Colúmbidas – Por María José Escobar

“Así es como tiene que ser”, le dan a entender. Tiene que ser rechazada de los espacios y no puede desplazarse con libertad por una ciudad que también le pertenece. “Ser repudiada está en nuestra naturaleza”, así dicen, pero decide que no lo quiere. Las patas agrietadas y las garras desgastadas traspasan la calle con mucha naturalidad. A la infeliz se le cierran las alas con abatimiento. Ellos manejan las palabras y conceptos muy a la ligera, “exterminio”, “eliminación”, mallas anti tal cosa, púas ante tal cosa, repelentes naturales y, buscando siempre más opciones, artificiales; esas invenciones aplicados en ellos, en masa. Son todos bárbaros, piensa. Es difícil existir sabiéndose indeseable. Se habla de cómo el patrimonio arquitectónico –que, por cierto, tiene esa facultad artística que ellos se inventan– resulta severamente dañado por los tumultos de seres alados que se posan, comen y evacúan sobre esos inmaculados cuerpos de concreto. A él, sin embargo, las patas se le llenan de raspones durante toda una vida y llega a consumir alimentos que le son dañinos en demasía; el buche se le llena de piedritas indeseables. Es común, es lo que tiene que pasar. Ahí es donde nacen, su presencia también es parte de la infraestructura, aprende mientras crece. Una plaga la mayoría de las veces, es así concebida por la otredad.

Ha visto los más atroces crímenes de exterminación cometidos contra sus iguales, ha visto cómo, resignada, alguien como ella se sienta en el asfalto y espera el momento a dejarse caer más abajo. No hay últimas palabras, sólo una cabeza ladeada y un cuerpo incapaz de levantarse. Eso sí, ¿qué cosa podría decir cuando se está muriendo?  ¿De qué se habla cuando no se sabe de nada? A veces mira las nubes y no se le sobreviene un solo pensamiento. Es bonito el cielo, sí, se le ocurre que el cielo es el mundo entero. Pero no es enteramente del cielo ni el cielo es enteramente suyo, necesita de la tierra para aterrizar, descansar el cuerpo. Pero en ésta última no le gusta permanecer.

Hoy por fin ha encontrado una resolución. Piensa que salir del cuerpo de uno lo desfasaría de todas las dificultades que enfrenta como criatura viviente; salir de amarres silenciosos que no pidió. Hoy se encuentra sin agua, no obstante, tampoco necesita de la sed. El hambre la halla indiferente. Ha desdibujado la línea entre lo que la protege del peligro mundano.

Un ruido fuerte le interrumpe la angustia; es un hombre montado en su coche que busca cruzar la avenida. La resequedad se le resalta en las esquinas de los labios y el bigote negro ya está medio desteñido de tantos improperios que se grita entre sus congéneres en medio de un embotellamiento, desconoce por qué otro motivo la frente se llenaría de tantos pliegues y el pelaje se iría decolorando. Otros como él se impacientan y piden que avance en su más asertivo lenguaje. ¡Está en verde! ¡Está en verde! Es común esto que le pasa al hombre, está acostumbrado, se apoya contra su mano en una mucha de aburrimiento. Trata de buscar su mirada para decirle que lo entiende a medias, pero no que no sucederá lo que él espera.

Los autos que formaban la fila pitaban con una furia inaguantable, el tiempo de espera ha traspasado los límites y, sin darse cuenta, el semáforo volvió a colocarse en rojo. Cada uno de ellos se revolvía en sus asientos luchando por descifrar el sinsentido de lo que veían.

Mira al hombre que, antes ensimismado en su rutina, ahora se paraliza ante el espanto de saberse percibido. Suda dentro la ropa y el par de ojos le revuelan entre el espejo retrovisor y el diminuto cuerpo que se posa bajo el semáforo en verde. Las pestañas le peinan las mejillas con un abatimiento al que no encuentra sentido. Parecía que pensaba: reúno desdichas para cubrirme de ellas. Ella, desesperadamente, quiere verse reflejada en su angustia. ¿Qué acontecimientos lo habrán llevado hasta este momento en el que un ser como él irrumpe en su cotidianidad? Recuerda que el desasosiego la llevó a posarse justo en la intersección sobre la que pasarían las llantas del coche de ese hombre, ¿habrá puesto el hombre las llantas justo en su trayecto? Quizás no, no es que una serie de infortunios lo llevaran a este punto; no existía una serie de tales cosas, se trataba de la simple y llana coincidencia.

Al mismo tiempo, sólo podía regocijarse entre su plumaje y estirar las patas, una por una. Algún sonido se habrá dejado escapar del pico. Recuerda las preguntas sobre el cielo y las palabras que no llegan para adornar las respuestas, ya incapaz de darse más aliento. No obstante, la vida se le iba en imágenes preciosas; pensó en la luna en un cielo durante el mediodía, la luz que traspasa un edificio de fachada colonial antes de las diez de la mañana; la persona que se sienta al medio de una banca para contemplarse a sí misma. También pensó en ese mismo edificio que se corroe con la precisión que el sol pone sobre su pintura con los años, en un cielo nocturno que traspone su manto obre su alma fatigada. A veces también piensa en esa persona a la que le cambia la vida cuando defeca sobre su hombro en pleno vuelo. Piensa, por la brisa que baila en su rostro, que las plumas deberían estar acostumbradas a este estremecimiento; se pregunta si, al igual que arriba, hay algo de azul espeso en el viento; si hace que te aferres al suelo con todo y vida. Concluye que no.

Es inaudito lo que pasa, la hilera que se posiciona tras el coche de Ignacio comienza a hacer efecto en la apreciación de lo que pasa; ahora es cuando debe tomar una decisión. El calor que ondula sobre las superficies le hacen efecto en su propio cerebro, se dice que tiene las opciones contadas. ¿Por qué no salir y mover al animal del lugar con sus propias manos? Algo lo detiene; la presión, la ridiculez. No sabe si la paloma lo está mirando a él, pero así es como lo decide; es difícil porque se trata de un ser que vivo como él. El ave ladea su cabeza apenas unos centímetros para conectar uno de sus ojos con los suyos. Tiene una mirada sonsacadora, así le parece. Ambos son distintos. Entonces emprende marcha.

Por María José Escobar

Foto por Harold Feinstein

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