Resistencias al abuso sexual infantil en “Volver al lugar donde asesinaron a mi madre” – Por Lucha Venegas Navarrete

“Volver al lugar donde asesinaron a mi madre” nos pone en escena la violencia entre y hacia las mujeres y niñas al interior de la familia, “nido de perversiones” como la definiera Simone de Beauvoir. Es la opera prima de la Compañía Bestia Lúbrica, dirigida por Cheril Linett y escrita por Carla Zúñiga, y se está presentando hasta el domingo 30 de octubre en el Teatro Mori de Bellavista (Recoleta – Bellavista 77), para personas mayores de 14 años.

La obra nos cuenta la historia de Diana, una huérfana que retorna a su familia materna para confrontar a las mujeres que han estado encubriendo la violación infantil y asesinato de su madre, Celeste, que aún muerta no para de exclamar: “Mi padre me viola por las noches y al terminar me besa la frente y me da las buenas noches”.

Su producción se enmarca en un contexto país en que el abuso sexual infantil es una literal pandemia a nivel nacional. Sólo durante el primer semestre del 2022 hay 18.000 mil denuncias por abuso sexual infantil, y es sólo la punta del iceberg, ya que la gran mayoría de casos son encubiertos, las víctimas silenciadas y los responsables quedan en la impunidad. Es cierto que sabemos cada vez más de los crímenes sexuales contra la niñez que se realizan de manera masiva por parte de las autoridades de la iglesia católica. Sin embargo, el abuso sexual infantil ocurre principalmente al interior de la familia. De acuerdo a los datos oficiales son los padres y padrastros quienes encabezan los listados de violadores y abusadores sexuales infantiles, partiendo por su propia progenie.

La obra representa una suerte de sociología implicada realizada por huérfanas sobrevivientes a los internados infantiles. En sus conversaciones accedemos a sus notas de campo. Nos hablan de las visitas a sus familias por parte de las otras dos huérfanas que acompañan a Diana, sus hermanas-amantes Mesalina y Empusa. Huérfanas que narran las violaciones vividas en sus familias y cómo ellas se han transformado en una colectividad unida por el compromiso de amarse y cuidarse, amalgamadas por el horror, el abandono y la violación de sus Derechos Humanos. En ella se aborda el abuso sexual infantil no sólo desde quienes lo encabezan (los padres de familia), sino que también pone el énfasis en cómo las mujeres en la familia han estado sosteniendo y encubriendo abusos sexuales infantiles de manera histórica. Aborda a las mujeres desromantizando las identidades de género poniendo en escena las estructuras de relaciones institucionales que promueven lo que la periodista y activista feminista Cristeva Cabello llama el “silencio heterosexual familiar” para mantener a la familia unida, que contempla el encubrimiento del abuso sexual infantil y la impunidad de quiénes lo realizan. Todo en nombre de la familia.

Como sobreviviente a crímenes sexuales infantiles y al SENAME (donde estuve casi dos décadas) veo esta obra como un aporte a la discusión social, cultural y política de nuestro país, para los feminismos y la política pública basada en los Derechos Humanos. Desborda los biologicismos políticos de las identidades de género, aborda críticamente la violencia entre mujeres, de madres contra hijas, de mujeres que romantizan el abuso sexual infantil. Y también de mujeres que solidarizan entre ellas y en conjunto confrontan y resisten el silencio que caracteriza el abuso sexual infantil.

Como señala la psicóloga e investigadora de la Universidad de Chile Carolina Navarro: “El fenómeno de la violencia sexual se caracteriza por la no palabra. Esto lo deducimos de los estudios que se han hecho, donde se estima el volumen de víctimas de delitos sexuales que hay respecto de aquellas que se saben, que conocemos y que han podido usar la palabra a su favor. Porque la mayor probabilidad es que un niño que ha sido víctima de delito sexual guarde silencio. La mayor cantidad de delitos sexuales son casos reiterados y silenciados. La mayor cantidad de víctimas llegan hasta la vida adulta y nunca le han contado a nadie que fueron víctimas, ni a sí mismas”[1]. En la obra “Volver al lugar donde asesinaron a mi madre”, Celeste (violada en su niñez de manara habitual por su padre) vuelve de la muerte para exclamar un mantra patriarcal.

La obra escenificada por la Compañía Bestia Lúbrica me recuerda al capítulo la “Infancia” del libro “El segundo sexo”, de la teórica y política feminista Simone de Beauvoir. Dicho capítulo comienza con la conocida aseveración “no se nace mujer, se llega a serlo”. Y es que la obra “Volver a lugar donde asesinaron a mi madre” pone en escena múltiples mujeres construidas al alero de un sistema patriarcal criminal que encubre y fortalece relaciones jerárquicas, violentas, abusivas contra la niñez, las mujeres, donde las personas trans deben ocultarse por ser una vergüenza, donde mujeres encubren abusos sexuales infantiles para mantener una familia unida o no se vaya de la casa el padre violador por ser un apoyo económico para el hogar.

En la obra hay muchas mujeres representadas. Mujeres que abortan a sus hijas el día de sus cumpleaños, mujeres que confabulan contra los crímenes estructurales sostenidos incluso por otras mujeres, que ni siquiera son “regalonas del patriarcado”. Mujeres que se venden como madres, mujeres que a destiempo abortan ser madre, mujeres que desean ser amadas por sus madres, mujeres que fantasean con ser el objeto sexual de sus padres y envidian a su hermana violada.

Invito a ver esta obra que desde feminismos críticos solidarizan con víctimas del abuso sexual infantil, y también tenderles una mano generosa y crítica a las mujeres que de manera estructural han estado sosteniendo y fortaleciendo las condiciones que hacen posible estos crímenes sexuales infantiles. Y también tenderles una mano generosa y crítica a los padres heterosexuales que son quienes lideran el abuso sexual infantil. Todas las partes estamos siendo dañadas y forzadas a este tipo de relaciones re-producidas y sostenidas en el modelo de familia occidental que tanto daño y tristeza produce.

Mi llamado es a solidarizar con las personas heterosexuales, que son quienes nos están matando a las personas trans. Solidarizar con ellas es urgente. Sin duda se darán cuenta que si nos están matando es porque de esa manera violenta se tratan entre ellas, que son las primeras en ser dañadas en este modo de relaciones. Esa situación de igualdad (el daño) nos pone en una situación de solidaridad frente a un régimen que nos desgracia la vida y pone en peligro las condiciones habitables de la existencia.

Invito a ser como las huérfanas de “Volver al lugar donde asesinaron a mi madre”, que se vuelven hermanas, vecinas, amantes que solidarizan y ponen en crisis un sistema de relaciones familiares que se basa en el sometimiento de todas las partes a reproducir una violencia sexual transgeneracional, guardando silencio frente al abuso y el daño.

Y también nos invito a que resistamos de manera creativa y con imaginación política a los grupos anti-derechos que fortalecen las condiciones legales del abuso sexual infantil, como la que propone la extrema derecha: regularizar legalmente el sexo con niñas al interior de la familia, como es la propuesta política del Partido Republicano, que se ha estado movilizando en el Congreso Nacional para permitir el matrimonio infantil. Y es parte de los mismos grupos antiderechos, como la iglesia católica, que se movilizan y oponen a la Educación Sexual Integral como parte de la educación en Derechos Humanos. Esta obra de teatro es crucial para repensar el actual contexto de nuestro país y la urgencia en construir una sociedad que aborte el abuso sexual infantil y las redes de poder que lo encubren y fortalecen.

Por Lucha Venegas Navarrete

Ficha técnica de la obra: Dramaturgia: Carla Zúñiga / Dirección: Cheril Linett / Elenco: Esperanza Vega, Valentina Núñez, Paulina Valdenegro, Romina Bustos, Lorenza Quezada Mendoza, Ivón Figueroa Taucán, Fernanda Castex, Gabriela Gazmuri, María Victoria Ponce, LaMala, Fernanda Vargas, Irina Gallardo y María Julia Avendaño / Diseño de espacio escénico e iluminación: Tamara Figueroa AS / Operación de Iluminación: Gonzalo Huerta / Diseño y realización de vestuario/maquillaje: Pedro Gramegna y Andrea Bustos / Diseño sonoro: Vicente Cuadros / Producción: Cía Bestia Lubrica / Agradecimientos: Funeraria Carrasco Hermanos / Colabora: Goethe Institut, Fundación Teatro a Mil y Balmaceda Arte Joven.

[1] Carolina Navarro es psicóloga, académica y gestora de la creación del Diplomado de Postítulo en Peritaje Psicológico Forense en Delitos Sexuales y el Diplomado Intervenciones Terapéuticas y Preventivas en Agresión Sexual en la Universidad de Chile.

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