El siguiente texto surge a propósito de la obra Biocenosis que forma parte en la 13ª Bienal del Mercosur en la ciudad de Porto Alegre, Brasil. Es un escrito en tres movimientos. Una primera descripción imagina la sensación ambiental que podría llegar a caracterizar ese mundo posterior al colapso climático. En una segunda parte se elabora la historia del término “biocenosis”, cuyo origen recuerda a las comunidades de moluscos que sobreviven en la marea baja. Por último, una tercera parte entra en la discusión sobre lo que supone una maqueta como modelo para ensayar la construcción de la realidad a escala.

  1. Maqueta

Toda maqueta es el anticipo de un proyecto que está próximo a convertirse en realidad. Su esfuerzo ajustado a una escala, es poder imaginar un modo de habitar ciertos espacios desde la previsión constructiva a menor tamaño. Lo real anticipado de forma pequeña: una visión aminorada para hacer consistente aquello que posteriormente ocurrirá en tamaño original. Por su previsión, lo que esa antesala reducida de la obra real propone, al igual que un diorama, se adelanta con la imaginación de un formato que facilita una geometría para lo que se desea vivir. Un modelo muestra y, al mismo tiempo, coacciona y promueve a seguir. En esa misma medida, se convierte en el índice de lo que quiere ser real. Construir una maqueta es, entonces, el gesto arquitectónico que se adelanta a lo que va a existir y, según sus condiciones previsibles, puede asegurar lo vivible. Hacer real depende de allanar el espacio donde se alberga la convivencia como proyecto. Lo real pasa, entonces, por (re)presentar a escala. (reiteración)

No es exagerado decir que modelar es también un acto literario asociado a la supervivencia. La representación de un deseo trata de traducir en algo tangible empleando la ficción. Lo que deseamos cazar lo pintamos para convertirlo en presa. Lo que deseamos habitar lo modelamos para convertirlo en espacio. Si seguimos aún en las cuevas, la amenaza de la desaparición nos asola. Pero construimos ciudades y creamos historias y escenas desde las cuales podemos permitirnos otro modo de vivir: es la posible vida que sería ideal desarrollar. Bajo un mandato ético y prescriptivo, el artista y el arquitecto comparten la posibilidad moderna de dar con un lugar cuya presencia nos vivifique. En esa misma medida, los tiempos modernos nunca son actuales, nunca coinciden con lo que hay; más bien lo opuesto: se plantean como un desafío que busca un ideal mejorado. El deseo de dar con la fórmula que nos saque de la penumbra, que nos lleve a otro lugar que aún no existe. Utopía.

La convivencia sin problemas, el espacio ideal, la ciudad orgánica, la vida solucionada: son todas ficciones necesarias para no estar aquí, para pensar otro momento. Ante todo, la disputa con los simples hechos es el trasfondo de la utopía que nos impulsa a no resignarnos a lo que tenemos frente nuestro, hic et nunc. La utopía y la maqueta, como realidades proyectivas, nos empujan a imaginar un hábitat donde se impongan aquellas determinaciones sobre el modo correcto de entender las relaciones con el espacio y sus elementos. Una sociedad mejorada apela a una coincidencia completa entre el deseo colectivo y la realización individual. Pero, ¿dónde está ese modelo? ¿Será solo una maqueta? ¿O acaso subsistimos en una maqueta realizada a escala real?

La vida humana es, concretamente, un hecho colectivo. Nuestras ciudades albergan a nuestras comunidades o bien nos obligan a formarlas. Ante todo, estar en una ciudad es un modo de constante relación con miles de personas que no conocemos y que, de algún modo, forman parte de nuestra vida. La exigencia colectiva es también el índice de nuestra resistencia donde debemos entender el enajenamiento persistente como un modo de convivir reunidos. Ajenos y próximos a lxs otrxs, en la maqueta de una ciudad semihundida en la catástrofe, nos desplegamos como observadores de una máquina del tiempo y como sujetos de un deseo adelantado de supervivencia. Nuestra arquitectura se muestra como una escultura social de metal y luces que brillan día y noche. Desde un modelo posible la réplica nos quiere aquí introducir en la seductora belleza que nos espera en una sociedad cuya red de funcionamiento sea maquinal y de extrema precisión. Como en un gran aparato sinóptico, tenemos aquí el adelanto posible de lo que enfrentamos como especie preparada para hibernar para siempre, últimos habitantes de una realidad arrasada por los fenómenos que nuestra propia especie trajo al mundo. Hemos construido nuestro propio acuario para persistir en un lugar sin esperanza, sin política, sin utopía, sometido solo a las precipitaciones de esa marea constante que desciende desde un cielo atronador.

  1. Biocenosis

Entre 1868 y 1870, por encargo del Ministerio de Asuntos Agrícolas de Prusia, el zoólogo alemán Karl Augustus Möbius (1825-1908) investiga los fondeaderos de ostras de la Bahía de Kiel, al suroeste del Báltico. Entre sus calificaciones para desarrollar esa labor de observación, está el hecho de haber sido el fundador del primer acuario construido en territorio germánico, en la ciudad de Hamburgo. En una época en la que la naturaleza comenzaba a ser doblegada por las distintas ramas científicas que estudian los mecanismos de proliferación y supervivencia de las especies, Möbius pudo aplicar la lógica positivista a un conjunto de peces y algas encerrados entre paredes de cristal. Logrará así ensamblar una maqueta líquida para encerrar a todo un conjunto de especies diferentes en un medio de vida sostenido por relaciones bióticas interdependientes. El acuario, activo hasta 1907, fue parte de uno de los jardines zoológicos más célebres de Europa, en la ciudad de Hamburgo, donde también se pudo ver el primer rinoceronte de Sumatra extraviado de las lejanas selvas de la gran isla.

El objetivo señalado por las autoridades que comisionaban a Möbius para realizar la investigación con las ostras de Kiel había sido claro; la comercialización del molusco produce excelentes ganancias a aquellos recolectores y distribuidores que las extraen para el consumo de las clases acomodadas. Si fuera posible el cultivo de forma sostenida en granjas especializadas, se abriría toda una rama lucrativa para un amplio sector interesado. A eso se sumaba la reciente construcción de la vía férrea que permitiría el rápido traslado de esos bivalvos de tan difícil preservación. Über Austern- und Miesmuschelzucht und Hebung derselben an der norddeutschen Küste, publicado en 1870, es el título del estudio en el que Möbius concluye que no es posible hacer proliferar bajo control humano las especies de ostras y mejillones en las costas del norte de Alemania. Ha pasado largas temporadas en esas aguas frías observando las formas rocosas que toma allí la vida. Con los pantalones arremangados y los pies sumergidos, consigue reunir datos de temperatura, turbidez de las aguas, relaciones con otras especies, cadenas tróficas… Todas esas observaciones intermareales permitirán inferir los rudimentos de una idea de sistema, una mecánica de la vida costera basada en intercambios y cancelaciones. El término que el viejo Möbius emplea para hablar sobre las múltiples relaciones que establecen los organismos que forman una comunidad interdependiente es “biocenosis”.

  1. No habrá utopía

El colapso habrá sido lento; tan lento, que no será posible decidir un día, un año, una década, ni un siglo en el que habrá ocurrido. Estrictamente, solo será una prolongación del día presente. Instalada en medio de ese derrumbe imperceptible, la ciudad no impondrá ninguna forma épica; tan solo la prolongación de su deseo de subsistencia: una elasticidad, una porfía edificada con los medios artificiales disponibles. El cielo se prolongará cubierto en una estación permanente. Un invierno eterno y caluroso palpitará allí bajo un rumor de truenos. La cubierta de las nubes plomizas que cuelga en las alturas, se sostendrá al acecho de las criaturas repartidas entre los edificios de la urbe. Allí vemos que llueve siempre; los días y las noches se mojan con apaciguada monotonía. El cielo, siempre abstracto, se hace permanente como el suelo. Bajo el velo gris de sus densos cúmulos, el efecto invernadero alienta una existencia nubosa, si se entiende, además, que el sol convertido en una antorcha lacerante, podría abrasar en pocos segundos a cualquier viviente que se viese expuesto a sus rayos en forma directa. Las nubes, con su presión y auxilio, acompañarán entonces los ritmos de esa ciudad en su perseverancia sub specie aeternitatis.

Mujeres, hombres, animales, proliferan como insectos en ese desierto de metales y descargas, al amparo de la lluvia. Los días discurren bajo una penumbra electrificada, entre las vibraciones mecánicas y las cañerías que gotean. Los ritmos y actos ciudadanos se cruzan sin alineamiento, sin orden ni contradicción, dentro de una intensa red de mantenimiento, cual micelio. La existencia cobra así una dimensión sigilosa e involuntaria, como el funcionamiento de un ascensor, de una cámara de conservación. El verbo “supervivencia” ha perdido cualquier atisbo de heroísmo. La acción posterior a la humana ya no distingue el miedo o la alegría en el acto biológico.

En esta imagen, los edificios pacerán sobre los prados inundados, llenos de luz artificial. Sus siluetas se elevan bajo la lluvia para dar vida a una convivencia sin dioses ni remordimientos. Todas las materialidades comparten aquí los derechos a la vida; las máquinas, las primeras. En algún momento nos hemos hecho indistinguibles de ellas. Nuestros edificios se convierten en nuestro espacio, nuestro tiempo, nuestro cuerpo. En algún momento, se reproducirán biomaterialmente, acompañados por nuestra respiración y por la acción fotoquímica de los vegetales y los animales. Este escenario no impondrá distinciones evolutivas: la vida será un desarrollo automático, gravitatorio, libre de deliberación. No habrá más amaneceres ni crepúsculos. La comunidad biótica, o biocenosis, formada por el conjunto de especies en convivencia bajo el cielo sombrío, complementará sus funciones sin reparar en las condiciones ambientales y políticas. No habrá lugar a la esperanza. No habrá deseo. No habrá utopía.

Pedro Donoso

BIOCENOSIS es una instalación interactiva surgida de la colaboración entre el artista visual Sigismond de Vajay, el arquitecto Kevin Lesquenner y el grupo de investigación LAPSo, Laboratorio de Acústica y Percepción del Sonido.

La ciudad consta de 430 edificios de diferentes tipologías realizados en metal, aluminio, impresión 3D, acrílico, acero, LED, etc. Un amplio equipo formado por modelistas, constructores, soldadores, electricistas, investigadores acústicos, artistas y asistentes trabajaron durante más de 6000 horas para lograr la producción del proyecto: un paisaje urbano ecosensible asolado por un fenómeno climático que lo mantiene anegado bajo los efectos de una tormenta permanente.

 

Fotografía de Anderson Astor y Marcelo Curia