Oriunda de Lebu, Elvira Hernández ha sido una pieza fundamental de la generación de los ´80, autora de libros como La bandera de Chile (1991), Santiago Waria (1992), Los trabajos y los días: Antología (2016) y Pájaros desde mi ventana (2018), construyó un potente discurso de resistencia a la dictadura y continúa siendo su voz una de las más potentes y destacables en la escena poética chilena. Del mismo modo ha mantenido estrechas relaciones con escritoras y escritores incipientes. El año 2024 fue galardonada con el Premio Nacional de Literatura de Chile. En esta entrevista Elvira nos habló acerca de sus inicios en la escritura, el rol de la poesía en la sociedad, el campo cultural chileno y su visión del sistema educativo actual, entre otros temas.

P: Queremos partir hablando sobre sus inicios en la literatura, ¿nos puede contar acerca de algún libro que la haya conmovido o impactado de alguna forma?

R: Bueno, empiezo a hacer memoria porque se trata de hacer memoria para generar ese tipo de recuerdos. Hubo un momento en que percibí que las palabras tenían vida por sí mismas, aparte del sentido que uno podía entregarles para obtener algo, “pásame el pan” o “vamos para tal parte”, las palabras especialmente adquirían vida. Eso fue cuando yo leí un libro del poeta Mahfud Massís, pero que era de pequeñas narraciones. En ese libro había una palabra que me llamó mucho la atención porque fue como si tú estuvieras sentada en una pieza oscura y de repente se encendiera la luz, la palabra ultramarinos. Aparece esta palabra y a mí eso me llamó a leer (yo tendría más o menos once años) leo eso y veo un alto de cosas que yo no había visto nunca, con esa sola palabra. Ese solo descubrimiento significó para mí que el resto de ese librito que es un libro muy pequeño lo leyera de otra manera, cambió mis condiciones de lectura. Mi percepción a partir de ese momento fue como encontrarle el doble filo a un cuchillo, encontrar una puerta secreta a una casa que tú no habías visto nunca, fue entrar en otro mundo.

P: ¿Cuánto tiempo pasó entre ese primer acercamiento a la palabra o a la literatura, y la decisión de llegar a ser autora?

R: En esos años (estoy hablando de los años sesenta) no se pensaba que ser escritor fuera algo común, que fuera algo que estuviera al alcance de todos, eso era una cosa extraordinaria. Una nunca pudo pensar que se iba a encontrar con ellos en la calle, ni siquiera en las librerías. Yo creo que gozaban de un grado de invisibilidad, y una no aspira a ser invisible, entonces yo comienzo a escribir como un juego, donde yo solía imitar a poetas como Quevedo, como Bécquer, buscaba hacer rimas, no como una actividad que se pudiera desarrollar y dedicarle por completo la vida, para nada. Después comencé a escribir porque me di cuenta de que comencé a hacerlo de manera propia, ya saliéndome del juego, pero era una actividad secreta, secreta y por lo tanto, marginal. Yo estudiaba Filosofía en ese tiempo, era el período de la Unidad Popular, habían miles de cosas que hacer, la sociedad estaba completamente convulsionada, y yo escribía cuando llegaba a mi casa, a las doce de la noche, caminando porque no había locomoción.

P: ¿Entonces en ese tiempo su escritura no circuló por el ambiente universitario, sino que más bien era una actividad personal?

R: Sí, en ese momento busqué acercarme, busqué por ejemplo si había revistas. Circulaba una revista que se llamaba la Quinta rueda ¿Qué significaba la quinta rueda? Era una rueda de repuesto, estaba ahí por si pasa algo, por si hay algún pequeño accidente, un pinchazo. Pero para alguien que se estaba asomando, no encontré nada, no encontré absolutamente nada sino hasta después del golpe, cuando yo en definitiva le doy más asidero a este trabajo.

P: En ese sentido ¿lo que la impulsó a escribir por una primera vez es diferente a lo que la impulsa a escribir hoy?

R: Bueno, en ese momento lo que ocurre acá en términos sociales y políticos, que para los golpistas fue la fundación de una sociedad, para otros fue la demolición de la cultura, de una manera de ser, de una manera de comportarnos, de una manera de vivir las cosas. Para los otros, los que se apoderaron del poder (y subrayar eso, porque ahí hay un apoderarse del poder), significó, vamos a hacer esto a partir de cero, vamos a fundar algo. Esa confrontación dejó a las palabras en un estado quizás tan radical como lo que se está viviendo ahora cuando se habla de que hay construcciones de palabras que no corresponden a la realidad, que además se denominan en inglés como fake news, o sea que tú construyes algo, que es absolutamente falso, pero que tiene implicancias. De hecho ha ocurrido, se ha señalado a gente de que ha hecho tales cosas, las han linchado, no es algo que sea inocuo. Bueno, en esos momentos las palabras también quedaron convertidas en un objeto que estaba enteramente trizado, entonces, el tomarlas significaba que se desmoronaban, y de hecho eso hizo que yo me deshiciera de lo que había escrito hasta ese entonces, porque ciertas cosas te provocan un impacto y lo que antes era aceptable en este momento ya deja de serlo, o sea pierde realidad, se entra en otro espacio.

P: ¿Y en ese contexto surge, por ejemplo, La Bandera de Chile?

R: La Bandera de Chile surge en un momento en que soy detenida y sencillamente me doy cuenta de que, primero, puedo salir con vida. Luego de estar sentada viva, qué puedo hacer. Pasé por la Vicaría y ahí se veían cientos de testimonios, cada uno más horroroso que el otro, mujeres que buscaban a sus parientes, un verdadero drama en esos pasillos, ¿qué podía significar sumar uno más o dos o tres o cuatro? En determinado momento tú tienes que convertir esa cosa numérica en algo cualitativo, y si no se es capaz de eso, nos mantenemos en las mismas condiciones. Yo creo que ese es un poco el reto de la escritura, es decir, tú tienes muchos libros de poemas que pueden ser sustanciales, pero en determinado momento hacer algo semejante ya no es posible, es urgente hacer algo diferente. Eso no es algo pensado, sino que es un impulso vital. Es como si te ahogaras, y en el momento en el que te estás ahogando, si alguna vez hiciste un movimiento en la piscina de tu casa o en la bañera, todo eso funciona en ese momento. Si además tú viste una película en donde enseñaban a nadar o escuchaste a tu primo, todo se articula en ese instante de la vitalidad de la escritura. Entonces en ese momento yo articulé las cosas que había leído, Vallejo, Freud, o sea, todo ese “cuanto hay” es articulado en ese momento en que todas las piezas encajan. Todas esas piezas dispersas que a veces tú no ves y que buscan una coherencia tipo racional, hay un movimiento que es emotivo, intuitivo, que las articula.

P: ¿El hecho de utilizar un pseudónimo viene siendo un gesto para escribir desde ese espacio articulado, pero que se mantiene lejos de un espacio público?

R: Bueno, ya en esa época viví momentos contradictorios. Por una parte, si la palabra es algo importante tú tienes que ponerte detrás de ella. Fue un período en que la poesía, que estaba instalada en un lugar de gran significación cultural en términos de visibilidad, de ser parte de una cultura a escala educacional, pasó a instalarse en una marginalidad. Pensemos que gran parte de nuestros escritores estaban en ese momento ejerciendo funciones diplomáticas, pertenecían al aparato del Estado, pero a partir del golpe militar, los poetas y los escritores retroceden hacia una especie de marginalidad con una significación cultural de otra índole. En esos momentos el planteamiento es qué hago yo con esta palabra, aparte de escribir y de quizás publicarla en forma semi-clandestina. Nosotros perdimos los discursos por ejemplo, entonces luego entendí que tenía que instalarme en un espacio público con la palabra.

P: ¿Y cómo logró hacerlo?

R: Nuestras condiciones no lo permitían prácticamente, de igual manera la exigencia de la poesía hizo que yo renunciara a muchas cosas y entre eso, yo llegué a perder mi nombre. Hay una diferencia entre el instante de escritura poética y los otros instantes de la vida cotidiana, se es poeta en el momento en el que se está escribiendo y en otros momentos se es alguien común y corriente.

P: En cuanto a la escritura en el espacio público, ser escritora de por sí implica insertarse en un espacio históricamente masculino, lo que suele resultar complejo. En ese contexto, ¿cómo fue su experiencia en el campo cultural chileno?

R: Eso efectivamente se siente pero, ¿en qué momento se siente más? Por ejemplo, en tiempos de la Unidad Popular cuando había un movimiento completo de la sociedad por un cambio, yo tenía la impresión de que esa diferencia, esa exclusión, prácticamente no existía. Daba la impresión que ser mujer era una categoría secundaria, pero luego eso pasaba, porque la dinámica de esos momentos te lo borraba. Eso se manifiesta en otros momentos, en que las sociedades están relativamente atenuadas, y sus contradicciones se manifiestan. Eso ocurrió poco después del golpe, ya que la dictadura, se supone, tiene todo bajo control y donde nada supuestamente se mueve, se empiezan a agitar algunas cosas. Lo primero que se empieza a mover son justamente las mujeres en la época pre-golpe. Existía en todos los partidos un departamento de mujeres, femenino, y también uno indígena o campesino incluso. Entonces cuando viene esta desarticulación de los partidos, las mujeres que tienen algún grado de conciencia social y política empiezan a rearticularse de otra manera, los mapuche también. Son los primeros en empezar a reorganizarse. Por otro lado hay otras percepciones, en ese tiempo en que se comienza a rememorar, a hacer una reconstrucción de lo que se percibe como historia. Una no puede seguir de otra manera, y dentro de lo que es la mujer escribiendo en esta reorganización, queda clara la fractura. La literatura es un espacio donde las mujeres, a menos que hagan esfuerzos sobrehumanos, no son aceptadas como pares dentro de ese espacio de dominio masculino.

P: En ese sentido, ¿qué cambios percibe entre la época de los ochenta y la época actual? 

R: En ese período muchas mujeres se sintieron llamadas a escribir y otras que escribían y nunca mostraron nada, ya que eran de generaciones anteriores, se acercaron a nosotras porque se sintieron parte de este nuevo tiempo. Esto luego de un detonante muy visible que fue el Congreso Internacional de Literatura femenina latinoamericana del año 87, lo que dejó la sensación de que las mujeres estaban para hacer presentes, de manera constante y permanente, sus propuestas. Han habido altos y bajos, momentos en que pareciera que hubo que instalarse en un lugar de reflexión para que luego otra vez, las más jóvenes ya, reaparecieran. No ha sido fácil para las mujeres llegar a desarrollar su escritura a la par de la escritura masculina. Siempre se mira como algo raro, algo particular, porque se supone que no debería venir nada de este lado, pero ya que apareció, veámoslo. Existe una suerte de morbo de ver qué es lo que hay ahí porque se supone que no debería haber nada, cosa que no le ocurre a la escritura masculina, que siempre va a estar diciendo algo, porque se le considera inherente a esa expresión que por mucho tiempo se consideró universal. Entonces, obviamente que ahí siempre van a estar diciendo algo, pero desde el lado femenino es muy cuestionable.

P: Volviendo a la degradación de la palabra que mencionó anteriormente, ¿cuál sería la causa del estado al que ha llegado el lenguaje hoy en día? 

R: Yo creo que no podemos dejar de lado la tecnología porque todo esto se genera en la medida en que tenemos una serie de instrumentos que facilitan la comunicación. Esta facilidad de comunicación ha hecho que podamos instalarnos detrás de esos aparatos con falsos perfiles, donde podamos entregar de nosotros mismos algo que no somos. Entonces, nosotros como seres humanos empezamos a pisar un terreno que nos ha hecho desvincularnos de esta palabra. Parte importante de la palabra es el silencio y desde la radio (el primer instrumento donde uno escucha palabras) hacia adelante,  el silencio no tiene cabida. Si tú sintonizas algo y no se escucha nada es que no está funcionando, entonces tiene que funcionar, tiene que haber siempre sonido y ya eso ha hecho que el silencio no cuente ahora. La obra literaria incluye el silencio porque es el silencio lo que te permite decir memoria, decir muchas cosas. Entonces ninguno de estos medios la incluye, partiendo por una cosa de precios, el dinero excluye el silencio porque todo eso cuesta y comienza a aparecer una suerte de palabra de relleno, y la palabra es algo que se degrada fácilmente. 

P: En ese caso, ¿cree que hay responsabilidad por parte de quienes se denominan como escritores/as? Si es así, ¿qué tanta responsabilidad se tiene al  momento de escribir?

R: Pienso que la literatura tiene cada vez menos importancia dentro de la educación, que es el momento en el cual puede haber un mayor acercamiento entre alguien que se está formando y la literatura. Yo no sé si los estudiantes que están en otras carreras distintas a Literatura tienen tiempo para leer, creo que eso está tremendamente limitado, entonces es la enseñanza, es la educación básica y media la que permite eso y no está pasando. Yo creo que la poesía necesita llegar a esos lugares y no está ocurriendo eso. Las lecturas son mínimas y seguramente se van a ir vaciando más porque somos sociedades tecnológicas. Lo que se está haciendo, es que nosotros seamos engranajes de este sistema y para eso, mientras menos leamos, mejor. 

P: En consecuencia, ¿usted siente que es importante que exista esa especie de figura totémica, por así decirlo, de persona portadora de una palabra con peso, en el área de la poesía, como antes existieron otros/as?

R: Es que hoy día existe otra palabra que es muy importante que se llene de poder, que es la palabra ciudadano, con la que cada uno de nosotros puede tomar las mejores decisiones para que esto cambie, sin la necesidad de apelar a eso. Si la sociedad se puede mover porque aparece una persona que puede decir ciertas cosas, fantástico que aparezca, yo creo que eso no hay que reprimirlo. Lo que pasa es que hay que desarrollar lo otro, hacer que las sociedades no permanezcan tanto tiempo inmóviles hasta que no aparezca alguien que les permita dar un pequeño salto. Hoy día la educación es una gran herramienta, porque ese es el nodo y el nudo, y está siendo tratada de manera policial. En la educación se discuten cosas policiales, no se está discutiendo nada de contenido que nos haga pensar que los futuros estudiantes se van a enriquecer con su permanencia en las aulas, no, van a estar siendo presionados en las aulas, que es otra cosa. Yo creo que es necesario que la educación sea menos masiva en el sentido de ser homogeneizadora y más particularizadora porque cada humano es distinto, pero tenemos que cultivar nuestra dimensión colectiva, humana, social. 

P: Finalmente, sobre la escritura que emerge hoy, ya que ha sido jurado en concursos y participando en festivales de poesía, ¿cuál es su visión de lo que se escribe actualmente?

R: Yo creo que se están viviendo momentos totalmente diferentes, todo lo que estaba separado  siento que se está uniendo. Durante la época de mi formación tuvo mucha importancia lo que era la poesía visual. La letra y la imagen impresa concentró la mirada de la poesía, pero la música era algo que estaba afuera. Yo creo que hoy día hay una fusión en ese aspecto entre la música, la poesía, la visualidad, y todo eso se está moviendo y yo creo que falta crear momentos para que eso se pueda mostrar o se nos haga visible cómo eso se está moviendo. Esto se nota en la escritura, yo he leído con mucha satisfacción trabajos, libros completos en donde la palabra está cruzada por muchas cosas, está sacando lo suyo, pero faltan más espacios en el cual esto se muestre, porque el libro y la presentación del libro ya quedó corto. Cada libro debe tener una reseña, es algo que debe hacerse, el sólo hecho de publicarse y presentarse es absolutamente insuficiente.

P: Faltan más espacios de lectura quizás…

R: Claro, pero para eso hay que modificar ciertas condiciones de vida. En la canasta familiar se debería incluir no solo el libro, sino también el tiempo para leerlo, pero eso no está pensado. La exigencia nuestra es permitir que se pueda hacer la lectura, para lograrlo hay que obtener el silencio, luego el instante en que ese silencio se vuelva palabra, el momento en que uno comenta el libro. Tenemos además que construir un escenario nacional, o sea si hay tantas (porque hay) ediciones de jóvenes escritores, tiene que haber un lugar en donde estén siendo comentadas, donde se las reseñe y se sepa lo que están escribiendo, porque el hecho de que la edición se venda completamente no significa nada; monetariamente significa, el editor no habrá perdido, pero eso es una cuenta demasiado básica para la literatura. Hay que hacer otras cosas pensando que esta es una sociedad sin tiempo, pensar la búsqueda de ese tiempo, no del tiempo perdido, sino del tiempo requerido.

 

Entrevista por Antonio Cartes Francisca Pérez