Inversión de formas: de la solemnidad de García Lorca al humor de Parra

Desde un primer acercamiento al Romancero gitano (1928) de Federico García Lorca, se puede vislumbrar la solemnidad con la que compone los versos. Los simbolismos y usos reiterados de ciertas figuras para representar aire afectado, la luna, la mujer, el río; figuras que demuestran una reverencia y una distancia respecto de lo narrado. La tercera persona con la que están escritos estos poemas/canciones se presenta desde el comienzo del romancero, una mirada distanciada que delata horrores vividos por los gitanos cuyas tierras fueron invadidas: “Asustados por los gritos / tres carabineros vienen, / sus negras capas ceñidas / y los gorros en las sienes. / El inglés da a la gitana / un vaso de tibia leche, / y una copa de ginebra / que Preciosa no se bebe. / Y mientras cuenta, llorando, / su aventura a aquella gente, / en las tejas de pizarra / el viento furioso muerde.” (7). Con esto da comienzo a una serie de relatos en verso sobre sucesos de violencia y muerte, se introducen nombres de personajes y metáforas que relacionan la muerte y la pureza de la vida tomada a manos de la violencia: “Ángeles negros traían / pañuelos y agua de nieve. / Ángeles con grandes alas / de navajas de Albacete. / Juan Antonio el de Montilla / rueda muerto la pendiente, / su cuerpo lleno de lirios / y una granada en las sienes.” (8). En “Reyerta” se producen estos atisbos de muerte, las “bellas de sangre contraria, / relucen como los peces.”, representan al enemigo que da muerte a Juan Antonio el de Montilla, son ellas, las bellas de sangre contraria los Ángeles negros de los versos antes citados. Figuras enaltecidas que roban la vida y siguen siendo presentadas con reverencia por el hablante lírico. La luna, gran espectadora de cada verso, que tiñe de blanca aura cada acontecimiento y acompaña a los gitanos; las mujeres, cuya figura es siempre tratada con reverencia, como la misma luna; el agua, o más bien el río, que es testigo de los encuentros de muerte y romance; y las dedicatorias de cada romance a alguna figura, van a ser elementos centrales de este romancero de García Lorca.

En la otra esquina, al otro lado del Pacífico, se sitúa el Cancionero sin nombre (1937) de Nicanor Parra, publicado nueve años después que el Romancero gitano de García Lorca, va a estar teñido de elementos centrales muy parecidos a los del español, pero con un tono completamente distinto. La primera persona con la que se van construyendo los versos va a ser un primer elemento diferenciador entre ambas obras. Nicanor se sitúa dentro de los relatos, cuyos ritmos van a ir al son de sus vivencias; las figuras y símbolos ya no van a estar envueltos de la reverencia característica del romancero de Lorca, sino que va a proyectar un aire de cotidianidad mezclado con lo coloquial de situaciones: “Al más miedoso de todos / mi gilet voy a enterrarle, / por el obscuro cemento / correrá su fresca sangre.” (8). Las muertes que puedan suceder van a estar en las manos del propio hablante, no vienen figuras míticas a llevarse el alma de nadie, fuera están las bellas de sangre contraria y Ángeles negros con grandes alas, ahora es la primera persona con gilet en mano quien amenaza con dar muerte a cualquiera que se cruce en su camino. El enemigo viene del mismo bando, nadie intenta usurpar sus tierras ni a sus mujeres. Las dedicatorias que pueda haber en estas canciones van a estar hechas a lugares específicos del territorio chileno, como sucede con “Valparaíso, toro de niebla”, el hablante cuenta y canta su experiencia con la marea desde su puesto en alto palco del cerro de Playa Ancha, le gusta ver la luna llena, donde se nota otro cambio respecto al romancero de García Lorca; la luna ya no es espectadora y testigo, ahora ella es la observada.

Estos elementos utilizados de forma tan distinta por ambos autores revelan situaciones enmarcadas en tiempos y territorios diferentes. La solemnidad con la que trata sus romances García Lorca, exaltada por la tercera persona de un hablante afectado por la invasión y violencia sufrida por los gitanos, construida a partir de metáforas donde la naturaleza y su movimiento embellecen cada verso, por muy triste y violento que pueda ser. No así el cancionero de Parra, cuya primera persona del hablante delata el humor con el que recita cada verso. Quizás una de las estrofas donde más se ve esto es en “Me gusta que no me entiendan / y que tampoco me entiendan, / camisa de seda tengo, / pero también tengo espuelas.” (15). Con ese “Me gusta que no me entiendan” se configura el enigma del propio hablante y personaje de las canciones, como si cada uno de los versos pudieran ser cuestionados tanto por el mismo hablante, como por el lector/oyente. Pone en evidencia el humor por sobre la solemnidad, y las figuras que García Lorca llenaban de belleza y sutilidad sus versos de violencia, con Parra estas figuras son las que se tornan violentas: “Con bofetadas celestes / el agua me castigaba / por insultar en la calle / los ángeles de la guarda.” (25). Parra toma estas figuras del agua, la luna, los cuerpos celestes, los ángeles, y los torna violentos; ya no son espectadores ni dan luz tenue a personajes asaltados por el terror, como lo eran los gitanos de Lorca, sino que ahora el agua es la que castiga, y el hablante quien insulta. Una inversión de contenido con formas parecidas en tiempos en que la violencia es pan de cada día, y no un peligro inminente de invasiones enemigas.

Por Paulette R. Fernández

 

Bibliografía

García Lorca, Federico. Romancero gitano. Luarna Ediciones. 1928

Parra, Nicanor. Cancionero sin nombre. Santiago: Editorial Nascimiento. 1937

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