Dramatizar la disidencia

La huida: desaparición de las disidencias en dictadura

La huida, obra dramática escrita por el dramaturgo y director chileno Andrés Pérez Araya en el año 2000, construye la historia de hombres homosexuales en contexto de dictadura. Manteniendo los encuentros en espacios cerrados, se exalta la cualidad de secreto de los vínculos homoeróticos de seis personajes: dos parejas donde uno de ellos es un traidor, y dos amigos del traidor que buscan ganar dinero a costa de la vulnerabilidad de estos hombres que buscan escapar de la censura.

Una de las peculiaridades de esta obra es que cada personaje va a mostrar un rostro distinto frente a la temática de las disidencias en contexto de dictadura. El encuentro sexual entre Pedro y Joaquín abre la discusión a las expectativas que se les atribuían (y siguen atribuyendo) a los hombres dentro de una sociedad conservadora y, en este caso, bajo reglas estrictas adscritas a la dictadura. Relaciones prohibidas que funcionan en la clandestinidad y que, además, aborda parajes borrados de la historia oficial. ¿Qué sucedía con los hombres homosexuales durante la dictadura? Esto es lo central de la obra, relatar ficcionalmente las experiencias de seis hombres frente a un mismo hecho: la desaparición forzosa de personas disidentes en los puertos de Chile.

El texto pareciera tener este carácter de construcción de una historia común que ha sido normalizada e invisibilizada en cuanto a la desaparición de hombres “maricones” a modo de castigo y corrección ante expresiones íntimas desviadas. Existe una cierta complejidad en la construcción del argumento, en la representación de una realidad vivida durante los tiempos de la dictadura, los personajes que toman protagonismo van a estar atravesados por las voces de los actores que los representan. Es decir, quienes interpretan a los personajes van a tener espacio para contar sus experiencias sobre aquello que les toca actuar, llenando los vacíos de sentido desde sus palabras, completando los guiños con rumores que terminaron siendo realidad. Así, se nos presentan a los personajes de la obra: Pedro y Joaquín, Ernesto y Esteban, y Sebastián e Ignacio. Cada uno de estos personajes va a tener una voz correlativa con su actor: Pedro es el actor Juan, Joaquín que es el autor (Andrés Pérez), Ernesto es el actor Miguel, Esteban es el actor Samuel, mientras que Sebastián es el actor Francisco, e Ignacio es el actor Lorenzo.

Lo peculiar de esta salvedad es que cada personaje tiene un papel determinado en la obra, en el desarrollo del relato, pero esto solo funciona a medida que los antecedentes de los sucesos son completados por las experiencias reales de los actores. El suceso central: la desaparición de hombres homosexuales en el barco, marca el hito histórico a develar. Un hecho pormenorizado en los años venideros desde la dictadura y que, a través de esta ficcionalización y dramatización revelan antecedentes a múltiples voces. De este modo se delatan prácticas propias de una época en que el terror encarna la fuerza detrás del discurso de odio propuesto por un mandatario autoproclamado; los métodos de persecución a las disidencias empujan a la búsqueda desesperada por el autoexilio. La huida devela los hechos de violencia normalizada al punto de la amnesia generalizada de un país que busca olvidar, pero se deben cobrar las muertes y ponerlas en palabras para desempolvar el olvido forzado y nunca más dejar que silencien las voces de quienes fueron lanzados al mar: “Que el cuerpo se acuerde, que el cuerpo de ellos se acuerde de la memoria de todos los otros cuerpos”. Como dice Ernesto, que la memoria traspase las fronteras del olvido y se vuelva cuerpo, y que las huellas de la violencia se inscriban tan hondo que no se pueda invisibilizar nunca más.

A lo largo de la obra se hace un juego doble de temor a lo que el otro, el homosexual, este subalterno que no debiera tener cabida en el imaginario social, puede provocar o remecer dentro de los personajes supuestamente heterosexuales. Este temor se equipara, de alguna manera, con la curiosidad escondida de experimentar los placeres que conllevan las acciones clandestinas de relacionarse con una persona del mismo sexo. Por lo que se construyen personajes de identidad escindida, de subjetividades fragmentadas que no logran esconder del todo ese atisbo de desviación que casi se podría sentir como resentimiento ante la norma. Al mismo tiempo se develan nociones estereotipadas un tanto absurdas de la construcción de la identidad de los homosexuales, en tanto que se les considera egoístas al llevar una vida feliz sin tener que acarrear un trabajo productivo de una casa constituida por una familia promedio (esposa e hijos), y que esa libertad que, para la época es completamente contradictoria si se entiende el contexto de persecución a las disidencias, sale de los cánones morales y éticos de los núcleos familiares “normales”. Si los homosexuales no caben en el molde, la desobediencia a las leyes dictadas por los roles de género debe ser castigada.

La referencia a la imagen de macetero que se sitúa al momento de la desaparición forzada de los cuerpos en el mar, exalta esta condición que se les atribuye a los personajes homosexuales de plantar la semilla de duda en los hombres que se consideran heterosexuales; en este sentido, hundir, ahogar a esa semilla de duda construiría un imaginario aún más violento si se considera que esconder la tentación podría apagar la llama de la curiosidad. Llama la atención la intervención del actor que es Juan: “No dejan de tener su poesía estos extraños maceteros con estas extrañas, raras, delicadas flores humanas que se agitarán vanas cuando despierten del sueño necesario de seis u siete horas para que el cemento se endurezca. Me dan ganas de regarlas.”, donde confiere la cualidad de flores humanas delicadas a los cuerpos que se sitúan en un límite que transgrede las normas de la época, destacando que, a pesar de ser extrañas, de salirse del molde, aún pueden ser frágiles. Y si esta intervención se vincula con lo que dice el personaje Joaquín: “El vino va a llegar hasta el mar y va a emborrachar todo pescado, toda vida en el agua, el vino va a dulcificar la agonía de tantos perdedores de este mal juego.”, se devela cómo en la obra se reformula simbólicamente el lugar que les es conferido a las disidencias en la época. Un escenario tan brutal como lo es arrojar vidas al mar, es reescrito de tal forma que se vislumbran espacios de resistencia incluso cuando se revela el fin inminente. Con un simbolismo casi bíblico, la sangre como vino tiñe las aguas, resalta la condición de que por más que se intente acallar las voces de las disidencias, brotarán desde los mismos maceteros en que fueron plantados, y surgirán desde el fondo tiñendo cada espacio del paisaje que atraviesa a todo el país. Incluso si se construye esta historia del barco por medio de rumores, de alguna forma la verdad saldrá a la luz.

De cierta manera, esta obra hace recordar el texto escrito por Josefina Fernández sobre el travestismo y la identidad de género, Cuerpos desobedientes (2004), en donde se hace hincapié en la cabida de la voz de las travestis en los espacios públicos, y la clasificación que se hace socialmente de esta figura. En este libro se hace uso de una jerga peyorativa para hablar de cuerpos que representan subjetividades que se desmarcan de los binarismos tradicionales, que resaltan los espacios que les son conferidos, aspecto que hace eco en la obra dramática. Cuando Ignacio decide violentar a Joaquín, lo hace más allá de lo físico, es una violencia que atraviesa al cuerpo, le atribuye características denigrantes que viene a sustentar la idea de superioridad del hombre heterosexual por sobre cualquier otro ser. Cuando Ignacio le dice: “Les voy a hacer un favor, que mueran en su ley… ya, despiértate, mariposón, abre la boca…”, reafirma el espacio simbólico que se propone como frontera, como límite entre Joaquín y él. Esta diferenciación moral y ética que se vislumbra con el término “mariposón” se complementa con la idea de tener una ley propia que se sitúa entre ambos personajes. No existe una ley pareja para ambos, cada uno tiene su propia ley, y hay una que rige por sobre la otra. Las locas se contraponen a los hombres heterosexuales, quienes prefieren deshacerse de la semilla de duda antes de abrir los ojos ante su propia fragilidad.

Por Paulette R. Fernández

Foto extraída de una publicación de Fundación La Fuente, todos los derechos son suyos.

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