Ruido Blanco

La policía tuvo que acordonar el muelle para que la Guardia Costera pudiera llegar con la lancha. Aun así casi todo el pueblo se había reunido en los alrededores, como siempre que pasaba cualquier cosa. Danilo –que como vive cerca consiguió un buen lugar desde temprano– nos hizo señas a mí y a Ricardo para que nos acercáramos. A punta de empujones y codazos conseguimos llegar hasta donde estaba, subido en una de las piedras que adornan el parquecito que da al muelle.

– ¿Se ve algo? –pregunté.

–Ya no. La montaron a un camión para llevársela al Centro.

–Yo escuché que la llevaban para la marina –intervino Ricardo.

–Sí pero está inservible, no flota y no se puede remolcar hasta allá, vieran el costo para traerla.

Danilo se bajó de un salto de la piedra y me dijo que me subiera. En el muelle habían estacionado dos camiones, uno grande en el que supuse que habían metido la lancha y otro, bastante más pequeño, pero que estaba resguardado por dos policías como los que veíamos en las noticias, encapuchados y armados con metralletas largas. En la entrada había cuatro patrullas en fila y varias personas –incluidos más policías vestidos iguales y un par de señores de saco y corbata– caminaba por todos lados señalando cosas. Le di mi espacio en la piedra a Ricardo y le pregunté a Danilo por qué estaban esos policías ahí. «¿Por qué va a ser?» me dijo encogiéndose de hombros «es una lancha narco».

Fue esa misma madrugada, cerca de las 3 de la mañana. Yo solo escuché el estruendo, pero dicen que desde las casas más cerca de la playa podía verse el humo y el resplandor anaranjado de la explosión por encima de las peñas. La guardia costera fue la primera en llegar, llevaban a los paramédicos en caso de que hubiera sobrevivientes. No los hubo. Pero de inmediato se le ordenó a la policía que resguardara la única entrada por tierra al playón donde había ocurrido el accidente y mi mamá, que siempre se levanta temprano, me dijo que ya a las cinco venía una fila de carros de los judiciales. Seguro los mismos que estaban en la entrada del muelle y que cuando terminaron lo que estuvieran haciendo, salieron escoltando a los camiones, dos adelante y dos atrás.

Danilo no habló de otra cosa en toda la mañana. Nos dijo que los narcos siempre cruzaban en las noches que no había luna, que él los veía pasar siempre porque la ventana de su cuarto daba al mar. Ricardo no le creía y se enojaba con él. «Si van en lo oscuro para que no los vea la policía van a dejar que los vea la gente normal». Danilo insistía en que era cierto, además añadió que a los narcos no les importa que la policía de aquí los vea porque era cómplices, que los que le preocupaban era la guardia costera que tenía una marina varios kilómetros más arriba.

– ¡Sos un mentiroso!

– ¡Es verdad! Mi hermano me dijo y él sabe de esas cosas, ¿vos qué decís?

No les respondí. Todavía estaba pensando en las metralletas que llevaban los policías. Nunca había visto una así en vivo. Los policías de aquí, que eran apenas cinco o seis, lo único que llevaban era una macana y una pistola pequeña pero nunca supe que la hubieran tenido que disparar ni siquiera. Hasta entonces el arma más grande que conocía era un rifle que usaba mi abuelo para cazar tepezcuintes, pero desde que se murió la dejaron de usar y mi tío decía que ya no servía. Pero aquello era una cosa casi de película.

 –Danilo ya me tiene harto –me dijo Ricardo un día después del colegio.

– ¿Por qué?

–Solo de la lancha habla y que un día de estos vio otra, pero que estos días no por la luna llena.

–Dejalo, vos sabés cómo es.

–Sí sí, pero ahora dice que se va a hacer narco, que cuando sea grande no sé qué y que el hermano conoce a no sé quién.

– ¿Y creés que sea cierto?

–No, que va a ser cierto. Pero es que es un necio. ¿Sabés que más me dijo? Que fuéramos al playón a buscar pedazos de la lancha.

–Seguro ya lo recogieron todo.

–Eso le dije yo. Pero bueno, me dijo que te preguntara a vos.

–Estaría chiva.

– ¿Ir a buscar pedazos de lancha?

–No, pero hace tiempo no vamos al playón. Podemos ir a acampar.

Es pequeño, no más de ocho metros, rodeado por dos peñas enormes que eran como los límites de las otras playas. A los lados estaba lleno de piedras donde los chiquillos van a cazar cangrejos –si no les importa cortarse– ahí es donde dicen que chocó la lancha. Para llegar ahí solo se podía ir en panga o en lancha por el mar dándole vuelta a la peña. O por tierra, subiendo por el lado de atrás de la peña y bajando. Era alto pero uno puede irse resbalando despacito, agarrándose de los bejucos que guindan. Al final Ricardo decidió ir y eso que solo las hormigas le molestan más que Danilo y por donde hay que pasar está lleno. Cuando llegamos fue el primero en hacerse tirado al playón para meter los pies en el agua y quitarse el ardor de las picaduras. Yo fui el último en bajar, Danilo se había quitado los zapatos para sacarles la arena, cuando me acerqué señaló las piedras.

–No se ve nada.

–Yo te dije que ya habían recogido todo, y lo que no seguro se lo llevó el mar.

–Yo igual voy a ir, ¿jale?

–No, andá vos. Yo me quedo armando la tienda.

Luego de un rato regresó, tenía las manos y las piernas cortadas. A Ricardo ya se le había pasado el enojo por las hormigas y estaba armando una fogata. Casi no hablamos de la lancha, nos quedamos viendo el mar como siempre hacíamos, contando chistes y hablando cosas del cole. Nos dormimos cerca de la 1. Pasado un rato me despertaron unas voces que discutían, no entendí lo que hablaban pero estaba seguro que no se trataba de Ricardo ni de Danilo; al fondo se escuchaban ruidos como de motor.

Me levanté con cuidado, me asomé afuera de la tienda y pude ver una lancha cerca del playón, con dos personas paradas frente a ella y que con desesperación parecían pedir algo mientras mantenían los brazos en alto. Entre sus voces –entrecortadas por los ruidos del mar y del motor– lentamente comenzaron a distinguirse sollozos y algo que por su tono solo podían ser suplicas. Traté de mover a Ricardo que dormía a la par mía pero mis manos no respondieron y me quedé inmóvil con los ojos pegados al cierre de la tienda. No parecían haberse percatado de nosotros, tenían las miradas fijas en el aire frente a ellos hasta que de pronto se escucharon detonaciones y los vi tirados en el suelo, luego de un rato una nueva detonación más grande, seguida de un resplandor naranja que se elevaba hasta el cielo; la lancha volaba en pedazos hasta las rocas. Después el silencio.

– ¿Cuántos muertos hubo en lo de la lancha? –le pregunté a Danilo cuando despertó.

–Dos, ¿por qué?

Respondí que no era nada mientras pensaba que armas como las que llevaba aquel policía pronto dejarían de sernos extrañas.

 

Por Ronny Masís Montenegro

Foto por Dylan del Valle (@dylaaanalogo)

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