El hombre de la avioneta – Por Fernando Canzani

Decidido a esquivar el trabajo, Julio pidió que se le pague por adelantado e infló el precio hasta el límite del abuso. No sabía nada sobre el arte de la meditación, pero publicitar algo así desde la avioneta le parecía una boludez. Tal vez por la costumbre de volar siempre para las mismas cosas del verano, como intentó explicarle al cliente. Pensó que todo esto alcanzaría para espantarlo, pero no sucedió. Le pagó en el momento, sin hacer objeciones y a Julio no le quedó otra que agarrar, incluso frente al resfrío veraniego que lo tenía a mal traer.

Ultimó unos detalles con el hombre, de quien se podía decir que estaba más contento luego de pagar que antes de hacerlo. Es para cagarlo a trompadas, pensó Julio, aunque sobre el final de la transacción tuvo un rapto de ética laboral:

-Es posible que no se escuche tan bien. -dijo sabiendo que iba a escucharse mal, ya que una de las dos bocinas estaba a punto de desconarse-

-Estará bien así.

-Mire que una vez hecho el vuelo…

-Servirá. -le respondió serenamente.

Algo en ese hombre lo irritaba demasiado. Se despidió al borde de la ira.

Todos los vuelos le parecían más o menos iguales, y lo eran porque hacía siempre la misma ruta. De vez en cuando variaba un poco si un cliente se lo exigía. A dónde querés que vaya si la gente está en la playa, se repetía cuando sobrevolaba la costa. Hay que ir y venir por acá, no queda otra.

Algunos chequeos de rutina los pasaba por alto a propósito, o los cumplía de una forma tan rápida y mecánica que luego, mientras volaba, no recordaba si los había hecho o no. Uno de estos era escuchar previamente los audios que pondría desde el aire. Pensaba que tenía que tener mucha mala suerte para que le vuelva a pasar lo de aquella vez, en sus comienzos, cuando voló con un mensaje encriptado infantilmente, gracias al cual todos se enteraron que el turco Ladi estrenaba cuernos ese verano.

Su madre le reprochaba que prestara más atención, Julio  respondía que no lo hacía a propósito, sino que eran olvidos causados por la mecanización de los movimientos. La mayoría de las veces esa conversación terminaba en una discusión porque ella le insistía con que vendiera la avioneta o se dedicara a volar con los turistas europeos que venían a la zona, lo cual le daría mucho más dinero.

La sola perspectiva de tolerar al turista arriba de la avioneta lo agobiaba, tener que volar explicando qué estamos viendo, reír de chistes malos, limpiar el vómito de algún boludo que desayunó fuerte. Él no estaba para eso. No entendía cómo a su madre se le ocurría hacerle una sugerencia así.

El vuelo es tranquilo, el día está claro y el cielo bastante limpio. Le parece oír lo que dos personas conversan en la arena. Pasa un rato concentrado intentando escucharlos, para entender algo, hasta que le llama la atención que esas voces que están allá abajo, a lo lejos, suenan más fuerte que el motor que tiene enfrente suyo. El agua, en cambio, está silenciosa. Sobre ella ve pasar a las nubes una y otra vez, como atrapadas en un balde, mientras que él, también recorre la circunferencia de plástico, atrapado en un giro infinito ¿Cómo recorrí este lugar tantas veces, sin ver de cerca esta maravilla? dice o piensa mientras siente que el agua no lo moja, que puede sumergirse y emerger a gusto tantas veces como quiera y seguir respirando sin problemas.

Le resulta contradictorio que al día aún le queden horas de sol y que sin embargo esto esté sucediendo. De repente esas pocas horas por delante le parecen grandes, inabarcables y, por el contrario, todo lo que dejó atrás le parece muy poco. Un camino breve mirado desde este punto.

Ahora el balde también gira, con la playa y el mar adentro, con la voz de la publicidad que, amplificada, aconseja pensar a los problemas como nubes pasajeras que, así como han venido, habrán de irse. La respiración debe ser lenta y profunda.

La visión se complica porque el humo oscurece todo rápidamente. Ni siquiera sabe que la válvula de combustible mal ajustada le hizo perder nafta durante todo el vuelo porque no puede olerla. El cuerpo asustado reacciona lento, aunque intenta tocar algunos botones para sentir que por fin hace algo y que no es la vida la que lo lleva por donde quiere. Espera el impacto con los ojos cerrados, en el instante final, la imagen de su madre, como un territorio blando, como un sueño que no pudo entender.

Por Fernando Canzani

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