“Hoy homogeneizamos en nuestra memoria casi todas las películas, dada la rapidez con que podemos verlas en nuestras plataformas sin movernos de casa. […] De todas las que vemos de este modo, muy pocas se convierten en una experiencia singular. Y esto sucede también en otros órdenes de la vida”
Vivimos una época atravesada por una crisis de la narración, la cual, como sociedad, no logramos contar como experiencia. En su libro Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad ―que obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo, 2025―, Lola López Mondéjar diagnostica una de las transformaciones más profundas de la modernidad tardía: la atrofia progresiva de la capacidad narrativa. En las consultas clínicas actuales, los profesionales observan a personas afligidas por angustia, insomnio, autolesiones o depresión, pero que son incapaces de atribuir este malestar a una circunstancia biográfica concreta. El sujeto sufre, pero carece de la estructura para articular su propia experiencia.
Para comprender esta crisis de la subjetividad, López Mondéjar traza varios ejes históricos y socioculturales. Propone una cronología del declive que inicia con la pérdida de la experiencia advertida por Walter Benjamin en el periodo de entreguerras, avanza hacia la caída de los grandes relatos señalada por Lyotard a fines del siglo XX, y desemboca en la actual digitalización del mundo. Lejos de enriquecernos, la sobreabundancia de textos y el reinado del storytelling artificial han vaciado nuestro mundo interno. Hemos perdido la capacidad de transformar los sucesos en una experiencia verdaderamente propia y comunicable.
Un eje crítico relevante en el texto es la intersección entre el modelo de producción y la precariedad material. Siguiendo las tesis de Richard Sennett sobre la corrosión del carácter, López Mondéjar argumenta que la flexibilidad laboral del capitalismo posfordista destruye nuestra noción de temporalidad. Trabajos inestables e intermitentes, como los de los repartidores de Glovo, agotan la fuerza psíquica en la supervivencia diaria, impidiendo que el individuo concatene sus vivencias mediante nexos causales. Sin la capacidad de ordenar el pasado, el presente y el futuro, la narración vital se fragmenta y los lazos sociales se vuelven frágiles.
En paralelo, el entorno digital agrava esta atrofia. Las pantallas reemplazan el consejo humano y el diálogo por recomendaciones prefabricadas de gurús virtuales. De este modo, hoy impera el deseo de la “no-fricción”, un rechazo al conflicto y al contacto auténtico que se manifiesta en el uso de aplicaciones de citas. Esta huida de la experiencia genuina se refleja incluso en el consumo cultural: la antigua vivencia participativa de ir al cine se ha homogeneizado en el consumo rápido que imponen las plataformas desde casa, eliminando toda singularidad. Ante cualquier problema, la orden social contemporánea es evitar la reflexión mediante consignas como “mejor no pensar” o “corre hacia adelante”.
López Mondéjar reivindica el inmenso valor de la narración: “lo novedoso hoy es que la producción de individualidad que impulsa nuestro mundo digitalizado se centra en aumentar progresiva o incesantemente esta jibarización acción de la capacidad narrativa”. En ese sentido, desde la perspectiva de Paul Ricoeur, la identidad personal se construye en forma de identidad narrativa. Narrarse a uno mismo, entonces, no es un simple acto de contar anécdotas, sino un complejo ejercicio de metacognición que nos permite unir elementos biográficos, caracterizar a los protagonistas de nuestra vida y buscar un sentido a la existencia.
El libro plantea una pregunta ineludible: al renunciar al pensamiento crítico y a la narrativa en favor de la inmediatez: ¿somos hoy, pues, menos humanos? La autora advierte con lucidez que reconstruir nuestro relato es hoy una urgencia ética. Reivindicar el lenguaje y el yo narrativo se perfila como el único refugio frente a un sistema que nos exige permanecer mudos, vacíos y siempre productivos.
López Mondéjar recuerda a Kafka cuando le preguntaron si le gustaba el cine, y este dijo que no, porque no le gustaba que le robaran sus propias imágenes. En esa línea, se pregunta si la sobreexposición a las pantallas roba nuestra capacidad simbólica e imaginativa, si colonizan nuestro mundo interior con imágenes prestadas. En principio, se aventura a decir que sí.
El libro otorga un lugar importante al mundo digital que vivimos, en rigor, “un modo de producción instaurado por el capitalismo de la atención, de la vigilancia”, digital, cognitivo o como queramos llamarlo que condiciona, como en las imágenes de Kafka, nuestra mente. Se trataría de un capitalismo narcisista, postfordista y neoliberal que proyecta la promesa de felicidad en el marco del mundo digital. Promesa feliz y digital cuyos efectos no solo afectan la inteligencia y la atención, sino también las formas de relacionarnos. Ahí es donde López Mondéjar introduce, de manera pertinente, el concepto de la no-fricción. Esta es comprendida desde su aspecto creativo, constructivo y como apertura de horizontes nuevos: “la fricción no es sinónimo de resistencia, sino que sirve para recordar la importancia de la interacción, para definir el movimiento, las formas culturales y el poder de la acción”. Se trata de una huida del conflicto constante en el marco de una sociedad ramificada donde las relaciones humanas se convierten en un juego “donde todos parecemos avatares cuyos sentimientos dan la impresión de que no importan demasiado”. Así, frente a la tiranía de la inmediatez que nos exige huir hacia adelante y evitar el pensamiento, armar el propio relato se revela como una trinchera posible para salvaguardar nuestra frágil condición humana.
Son múltiples y variados los aspectos que influyen y rodean la atrofia de la capacidad narrativa y en la condición humana. López Mondéjar los sintetiza de la siguiente manera: “Presentismo, fragmentación, superficialidad, descenso del umbral de la empatía, atrofia de la capacidad narrativa y fantasía de invulnerabilidad son síntomas que interrogan lo que tradicionalmente definíamos como humano”. Nos sitúa frente a un espejo implacable de nuestra época. Frente a esta constelación de síntomas surge un interrogante urgente que resuena en el vacío de nuestro tiempo: al despojarnos del relato íntimo que nos construye y nos conecta con el otro. ¿Estamos, acaso, renunciando de modo irremediable a la esencia de lo que alguna vez denominamos nuestra condición humana?
Me llama la atención y me interesa destacar un apartado en torno a la literatura y la crónica del dolor. López Mondéjar hace referencia al siglo XVI y la aparición de la novela y el autorretrato, como respuestas al abandono de las religiones y “el giro de la mirada hacia el ser humano despojado de guías”. Actualiza esa referencia con un ejemplo específico y contemporáneo, con El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, donde su autora relata de forma honesta sus sentimientos ante las pérdidas de su hija y de su marido. López Mondéjar sostiene que los escritores narran en primera persona sus experiencias de duelo, de separación, de enfermedad, explorando emociones y sentimientos sin recurrir a la ficción como “antes nunca se había hecho”. La literatura relata “lo que queremos esconder en nuestros sótanos”, “se ocupa de representar ese dolor, ese agujero sin simbolizar que arrasa el psiquismo”. Porque, continúa, “narrar el dolor proporciona una recuperación del sentido y del reconocimiento perdidos. Ordena el caos en el que sume el acontecimiento traumático y calma”. De este modo, la narración, tanto literaria como del psicoanálisis, construyen un relato que permite, con matices, ordenar tanto el trauma como el dolor.
En un sistema, y un mundo, que fragmenta el tiempo en instantes precarios y agota nuestra experiencia, volver a narrarnos es el único conjuro capaz de zurcir los pedazos dispersos de nuestra identidad. Ante una época anestesiada que nos empuja al vacío de la no-fricción y a la pérdida del contacto genuino, adueñarnos de nuestra autobiografía es la única manera de habitar el mundo sin desvanecernos en su ruido.
Por Luis Valenzuela
Fotografía de Frank Gohlke
Sobre:

Sin relato. Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad
Lola López Mondéjar
Anagrama
2025.




