De lo que sucedió aún no logro entender nada y a la vista de los hechos todo se vuelve muy confuso.

El domingo me levanté a eso de las diez, como siempre. Vivo solo y me gusta aprovechar el aire cálido del día si hay sol en primavera. Me gusta salir a correr por el parque cada domingo y este domingo en particular corrí dos horas, mucho más de lo usual. Pero han habido otras ocasiones en que sin darme cuenta lograba alcanzar una hora cuarenta. Volví a casa y almorcé; creo que comí un sándwich con lo que había en el refrigerador y vi televisión toda la tarde; algunas series de netflix pendientes tomando cervecita y luego pedí sushi para cenar, bebí un par de copas de vino y me fui a la cama. El despertar fue como de costumbre, nada parecía irregular, hasta que llegué a la oficina. Resultó ser que mi domingo no había sido domingo, sino lunes, y yo llegué el martes a trabajar creyendo que era lunes. Al trabajo no había faltado nunca sin aviso. No pasó nada. Mis colegas me encubrieron. Le dijeron a mi jefe que había tenido una emergencia, que había llamado antes de que él llegara, que había tenido un problema con mi mascota y no entraron en detalles. Me contaron todo en cuanto llegué y cuando el jefe me preguntó más tarde si había resuelto mi problema ya estaba preparado.

Inventé un perro al que le puse el primer nombre que se me ocurrió.

Después del trabajo me fui dándole vueltas al asunto, intentando explicarme el porqué de mi confusión. Era muy raro. Pasé por comida y al llegar a casa me encontré con la sorpresa de ser recibido por un perro. No podía entender la coincidencia ¿alguno de mis colegas había entrado a mi casa a dejarlo? Pensé en llamarlos a ver si alguien soltaba que me habían hecho una broma, ¿pero como sería eso posible? Mis colegas no tienen llaves de la casa y en puertas y ventanas no encontré indicios de forcejeo. Todo parecía igual a como yo lo había dejado antes de salir. El animalito me lamió con familiaridad y al leer la inscripción de su placa tenía el mismo nombre que yo le había dado, tal cual, con mi teléfono inscrito al reverso y todo.

Fui a preguntar a la vecina de al lado si había visto a alguien entrar con algún perro o si era posible que el perro fuese de ella. Mi vecina es una octogenaria que vive sola con cinco canes, entre perros y perras. Bueno, casi todos los que vivimos aquí vivimos solos y la mayoría son ancianos o casi cincuentones, como yo. La vieja tiene un patio grande que alcanzo a ver desde la ventana de la cocina empinándome un poco sobre la muralla de cemento que divide su sitio y el mío, donde he distinguido las cabezas de los cachorritos y la cabeza blanca de ella enseñándoles cosas. No sé si los perritos le harán caso o no, no estoy pendiente y la verdad es que no la veo tan seguido. Me la he topado un par de veces cuando voy al negocio de la esquina y nos saludamos si llego a casa a la hora en que ella mira por la ventana. La veterana me dijo que no vio a nadie y que el animal tampoco era de ella, pero también preguntó ¿otro perrito? ¿va a tener otro perrito? ¿Otro perrito?, vieja chiflada, pensé. Le expliqué que no, que otro perro no, le di las gracias y regresé a casa. ¿Cómo podría haber olvidado que tenía un perro? Existían los platos con su comida (en la cocina) y un cojín con su nombre (en el living) y selfies mías con él en el sillón, en la cama y en el parque. El quiltrito me movió la cola cuando le llené sus platos y se sentó junto a mí en el sillón cuando intenté rememorar nerviosamente algún recuerdo junto a él. Olí su suave lomo, pero ninguna imagen vino a mi memoria.

El siguiente día fue de total normalidad en mi cubículo durante la mañana hasta que, por la tarde, al volver de colación, mis colegas estaban más distendidos y comenzaron a planificar el happy hour del día viernes. ¿Qué no era miércoles? Ayer fue martes y anteayer no llegué a trabajar pensando que era domingo y era lunes y ahora ¿es viernes? Le pregunté al chico del aseo disimulando y me lo confirmó sonriendo. Me anoté en la mano que al otro día sería sábado. No entendía nada. Anduve paranoico el resto del día.

Antes de dormir dejé el despertador puesto a las ocho de la mañana para llamar a la oficina y corroborar que era sábado. Para mis sospechas me contestaron, cuando se supone que los sábados no va nadie. Silvia, que respondió el teléfono, me aseguró que era jueves. Le rogué que le dijera al jefe que me sentía mal, que llevaría licencia, que no se preocupe, pero que hoy no llegaría. ¿Está todo bien? me preguntó. Sí, sí, después te cuento, le dije muy rápido y algo nervioso a esas alturas, porque al despertar lo que vi me puso histérico. Las paredes de mi casa no eran las mismas ¡estaba en otra casa! El lugar olía raro, como a humedad. Me levanté y reconocí mi ropa en el closet, pero no reconocí el baño ni la cocina. La casa tenía un decorado rococó, con adornos empolvados y anticuados y ventanas avitraladas donde casi no pasaba la luz. No sabía dónde estaba.

Pensé en ir a urgencia y no quise volver a dormir por temor a que nuevamente cambiara el día o el escenario. Me quedé viendo televisión en una cama que, según yo, no era la mía, y que tenía un olor rancio, como a pipí de gato, y no tuve paz ni por un minuto. Tenso, fui al living y di una ojeada a las fotos con el animal repartidas por toda la casa y lo que llamó más mi atención fue una pintura dispuesta en el centro de la habitación. Tenía un dibujo con una especie de Jesucristo con cara de perro sobre una montaña, con los brazos abiertos elevándose al cielo rodeado de otros perros y al fondo un cielo celeste brillante.

Salí a la parada de micro y no vi a nadie. Me pareció raro siendo jueves o sábado o el día que hubiese sido, porque esa calle es bastante transitada y con alto tráfico. El aire estaba caluroso y la atmósfera demasiado tranquila. Quise llamar a alguien para preguntar si pasaba algo porque no pasaba locomoción, pero no encontré el teléfono; quise volver a casa a buscarlo, pero no logré dar con la avenida, ni con ninguna calle que me llevara en esa dirección. Estaba perdido. Toqué en varias casas a medida que avanzaba, pero nadie me abrió la puerta ni se asomó por alguna ventana. Estaba solo. Perdido y solo.

Seguí caminando, no sé por cuanto tiempo, hasta que llegué a una vieja iglesia que parecía abandonada. Entré por un estrecho pasillo al costado de la entrada que descendía hacia una plazuela rodeada de flores amarillas, con bancos de cemento ordenados en dos filas. El cansancio me recorrió las piernas y me estiré sobre uno de los asientos, donde al parecer me quedé dormido en lo que pareció un pestañeo.

Al abrir los ojos sentí miedo y angustia; ya no estaba solo. Me rodeaba una multitud de ancianos que sujetaban con correas quiltros que dormían, lamían sus partes o simplemente estaban quietos. Los hombres y mujeres realizaban una danza extraña, alzando sus brazos y dando ligeros brincos con los ojos cerrados y apretados, exhibiendo aún más arrugas de las visibles. Quise levantarme y salir corriendo. Y al hacer un solo movimiento lo supe todo ¡yo era mi perro acompañando a la vecina!

Después del espanto inicial un sentimiento cálido y de profunda paz me sobrevino; dejé de estar asustado. Me sentí vital y feliz, como nunca antes. Ni siquiera en los días más soleados de mi juventud tuve tal ardor por vivir como el que experimento ahora.

 

Por Carolina González Teneo
Este cuento fue ganador del V Concurso de Cuentos Juan Bosch que realiza la Fundación Juan Bosch y la Universidad Austral de Chile el año 2019.
Fotografía por Bastián Nieto (@ralyzod)