Mientras procrastino en una librería, presa de una curiosidad malsana abro algunos libros para detenerme en esa zona fronteriza entre el ego y el marketing: la “foto de escritor”. Ese pequeño rectángulo donde el autor –que parecía una conciencia compleja, una voz que dudaba, se contradecía o iluminaba– se convierte en una imagen fija, en un gesto ensayado, en lámina de un álbum siempre incompleto.
La tipología de la “foto de escritor” es generosa en ocurrencias (y fines específicos), pero conserva ciertos imaginarios que persisten: están los que necesitan aparecer con la biblioteca detrás, como un implacable y silencioso guardaespaldas. Los libros lo custodian, lo legitiman, lo empujan hacia adelante como diciendo: “No teman, es uno de los nuestros”. Borges, vínculo y sinónimo de bibliotecas, escribió: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Pero sospecho que jamás habría pensado que esa biblioteca funcionaba como una escenografía o locación tópica del oficio, como si cada volumen fuera un coro que entona un “respétenlo, ha leído”.
Están los de amplio e iluminado escritorio, cuidadosamente desordenado. Un caos estratégico: papeles dispersos, cuadernos abiertos, algún lápiz detenido en el aire o un computador en el blanco luminoso de Word. El gesto captura el instante previo a la “genialidad”, como si el fotógrafo hubiera hecho su irrupción justo cuando la frase perfecta descendía del éter letrado. Hoy podemos saber la decoración, los libros (que son parte de la decoración) y hasta las fotos familiares de ese “cuarto propio” que alguna vez reclamara Virginia Woolf. Pero hoy se debe atestiguar la existencia de su Olimpo material.
Y están las fotos que advierten que nos hemos encontrado con un “verdadero escritor”; alguien serio, de aura pensativa: puño en el mentón, ceño fruncido, dedo índice apoyado en la sien, la mirada perdida en algún punto invisible (¿o sosteniendo alguna reflexión sobre el lenguaje?). Retienen una idea como quien detiene un rayo con la frente. Barthes escribió que la fotografía es “un certificado de presencia”. Aquí la presencia es la de un pensador; pero muchas veces de escasas o limitadas cavilaciones (ya nos advertía Bolaño sobre lo ridículo de las ansias grandilocuentes).
No hay que olvidar al escritor con gato. Dicho animal —que seguro no pidió salir en la foto— aporta misterio doméstico, una cuota de independencia felina que contagia, y una veta animalista que le otorga una terrenal humanidad.
Colette sabía que los gatos no pertenecen a nadie; quizá por eso funcionan tan bien como accesorio simbólico: sugieren sensibilidad, introspección, largas noches de trabajo. (El problema es que el gato suele mirar a la cámara con más verdad que el escritor).
Otros aparecen tomando café (¿los que aspiran a la lucidez?) o con un gran jarro de cerveza (¿los con ínfulas de rudeza?) o que adoptan alguna pose elusiva (miran hacia el suelo, ponen una mano o un libro sobre el rostro), en una representación dudosa entre una inseguridad impostada y la sobrevaloración de las posibilidades de la propia imagen, la que no siempre coincide con la escritura del esquivo retratado.
También existen los escritores invisibles, esos a los que no les gustan las fotos y se niegan a aparecer. El caso paradigmático es el de J. D. Salinger, quien eligió el silencio mediático como extensión de su obra. En una entrevista en el New York Times en 1953, dijo: «Me gusta escribir. Me encanta escribir. Pero escribo solo para mí y por placer». Para Salinger, bastaba con la obra, y no dudó en demandar a un biógrafo por usar una foto suya sin autorización. Para él, la imagen pública era un atentado a la privacidad.
Juan Rulfo dio pocas entrevistas y evitó el protagonismo mediático. Paradójicamente, fue un gran fotógrafo, prefería estar detrás de la cámara. Después de la publicación de Pedro Páramo, eligió una vida discreta, casi burocrática. Su silencio público alimentó el mito del escritor que habla una vez y para siempre.
En esas contadas ocasiones, Rulfo ironizaba sobre el “personaje” que la prensa había construido en torno a él, y una vez declaró: “Yo no soy escritor profesional. Escribí un libro y ya”. Y en otra, sobre su silencio literario dijo: “No tengo nada que decir. Lo que tenía que decir ya lo dije”. Su incomodidad no era sólo ante la cámara, sino tal vez por la expectativa pública de producir y explicarse.
Aunque existen varias fotos suyas conocidas, Alejandra Pizarnik desconfiaba de la exposición. En sus Diarios se advierte la tensión entre la imagen y la escritura: el temor a convertirse en un personaje literario antes que en una voz propia. La fotografía, en su caso, no era celebración sino conflicto. En sus Diarios aparece con frecuencia esa tensión. En una entrada, anota: “La verdadera obra es la que no se ve”.
Más que rechazo frontal a la foto, quizá lo suyo era miedo a la fijación de una identidad pública: una ficción.
Thomas Pynchon, cuya fobia fotográfica también se ha vuelto parte de su mito, en 1984 envió una carta a CNN rechazando su aparición en televisión, y escribió: «Quiero dejar constancia de que no soy un preso». Negaba el mito mientras lo consolidaba. Su escasez de imágenes se volvió parte de su poética: la ausencia como estilo.
Otra ‘invisible’ es Elena Ferrante, quien ha defendido el anonimato como principio literario. En una entrevista –por correo– de 2015 con The Paris Review, escribió: «Creo que los libros, una vez escritos, no necesitan a sus autores». Aquí la renuncia a la imagen es una declaración estética: la obra puede circular sin un rostro que la respalde.
En todos ellos, la no-imagen opera como imagen. No mostrarse es una forma superior de pose. La negativa se convierte en retrato.
En el extremo opuesto están los escritores con “conciencia de marketing” (variable neoliberal de la ahora añeja frase), los que no pierden oportunidad de decir –diariamente–: “aquí estoy, soy escritor, no se olviden de mí”. La foto editorial-promocional o de solapa ya no basta; hoy se actualiza el rostro en tiempo real. El escritor contemporáneo no solo escribe: administra su visibilidad. Cultiva seguidores-clientes o potenciales lectores. Ensaya selfies reflexivas, retratos casuales que simulan espontaneidad, sonrisas impostadas, máscaras de seriedad, alimentos–vestimentas–destinos, supuestas lecturas (o meros compromisos), citas, ‘historias’ pedestres de situaciones y cercanos. Si Warhol prometió quince minutos de fama, las redes sociales ofrecen un diario de vida público, y quince segundos renovables hasta el hartazgo del narciso escriba.
Hay algo enternecedor –y un poco patético– en este esfuerzo por representar el oficio. Como si la literatura necesitara una prueba visual (pero hoy sabemos que no basta con la obra). Como si temieran que, al cerrar el libro, el lector se olvide del rostro de aquel iluminado.
Tal vez por eso algunos tapan media cara, otros se parapetan en bibliotecas y escritorios o adoptan el gesto de una mente atribulada. Todos buscan lo mismo: una forma de decir existo. Pero la literatura, cuando funciona, hace lo contrario: disuelve al autor, lo vuelve voz, ritmo, el pulso de un mundo particular.
Al final, la foto de escritor es una representación y requisito de un catálogo manido; un anhelo visual, una estampita que precede al texto. El problema es que la imagen es mera pose; la escritura, en cambio, delata.
Felipe Reyes F.











