Lugar común si lo hay: invocar a Roland Barthes para escribir, quizás referenciar diría el francés, a la fotografía. En su Cámara lúcida Barthes se detiene en una fotografía de su madre (siempre su madre), la denomina la foto del invernadero y desde allí establece gran parte de sus postulados sobre la fotografía como arte, que es probablemente lo que menos interesa para estos casos. Aquella foto de su madre, que Barthes, según recuerdo, conoce días antes de que ella muera, es para él un fenómeno casi inabarcable –tanto que Barthes se rehúsa a mostrarnos la fotografía– en cuanto reúne elementos afectivos, históricos y artísticos. Su madre está justamente apagándose, perdiendo su luz, y el azar –o la investigación– le da la oportunidad, química y materialidad mediante, de volver a ser testigo de la luz de su madre, esa luz que la fotografía y solo la fotografía pudo guardar todo este tiempo, la de un momento en que su madre aún no era su madre pero sin embargo tenía la misma luz. La fotografía como testigo de que su madre fue, la fotografía como medio para volver a ser espectador de su luz más preciada justo en ese momento en que solo quedan sus penumbras, la certeza, dirá Barthes, “de que el cuerpo fotografiado me toca con sus propios rayos”.
El poeta británico Tom Raworth, lamentablemente poco leído en nuestro idioma, tiene un verso donde indirectamente habla de lo mismo: “como la luz tiene velocidad siempre estamos visualmente en el pasado”, así como la foto del invernadero llega con su luz nueva en el último momento de la vida de la madre de Barthes. Lo que intento decir es que en la fotografía la luz, su elemento primordial, hace las veces de pasado y futuro, lo que quizás no sería cierto en el caso de la fotografía digital, pero eso es una discusión que se puede tener nunca o en otro lado, pero que acá por lo menos no tiene lugar. Porque este texto trata de un libro, o más bien un proyecto artístico multidisciplinar que si acotamos al formato libro no hacemos más que ser injustos.
Todo empieza –realmente todo empieza– en Monte Verde, considerado como el primer asentamiento humano del que se tenga registro en el continente americano, redescubierto hace unos cincuenta años y en camino a ser reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad. Se estima, según lo hallado en el lugar, que hay material que data de hace 14.500 años: restos de comida, flora, hasta chozas y otras tecnologías. Tomando aquel fenómeno arqueológico como catalizador es que Rodrigo Vergara construye Hasta acá llegaba el mar, que utiliza diversas técnicas fotográficas como la estenopeica, el 16 milímetros y el gran formato para intentar generar una nueva relación entre el presente y el pasado: la foto del invernadero de Barthes, solo que en vez de la madre hay fósiles, fósiles de luz se dice en el libro, largas exposiciones que capturan o más bien reaparecen la luz primitiva del paisaje. Además las fotografías que forman parte del proyecto fueron reveladas con agua de los ríos que corren entre dicho paisaje, esbozando otra capa de sentido material a esta especie de retorno de lo primitivo. Me tomaré la libertad de citar a Luis Alberto Spinetta:
“y las luces primeras
entre la neblina
ya empezaron a desperezar”
Una lectura obvia de esta letra sería decir que trata sobre el amanecer y aquel momento en que el cielo se abre para dejar pasar la luz. Otra lectura, la que me interesa, es justamente la del retorno de lo primitivo, de aquel desperezar de época, de la neblina disipada que permite ver una luz que siempre estuvo pues primera pero de la que recién ahora podemos ser testigos. No es casual que lo que permite esto sea una combinación entre ciencia y técnica, entre los arqueólogos que llevan cincuenta años estudiando el sitio y la fotografía, hija pródiga de la química y la técnica.
Entre los pocos textos que componen el libro hay uno que dice: “Muchos de estos hallazgos se atribuyen a niños que escarban la tierra por pura curiosidad y llegan a casa con piedras raras.” Podríamos decir que justamente Rodrigo Vergara es ese niño que de curioso andaba escarbando y volvió a su casa con piedras raras, ideas extrañas, fotos imposibles, lo bueno es que no quedó todo en curiosidad y las piedras raras ahora son piedras preciosas y las ideas extrañas son obra que podemos esta vez llevarnos a nuestras casas. El libro en cuestión tiene tres partes distintas, cada una bastante diferente en materialidad y técnica, sin embargo no hay en su interior un orden, las cosas están sueltas, ofrecidas a nuestros ojos dispersos que entre piedra, alerce y agua se regodea. Ya en Sigue la calma al otro lado? (Casa en Blanco, 2025), libro de fotografías de Japón, Vergara había probado y aprobado aquel desorden, y ya también en Hotel (Ediciones La Visita, 2024), libro sobre un hotel abandonado en Pisagua, estaba la luz como retorno al presente de lo que ya no está, de la memoria de un lugar.
Debo decir que hablo del arte de un amigo, lo que significa dos cosas, primero que veo todo lo que hace con ojos amorosos, segundo que al ser consciente de lo primero no puedo evitar forzar el pensamiento crítico, intentando por un lado no caer en la trampa conformista de la amistad, y por el otro no perder de vista que allí donde intento ver un artista siempre va a estar mi amigo. En ese claroscuro a veces uno se decanta por no decir nada públicamente, cuidar al amigo, criticar al artista en privado, esperar que la próxima vez sea mejor. A veces, las más felices, como esta, uno puede salir al mundo y decir que un amigo no solo es un amigo sino que también un artista que si no fuese amigo aún así seguiría siendo artista.




