Joseph Roth siempre fue un personaje difícil de tragar. A pesar de haber sido uno de los cronistas mejor pagados y más talentosos de la década de 1920; de su ironía mordaz y un alemán marcado por el ritmo gramatical de su idish materno que le daban una voz única; y de que sus artículos denunciaran la hipocresía de Alemania y Austria respecto de la Primera Guerra Mundial… era alcohólico, mitómano, agrandado, despilfarrador y contradictorio.
El filósofo berlinés Walter Benjamin rescata a la perfección un retrato de Roth en una anotación de su diario de Moscú, cuando se encontró con él el 16 de diciembre de 1926, en un hotel de lujo: Da la impresión de que Roth vive a lo grande […]. Después de su lectura, mantuvimos una charla en la que lo forcé a mostrar sus cartas. El resultado se puede resumir en pocas palabras: llegó a Rusia siendo un bolchevique declarado (casi) y se va hecho un monárquico”.
Ese era Roth: contradictorio hasta el extremo, pero con un magnetismo innegable. Vivió sobre todo en hoteles y persiguió con avidez la diversidad cultural, moviéndose entre Viena, Berlín y, finalmente, París.
I.
Nadie sabe con certeza dónde nació. Fue en la provincia austríaca de Galitzia, posiblemente en Brody, aunque él mismo lo negaba: siempre quiso —y sostuvo— haber nacido en Schwabendorf. Sin embargo, esa tierra natal siguió habitando su memoria, y volvió a ella en cuentos y novelas. Sufrió los pogromos rusos y se enlistó en el ejército austrohúngaro durante la Primera Guerra Mundial. Roth solía relatar hazañas en el frente, aunque es probable que ninguna le hubiera ocurrido en persona. De las trincheras trajo, eso sí, una serie de crónicas que lo situaron rápidamente a la cabeza del periodismo alemán en el Frankfurter Zeitung. Lo único seguro es que regresó de la guerra sin nacionalidad: el Imperio austrohúngaro había desaparecido. Y esa condición de apátrida lo acompañaría en el corazón hasta el final de su vida.
Las historias sobre su origen y juventud son muchas, y casi todas las inventó Roth: era un mentiroso empedernido. Una cosa, sin embargo, es cierta: sus únicos hogares fueron el Imperio austrohúngaro y el Hotel Foyot de París. Por el primero abandonó el comunismo y se volvió militante del partido monárquico austríaco; en el segundo hizo su nido cuando Alemania anexó Austria y comenzaron las políticas antisemitas del Tercer Reich. Se convirtió al catolicismo, aunque nunca se alejó de su rabino, y en su obra elevó un elogio a los judíos orientales, con quienes había crecido y de los que él mismo era un representante ejemplar.
Cuenta la leyenda que, en 1937, Joseph Roth fue el último en abandonar el Hotel Foyot, su hogar durante años. Incluso el personal lo había dejado antes que él. Pasó los dos últimos días en su pequeño cuarto del segundo piso, encerrado, escribiendo sin descanso. Solo salió cuando comenzaron a demoler el techo. Se mudó entonces al café-hotel de enfrente –el Café Tournon– y desde allí contempló cómo su último refugio se desmoronaba hasta quedar en ruinas. Como un fantasma todavía ligado a un hogar perdido, Roth permaneció en ese nuevo hotel, separado apenas por una calle del Foyot desaparecido.
II.
Su orgullo de judío oriental se percibe no solo en el protagonismo que otorga a estos personajes en sus relatos, sino también en el desprecio que destila hacia “lo occidental”. En Paseo (1921), Roth se enfurece con el uso que la burguesía hace de la naturaleza y sentencia: “No entiendo a las personas que pasean para disfrutar de la naturaleza. El bosque no es un café. La ‘recreación’ no es una necesidad, si es el objetivo expreso del excursionista. La ‘naturaleza’ no es un conjunto de instalaciones”. Más adelante, afina todavía más esas observaciones:
“El europeo occidental sale a la “naturaleza” como si fuera a una fiesta de disfraces. Tiene una relación con la naturaleza mediada por la chaqueta de paño tirolés. Vi excursionistas que eran contadores. No necesitaban bastones. El suelo es tan plano y liso que una pluma estilográfica les habría servido igual de bien. Pero el ser humano no ve el suelo llano y liso. Ve “naturaleza”. Si saliera a navegar, probablemente se pondría el traje de lino blanco que heredó de su abuelo, que también era marinero de fin de semana. No tiene oídos para el batir de una ola y no sabe que el estallido de una burbuja es algo significativo. El día en que la naturaleza se convierta en un lugar de esparcimiento será el fin”.
Sin adornos, así es la pluma de Joseph Roth. En el Café Tournon, su mesa era oficina y estudio, donde escribía y recibía visitas hasta la madrugada. Entre el bullicio y el alcohol encontraba claridad, y tal vez por eso sus escenarios son estaciones, calles, cafés, mercados, campamentos, hoteles y pueblos fronterizos: espacios de cruce, circulación y convivencia entre clases, patrias e idiosincrasias. Pero en ellos también late la falta de sentido, esa misma que él cargaba y que impregnó toda su obra.
A través de Franz Tunda (La fuga sin fin), Roth ironiza sobre el intento burgués de resguardar lo que llaman “cultura europea”, una noción vacía usada para dar un último sentido a un mundo occidental que, como Cenicienta pasada la medianoche, revela su verdadera y abrumadora faz. Con Mendel Singer (Job) y Andreas Pum (La rebelión) se enfrenta, en cambio, a la falsedad de un proyecto divino superior frente a la desolación de la guerra y el despojo que carcome sus vidas.
A mi juicio, la crisis de sentido que denuncia Roth va de la mano con una atención particular a los vencidos de la historia. Su trabajo como cronista es intachable en este sentido, y su labor como escritor no se queda atrás. Los ejemplos abundan, pero elijo uno que me gusta especialmente. En “La sonrisa del mundo” propone una fantasía curiosa: un habitante de Marte se suscribe a una revista ilustrada berlinesa para informarse sobre la situación de la Tierra; allí concluye:
“El hambre se comprende desde la perspectiva del comité de beneficencia, y el frío, desde el recuerdo del rico de una visita a parientes que no tenían calefacción. Los mendigos inválidos simulan tara y pobreza ex profeso para los fotógrafos de las siempre guapísimas revistas ilustradas. El mundo es un objeto de ilustración […] El querido lector marciano se asombra del rincón humorístico que en veinte páginas escasas abarca toda la desolación del planeta”.
III.
Con una perspicacia cercana a la de Walter Benjamin, Roth vio que en un clima de indiferencia ante la violencia nazi, donde se expulsaba a escritores y se quemaban sus libros, el paso siguiente sería quemar personas. Aunque no podía prever el curso de la historia hay que decir que no se equivocaba.
Mi fotografía favorita de Roth lo muestra junto a su buen amigo y benefactor Stefan Zweig. Roth mira a la cámara, mientras Zweig lo observa con la ternura de viejos amigos. Roth jamás entendió qué le vio Zweig a él, un vicioso y pesimista judío del este europeo: “ser amigo mío es funesto”, le dijo en una ocasión. Si alguien intentó salvarlo de sí mismo, fue Zweig, quien, consciente de que la ansiedad y el alcohol consumían a su amigo, le ofreció en innumerables ocasiones costearle una cura de desintoxicación. Roth las rechazó todas: le debía a la bebida sus mejores novelas. Y a su alcoholismo le dedicó uno de sus últimos escritos, tan brillante como testimonial: La leyenda del santo bebedor.
Sin saberlo, allí había escrito su propio epitafio. Cuando Andreas –protagonista de La leyenda del santo bebedor– atraviesa sus últimos momentos en una capilla, entre la realidad y el más allá, cree tener delante a Santa Teresa. Le entrega el dinero que había reservado para ella y exhala su último suspiro: “¡Que Dios conceda a todos nosotros, bebedores y bebedoras, una muerte tan fácil y hermosa!”.
Murió en París en 1939, poco antes de que los nazis tomaran Francia. En su funeral se reunieron católicos monárquicos, judíos, comunistas e intelectuales laicos: un cortejo tan contradictorio y plural como su propia vida.
Si bien la amistad entre ambos estaba marcada por notorias asimetrías –sobre todo económicas y profesionales: Zweig era un novelista reconocido y de buen pasar, mientras que Roth perdía prestigio, acumulaba deudas y atravesaba penurias–, Roth ofrecía a su amigo un acompañamiento intelectual y anímico complejo. En sus contradicciones supo ver, como pocos, el peligro del asimilacionismo judío y del sionismo, así como la paulatina pérdida de heterogeneidad cultural provocada por el auge de los nacionalismos.
En 1933 Roth le escribía palabras de aliento frente a un futuro incierto que se abría para Europa luego del ascenso del nazismo. Tras exponer disparatadas predicciones sobre el retorno de los Habsburgo y su imperio perdido, cierra la carta guiñando el ojo: “por supuesto, la verdadera patria es la amistad”.
Por Sasha Hilas











