No es tiempo para libros

Procrastinando en Instagram di con una foto de Pinochet sosteniendo un libro de Gramsci. Se trata de la portada de “La secreta vida literaria de Augusto Pinochet” de Juan Cristóbal Peña. Según un artículo de CIPER —escrito por el mismo periodista y autor de la investigación— Pinochet ostentó una copiosa cantidad de libros, destacando los de historia militar; en la biblioteca del dictador se encontraron textos de teoría marxista, de pensadores de izquierda, y, destacando por su ausencia, libros de poesía. Pese a que Pinochet no habría sobresalido por su afición lectora, su biblioteca lo hacía por su tamaño, motivo por el que muchos de esos documentos forman hoy patrimonio de la Biblioteca Nacional. La biblioteca de Pinochet habría sido una necesidad política, dado que codearse y ser reconocido por los políticos e intelectuales de la época entregaba cierta legitimidad al régimen. Nada mejor que una biblioteca para hacerlo.

Si hoy es posible adquirir fondos de bibliotecas, escenarios prolijamente diseñados en dos dimensiones —a la venta en Amazon y otras plataformas digitales—, para ornamentar videollamadas y sumar prestancia al profesional (a menos que sea sorprendido), Pinochet lo hizo antes de forma analógica.

Si bien se suele relacionar la lectura a efectos “positivos” en las personas, leer, por más que los fanáticos insistan en sus bondades, no asegura nada. Sin embargo, el desprecio a la lectura parece algo nuevo. Trump, autor de al menos un par de libros —en sentido formal, ya que han sido obra de escritores fantasmas—, señala abiertamente “no tener tiempo” ni mayor interés en leer, y se destaca, a la vez, por su actividad punzante en redes sociales, haciendo fama y rompiendo récords dada la desmesurada cantidad de tweets que comparte diariamente. La mayor parte de sus afirmaciones resultan mentiras, sobre las que ni siquiera repara o busca enmendar cuando todas las evidencias demuestran lo contrario a sus dichos. Quizás el llamado para eliminar el “virus chino” a través de la suministración de cloro es una de las imágenes más grotescas del caso. Ante el creciente fenómeno de la “posverdad”, Twitter y recientemente otras redes, han debió implementar políticas de “censura”. Instagram o Facebook sugieren enlace de interés y de información verificada al momento de ingresar búsquedas controversiales o de dudosa comprobación. Al fin y al cabo, todos leemos y las redes sociales son el gran texto del siglo XXI; mientras los lectores del formato libro disminuyen a pasos agigantados, la incorporación de la red a la vida cotidiana de todas las personas es cada vez más temprana. Por lo mismo, la biblioteca de Pinochet no otorga valor alguno a los autócratas de hoy.

Debido a que difícilmente somos conscientes de lo que leemos, cómo leemos o desde qué lugares lo hacemos, los libros y las conversaciones –el polémico Michel Houllebecq vaticina hace años la muerte de la conversación– han resultado históricamente terreno fértil para abrir esas preguntas y espacios. Para imaginar. Es de esta última sustancia de la que adolece la política, bien lo repite un filósofo, a través de una cita repetida coralmente en redes sociales: “Es más fácil imaginar el fin del mundo, que imaginar el fin del capitalismo”.

Mientras Facebook resulta ya una red de “viejos” (“mucho texto”), Instagram (que da primacía a la imagen) parece captar más a “adultos-jóvenes” demasiado absortos en obligaciones laborales como para pasar tiempo en Tik Tok (principalmente audiovisual), la que parece terreno atractivo para la generación Z, jóvenes que están votando por primera vez, nacidos bajo la transmisión en directo de la caída de las torres gemelas; quien “lea” primero las nuevas redes será capaz de capitalizar futuros votos. En Chile, los políticos que ostentan mayor presencia en la última red de moda (Tik Tok) son José Antonio Kast, llamado “God Emperor Kast” por sus suscriptores, y Pamela Jiles, la autodenominada “Abuela” que ha bautizado a sus seguidores como “Nietos”. En ambos casos, quienes participan de la procesión digital de sus ídolos lo hacen muchas veces en tono de “broma”. La primera vez que se avizoró la posibilidad de Trump en la presidencia, fue en un capítulo de South Park. El resto de la historia ya la conocemos.

La promesa de las redes es escribir y transmitir la vida en tiempo real, o los cinco minutos de fama que vaticinó Warhol para todo el mundo. Quizás todos podamos ser el próximo presidente, como se supone podemos ser “nuestro propio jefe”, al fin y al cabo, todos escribimos, todos somos importantes, todos tenemos algo que decir. Bastaría preguntarnos si preservamos algo que callar que abrigue sentido a lo dicho. Es precisamente, algún grado de quietud y silencio, una desafección de la vida cotidiana inmediata, la que presupone la lectura. Ya sea compartida a voz alta, en círculos de lectura o solitaria, exige un tiempo distinto, un tiempo otro.  Conversaciones, Clubes de Lecturas, “Booktubers”, “Bookstagrammers”, el libro más allá de sus páginas tiene la virtud de convocar a diversas generaciones, muchas veces de forma analógica más que digital, formas de las que intuyo también distintos desplazamientos en el reconocimiento de lo político.

 

Por Juan Pablo Villalobos

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