La piedra está quieta en un mismo lugar, es esférica, lista para rodar por la avenida y adelantar a algunos automóviles atascados a las 6 pm. Pero su forma ovalada es de una potencia inutilizada, incrustada al suelo; no hay quien la levante para incluirla en una nueva Odisea o viaje del héroe, ni tampoco quien la sostenga en la mano, dubitativo en si lanzar o no. La piedra es un ovillo sin lana, un huevillo, una esfera de hormigón. Sus días están dados por su permanencia en un mismo lugar, delimitando el camino, acaparando espacio. No así los zapatos, que pasan de un lado a otro; algunos tropiezan, les sigue un puntapié con el mismo pie adolorido y palabras malsonantes. De vez en cuando será rodeada por delgadas ruedas de caucho, por un silbido metálico y la inevitable basura.

Aunque, si nos tornamos en poetas soñadores, llegará el zapato de un niño puesto ágilmente en su coronilla, dará el impulso necesario, brincará dibujando una breve curvatura hacia el pavimento, un golpe seco y seguirá en la próxima esfera, sin saber que en su suela se adhieren sueños ajenos. Pero no, el poeta maldito nos recuerda la silenciosa tortura de quien no reclama su existencia, y que los que más tropiezan son los mismos niños. Serán pocos los pies pidiendo ayuda en su vuelo, los que desobedezcan al temor de una caída o que, fortuitamente, les permitan reavivar su infancia. Peor aún, la esfera carece de importancia en su individualidad; es el grupo el que crea su razón de ser, la colectividad de esferas de hormigón alineadas armónicamente para incomodar, a expensas de otros bienes de servicio comunes. Quizá otro día debería hablar de los basureros, los que sí logran destruir o robar, no como nuestra inerme esfera.

La piedra o el colectivo de piedras, inmóvil, quieto y estático; la esfera de hormigón pulido con sello antigrafiti, disponible en tres medidas, desde los 40 cm de diámetro y 80 kg de producto nacional. Sigue ahí, inerte e insignificante, esperando ser útil, cuando muchos desconocen la razón de su existencia, dotando así cierta flexibilidad accidental. Es así que, en una universidad con campus en San Joaquín, les han dado lugar en su colección de esculturas, con las mismas cualidades que en otros lugares, salvo la definición especial otorgada. Por Cerrillos, al contrario, sin que se le otorgue una distinción particular, hay esferas pintadas, sí, no monocromáticas, predominando las esferas con ojos mirando sobre los 45° del suelo. Su intención me es desconocida, aunque de por sí se agradece la sublevación al supuesto sello antigrafiti o la revelación de una falsa promesa del proveedor. Estos conjuntos –porque son más de un grupo por la larga avenida– coloridos y llamativos, del cual sabemos que no nos ven, no solo por su materialidad, sino por el ángulo que aspiran, nos recuerdan nuestra propia ceguera y los anhelos que se pierden por falta de visión de futuro. La venganza suele ir bien junto a la ironía, aunque esa ironía también nos toque.

De camino al metro puedo ver diversas esferas de hormigón alineadas donde podría ir un árbol; algunos se sientan en ellas, a pesar de que sus dimensiones sean escasas. Desde ahí, si alejan su vista del celular, podrán continuar la espera mientras observan la repetición del flujo de pasos acelerados, los scooters con sus minúsculas luces al costado, un papel caído intencionalmente, alguna colilla de cigarro apagada apresuradamente, el polvo y su eterno retorno… Una maldición amortiguada detiene la enumeración; tenemos suerte, no siempre se puede estar presente cuando un pie tropieza e ingresa la información al sistema nervioso para reaccionar ante el dolor y su escasa protección: zapatilla urbana, talla 36, capellana textil.

Por Anita María Riquelme