Hace unas semanas Apple publicó un comercial promocionando sus nuevos audífonos con cancelación de ruido, el concepto en sí mismo tiene una potencia de venta que sobrepasa cualquier tentación. La narrativa audiovisual tiene una calidad de producción que no es menos que excelente si se quisiera juzgar desde el lado publicitario de la historia. El comercial acontece en Buenos Aires, pero lo único que tiene de la ciudad es apenas su arquitectura que forma un paisaje mestizo. La mujer, de rasgos latinos y americanos, pasea por la gran ciudad con la música tenue, que enfocada en una sutil suavidad electrónica invade todo el espacio y las acciones que a su alrededor suceden: el obrero a toda máquina flota junto a un pedazo de tierra, los autos voladores andan en un atasco aéreo, una pareja discute, el carnaval se pasea entre los autos, y abajo, la mujer camina por una ciudad que parece en cuarentena: como si el postapocalípsis hubiera llegado y ella solitaria voltea por la Avenida de Mayo sobre las estaciones Perú, Bolívar y Catedral. Camina con sus audífonos en las orejas y el cover de Where Is My Mind, original de Pixies, retumba en su cabeza. Estamos en su cabeza.

Oprime el botón de la magia en el auricular que está en su oreja izquierda.

El mundo se cae. El ruido regresa. A la gran ciudad volvieron los autos, el carnaval, la música, los ladridos de los perros, el obrero martillando el piso. La mujer pide un licuado de frutas, dice thank you y vuelve a oprimir el botón de la magia, todo vuelve a elevarse hacia el cielo y ella camina otra vez por su ciudad solitaria y postapocalíptica.

Escribo esto desde la misma ciudad donde se grabó ese comercial. El dólar blue llegó a más de 700 pesos argentinos, su tope histórico, y a mi lado dos hombres con dos niñas rubias conversan sobre lo que no podrán comprar este mes, donde no les subirán el sueldo porque coincide con la subida de precios que se da cada cierto número de semanas, que suelen ser entre 6 y 12, nunca se sabe. Un caniche le ladra al pastor alemán de la policía y este le responde con un gesto de ladrido sin sonido, bastante particular. El bar lleva una seguidilla de música rock que ha pasado por Intoxicados hasta los Arctic Monkeys.

“Llueve mucho”, dice una señora, “llueve poquito” le contesta su hija que va en sus brazos. Atrás alguien suelta carcajadas. Una corredora pisa un charco, el goteo de la lluvia hace música sobre la mesa. Suena el freno del bus de la ruta 132 y también se filtra, desde la puerta de la estación Facultad de Medicina, el de los rieles metálicos del subte. Las patas de una bandada de calandrias crean un ruido seco y frío cuando agarran las varillas metálicas de las sillas, también trinan por momentos.

Unos aplausos celebran un cumpleaños, que es la vida misma.

Cuando el ruido se creó, por allá en las sociedades industriales del siglo XIX, y las ciudades silenciosas empezaron a ambientarse con ruidos de máquinas producto de los nuevos trabajos y demandas de la época, las plazas y las calles adquirieron una nueva vida. El sonido ya no era solamente un registro documental donde, por ejemplo, un caballo galopa y a medida que se acerca al micrófono sube el volumen de sus golpes y a medida que se aleja se suavizan. El sonido se transformó y empezó a acumular capas sobre capas. El ruido es la prueba de que la ciudad está viva.

Decía Luigui Russolo, un pintor futurista en su manifiesto El arte de los ruidos, que la música evoluciona también al ritmo que lo hacen los nuevos sonidos que nos van brindando las máquinas. Y no es una mentira. Las sociedades postindustriales bautizaron muchísimos géneros como noise: estruendos de guitarras, gritos y baterías aturdidoras se volvieron también una manifestación musical y postmoderna que fue aceptada por occidente. Russolo profetiza la transformación del ruido hacia el sonido.

Estas sociedades capitalistas adquieren un nuevo poder. Y ese poder, en cuanto a la creación de nuevas máquinas, supedita el comportamiento cotidiano, ese que es establecido por una serie de normas sociales y culturales. Aquí sucede una situación contraria. Apple encuentra la evidente necesidad: las ciudades están colapsadas de sonidos que irrumpen en la vida en su día a día. Las personas que habitan el conurbano de Buenos Aires y el interior de Argentina lo manifiestan: “yo vivo lejos del ruido y así me gusta”. Esa búsqueda por anular el sonido natural de las ciudades empezó con una máquina que dio la posibilidad de llevar la música a todos lados, los auriculares permitieron una nueva capa a la sonoridad de la ciudad, pero no cancelaban el ruido.

Hay una especie de perversidad en anular el ruido.

Primero porque escuchar es sobretodo un acto político. Y no cualquier acto político, sino uno que brinda la posibilidad de inmiscuirse en situaciones y escenas sin estar propiamente en ellas. Escuchar es ser un infiltrado que se hace que lee un libro, que se hace que solamente mira la ventana del subte pasar a toda velocidad, es hacerse el indiferente mientras dos personas hablan sobre los candidatos a la presidencia de un país y uno que cree que se hace el loco escribiendo una reflexión sobre el ruido y tomando mate y produciendo sonidos de sorbido.

Cuando las personas escuchan, y sobre todo cuando escuchan el ruido de la ciudad, son ciudadanos que participan activamente en una democracia. Una amiga que vivió muchos años en Santiago de Chile contaba lo impresionante que le parecía el silencio en el transporte público. Durante años la dictadura intimidó a sus ciudadanos a tal punto que se volvió peligroso tener una conversación subida de volumen, y luego en democracia esa costumbre del silencio se quedó. En Colombia, cuando la violencia y los paramilitares se tomaron la vida rural, sus sobrevivientes narraban constantemente que les daba miedo hablar con desconocidos por miedo y sus pueblos se inundaron de un silencio como si todo el país fuera un solo funeral: la ruralidad estuvo silenciada de los ruidos por mucho tiempo. En Magdalena los paramilitares asesinaron a músicos de metal. Sobra decir las razones.

En Argentina, cuando el proceso secuestraba personas, los sobrevivientes llegaban atados de manos y vendados de los ojos. Nunca supieron en qué lugar se encontraban mientras los torturaban. Pero las entrevistas que se hicieron a estos sobrevivientes por separado permitieron encontrar un factor en común. Aunque no se conocieron nunca entre ellos, muchísimos confesaron que durante su secuestro y tortura había dos sonidos bastante particulares que se repetían en los testimonios: una mesa de ping-pong y los gritos de un estadio de fútbol.

Estos ejemplos se leerán exagerados y sin correlación a la defensa del ruido. Pero por más placentero que sea cancelar el ruido, este también es una manifestación sonora del momento político, económico y social que vive un ser humano. Inducir a cancelar el ruido es inducir también a un comportamiento: cuando los auriculares no estén, la capacidad de escuchar se volverá más pasiva de lo que ya es, y el ruido solamente serán capas y capas, y no serán esos mundos posibles, los mundos reales, donde acontece la vida.

Cancelar el ruido es perderse esa clase magistral de historia del capitalismo que un profesor de la Universidad de Buenos Aires le dicta informalmente en un café a su sobrino, es perderse el gusto musical del vecino, no saber nunca cómo se saludan dos mujeres de provincia en medio de la lluvia porteña ni saber que un aficionado a Independiente grita gol desde una ventana de la Facultad de Ciencias Económicas y le están ganando a Racing. Cancelar el ruido es omitir que hay un pibe que se mete a una pizzería de Corrientes y que solamente somos consientes de él porque pincha con un tenedor los restos de la cebolla de los platos sucios que quedan en la barra, el sonido del metal con la porcelana; cancelar el ruido es olvidar que estuve enamorado de una mujer, periodista, que a toda velocidad tecleaba con sus manos el computador porque hay una sensación de placer en ese ruido: las palabras cuando se hacen también suenan, y en su caso, ella imponía una musicalidad de la escritura.

Hoy ese ruido me sigue recordando a ella.

Las sociedades modernas necesitan ciudadanos que aprendan a escuchar, no que entiendan el ruido como una masa amorfa que solamente está sucediendo y que se vuelve paisaje, el truco es desglosar ese paisaje lleno de capas y saber direccionar el sentido hacia donde se quiere. Escuchar es como apuntar con una cámara, solo que aquí apuntamos con nuestros oídos. Dice Annie Ernaux que cada cierto tiempo la gente considera que hay cosas sobre las que debe guardar silencio, pero ese silencio un día se rompe y “unas palabras se superponen a las cosas, por fin reconocidas, mientras forman de nuevo, debajo, otros silencios”.

Es entendible una defensa del silencio. Pero, ¿de verdad es posible ese silencio que alguien espera defender para contradecir? ¿o no será que ese silencio que esperan defender está lleno de ruidos?

O como decía John Cage “el silencio es el tráfico de la calle”. Hay un montón de ruidos allá afuera que no necesitan significar nada para darnos un profundo placer. Escuchar puede ser, quién lo diría, un acto de revolución mínima.

Y quizá con los años, cuando escuchar sea por legitimidad un acto político, transforme la vida.

Apple está en toda su libertad de vender la cancelación del ruido y aprovecharse de ella. Pero esta es una reflexión que va más allá de un comercial, alejarnos del ruido es también omitir la vida que acontece al lado nuestro y en tiempos de crisis económica escuchar al otro crea caminos para los consensos y para los puntos críticos en común.

No quiero dejar de lado la peligrosidad de cancelar el ruido. Pues escuchar el mundo exterior es también un instinto de supervivencia. No sea que estos nuevos auriculares con cancelación de ruido nos lleven a la muerte misma.

No sea que nos lleven a no escuchar ruidos nunca más.

 

Texto y foto por Tiago Ramírez Baquero