La frase que acompaña el logo del actual gobierno colombiano es “el futuro es de todos”. Esta fórmula se replica en cada ministerio: “el emprendimiento es de todos”, “la salud es de todos”, “la seguridad es de todos”, “el empleo es de todos”, “la educación es de todos”, “el campo es de todos”, “la justicia es de todos”, “el ambiente es de todos”, “el progreso es de todos”, “la vivienda y el agua son de todos”, “la cultura es de todos”, “la movilidad es de todos”, “el deporte es de todos”. ¿El futuro es de todos? Es de todos, pero no de cualquiera, al igual que la educación y la salud y la seguridad y el progreso. No es de cualquiera, pero sí de todos. Me pregunto por aquel futuro que es de todos y que no me incluye a mí.

Desde el 28 de abril de este año se han iniciado diferentes movilizaciones a lo largo del país. Con esto llegó un paro nacional (que se entreteje con el montón de paros nacionales interrumpidos que le preceden). Con el paro llegaron la esperanza y el terror. Con ambas cosas llegaron también las imágenes. Un río descontrolado de imágenes: cuerpos marchantes en el nacimiento, más adelante, cuando el río toma un cauce, las imágenes se llenan de violencia policial, más adelante de muertes y sangre, un poco después el río se divide en diferentes ramas y sus meandros crean curvas que confunden. La desembocadura del río aún es impredecible porque es futura. En el río de imágenes se entreteje la herida de las instituciones colombianas, esas que son de todos, esas que buscan prefigurar un futuro. Ese futuro que no es de cualquiera. Las imágenes del río -ese río lleno de cuerpos- en ocasiones están llenas de dolor, como si anclaran la idea de ese futuro imposible para cualquiera, ese futuro violento creado por un presente doloroso. Ese futuro arrebatado por una Historia colonial que procrea cuerpos lastimados y territorios divididos. Esa Historia colonial que ancla las bases de un gobierno en el que “el futuro es de todos”, pero no de cualquiera.

Hace un par de días, la prensa reproducía la imagen de un cuerpo decapitado, un día después la imagen de un charco de sangre en Bogotá, ese charco estaba cerca de mi casa. Vi gente corriendo, vi cuerpos caer, vi ojos irritados y gente saliendo de sus casas por los gases verdes, vi gente muerta. Me pregunto cómo encarnar los verbos en futuro (ese futuro que sí es de cualquiera) al ver imágenes que reducen las vidas a la violencia que las atravesó: manos cortadas, cuerpos caídos, sangre. ¿Cómo encarnar el verbo futuro, o hacer de esta misma temporalidad un verbo decible por nuestras bocas? ¿cómo en medio de tanto dolor? Quizá preguntarse por el futuro sea empezar una suerte de arqueología que busca rastrear orígenes y subvertirlos, esta arqueología se encuentra con el dolor; excavo y excavo y sigo hallando cuerpos. Pienso que los verbos pueden ser un lugar para hacer entrar la vida en medio de tantos huecos, justo en el corazón de la muerte, ahuecar los verbos de esta e introducir en estos el futuro, performarlo.

Estas palabras nacen en primera persona, situadas en un cuerpo, mi cuerpo, porque caminan sobre una historia que ha gestado mi andar. La historia que ha engendrado la rabia que se resuelve en la deriva de la duda: ¿cómo hacer entrar la vida en medio de tanto dolor y a la vez respetar aquellas cosas que me resultan nubladas? La fuerza aniquiladora de la narrativa histórica de los héroes caídos, y los que están por caer, ha creado una suerte de épica, de cuerpos combativos que se denominan “protectores” y que parecieran existir únicamente en los límites de las imágenes y de las palabras que las acompañan. Las imágenes y las palabras: sangre. Es difícil tratar de reconocer que el entorno que nos engendra está construido por imágenes brutales y que las palabras no pueden cambiar nada, los cuerpos muertos simplemente ya no están. La arqueología del dolor nos lleva a un pasado que ha reproducido las violencias de este despedazado presente, y esta contradicción de la palabra quizá inútil quizá transformadora, invoca a extender la vida en los cuerpos, más allá de la violencia de los verbos y de las imágenes explícitas. Como gesto de curandería, huir a la repetición histórica de la violencia y de la épica heroica que pone cuerpos sobre cuerpos sobre cuerpos…

En este tránsito de la ruina y aquel porvenir nublado, me pregunto por cómo descifrar aquellas cosas que me son invisibles, pues mis puntos ciegos no habitan todas las realidades de este dolor casi innombrable. A veces solo nos queda huir. Es posible que lleguemos huyendo al lugar esperado, en el abismo del terror queda la luz de lo posible, de aquellas cosas que pudieron haber sido, de aquellos cuerpos cuyas vidas pasan ahora a rodear las nuestras. Como gesto de curandería: escribir para prefigurar el presagio de un futuro libre. Por cada imagen violenta y cuerpo desaparecido, hay iniciativas de resistencia colaborativas. Hay vacíos, claro, pero estos vacíos son posibilidades que debemos cuidar, son ese secreto que guarda nuestra rabia: ese que sabe que el futuro que es de todos no es el nuestro, ese que sabe que el progreso terminó en fracaso. Ese secreto que se vuelve conjuro cantado, ese conjuro cantado en sol menor que deja entrar en el sonido la polifonía del futuro.

Aquellas tecnologías que producen la realidad y configuran discursos de poder hegemónicos, se han encargado de instituir en cada uno de nuestros poros y afectos un sistema indigesto de violencia. Dicho sistema captura nuestros vectores de vida que apuntan al futuro y los encierra en una constante explotación capital del afecto, la emoción y el cuerpo. Instrumentalizando nuestras vidas en función del engranaje de esta desgastante historia, Suely Rolnik, en un texto para la revista Fractal (https://www.mxfractal.org/RevistaFractal69SuelyRolnik.htm), habla de “tumores malignos de la realidad” esas formas congeladas que “bloquean el flujo de la vida como potencia de creación y producción de diferencia” ¿Cómo emanciparnos de estos poderes anclados a nuestras subjetividades? Suely Rolnik habla de la micropolítica como una práctica curativa a aquellas obstrucciones de nuestra vitalidad, que a su vez es una práctica política ya que “esa acción pensante participa activamente en la definición de los destinos de una sociedad”. Interrumpir el crecimiento descontrolado de estos tumores violentos es escribirle a la vida, desde el núcleo del afecto, desde aquel lugar en el que se sofoca la vida ante la maquinaria violenta de estos días extraños.

Escribir para la vida es reconocer que escribo en contra de mí misma, de aquellas cosas que ignoro, pero también en compañía de mi enojo, esa rabia que se cultiva cada día. En esta arqueología del dolor he metido mis manos en la tierra y las he sacado rotas, tristes. Sin embargo, en medio de la tierra alcanzo a sentir la semilla y de repente de mis falanges alcancen a nacer flores. Quizá escribir no sea tan inútil. A veces pienso que esa semilla es palpable porque estos días han sido casi como un salirnos de la Historia, alcanzamos a ver sus costuras, ese zurcido del patriarca, ese hilo que puede jalarse hasta descoserse, quizá esta arqueología del dolor pueda ser una de la especulación del conjuro.

El conjuro del futuro se canta en sol menor, micropolítica. Aunque a veces pienso que el futuro suena en escala de eclipse menor, el encuentro entre la luna y el sol, el claroscuro de las sombras, esas sombras que fueron oscurecidas por la mudez de esa historia lineal, violenta, precarizadora, patriarcal. Pensar el futuro en clave sonora menor es una invitación a abrazar esa historia contada en las sombras: dibujar con nuestras manos, ante el sol, la figura de un ave en una de las paredes de la plazoleta Misak. Ser el ave, porque siempre he sido sombra, porque soy mujer, porque mi cuerpo se vuelve una figura difusa en medio de los gases lacrimógenos y porque las imágenes del futuro son un juego de sombras distorsionadas.

Esta huida de la historia que cantamos en clave menor para hacer posible un futuro nos ha llevado a especular cartografías, miradas y paralelos: el mapa se imagina ahora como un pentagrama musical, los grandes mensajes se pintan en el suelo para ser leídos por satélites o por pájaros y nuestra existencia trazó líneas de resistencia con otros sures quizá no tan lejanos. Esta huida de la historia, que nace de la política menor, que se libera de aquellas ataduras microscópicas del poder hegemónico, es quizá también una pregunta: ¿cómo conquistar los espacios semánticos mediante la escritura? Es difícil responder y aceptar que la intuición no logra descifrar la manera en la que debemos concebir el vértigo, es como si cayéramos en un gran hoyo.

Este canto que suena en clave menor, que se encuentra actualmente fabricando posibilidades, es un llamado a la vida, a extenderla más allá del dolor, a no permitir sofocarla, a reafirmar en las voces ese futuro conjurado. Este paro nacional nos trae nuevos canales de comunicación y traducción más allá del lenguaje: rostros cubiertos que se camuflan como animales y que a su vez, permiten infiltrar la alteridad mediante la desidentificación. El futuro no es de todos, es de cualquiera. Al igual que el campo, el ambiente y el agua, espacios que versamos en colectivo, en la tercera persona del plural que apunta al futuro.

Las palabras serán entonces la posibilidad de imaginar aquello que está por venir, de performar la libertad en el grafema, de conjurar la luz de las revoluciones micropolíticas. Cambiarles el nombre a las plazas, a los puentes y a las estaciones de buses, renombrar el mundo para quebrar su orden hegemónico, hacer caer a los grandes hombres de los altares de esta patria falsa. Justo en el centro del corazón de la muerte haremos caber la vida, y sí, en la tercera persona del plural.

Texto y fotos por Valentina Giraldo Sánchez