Hace unos años, a principios de la década, el crítico Iván Zgaib escribió un texto sobre la película de Alex Piperno “Chico ventana también quisiera tener un submarino” (Fantasías de laboratorio). El texto servía de excusa para pensar el estado del cine contemporáneo, sobre todo en los países del tercer mundo (la película es uruguaya, pero es una coproducción con distintos países a partir del Fondo Hubert Bals). Lo que planteaba Zgaib era apocalíptico, o más bien, el deseo de un fanático religioso que anhelaba que ocurriera algo, alguna de esas tragedias bíblicas que nos obligue a pensarlo todo de nuevo. “¡Por favor, basta de ingenieros en el cine!”, decía. “Habría que dejar que el edificio se derrumbe un poco. A veces está bien sentir que caminamos entre escombros.” Pues el pobre Piperno era tomado de punto, como cara visible de un movimiento de directores –que seguramente podemos encontrar en los catálogos de los últimos festivales– que filman de una manera prolija, digna de maestro ingeniero. Zgaib lo define como una “belleza sintética de laboratorio” de la cual es difícil resistirse, pero al mismo tiempo una belleza fría, especuladora y homogeneizante, que podría ser de Piperno como de cualquier otro de ese grupito. Ante un estado de las cosas que se tornaba exasperantemente monótono, frío y llevaba al cine a una labor que consiste en la prolijidad calculada del maestro, Zgaib pedía que “derrumben el edificio”.

Un año después, en 2022, algo ocurrió. Como una fuerte tormenta, un rayo, un meteorito o una turba iracunda armada de palos, el edificio fue derrumbado. En un BAFICI del que ya se esperaba poco y nada, que parecía falto de ideas, abandonado por quienes habían sido sus estrellas, que ya había abandonado ese lugar que se dice que alguna vez tuvo –el de exhibir la vanguardia del cine argentino–, es que aparece lucía seles, una aparente “debutante” (lo que demuestra aquella desorientación que tenía la misma gente del BAFICI*), estrenando un monstruo de tres cabezas en la competencia nacional: la llamada en ese momento Trilogía del tenis, y luego Tetralogía incompleta del odio desencadenado. Las películas ya no parecían la obra de un maestro que había elaborado una cuidada puesta donde los personajes debían desplazarse de forma ceremoniosa, casi temerosos de arruinarla. En lucía seles aparece algo caótico: los personajes, siempre con alguna tara, se exponen bajo puestas de luces nulas, cámaras baratas y micrófonos que a veces se cruzan frente a cámara; en fin, a la precariedad. Y aun así, todo es hermoso. No es una belleza calculada de laboratorio, como decía Zgaib, sino que lucía entiende su labor de videasta dejando que la belleza ocurra para encontrarla. Así es como logró algunos de los planos más bellos del cine argentino más reciente: con sus canchas de tenis, sus iglesias, sus colectivos, sus escuelas privadas, sus confiterías y su largo etcétera nacional.

En una charla que se encuentra en YouTube bajo el nombre “Softly surreal”, lucía admite: “Siempre voy a preferir a las personas que se dediquen a las confiterías que a las que se dediquen a la puesta en escena; la puesta en escena es algo menor, muy menor”, para luego explicar: “Yo acá justo tengo esta cartera que está sobre el escritorio del sanjuanino y yo la pongo ahí, porque es una cartera que amo, entonces ya está, la cartera va a estar ahí, y yo filmo enamorada de esa cartera, sino me voy a mi casa”. lucía parece ser una sobreviviente que, al ver el edificio en ruinas –mientras los demás viajan a Berlín, Venecia, a hacerse los tontos–, recoge las partes que ya no significan nada y vuelve a juntarlas, pero diferente. Como alguien que se olvidó de cómo funcionaban las películas, o a quien nunca le importó. Como dice en la charla, ante la ingenuidad de la directora alemana Ulrike Ottinger: “yo inventé el montaje”. O, por ejemplo, los subtítulos, que ya no servirán para traducir lo que dicen los personajes, sino que serán una voz nueva que también mira la película y se sorprende de lo bella que es. Y cuando vemos finalmente en el video la cartera del sanjuanino, sentimos el amor que pone lucía en ese plano, y así descubrimos que esa cartera, al mismo tiempo que la reacción que pueda surgir de los personajes, es más importante que cualquier composición o movimiento de cámara de “la belleza de laboratorio”. Donde en esas otras películas todo está probado, en los videos de seles parecería estar surgiendo allí.

La teórica Silvia Schwarzböck habla del cine como un “Arte de estado”; entre otras cosas, se refiere a que el cine de un país da una imagen de sí mismo para el resto del mundo. En el caso de la Argentina, tiene que reconstruir un Estado desde las ruinas que dejó la dictadura. Es exagerado decir que los videos de lucía seles tratan entonces sobre la dictadura, pero me gusta pensar que, ante la creación desenfrenada (videos, libros, obras de teatro, etc.), lucía construye su monumento de escombros, que irradia una imponente belleza industrial, y junto a este monumento construye nuestro país. Es un monumento atado con alambres y en el que destacan lapiceras, encendedores, la cúpula de la iglesia de Luján y hasta los nombres de barrios de la provincia de Buenos Aires en los nombres de sus personajes (a un personaje se le conoce como La mujer de Villa Elisa). Con esto quiero diferenciar sus videos de los “no lugares” a los que se refiere Zgaib en su texto (“Miran a los lugares vibrantes y los procesan hasta convertirlos en no-lugares: el tipo de escenario donde las particularidades y las relaciones entre las personas se cosifican en pos de una arquitectura automáticamente deslumbrante”). En las “Fantasías de laboratorio” criticadas, la financiación por medio de coproducciones obliga a filmar en distintos países, lo que parece crear un internacionalismo que termina refiriendo a ningún lugar. Esto podría hacer creer que seles puede aprovecharse y usar el territorio para subrayar sus clichés, como la gira europea de Woody Allen, o, siguiendo el texto “Hubert Bals Fund y el cine latinoamericano” de Miriam Ross, un cine latinoamericano que tiene que explicitar su subdesarrollo y caer en una suerte de pornomiseria. Si el problema de Piperno es una asepsia internacionalista, lo contrario puede ser una suerte de folklorismo, o la mirada irónica como el pastiche kitsch estetizado que hace Amalia Ulman en Magic Farm del conurbano bonaerense; pero lucía parece que sale a filmar y descubre las cosas como están por primera vez, en vez del preconcepto de reírse de un almacén de barrio, se asombra con detalles que para el resto pasan desapercibidos, descubre con admiración los puentes del conurbano bonaerense, el vía crucis menos famoso, los estacionamientos de los establecimientos o la sobriedad de los colectivos. De esta manera, observando de vuelta, es que sus videos son los que mejor reconstruyen no sólo un cine, sino un país en ruinas. Si vamos a vivir en ese país en el que se padece a sus presidentes, como dijo el argelino Kateb Yacine, no hay que permitirles a los gobernantes que construyan la historia.

*lucía seles ya había estrenado sus primeras películas en la sección Vitrina del Festival de Mar del Plata a partir de 2007, bajo el nombre de rocio fernandez. Luego pasó muchos años a escondidas; durante los 2010 publicó música por Bandcamp y pequeños videos al estilo youtuber por Vimeo. Empezados los 2020, tuvo un tímido regreso con dos películas casi secretas, hasta estrenar su ya mítica Tetralogía Incompleta en el BAFICI.

Fantasias de laboratorio (Ivan Zgaib) https://queridosrproyectorista.wordpress.com/2021/07/23/fantasias-de-laboratorio/

Woche der Kritik 2023 – Debate: SOFTLY SURREAL https://www.youtube.com/watch?v=oMIZtIS9nlo&t=3882s

Hubert Bals Fund y el cine latinoamericano (Miriam Ross, 2011) https://taipeirevista.com/index.php/2023/12/15/hubert-bals-fund-y-el-cine-latinoamericano-miriam-ross-2011/

Por Leonardo Agustín Alías