La piel que habitas vuelva a La Tierra (apuntes desordenados sobre el montaje Abismo: mirar con los ojos de otro) – Por Emilio Mocarquer Olivares

Qué ganas de haber escrito estas líneas con el texto de la obra impreso y cerca. Qué ganas de haber destacado mis partes favoritas, como volviendo a las dos funciones que vi del montaje Abismo: mirar con los ojos de otro (2022), dramaturgia de Sebastián Carez-Lorca y dirección de Mario Mongue. Como no me atreví a pedirle el texto a nadie, la segunda vez llevé una libreta en la que apurado y a oscuras fui anotando lo que no querría olvidar a la salida: esas escenas que me ofrecieron desde risas hasta apretones de estómago, emociones, al fin, que el teatro convida a su espectador. Así es que, como Michelle, la protagonista que quiere recordar, escribo, copio su intención: en un intento de hacer memoria –y a la espera de futuras temporadas– retomo mis apuntes desordenados, los reescribo.

La piel que habitas vuelva a La Tierra es el único verso que alcancé a anotar (es que a mano escribo lento) de la canción que cierra la obra, en voz de todos los personajes. La piel que habitas vuelva a La Tierra es el pequeño pedazo del guion que tomo para encabezar estos apuntes, que intentan volver a las funciones que vi. La primera, volví a mi casa a buscar nombres, a googlear Michelle-cineasta-chilena, carabineros, general, Ángela Richter. Nada. O, mejor dicho, un par de entradas que redireccionaban a la página web del GAM, a algún par de sitios de prensa. Había visto ficción pensando, en todo momento, que era una historia verdadera o, cuanto menos, basada en una real.

Borro esa última frase antes de seguir, me arrepiento. La escribo de nuevo: basada en una historia real. Reformulo. La historia de Abismo podría perfectamente ser la de cualquier hija de una detenida desaparecida, o la de cualquier niño crecido en el exilio. De ahí entonces su cercanía con este país. De ahí que Abismo, como las grandes historias, como esas historias que recordamos aleatoriamente, pueda acercarse a una y a muchas vidas a la vez. Porque Michelle (Nicole Vial), la protagonista, necesita recordar a su madre, pero para recordarla primero tiene que conocerla. El mecanismo: un documental que va a recoger los testimonios de quienes sí la conocieron, y así, testigos mediante, la cineasta logrará acercarse a su mamá desaparecida por la dictadura de Pinochet.

Michelle, retornada, va a contar con la asistencia en la cámara de Rafael (Rafael Contreras), y de Jacinta (Jacinta Langlois) en la actuación, quien va a interpretar, en el documental, a Ángela Richter (Naldy Hernández), oficial de carabineros que habría asesinado a su madre y que también, entre tanta gente, será entrevistada. Y juntos, los tres, van a tener que lidiar y engañar a la invitada. Pero ¡sorpresa! la entrevista sale mal, y como ocurre también en las más memorables historias, van a tener que tomar importantes decisiones. Aunque, mejor me callo respecto de la trama, porque como ya dije, escribo estas notas a la espera (quizás ingenua) de nuevas temporadas, y no quisiera arruinarle la obra a nadie. Eso sí, adelantaría que el montaje recurre, de manera notable, a distintas formas de contar su historia. Me acuerdo de tres: saltos temporales, entrevista y documental.

La obra vuelve en el tiempo a clases, a una sala universitaria en la que Michelle comenzaba recién a planear su proyecto, a discutir con el profesor, echando mano a una hoja con un hoyo al medio: explicación gráfica de una ausencia. Y esto lo conocemos iniciada ya la obra, luego de comenzada la entrevista a la general retirada y entre proyecciones del documental. Los juegos formales del montaje son lujosos aciertos, porque al abordar diversos puntos de vista se dota de sentido, en la ficción, la intención de Michelle: conocer, por fin, a su madre a través de las palabras, de los ojos de quienes sí la conocieron.

Otro juego formal: con un circuito cerrado de cámara se graba y proyecta la entrevista a Ángela Richter. Las incomodidades de la general se notan (no crean que la actriz necesita una cámara), pero al mismo tiempo que se la ve en el escenario, se proyecta un primerísimo plano, y el espectador vuelve a ser uno doble: al mismo tiempo dentro y fuera de la obra; al mismo tiempo que observa el montaje en la sala del GAM, mira la entrevista en la ficción.

Caso análogo con la proyección del documental. Cine y teatro se van intercalando, pegando una historia de a pedazos, a un ritmo pausado, como tejiendo presencias y ausencias. El documental de Michelle reflexiona sobre la fotografía, y sobre la primera foto tomada a un agujero negro. Sobre la música, y sobre la técnica del kintsugi: todas prácticas que relevan las ausencias. En las fotos no debe haber mucha luz ni mucha sombra, en la música se escriben los silencios y en el kintsugi se destaca la fractura. Todo esto, parte del documental, es proyectado en la misma obra, y complementa el punto de partida de Michelle: la ausencia de la madre, pero también lo desafía: quizás no sea imposible llegar a conocerla.

Adelanté al inicio que el montaje termina con una canción. No voy a decir qué más pasa entre medio, pero vuelvo al verso que alcancé a robar: la piel que habitas vuelva a La Tierra. Diría que resume las intenciones de la protagonista. Qué irresponsable que es interpretar un verso fuera de su contexto, pero pienso que contiene las ganas con las que Michelle espera lo imposible: el retorno de una muerta a La Tierra. Me decía un gran amigo que, para él, los mejores relatos son aquellos que muestran conflictos irresolubles. Mi completo desacuerdo con su postura no viene al caso, como sí lo hace decir que me acordé de él escribiendo estos apuntes. Pienso que le habría gustado la obra si es que creyera que, tan imposible como revertir la muerte lo es sacarle información a una general de la dictadura. Pero Michelle, en la ficción, acaso atrevida, acaso ingenua, insiste en la grabación de su documental. Y la obra, jugando con tantos puntos de vista, le aguanta la maña, como intentando reconstruir a su madre a través de relatos, Richter incluida, Richter especialmente.

De ahí que me parezca justo esperar nuevas temporadas de la obra, porque lo que ofrece la ficción en este trabajo es la posibilidad de un retorno aparentemente imposible. Irresoluble, diría mi amigo. No se trata de una resurrección, en ningún caso; pero el teatro, en Abismo, desafía a la injusticia de la espera, del dónde están, de las ausencias pasadas por alto. Al final, es un documental dentro de una obra de teatro lo que logra juntar testimonios para que, al menos en la ficción, una hija logre conocer a su madre. Es un documental dentro de una obra lo que ofrece, haciéndole honor al título del montaje, una verdadera puesta en abismo, o una piel ausente que, ficción mediante, a lo mejor vuelve a La Tierra.

Por Emilio Mocarquer Olivares
Fotografía de Patricio Melo

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