E., que es asiduo lector de narrativa, me dijo un día que le costaba entender la poesía. Nada original, respondí que la poesía no es para entender. Eso, y los meses pasaron.
Tiempo después, fui a leer en Aquí América Latina, de Josefina Ludmer —crítica—, entre los diálogos reconstruidos que conforman una sección del libro, que rescata uno, justamente con Tamara Kamenzsain —poeta—, que restituye la arquetípica situación de descalce o incomprensión entre quien se educó en una práctica lectora prosística y quien lo hizo, además, en una práctica lectora poemática: “No entiendo … bueno, nunca entiendo nada, la poesía me sirve para no entender …”, dice Ludmer que fue lo que le dijo a Kamenzsain, cuando el asunto era la poesía. La anécdota expresa cómo una docente e intelectual de prolífica carrera como crítica que era Ludmer para entonces, no puede, pese a ello, sino confesarse expulsada de toda posibilidad comprensiva en la lectura de poemas; nunca y nada, son los adverbios restrictivos con que acorrala y coarta la acción, aun si conjugada, de su subjetividad expresada en la primera persona: “nunca entiendo nada”, dice. No entender, es, en efecto, una constante en la lectura de poemas, pero una constante que no discrimina entre avidez o costumbre; es tan recurrente el desconcierto, ante la lectura de poemas, tanto de quien no está en familiaridad con ellos, como de quien practica su lectura asiduamente. La diferencia, tal vez, esté en la postura ejercida ante esa incomprensión.
Entender, etimológicamente intendĕre, se descompone en la raíz lexical tendĕre, que a su vez está compuesta por la raíz indoeuropea ten, traducible como estirar o tender, y el prefijo in, que puede cumplir las funciones semánticas de los adverbios hacia o dentro. Contextual, pero también convencionalmente, se ha preferido por asociar el entendimiento con un tender-hacia, es decir con una ex-tensión o tensión desde sí hacia un afuera, y así, cuando decimos entender o no entender algo, aludimos a qué tanto conseguimos posar un extremo de nuestra comprensión sobre un objeto, circunstancia, o fenómeno pre-tendido, en una maniobra que parte de nuestra locación hacia lo ajeno. Bajo este concepto de entendimiento, si digo que entiendo tu pregunta, quiero decir que la he recibido y decodificado y soy capaz de responderla o actuar según lo que ella suscita o demanda de mí como interlocutor, y, en cambio, si digo que no entiendo tu pregunta, quiero decir que no la he recibido del todo, que no reconozco lo que ella indaga en mí, y en consecuencia, soy incapaz de brindar respuesta o siquiera actuar en función al estímulo que ella pretende de mí, y por lo tanto exijo una reformulación; en el vaivén de esta dicotomía, quedan excluidas, entre otras cosas, las inagotables posibilidades productivas del malentendido, puesto que el entender y no entender se vuelven categorías fijas, técnicamente al menos, pues en la práctica existen los malentendidos, que son vistos como un problema, pues el carácter estrictamente binario del entendimiento como piedra angular de la idea reaccionaria del privilegio de la transparencia comunicativa, tiende a la corrección y la inadmisión del error. Tan humano que es, que somos.
Hemos desatendido, sin embargo, otra chance latente en la conformación etimológica de la palabra, con la cual, no invirtiendo pero sí torciendo la parábola semántica de la partícula in, el verbo entender nos permite no apenas tender-hacia, sino también tender-hacia-adentro, y, si queremos ser todavía más radicales, tender-adentro a secas.
Con la fórmula tender hacia adentro, exploramos la dimensión históricamente más postergada de la convención de entender como verbo transitivo, que en esa cualidad reclama un objeto al cual ser dirigido; para el caso de Ludmer, que es también el nuestro, la poesía. Y podríamos, según esta lectura, incorporar una acepción según la cual no partamos ya de nuestra locación subjetiva para depositar nuestra razón, juicio, o lucidez, sobre sucesos objetivos, sino que inauguramos una inversa trayectoria de afección, que nos permite enfatizar la experiencia de los sucesos como entidades activas, para entendernos o dejar de entendernos, ellos a nosotros. Lectura acaso útil y pertinente en un momento en que pululan perspectivas críticas al antropocentrismo. Pero notemos que, al anexar el concepto de “adentro” a la convención “tender-hacia”, por fatalidad, acabamos por restringir unidireccionalmente el trayecto del entendimiento, de un afuera al adentro, cuando el tradicional uso “tender-hacia”, más allá de que históricamente lo hayamos cansado con la acepción de adentro hacia afuera, permitía todavía una apertura en la soledad del hacia, que no indica ni hacia dónde ni hacia qué, ni hacia todo ni hacia nada, ni hacia todos lados ni hacia ninguno; es simplemente un hacia, y punto. Ahora, si renunciamos a la polisemia y su peligrosa apariencia democratizante, y volvemos a encauzar semánticamente la partícula in, pero en su antípoda, impactamos, ahora sí, con algo bien más inescrutable. Y es que, tender-adentro a secas, nos brinda la acción y locación, pero nos exenta de dirección. Es decir, que la acción yace, pero en un escándalo de potencia, dado que el acto de tender requiere una dislocación o mínima extensión espacial; acto y espacio —tensión y adentro—. Lo que no hay es tránsito, que apuradamente podría juzgarse un requisito para su efectuación. Y con exentarnos de dirección, quiero decir que nos salva de ella. Sin mapa, sin coordenadas, sin señales de tránsito, sin, en definitiva, calles ni senderos ni pasillos, no podríamos a priori tender, ni nada, ni a nada. Tenemos sin embargo, provisto un lugar: adentro.
Allí, cualquier tensión que intentemos, bajo este concepto, será practicada en la radical intimidad. Una que no discrimina la del poema o la de la autoría, de la nuestra, que contiene a su vez nuestra toda experiencia, previa a la lectura, y la experiencia en la lectura misma. La unidad de lugar, aun si deliberadamente provisoria, que supone cada lectura, debería tender su cordón emotivo-racional al simultáneo interior de cada dimensión que opera en la lectura de un poema.
Se nos ha educado en la idea de una expectativa que antecede a la lectura de poesía. Escolarmente diligentes, aprendemos y sin cuestionamientos que la metáfora es la reina de este dominio, y ese trauma nos persigue por el resto de nuestras biografías lectoras; el delirio de persecución con que nos acosa esa idea, nos hace pre-tender un “entender” metáforas en todo lo que previamente acusamos como poema: necesitamos imperiosamente inventar significados metafóricos para justificar, primero, que lo que tenemos delante nuestro es un poema, y segundo, que hemos entendido ese poema. Cuando no conseguimos forzar el traslado que nos exige la lectura metafórica, cuando ya hemos abierto tantos senderos para transportar el significado de una serie de versos o enunciados poéticos, y han todos resultado truncos, sea por un abismo o una muralla igualmente imperturbables en su exceso o ausencia de connotación, frustramos la lectura y lo declaramos, finalmente: no entiendo. Es que no vimos que son esas murallas y abismos las demarcaciones del adentro con el que debemos aprender a lidiar. Sin extramuros, sin metáfora, estamos, pese a todo, todos los actores y objetos necesarios, dispuestos, acá adentro, para que ocurran; el poema y su lectura. Para entender, en esta otra acepción posible.
Al saber dar plasticidad a lo claustrofóbico, notamos que también hay una dinámica de lo que aquieta. En principio, y en última instancia, no puede cabernos la duda, de que un verso es el que es y ninguno otro; de que un poema puede, también, estar diciendo lo que dice, y no necesariamente, lo que no dice.
Pese a no entender lo que quise decir a E. con aquella frase hecha, creo ahora que ella entendía algo en sí misma, más acá de toda explicación; quiero creer así también, que pese a que Ludmer dijo no entender, su frase sí que algo entendió.
Por Iván Sosa
Fotografía de Enrique Metinides











