saben impenitentes.” En otros pasajes dice que se propuso registrar las obras que significaron algo verdaderamente importante para esa “cosmovisión afectiva que propicia la lectura misma y que toma la forma de una huella, si no indeleble, al menos trascendente, ya que desde el momento en que una obra entra en nuestra vida, nunca volvemos a ser los mismos: algo se trastoca o rompe cuando asistimos al encuentro de lo maravilloso.”
Todo el compendio está atravesado por esa búsqueda de lo que Raúl llama sagrado, ctónico, algo que parece no ser de este mundo pero que sí lo es, o al menos que puede verse en el encuentro con ciertos libros, con unos pocos.
Tras San Pablo, la literatura argentina inventó su propia parodia de la caída, que hoy parece fundacional. Isidoro Funes, el uruguayo de Fray Bentos que queda postrado después de caerse de un caballo. El golpe lo deja maltrecho y al mismo tiempo le despierta una capacidad sobrehumana: puede memorizar un pasaje entero en latín sin haber estudiado lenguas, puede memorizar el color de cada hoja de un árbol en un día de verano, todas las hojas, sin excepción. Pero no puede razonar, porque razonar supone abstraer, universalizar, y para Funes todo es particular.
Raúl dice que ese relato lo partió en dos. Borges fue para él también una caída del caballo, una conversión. La experiencia literaria opera en el libro como una revelación que se replica al infinito mediante la búsqueda, una serie de jinetes que caen y se convierten, como si de un abismo en espejo se tratara.
Y es literatura argentina. La restricción del elemento nacional no es menor, la cuestión del caballo parece paradigmática. Pensemos en Saer: en Nadie, nada, nunca, la dictadura aparece como un loco que mata caballos, como si destruir esos animales fuera destruir algo que el lenguaje no sabe nombrar de otra manera.
Esa recurrencia menos un rasgo identitario que una señal. Cuando Raúl dice “argentino” se refiere a individuos que pueden venir desde los barcos o desde el centro de la tierra. Si no fuera por la singularidad de los nombres propios, la mayoría de ellos verídicos, uno podría reemplazar “literatura argentina” por “literatura rumana” y la diferencia sería solo sutil. La cuestión es la búsqueda de lo trascendente en un mundo saturado de libros que no llevan a ninguna parte, para hallar, entre todos ellos, los pasajes que suspenden el tiempo.
Tal búsqueda tiene sus propias metáforas. Kafka decía en una carta que la literatura debería ser como un rompehielos que quiebre el mar helado que llevamos dentro. Cuello busca la grieta por donde se cuela la luz.
Pero hay otra figura del jinete, la del que no cae porque aprendió a borrar las sombras. El caballo que le traen a Alejandro es feroz e indomable. Nadie puede montarlo. Tira al suelo a cualquiera que lo intente y se regodea en eso. Pide que le den la oportunidad, aunque es todavía un niño, y los adultos que lo rodean se ríen. Pero ha visto algo que los otros no vieron: el animal tiene miedo de su propia sombra. Entonces lo toma suavemente de las riendas y lo gira hacia el sol, hacia Oriente. El caballo queda ciego de luz. Alejandro cree que no caerá. Con esa certeza construyó el imperio más grande de la antigüedad y a su muerte se deshizo en pedazos. Hay quienes prefieren caer.
Por Rodolfo Reyes Macaya
Obra de portada: Caravaggio. Conversión en el Camino a Damasco (1601). Óleo sobre tela. Capilla Cerasi, Santa María del Popolo, Roma.
Sobre:

Estampas de ocasión
Raúl Andrés Cuello
Libros Tadeys
2025




