I.

Nada más aterrizar voy a mojarme la cara, suena Jorge González cantando “Nunca te haré daño” y me parece que a veces las canciones lindas esconden una mentira grande y fea, aunque no tanto como la parte nueva del aeropuerto de Santiago que te obliga a caminar tres kilómetros para buscar la maleta, que cuando llega, para más remate, tiene dos ruedas menos.

Tengo la sensación de que en Santiago cada vez se habla menos en el transporte público. Las micros ya no tienen música, solo esos sonidos agudos de puertas, pagos y paraderos: ambiente digital. ¿La gente? Ni pío, o bastante poco. En el bus que me lleva al centro desde el aeropuerto el panorama es parecido, aunque aún hay un pequeño rastro de pasado: el conductor grita la parada. En la micro esto ya no pasa, la gente ya ni saluda a quien maneja, confinado el chofer a un cubículo blindado, su voz desaparece condenado a mirar para adelante, un caballo de carreras manejando el caballo eléctrico al que nos subimos todos.

Sube un rapero y por un rato es todo lo que suena, luego una pareja de colombianos sube hablando y riendo fuerte, o fuerte para el silencio, probablemente despacio para el decibel de su vida privada; aun así la gente los mira con recelo, como si estuviesen interrumpiendo una importante conversación, o como si el silencio de la micro fuese una especie de ceremonia. En Japón es así, no se habla por teléfono ni se mandan audios, pero esto es Santiago y la micro nunca ha sido un lugar de silencio ceremonioso.

Llego casi una hora después a una casa que no es mía pero me recibe. La maleta coja me hace lamentar el peso que traje y los favores que hice. A este departamento nunca le da el sol, no se pueden tener plantas ni una vida de balcón porque además el edificio de enfrente está a 30 o 40 metros. Veo la vida del resto. Veo que a ellos sí les llega el sol. Por supuesto que también se escucha todo: la vecina de arriba y sus tacos, la incipiente y ojalá corta carrera de DJ del tipo que está justo al frente de este departamento moviendo alevosamente las manos como si dijese “esto es una fiesta”, de la misma forma que alguien te dice “esto es un asalto”. Ahora que lo pienso, lo que tienen en común un DJ, un ladrón, un policía y un profesor es que tienen la capacidad de hacerte levantar las manos cuando la situación los valida.

Macul pareciera ser siempre un termómetro de clase media, incluso su posición en la ciudad es más o menos central. Todo tiende a cierta medianía: los precios, las casas, las distancias. Es un barrio ni muy muy, ni tan tan, pero que con el tiempo, como todo, está más feo, con menos árboles por culpa de aquellas horribles torres grises puestas en filita, como si fuesen una trampa puesta a un gigante para que si toca a una se caigan todas.

A la noche salgo, prefiero evitar ir otra vez al centro así que voy a Ñuñoa –Macul casi no tiene bares–. Además hoy en el centro todo el mundo se junta en tres bares que están pegados y las posibilidades de encontrarse gente que uno no quiere ver son más altas que en la cantina de un pueblo. Como todo chileno recién llegado, me veo parcialmente obligado a emborracharme pero la resistencia etílica de mis amigos requiere una práctica que no tengo. Me voy solo, acuso cansancio, hago el chiste de que estoy con jetlag aunque vengo del país vecino en el que vivo hace un par de años. Se ríen y juegan el papel de misericordiosos, es que me están dejando ir a una hora “decente”, 1 de la mañana de un día de semana.

Es miércoles, no hay muchas micros –nunca hay muchas micros–, camino hasta Grecia a ver si tengo mejor suerte mientras recuerdo que un gentil amigo me dejó una coqueta colita para fumar de vuelta a casa. Como ya estoy levemente tocado, me inclino a mezclarla con tabaco, y mientras intento armarlo, entre el frío y mi torpeza, pasa un auto y me grita “pelao culiao”, así sin más. Efectivamente estoy pelado, prendo el mezcladito y sigo andando, de pronto me encuentro tarareando la canción de Jorge González que sonaba en el baño del aeropuerto y me digo, exagerado, que siempre Chile encuentra las maneras más tontas de hacerme un poco de daño.

II.

En el paradero que hay adelante dos tipos mas jóvenes que yo están rapeando, mas no improvisando. Saben la canción que escuchan y cantan encima. A mí la cola ya me tiene risueño y lentamente empiezo a reírme de lo que están cantando, que es verdaderamente chistoso:

“Chirimoyas con caca
Comemos chirimoyas en el Pronto Copec
Yo le digo: “¿Por qué se preocupa usted?” Si yo fumo crack con caca
Como choripán con caca
¿Qué va a pasar con las chirimoyas con caca?”

Ya en ese momento mi risa es evidente pero intento disimular, como si supiese que algo importante está pasando. Si me quejaba hace un rato del silencio, ahora escucho solemnemente el ruido de los otros. Pero la letra deriva en algo aún más delirante que las chirimoyas con caca:

“Chupete Suazo, no te preocupes por mí.
Chupete Suazo, no te preocupes por mí
Chupete Suazo, no te preocupes por mí.
Sal a andar en bici, Chupete Suazo
Humberto, no te drogues en San Antonio. Humberto, no sigas comiendo tanto pollo
Para que metas goles
Para que metas goles
Chupete, tú viniste del planeta de los goles”

Estallé, no podía creerlo, hace un par de días veía, atónito, que Chupete Suazo seguía metiendo goles, ahora en San Luis de Quillota. Y me acababan de gritar “pelao culiao” en la calle, así que más risa me dio. Pensé que Chupete era probablemente el pelado más querido del último tiempo. Hasta recordé aquella anécdota en un taxi mexicano en que un chileno se salvó de que se lo cagaran porque lo nombró, creo que es de un cuento de Zambra.

Al ver y escuchar esa risa ellos se empiezan a reír, uno con capucha y buzo, otro con pantis, short de fútbol y una camiseta negra de un club inexistente. Me dicen “perdón hermano por este webeo”, yo les confieso que me están haciendo la noche. Les pregunto por la canción, que quién chucha hace esa música. Crasa, me dicen. Luego me invitan a jugar al fútbol, tienen una pichanga antifascista y supieron enseguida que yo soy de su onda porque visto un polerón del St. Pauli, club antifascista de Alemania. Les digo que no puedo porque el día que juegan yo ya no estaré en Santiago, sino en el país donde vivo. “¿Y cómo te vai pa allá?”, preguntan. “En la 212”. Se ríen, y pasa la 104, que también me sirve, me despido contento.

¿Cómo es que Chupete sigue metiendo goles a su edad? ¿Será el manoseado estilo tardío? Chupete tiene ese algo especial que pocos tuvieron: cambió su forma de jugar para adaptarse a su nuevo cuerpo de notanjóven. Entonces me acuerdo de Beckenbauer, recientemente fallecido, que fue cambiando de posición con el tiempo, y sobre todo de Roger Federer, mi ídolo de infancia. Creo que fue el 2017 el año en que volvió y le ganó a Nadal la final de Australia jugando con un revés completamente distinto al de antes. Pero el cambio más grande fue una estrategia de devolución de saque que casi no se había visto en la historia del tenis: fue bautizado como SABR (Sneak Attack By Roger). La cosa era simple, cuando el rival iba a sacar y Federer ya más o menos sabía dónde iba a caer el servicio, se adelantaba tres pasos, bloqueaba rápidamente la pelota y esperaba la apurada respuesta del rival posicionado en la red, listo para terminar con el punto. Es que Federer ya no aguantaba tanto punto largo. Así como Chupete ya no goza fajándose con los dos altos y duros centrales rivales que lo van a anticipar todo el partido. Es inevitable no tener en cuenta que estamos hablando de gente “retirada” alrededor de los cuarenta, me hace pensar en la gente que me rodea, en que ninguno está ni cerca de retirarse, más bien estamos todos empezando. Nuestro estilo tardío llegará, sí, pero faltan décadas y a veces también un estilo.

Pero bueno, perdón, yo estaba subiendo a la 104 con destino sur. Me siento muerto de risa, anoto “Crasa” en mi libretita para luego escuchar aquel magno single “Chirimoyas con caca”. La micro de noche, por supuesto, es otra cosa. Cualquiera que se haya subido a una 210 luego de las diez de la noche sabe que una micro puede ser el antro más grande de Santiago para bien y para mal.

De pronto una melodía abre cajones de la cómoda de la memoria cerrados hace casi 15 años. Son tres adolescentes, gente que en mi juventud hubiese dicho que era muy cool, llenos de accesorios en ropa y piel, llamando apenas la atención. Ñuñoínos adolescentes cool, conocí demasiados, son todos bastante parecidos y terminan casi todos igual. Pero el tema no es ese, sino lo que escuchan y cantan. Es Sifili Freddi, un rapero semi underground de la época en que esa escena era dominada por Portavoz, Mente Sabia, Cevladé y un par más. A nosotros nos gustaba Sifili Freddi porque sentíamos que era de verdad, que decía las cosas crudas de la vida, era un poeta maldito. Pero nosotros leíamos poco, así que nos quedamos con él, su patota la Natural Banda y su rap hardcore, sobre todo con una canción que cantábamos como si dijese algo de nosotros, el tango sifiliano, que decía, y esto era lo que cantaban los adolescentes: “Intoxico mis pulmones con el humo de un porro sucio, I need love, I need drug socio”.

No puedo evitarlo, me doy vuelta y les pregunto: “¿Qué onda, se sigue escuchando al Sifili Freddi?” “Siiii po”, me responden. El chico luego aclara que su hermano grande lo escuchaba y de ahí lo sacó. Me bajo porque he llegado, pensando en si cuando chico me veía así con mis amigos, y probablemente nos veíamos aún menos bacanes, porque no éramos ni lindos ni cool, éramos alcohólicos que vivían pensando en cuál iba a ser la casa donde nos íbamos a emborrachar el próximo fin de semana. Llego a casa, pongo al Sifili Freddi:

“otra pérdida, otra vida bienvenido a los tiempos
de la generación depresiva con sida donde están todos hecho tiras
eso de que estay bien es pura mentira”

Recuerdo entonces a Chupete, a Jorge González, al DJ de enfrente, a mis amigos de ayer y hoy, fumo lo que queda y me doy cuenta de que me acuerdo no solo de toda la canción, sino también de todo el daño de esos tiempos, de lo rotos que estábamos, de la depresión, los psiquiatras, las peleas, las malas notas; y por otro lado el 2011, las tomas, el calabozo y los días de efímera felicidad en que terminábamos gaseados. ¿Nunca te haría daño? Es pura mentira ¿Que ya no hay ruido? Espera a que sea de noche:

“la vida solo un flagelo
el mundo está hecho de hielo
ya no comparto los buenos sentimientos mejor los congelo”

Toda la verdad era esa: I need love, I need drug, socio.

Mientras tanto, antes de dormir me pregunto ¿Cuál será el estilo tardío del Sifili Freddi? ¿Seguirá vivo? ¿Viviré para ser testigo del estilo tardío de la gente que quiero?

Por Miguel Angel Gutiérrez