La contemporaneidad, señala Giorgio Agamben, es “esa relación con el tiempo que adhiere a este a través de un desfase y un anacronismo”, llamando a la desconfianza de quienes coinciden o concuerdan plenamente con su época. Esta relación tiene como resultado la necesaria distancia para fijar la mirada en el propio tiempo y poder ver, más allá de sus luces, su oscuridad. Al enfrentarnos a esta definición, resulta imposible no pensar en cómo poder decir, entonces, lo contemporáneo: ¿Es lo reciente? ¿Es lo que sobrevive al tiempo? ¿Es la capacidad de autopercibirse dentro de una historia? ¿Qué es lo que permite la distancia necesaria para mirar el propio tiempo? ¿Cuándo se está lo suficientemente lejos para diferenciar luz y oscuridad?

En la idea común del tiempo el presente es un imposible que apuesta siempre por un aún no y dicha distancia, la que el desfase permite, se omite e intercambia por un deseo de proximidad: lo actual se entiende como lo más apegado a lo que se está haciendo, lo que aún no es. Sería inquietante pensar en un tiempo que solo se reconoce en el futuro. Si nos rindiéramos y aceptáramos, como la doxa dicta, que lo contemporáneo es lo reciente, lo nuevo, lo que convive en el mismo espacio y tiempo que la expectativa ¿qué tiempo verbal se necesita para decirlo? ¿puede el presente gramatical abarcar ese espacio de lo acabado de hacer?

Lo interesante de la idea de lo reciente es su relatividad. En una escala planetaria, la humanidad es algo reciente. En escala del tiempo del calendario gregoriano, la primera fibra que fue trenzada es irrastreable y se ha perdido, porque en el uso del tiempo con el que se ha configurado occidente, en su linealidad fingida, todo gesto del pasado simula ser acabado. Sabemos, sin embargo, que todo lo que tiene presencia está siendo, su lugar en la gramática es la del presente continuo.

No pretendo hoy resolver este problema que se ramifica entre lo ontológico, fenomenológico y gramatical. Quiero, sin embargo, proponer al textil como figura de pensamiento que nos permite anclar la pregunta sobre el tiempo. El textil es un medio que pone en crisis el concepto de lo contemporáneo y obliga al pensamiento a otra forma del acaecer. La recursividad acumulativa de gestos que lo producen opera como un bucle más que una línea. El desfase y la superposición en conjunto dan lugar a la materialización de eso que parece, de otra manera, fugaz. De tal forma el textil propone un cuerpo en donde el tiempo se hace visible. La continuidad del gesto de la mano construye una forma de historia incesante que permite pensar otro orden.

Muchas veces al hablar de textil se esencializa al medio como una práctica en relación con lo pasado. Se le adosan etiquetas relativas a este campo semántico como premoderno, precolombino, ancestral o antiguo, apelando, con esto, a un tiempo fracturado, discontinuo donde a y b no se pueden encontrar. Si bien es cierto –la ancestralidad del gesto que construye un textil es innegable– me parece necesaria la apertura del concepto de lo pasado a partir de esta idea. Que la fractura en la noción de temporalidad permita transitar hacia una forma que comprenda y sepa aprehender la fracción de lo no vivido, echando mano a otro lugar de la institución del tiempo presente: un ya no, un ahora es, un todavía no que se encuentran. Así, la extemporaneidad, en su desajuste con la modernidad, es una clave que le permite al textil pensar el tiempo. Este medio hace presente mediante su corporeización aquello que viene del y se piensa como pasado, a la manera de una cita. Como un dispositivo de presentificación, hace posible ver la actualidad en aquello que se piensa arcaico, es decir, relativo a un origen ahora visto con proximidad al presente. La presencia rechaza que algo haya ya pasado, señala Florencia Garramuño. Contemporáneo, dirá el textil en un sentido muy parecido al de Agamben, no es aquello que se presenta como producto de una época, sino aquello que nos permite pensar dicha relación con la actualidad. Decir reciente dista de decir contemporáneo, decir contemporáneo dista de decir actual. La fibra recién hilada reproduce el gesto de la primera cuerda. Un textil puede deshacerse y la fibra volver a ser tejida, bordada, entramada. ¿Qué nos dice esto del sentido de la temporalidad?

Así esta condición de extemporáneo pone en crisis no solo el concepto de contemporaneidad, sino que también el de propiedad: ¿cómo se urde la pertenencia en la inestabilidad de las concepciones temporales? El textil no pertenece a un tiempo particular. No es propio de ninguna época, en su transversalidad opera como testigo del tiempo humano. Si bien las condiciones técnicas de su producción sí pueden dar cuenta de una especificidad temporal, el textil como medio aparece como un continuo. De la misma manera, por el hecho de sobrepasar el campo del arte y vivir también en el mundo, posee funciones extrínsecas a las del campo disciplinario, dando lugar a problemas de campos diversos que lo tocan. Esta flexibilidad del textil le permite un rango más amplio de competencia: no le atañe solamente lo que al arte en tanto campo específico y autónomo. Su condición desajustada de la taxonomía disciplinar opera como apertura de la especificidad o, en palabras de Garramuño, inespecificidad. Cito: 

“La apuesta por lo inespecífico no es hoy -como tal vez no lo fue nunca- solo una apuesta por la inespecificidad formal, sino un modo de elaborar un lenguaje de lo común que propicia la invención de modos diversos de la no pertenencia. No pertenencia a la especificidad de un arte particular, pero también, y sobre todo, no pertenencia a una idea del arte como una práctica específica”  [El destacado es mío].

Quisiera de esta manera señalar cómo el textil es una de esas prácticas que intervienen en la estética contemporánea de manera radical propiciando modos de organización de lo sensible que ponen en crisis ideas de pertenencia, especificidad y autonomía. En él, el entrecruzamiento de fronteras y la apuesta por la inespecificidad ofrecen figuras de la no pertenencia que propician imágenes de comunidades expandidas que se organizan no ya por la pertenencia y la igualdad sino por su condición de impropias y extrañas. Dicho desborde del campo del arte como práctica específica es lo que hace que el textil sea, sobre todo, un medio de pensamiento del mundo y problemas diversos, no solo el del tiempo.  

Mi oficio me ha posicionado en un lugar extraño. Soy escritora e investigo sobre textiles. Esto último tiene directa relación con el hecho de que me enseñaran de niña a bordar y tejer. Hablo de principios de los 2000, cuando la televisión por cable y los primeros atisbos de internet convivían con un mundo análogo, tendiendo puentes extraños, impropios, entre el pasado y la promesa de lo que está por suceder. Las tres ocupaciones que aquí indico parecen no tener relación con pensar en un futuro, ninguna relevancia o aporte para los proyectos institucionales que priorizan aquello que parece actual. Sin embargo, las tres son formas de mirar el tiempo, de crear conciencia sobre él. El textil y la escritura se definen no tanto por lo que son como por lo que hacen: los modos de significación que posibilitan y la construcción de comunidades no desde la especificidad formal y disciplinaria, sino que a partir de una acción sobre el signo. Como campos de inestabilidad, en constante expansión y redefinición el medio textil y el medio escritural materializan ese desajuste con el propio tiempo que Agamben llama contemporáneo.

Cuando escribo esto me es inevitable pensar en la escritora ucraniana-brasileña Clarice Lispector y su obsesión por lo indecible, por la incapacidad del lenguaje para decir lo que está siendo, lo inacabado. En ese espacio vacío, donde se desenvuelve la falta, la única forma de contemporaneidad, parece señalarnos la prosa de Lispector, es la presencia. “Te escribo en la hora misma en sí misma. Me despliego apenas en lo actual. Hablo hoy –no ayer ni mañana– sino hoy y en este mismo instante perecedero”. Esta atención extrema al ahora logra un desajuste que desdobla a la sujeto de su momento para poder pensarlo, volviendo su relación con el discurso contemporánea en su plena incomodidad. Confusa, fastidiosa, a su manera el textil opera de la misma forma en relación con su tiempo: en él la única contemporaneidad es la que produce presencia, la que corporeiza y cita al pasado en el presente, posibilitando la mirada de un tiempo que no ha acabado de hacerse. Es reciente porque está siempre en construcción, por venir, a la vez que se construye de pasado y nos permite mirarlo, desajustado. 

Texto leído en el encuentro “¿Qué hablamos cuando hablamos de arte textil contemporáneo?” organizado por el colectivo Arte Textil Contemporáneo y el Museo de Arte Popular Americano, el 4 de septiembre de 2025.

Por Emilia Pequeño Roessler