VI
El pleno verano se estira a mi lado con su bostezo de gato.
Árboles con tizne en los labios, autos fundiéndose
en su caldera. El calor agota a los perros de la calle.
Pintaron el capitolio de rosa, los rieles
de Woodford Square del color de la sangre que se oxida.
La Casa Rosada, el humor argentino,
canta bajito desde el balcón. Monótonos, cruentos arbustos
peinan las nubes cargadas con jotes como ideogramas
sobre los supermercados chinos. Los pasillos del horno sofocan.
En Belmont, sastres tristísimos se asoman por encima de las viejas máquinas,
cosen junio y julio juntos con costuras invisibles.
Y uno espera el relámpago del pleno verano como un guardia armado
en el aburrimiento espera el trueno del rifle.
Pero me nutro en su tizne, en su simpleza,
en la fe que llena al exiliado con espanto,
en las colinas del ocaso con su tiznada luz naranja,
incluso en la llama piloto del puerto rancio
que titila como luz de patrullero. El terror
es local, por lo menos. Como el tufo de puta de la magnolia.
La noche entera, ladridos de un lobo que anhela revolución.
La luna brilla como un botón extraviado.
En el muelle se encienden las luces de sodio amarillas.
En las calles ruido de platos detrás de ventanas oscuras.
La noche es compañera, el futuro es tan feroz
como el sol del mañana en todas partes. Puedo entender
el amor ciego de Borges por Buenos Aires,
cómo es que alguien siente las calles de una ciudad brotar de su mano.
IX
Toca tierra, esa varita de zahorí ramificada
el relámpago, como la nota fugaz de una golondrina en la partitura
de cuatro cables del tendido eléctrico, mientras todo lo que leo
o escribo se estira demasiado. Ay, tener
un tono coloquial pero severo,
la brevedad de esa sílaba corta, Dios,
toda síntesis en un solo trazo heráldico
¡como Li Po o como la etiqueta de una lavandería china! Caminar
estas calles calientes, sus carteles un telón de fondo con tizne adherido
al ego disperso. Las líneas que se arrojan
contra el pulso no encajan en ningún molde. Algo más que el tiempo
sigue variando. El lenguaje nunca encaja en la geografía
excepto cuando riman la tierra y el relámpago del verano.
Antes de madurar me obligué, con una rama,
a profesar cada lengua, lenguaje y vida al mismo tiempo.
Ahora que soy más hábil estoy más insatisfecho.
Nunca coinciden la naturaleza y
la propia naturaleza. Demasiado veloz la taquigrafía del relámpago,
demasiado paciente el mar, muchas veces, desgarrando el papel,
demasiado frenético el viento desatando el mismo nudo,
demasiado lentas las piedras arrastrándose al lenguaje cada noche.
XIII
Hoy respeto la estructura, la antítesis de la imagen.
¡El barro meticuloso de mis cuadros, mis malas tramas! Pero siempre,
cuando el aire está vacío, escucho hablar actores,
la resonancia ambigua de lo que es ordinario y sabio.
Con la edad se multiplican los fantasmas, por la cabeza poblada
cruzan personajes impacientes, los oídos se clausuran;
detrás de ellos escucho actores, sus susurros y sus gritos:
el escenario iluminado, vacío, el set a punto,
y yo que no puedo encontrar la llave para que salgan.
¡Dios mío, mi oficio y el largo tiempo que me lleva!
De vez en cuando aparece un flash, el júbilo repentino
del relámpago fijando la tierra en su sitio; la piel del asfalto
huele fresca, a infancia en la lluvia que se seca.
Entonces creo que todavía es posible, la dicha
en la verdad, y el joven poeta de pie frente al espejo
sonríe y asiente. Luce hermoso a esta distancia.
Y espero yo ser lo que vio, unas ruinas que persisten.
poemas de Derek Walcott
versiones de Geraldine A. Ruiz
fotografía de Shomei Tomatsu











