“Parecido a una frecuencia, a una
estática, al ruido rosa de la radio.” 

John Burnside 

Sinapsis arbórea 

El Cupressus Serperviresns, mejor conocido como Ciprés, es un árbol nativo del mediterráneo oriental. Su tronco puede alcanzar entre los treinta y veinte metros de altura, y un diámetro parecido a un neumático de camión. Es habitual verlos en el Parque Metropolitano, perfumando con su aroma los pulmones de quien camina por el sendero.  

Pese a su imponente altura, su desarrollo bajo tierra es lo que llama mi atención. Es un saber conocido que los árboles se comunican entre sí a través de sus raíces. Y en el caso de árboles cuya altura roza edificios, lo que ocultan bajo el pasto debe ser enorme. Si el ser humano tiene más o menos 100.000 km de vasos sanguíneos dentro de su cuerpo, no sería raro que un árbol de dos mil años tenga una conexión de miles de kilómetros con sus congéneres. Para Enrique García Gómez, los bosques son un sistema complejo, que se mantiene vivo hace milenios gracias a la evolución en el lenguaje de la flora

A través de un lenguaje eléctrico, parecido a la sinapsis, los árboles son capaces de enviarse información relevante para su subsistencia. Se podría decir que nuestro proceso para traspasar la información de una neurona a otra desciende de este lenguaje arbóreo, el cual replicamos mediante los medios electrónicos que nos conectan como el bosque.  

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La U jugó contra Flamengo por los cuartos de final de la Copa Libertadores. El partido lo transmitió Fox Sports, pero como a mi mamá no le gusta el fútbol tuve que verlo en el computador. Esa noche mi primo se quedó con nosotros, y como él era mayor me pareció bien su idea de escucharlo por la radio porque “es más entretenido”. La U perdió de local, pero Montillo hizo un golazo, picando la pelota por arriba del arquero. No lo vi, pero lo escuché. Me pareció alucinante la forma de gritar del Trovador, como si el gol lo hubiera hecho su hijo. No entendía nada, pero veía en mi pieza el azul y rojo de la U y a mi primo sonreír junto al velador. Fuimos a comer al Chilenazo, y mi primo dijo que pese a haber perdido, habíamos pasado a la semifinal, por lo que experimenté el triunfo con la lengua. La carne sangrando en mi boca, y la pileta dentro del restorán, con sus baldosas lapislázuli, ha sido mi experiencia más cercana con la sinestesia de la que habló Rimbaud.  

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El puerto es un festín de ruidos. Gritos en diferentes tipos de español, cumbia y diversos olores. Ante el aviso de desembarque, las gaviotas se pierden en el hilo negro que parte el cielo en dos. Uno se pregunta qué traen estos barcos, si acaso vienen radios, teléfonos, botellas de sake, mirin, lámparas o frazadas. Atraviesan el mar en cuarenta días, llegan a tierra y alborotan la cumbia villera que rebota en las paredes. 

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Para Barthes “el lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. […] por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación”. 

Sin mover los labios, A extiende su voz en el oído de B. Con sus ojos y postura corporal, se dicen cosas encriptadas para el resto. Acaso una invitación a tomar algo o a cortar la maleza del jardín, incluso puede ser un insulto pronunciado con cariño. 

Lo que no se ve pero existe, es parecido a la grabación de unas vacaciones en Puerto Montt. Sabes que la lluvia está ahí, pero no la ves, solo la escuchas. Lo mismo pasa con las palabras, no las ves, pero se escuchan en la mirada.  

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Ondas electromagnéticas viajan a través del espacio. Contienen información relevante para evitar una guerra, o quizás una melodía que se esparce entre la juventud como el deseo de probar el alcohol por primera vez. Su textura, casi etérea, hace imposible sentir la suavidad o aspereza de su piel. Aunque, para algunos oídos, la alerta de temporal puede despertar una angustia no comprensible para aquel que sueña con la lluvia. Una mediagua construida con lo justo no es rival para ese tipo de inclemencias, entiende el que duerme en una cama de dos plazas, pensando en que sus camelias se hidratarán con el sudor de las nubes. Textura de lija o cubrecama, depende del oído. 

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Para John Cage, el sonido estaba muy manoseado, y faltaba explorar el silencio. En su 4´33”, intentó demostrar que en el mutismo había música. 

Puede que, si nos callamos por algunos minutos, encontremos una música interna que relaje o irrite nuestro temple. Puede que, como el tiburón martillo, sintamos a ras de suelo la vibración de los polos magnéticos, el vibrar que se esconde tras las cosas. La mesa, la botella, la guitarra que descansa sobre la cama, todo puede tener algo que decir. Quizás eso es la meditación, cerrar la boca y ojos, y captar las melodías del ambiente, con la forma de pensamientos. 

Hace poco, descubrí en las redes un músico que se dedica a “mostrar”, a través de un sintetizador, la melodía de frutas y verduras. Del silencio amargo de un limón emana una melodía desparramada, un techno ácido, con una pizca de azúcar rubia. 

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Lo recuerdo lamiendo damascos reventados en el pasto, con su cola de cinco centímetros moviéndose al ritmo de un parabrisas. El aroma de la carne siempre fue su punto débil, aquello por lo que dejaba de escuchar nuestro llamado y obedecía su instinto más puro. Ese día en el parque, cuando salió a la siga de los queltehues, se veía feliz, corriendo por el pasto, con la lengua afuera, revolcándose en el barro para después llegar al auto con las patas negras. 

John Burnside escribe: Los muertos que en su día nombramos y enterramos rompen, como olas, sobre hojas y arena, sobre troncos y hierros oxidados.   

Su nombre resuena en los oídos de quien lo acarició, aunque su aliento, a veces, espantara. Veo sus orejas, erguidas ante mi llamado, cada vez que me siento bajo el damasco y toco la pulpa que dejó esparcida para mí.    

Por Sergio López Recabarren

Fotografía de Harry Gruyaert