Ostra

Por una ola que bañó mi cara, desperté, aguda, sólo para encontrarme encima de una roca al medio del mar. Lejos de mi habitación, lejos de casa; del trozo de tiempo que dicen que es mi vida. Me hallé con sal bordeando mis labios, mis ojos; su brillo cubriendo mi piel, endureciéndola, endureciéndome. Esto es un sueño pensé. Que esto, fuese lo que fuese, no era dónde debía estar, por lo que pronto volvería a mi lugar. Que mi cama era de madera y no esta roca tan fría, tan filosa; que rasga mi carne, que punza en cada pliegue, en cada herida, en el encuentro con el agua salada. Y la bruma, irreconocible en su inmensidad, se levantaba sobre mí, insidiosa, sin tregua, como una testigo de este desafortunado suceso, que era yo, aquí.

Quise levantarme, enfrentar; pero cada punta, cada borde desprolijo, se encontraba con mis pies descalzos, ya heridos y expuestos. Para mi lamento, quedarme recostada era igual o más doloroso, entre cada corriente, cada respiro que movía mi cuerpo, sometida. Y me pregunté cómo llegué hasta aquí. Quién me puso aquí. Quién podría quererme lejos, inhóspita. Quién habría encontrado la forma de escabullirse hasta mi habitación, sin rastro, sin protesta. Cómo nadie lo habría notado. ¿Acaso fue alguien que ya estaba dentro, en algún rincón de mi pieza? ¿Acaso fue mi padre, revuelto por esa codiciosa ira que lo sulfura y lo engulle una y otra vez? ¿Acaso alguno de mis hermanos, en esas jugarretas donde pierden la cordura, salvajes? O quizás fui yo, fuera de sí, de mí; ¡y qué amargura pensar en todo eso; qué tormento!

Por momentos, gritaba dentro de la niebla, en búsqueda de un socorro, alzando un aquí estoy; llévenme a mi casa, por favor. Creí escuchar bocinas de barcos, como los que se sienten en el puerto de Valparaíso; titanes aullándole a la noche profunda. Quise escuchar lo que fuese. Una lancha cualquiera, de algún pescador de regreso a la caleta, con el amanecer en el cuerpo a vender la pesca del día. Quizás podría ser yo, entre albacoras y reinetas, una mercancía más. Exótica, podría ser un molusco; una ostra con sus perlas pegadas a la membrana de su existencia. Insólita, exquisita, envuelta en la gracia de mí misma, dispuesta a volverme trofeo. Algún hombre pagaría un buen dinero por mí. Así lo querría mamá. Podría colgarme del cuello de alguna vieja, bañada en barniz a elección. Dejarme inmóvil, eterna. Pero sólo se escuchaba el resonar de las olas que chocaban con esta roca, bifurcándome, como las algas, a merced.

Con el nacimiento de cada alba, mi cuerpo, destilando dolor, cedía un poco más. Afuera de mi hábitat, cada pensamiento se volvía asfixia. Recostada, al dormitar, me encontraba con un nuevo filo, un nuevo flagelo, desollándome a gusto. Esta roca será mi muerte pensé, mientras el castañeo de mis dientes agitaba mi cabeza, abriendo una y otra herida con cada golpe, con cada imprecisión. Se armaban surcos entre mis heridas. Descarrilaban ríos, lagos y mares que crecían en mí; subterráneos, donde cualquier embarco sería naufragio.

Pero a medida que estiraba el auxilio, entretejí entre mis dedos, alzados hacia la bruma, lo que podría pasar, lo que habría de ser de mí. Cada hoyo, cada trozo desgajado, se hacía parte de esta roca que ahora me abrazaba. Comencé a olvidar, ocaso tras ocaso. Todas las voces, los cuchicheos tras mi puerta, los “¿y qué vamos a hacer con esta niñita?” de mi madre, los “está enferma. Hay que internarla” de mi padre, los “ay, pero ¿le dijo al cura Pedro? Quizás pueda venir y santiguarla; me da no sé qué saber que pasa tanto tiempo encerrada” de la vecina de enfrente, vieja metiche, que no tiene nada más que hacer que inmiscuirse en mi casa, a pesar del desastre en la suya. Admito que a veces extrañaba todo eso, pero lo olvidaba, como quien monta la cresta y cae a gusto; ya no importaba ahogarse. Aquí, en esta roca, en cada pliegue, en cada herida, ahora yo también era.

En un momento de reposo, percibí una presencia. El graznido me alcanzó vulnerable, correteándome, y la piedra rasgándome otra vez. La gaviota, tan grande como un perro, se quedó allí, mirándome, inquisidora con sus ojos blancos, como desdibujados de su rostro para no evidenciar sus intenciones. Una visita más allá de mis deseos. Y si bien se mantenía erguida, parecía dañada. Su plumaje era opaco; marchito por ataques o la mala vida. Su pico, sometido, con llagas brillantes por la sangre que le escurría leve, decadencia. Parecía que el dolor le hacía rotar la cabeza, como esquivando el daño, que nunca dejó de acompañarle. Toda esa faz era sólo una ilusión; la de quien quiere presentarse herido para dar un paso siniestro. Así lo sentí, por lo que me mantuve lejana, reacia a considerarla, casi que negándola. Pero esa indiferencia no pareció importarle cuando comenzó a avanzar hacia mí, hipnotizada. Y antes de que pudiese esquivarla, lanzó sus fauces, colérica. Alcanzó mis manos, mis brazos, sangre; y con cada picotazo, graznidos obscenos, sofocándose uno sobre el otro, bestiales. Esta gaviota será mi muerte pensé, en la nebulosa de mi miedo y los chillidos, los suyos y los míos. Todo en mí se agitó. Al borde de la piedra, limitada, como quien es seducida por el abismo, un instinto primitivo brotó de mi cuerpo, como piedra preciosa; y aunque me hundía en ese terror oscuro, que quebraba mis huesos, agarré al animal desde el cuello y le azoté hasta darle muerte. Mis ríos, mis mares se tiñeron de rojo. Ahora plumas y entrañas, el ave cayó al mar cuando una ola lo tomó, perdiéndose en esa enormidad, distante. Y lloré, como no lo había hecho antes desde llegar aquí. Invadida por lo que hice, con la rabia consumiéndome, caldeada en mi propia intranquilidad, sumergida. Pidiendo paz donde nunca hubo garantías de ello. Ardida, me arrojé a morir, con fuerza, en esta roca, maldita, igual que yo.

Con nuevas albas, el incidente, si bien superado, repercutía a ratos en cada suspiro. Dudé. ¿Pudo ser de otra forma? ¿Pude evitar el caos? Mientras, el agua abría y limpiaba cada nuevo corte, ahora despojada de las aflicciones que antes me sometían. Domesticada y libre; ingenua y demarcada. Y a pesar de sentir que la tempestad habría de presentarse otra vez, no habría de huir de esto, de mí. Depositada en este lugar, que apuñalaba y encajaba en sus rincones, turbios, mi ser, la brisa también soplaba en mi rostro. Donde, bañada por lo inmenso, se cultivaba en mí algo más allá de lo fatal; y que, aunque se partiese mi cuerpo cristalino, explotase todo lo que yacía puro, destruyese lo que con tanto recelo supe acoger, habría de renacer en cada filo, en cada corte. Bajo el cielo, como la bruma, era también yo, un tesoro.

Por Paolo Henríquez

Fotografía por Mario Giacomelli, parte de la serie Puglia, 1958.

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