Made in Japan

A mi papá le gusta mucho prender un equipo de música grande que tiene y escuchar un cd de Deep Purple. Es una presentación en vivo de la banda en Japón y en la carátula se ve un rectángulo en el centro donde aparece la banda sobre el escenario, abajo dice Made in Japan. Pero quizás mejor debería decir que a mi papá le gusta mucho escuchar Deep Purple y abrir una botella y tomársela y después abrir otra u otras. ¿Qué más hace? Sé que es la pregunta que se hacen todos porque es la pregunta que me han hecho siempre, psicólogos, amigos, abuelos, mi mamá, mis hermanas. Y la respuesta es nada más, bueno fuma, pero nada, solo toma, fuma y escucha la música. Mientras, nosotros -Gaby, Luisa y yo- vemos televisión en una de las piezas o jugamos a algún juego de mesa a metros de donde él escucha música y bebe. A veces va y nos dirige una mirada y nos sonríe o sino, puede ir y desordenarnos el pelo o darnos un beso en la cabeza. En algo es muy metódico. Es cosa que termine Space algo, la última canción de Made in Japan para que apague la música. Luego cocina y hacemos algo todos juntos. Por lo general se queda dormido a mitad de la actividad y Gaby lo despierta y él se para y nos lleva a acostar. “Smoooke on the waateeer, fire in the skyy”. Es un ritual que se repite fin de semana por medio. La frecuencia que acordaron los padres luego de divorciarse.

Eso es la noche del viernes. Para la tarde del sábado sabemos también qué va a pasar. Fuimos todos un sábado en la mañana a un supermercado y llenamos el carro de comida y bebestibles y compramos el set de ping pong: un par de paletas, un par de pelotas, la malla y sus soportes. Tuvimos claro desde un principio que la mesa no podía ser, ya que papá vive en un departamento, entonces estamos expectantes por averiguar a qué va lo de la malla. Llegando al departamento el papá enrolla la red a uno de los soportes, es decir le da unas vueltas para que se ajuste al ancho de la mesa, y me pide que me ponga al otro lado para girar el tornillo de la prensa. Las miradas de Gaby y Luisa me confunden, las veo algo perplejas. La mesa es una mesa rectangular de madera, la típica con que te pegas en las canillas. Ni remotamente similar en sus dimensiones a una mesa de ping pong. De hecho hay que jugar sentados. Es divertidísimo. Lo máximo. Jugamos ping pong. Eso es lo que pasa los sábados. Pero no es lo único que papá nos tiene preparados. Hay algo igual o más entretenido que el ping pong de enanos (así le puso Luisa). En sus ratos libres papá pinta. Óleo sobre tela. Antes de convertirse en un publicista estudió en la academia de Bellas Artes. Hace cuerpos humanos más que nada. Le gusta la carne, casi siempre van desnudos. Una de las piezas del departamento la ocupa como taller. Allí huele a químicos y tiene sus tubos de óleo, la paleta, los pinceles, líquidos, bastidores y un atril. Allí es donde jugamos a tirar dardos. Papá tuvo la ocurrencia de agarrar unos fósforos de los grandes y con un scotch pegarle en la punta un alfiler con la punta hacia afuera. Atrás les puso unos contrapesos de papel. Lleva cuatro dardos hechos, uno para cada uno. A mis hermanas les dijo que tuvieran cuidado. Para hacer puntería tomó un trozo de plumavit cuadrado y le dibujó, esta vez sí tomando de ejemplo las medidas oficiales, la diana con todos sus números, colores y segmentos. Lo que más me gusta es, aunque causa un poco de nervio, sentir el alfiler entrando en el plumavit.

Algunas noches a Papá se le pasa un poco la mano con los tragos. Es como si otra persona tomara el control de su cuerpo. Lo bueno es que se muestra muy feliz y hasta con los ojos cerrados sigue sonriendo. Bota el humo por la nariz. En esas condiciones, después de acostar a mis hermanas me pide que venga un poco. Estuvo un rato hablándome de lo maravillosos que eran los músicos de Deep Purple, pero eso pasaba siempre, no era lo importante. En esa ocasión se dio uso segundos para decirme algo distinto:

La vida es como esa llave que entra en la ranura pero no abre la puerta.

Es poco lo que comprendí de esa frase aquella noche. Aun así, sin captar ni la mitad de su significado, no pude sacármela de la cabeza. Me fascinaba prever todo lo que faltaba por interpretar de esa frase. Ahora me hago la pregunta y no me queda claro si tengo estos recuerdos tan marcados en la memoria porque son buenos o porque no hay muchos más. La noche del día que compramos el set de ping pong, yo también le dije algo que me pareció más inteligente de lo normal. Algo que no habían descubierto Gaby, Luisa ni Papá. Me había preocupado de que no botaran el envase al basurero. Era otra la frase que había preparado, pero en ese instante me puse nervioso y solo dije:

Mira papá. Este es Made in China.

El tiempo pasó muy rápido y nos volvimos grandes. Papá es el único que físicamente no ha cambiado. Gaby y Luisa ya se pintan las uñas y muy de repente hablan de compañeros o chicos de la tv. El otro día un tipo de los cursos más grandes me dijo ¿Tienes café? y yo respondí ¿Qué? y él dijo, tienes cafeitarte. Él andaba con otros y todos rieron. Los juegos del dardo y del ping pong de enanos siguen gustándonos mucho. Lo raro es que en este par de años papá no haya inventado otros. Ahora se dedica a comprar juegos de fábrica. El Risk, Conquest, Batalla Naval, Monopoly. En septiembre fuimos a elevar un volantín. Para entonces el disco que más escucha papá es el del circo de los Rolling Stones. Ese año también fue especial porque me salieron unos porotos adentro de las tetillas y por primera vez pensé en la muerte. Pelos en las piernas y axilas, un mostacho delgadito, y ahora esto. Como no quiero morir tan joven y creo necesitar una quimioterapia urgente, contra todos mis deseos acudo a mi mamá y ella me dice ¡a ver!, pero yo me niego, así que ella dice, mmm será mejor que lo veas con tu papá. Cosas de hombres. Puesto que no doy más de la angustia estoy decidido a no dejar pasar del viernes para decirle a papá. Papá nos recoge ese día y vamos a un restorán nuevo que llegó al país: Kentucky Fried Chicken. Gaby y Luisa están fascinadas con los pollos crispis y por supuesto no es el momento de hablar el tema. Llegando a al departamento, papá va al refrigerador y abre una cerveza. Sopla uno de los dos cedés del circo de los Rolling Stones y lo coloca en el equipo. Después descorcha un vino que deja respirando. El KFC parece haberle dado mucha sed. Con mis hermanas jugamos a tirar con una catapulta plástica monos de plástico a un árbol de plástico. Es un buen juego porque puedes terminarlo cuando quieres. No me sirve con los ojos cerrados y sonriente, así que digo, listo, perdí, sigan ustedes que voy a hablar con papá.

Eric Clapton, John Lennon, Mitch Mitchell, Marianne Faithfull, Jethro Tull, Tommy Iommi, Taj Mahal, The Who -se puso a decir.

No sé adónde iba con ese listado pero tuve que interrumpirlo.

Papá, tengo unos porotos que me preocupan en las tetillas. Mamá dijo que te contara.

En ese momento, en un acto de magia difícil de describir, veo como una desgracia tan devastadora como el cáncer mamario de tu hijo es absorbido por papá sin señal alguna de dolor, de hecho al contrario, una expresión parecida a la que uno pone cuando llega apurado al baño, se baja rápido los pantalones y evacúa todo lo que tiene.

Papá me lleva a la pieza y me pide que me saque la polera. En esa época era todavía más vergonzoso que ahora, entonces me quedo tieso y pienso. Papá me vuelve a repetir la instrucción. Y es obvio que no tengo otra alternativa. No sé por qué pero en medio de todo esto me acuerdo de cuando vivíamos en un pasaje de cités y veo a mi papá persiguiéndome con un pañuelo y yo corro, no sé si llorando o riéndome, y papá, que me podría dar alcance fácilmente, se demora en hacerlo, y ni bien me abraza por atrás me pone el pañuelo en la nariz y me dice que sople. Es un agarrón fuerte y un apretón de nariz doloroso. Tal como soplé esa vez, ahora en esa pieza oscura y con olor a tabaco me saco la polera. Papá no me toca las tetillas, sino que los contornos.

No tienes nada. Es normal, me dice.

Lo que es respetar a una persona. Esas simples siete palabras me curan el cáncer. Nunca vuelvo a hablar del tema. Ni siquiera lo recuerdo.

Antes de que te vayas. Quiero que veas algo -me dice.

De un cajón del clóset saca un encendedor Zippo y una petaca de lata de bencina blanca. Abre el Zippo por abajo y lo rellena con la bencina blanca, después lo tapa. ¡Guau!, pienso. Aún tiene la petaca en la mano.

No quiero que hasta muy grande se te ocurra hacer algo parecido.

Papá se rocía la otra mano con bencina y luego destapa el Zippo y una llama aparece de ese aparato metálico. La mano de papá se encuentra en llamas. Él sonríe al tiempo que mueve lentamente los dedos. Es como una fogata en una caverna. Puedo ver las contraluces en su cara. Es magnífico. Ahora tengo mucho que contar, pero no me interesa contárselo a mis compañeros de colegio a Gaby o Luisa ni a nadie.

Recién por estos días puedo decir que papá ha cambiado un poco. Le han salido varias canas y sus entradas están más profundas. Creo que ambas chicas pololean. Yo también estoy en algo serio con una compañera. Las chicas no pueden, pero yo a veces fallo en ese fin de semana por medio. Papá también se encuentra en una relación. Mis hermanas me cuentan que el de este año es un box set de John Lennon con todas sus canciones como solistas. Esa noche Gaby y Luisa juegan a las cartas con la polola de papá. Estamos en su pieza, hay menos olor a tabaco y más a perfume, del living llega el sonido de John Lennon.

Nunca nombraste a Yoko Ono -le digo, ahora que lo sé.

¿Qué?

Cuando me hablabas del Rolling Stones Circus. Ella también aparece ahí.

Aaah. No hay nada que hablar de esa mujer. Jeje. Bueno dime, ¿qué querías decirme?

Necesito plata. Es que la Alfonsina está de cumpleaños y le gustan mucho las tortugas entonces..

Ya, ya, está bien. Toma, ahí tienes tres lucas. Y espera.

Papá va a un cajón del clóset y saca una tira de condones. Enseguida, me doy cuenta que todavía queda mucha vergüenza dentro de mí. Enrojecido se la recibo.

Es domingo. A Gaby y Luisa les queda hasta la tarde para irse. Yo por mi parte voy en dirección a un mall chino a comprarle el regalo de cumpleaños a Alfonsina. No estoy muy seguro si podré llevarme un acuario y un par de tortugas (macho y hembra) o si me alcanzará con los tres mil pesos. La vida no es como una llave, pienso, es como uno quiere que sea.

Por Ismael Ugarte

Foto por Luigi Ghirri

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