Uziel y Gabarán y la maldición de la gitana

 Una noche, en una de mis tantas paradas por los pueblos de Chile, escuché en una cantina de Lolol la siguiente introducción:

“Habían una vez, los ocho retoños de don Severino Roldán. Retoños que luego de encontrarse una noche, después de clases de cueca, con una gitana hija del diablo, sufrieron en un par de horitas del mes de Setiembre, las siete trágicas muertes que a continuación a ustedes, mis compañeros de tierra huasa, les voy a contar. Muertes que quedaron plasmadas en la única y más famosa paya larga que el linaje Roldán tuvo la oportunidad de alguna vez escribir”.

Y la cosa iba un poco así:

Todo empezó cuando Uziel y Gabarán terminaban de cortar los últimos pedazos del tocino que le habían comprado al carnicero de la zona. Le habían sacado las tripas y las pezuñas y, cuando Uziel iba a dejar la cabeza del porcino en el congelador de tipo friguider, sintió una sensación fría que le entró por la parte baja de la espalda, le atravesó algún órgano que está por ahí y le salió por donde se encuentra el ombligo. Después la sintió unos centímetros más arriba y después unos centímetros más al lado. Al parecer, la sangre caliente inundó el piso entero. Gabarán sacó el machete embetunado de rojo al terminar la treintava estocada y, con ese mismo filo teñido, se atacó su propia yugular. Los chorros de sangre del degollado cayeron con tanta fuerza, que la lengua del menor de los Roldán se salió de su lugar y apareció por el hoyo recién abierto que tenía en la garganta. En ese momento, entró al sótano Remigio y preguntó: “¿Por qué te desangras de esa manera, Gabarán?” y Gabarán respondió: “Porque destripé a Uziel en un arrebato vesánico”.

Remigio cerró de un portazo el sótano, con tal estruendo, que soltó todos los clavos de la extensa mansión y escapó por la puerta principal. Ahí, llorando agitado en un tronco y tratando de borrar la imagen que se había entrometido en su cabeza, vio el flamear de una inmensa fogata que se prendía hacia el final de la hacienda. Remigio siguió las llamas y se topó con una secta nortina que justo en ese momento trataba de invocar al individuo de la clase demoniaca conocido con el nombre de mandinga. Por perra culpa de la pena y sin pensarlo, Remigio pagó la cuota de inscripción para unirse a la banda y cuando Toribio lo encontró amarrado a una improvisada cruz, le preguntó: “¿Por qué ardes, hermano?” Y ahí mismo Remigio respondió: “¿Qué acaso no es respetable la regla sectaria que dicta que, a falta de recién nacido, se entregue al integrante nuevo?” Y ya casi convertido en cenizas, gritó:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.”

Toribio volvió a la mansión al instante que vio dos cachos bovinos asomarse de entre la tierra arada. Al momento de cruzar el umbral de la puerta principal, un clavo que llevaba años cumpliendo alguna función cualquiera y que le apareció como por arte de magia negra, se le atravesó por la planta del pie izquierdo. Cuando Atilio llegó corriendo de la penúltima de las piezas del ala sur de la casona, vio cómo Remigio se retorcía de dolor. Solo se le acercó después de ver que cada vértebra, que sana había estado hace cinco minutos, se le tronchaba, una por una, forzándolo a apoyarse en su cabeza y la punta de sus dedos del pie. Atilio le tomó una de las manos que se habían hecho puño para confortarlo, pero Toribio, haciendo chirriar su dentadura, rogó por un diagnóstico que su hermano perplejo le explicó como: “El caso más rápido del mundo causado por la bacteria clostridium”. Toribio sólo volvió a hablar para que su hermano se enterara de que:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.

A falta de recién nacido, Remigio fue sacrificado en un ritual satánico.”

Atilio Roldán, el único de los hermanos en obtener un título en la capital y el más fuerte y valiente de los Roldán, no lloró ni corrió. Él agachó su cabeza y se llevó su enorme mano a la cara. Cuando se recompuso, fue al teléfono de la casa, pero, antes de poder discar algún número, cayó agonizante, al ver a su hermano Venancio pasar a la pieza del lavado. Este, el más flojo pariente que engendrara Don Severino, se había echado encima una sábana blanca de aquellas de cama. Levantándose el atuendo de seda que le llegaba hasta el piso, miró a Atilio y le preguntó: “¿Qué te pasa, hermano?” y Atilio le respondió: “Tú bien conoces el pavor que siento hacia las almas desencarnadas”. El profesional dejó el siguiente recado a Venancio, para que se lo traspasara a su padre, antes de morir:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.

A falta de recién nacido, Remigio fue sacrificado en un ritual satánico

Y Toribio contrajo tétanos, una variación contemporánea.”

Venancio se colocó rápido su casaca para dirigirse a Chimbarongo y alertar a su padre  y contarle todo lo que había pasado. Alcanzó a sacar la camioneta vieja del taller, pero al bajarse a abrir el candado de la reja, se encontró de frente con el que más tarde se conocería como “el asesino del ataúd de queule”. Este último, se caracterizó por enterrar a sus víctimas en pequeños ataúdes confeccionados, por él mismo, con madera de la zona y aunque me hubiese gustado mucho escuchar más sobre él, la historia se fue directa al grano del pobrecito Venancio.

Este, el tercer hermano de todos los hermanos se dio a conocer por ser el primer damnificado del desequilibrado individuo. El asesino inexperto, luego de sellar con clavos y cubrir de tierra el sarcófago escuchó unas palabras y se dio cuenta de que había enterrado a su víctima viva.  Por esa razón, a diferencia de sus siguientes catorce muertes, le concedió a Venancio un último deseo. El asesino dejó la carta que le dictara el mártir debajo de la puerta de la primera pieza de la residencia, y decía: “Estoy enterrado cerca de la carretera, si todavía no me morí asfixiado, atento a los rasguños.” Y agregaba:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.

A falta de recién nacido, Remigio fue sacrificado en un ritual satánico

Y Toribio contrajo tétanos, una variación contemporánea.

Atilio pensó ver un fantasma y se lo llevó el pánico.”

Cuando Custodio despertó, luego de una profundísima siesta, vio la carta bajo su puerta. Dormitando la pescó, se puso su kimono de dragón y fue a la cocina a prepararse su típico té inglés de madrugadas. Sentado a la mesa que se había empapado con agua hirviendo, con la cara morada como las uvas y con la vena de la frente a punto de reventarle, Custodio escribió una última línea con las manos hinchadas. Apoyó su frente en el mantel de plástico y falleció. Todos querían a Custodio por ser el más alegre de los hermanos, pero la cruel mala suerte se lo llevó junto a otras dos personas del mundo, por una confusión en la fábrica. Estos últimos habían puesto en tres bolsitas, ricina en vez de té. En la carta Custodio escribió:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.

A falta de recién nacido, Remigio fue sacrificado en un ritual satánico

y Toribio contrajo tétanos, una variación contemporánea.

Atilio pensó ver un fantasma y se lo llevó el pánico

y Venancio se ahogó en una cajita subterránea.”

Salustio había salido recién de su escondite, cuando se topó con su padre en la puerta. El viejo Roldán le preguntó que qué crestas había pasado y Salustio empezó a contar: “Todo empezó con Uziel y Gabarán y la maldición de la gitana…” Antes de terminar la frase esa, el chico Roldán se prendió en llamas, pero antes de hacerse ceniza gritó:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.

A falta de recién nacido, Remigio fue sacrificado en un ritual satánico

y Toribio contrajo tétanos, una variación contemporánea.

Atilio pensó ver un fantasma y se lo llevó el pánico

y Venancio se ahogó en una cajita subterránea.

Custodio se envenenó por un error británico.”

Don Severino Roldan, hombre valiente de los campos, tomó su escopeta de dos tiros, le puso los cartuchos de bala más perniciosos que un armero es capaz de forjar y preguntó por todos lados si es que alguien sabía algo. Los hijos de Don Aliro Correa y nadie en la casa patronal de Santa Teresa de Quiaue tenían información. Tampoco nadie en la hacienda principal. Tampoco en la iglesia. Y casi se rinde hasta que una mujer de la calle, que había sufrido algo parecido, le entregó una dirección. Ni una advertencia le dio a la gitana y con la mirada fiera de los hombres dañados la dejó pintada en la carpa en que vivía.

A Don Severino lo condenaron a cinco años y un día de presidio sin ningún gozo y jamás nunca dijo una palabra. Hoy día se le puede ver caminando por ahí, tomándose un par de vasos, pero nada más. Nunca más dijo una palabra. Eso sí, la carta que partiera en la voz de un hermano y se escribiera por las manos de uno de los asesinos más macabros de estos parajes, se terminó de escribir por el mismo Severino Roldán.

La carta esa, que ya nadie sabe dónde está, cubierta de sangre de un mismo apellido, ya todos sabían cómo iba. En un coro borracho y guitarreado cantaron:

“Uziel fue destripado en un arrebato vesánico

y Gabarán se degolló de manera instantánea.

A falta de recién nacido, Remigio fue sacrificado en un ritual satánico

y Toribio contrajo tétanos, una variación contemporánea.

Atilio pensó ver un fantasma y se lo llevó el pánico

y Venancio se ahogó en una cajita subterránea.

Custodio se envenenó por un error británico

Y Salustio se hizo ceniza por el fenómeno de la combustión espontánea.”

 

Cuento por Anónimo

Ilustración por Celeste Maguire

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