Todos sabemos que en la antigua Roma se pagaba con sal, de ahí viene la palabra salario y de ahí probablemente surge la superstición de no pasar la sal con la mano, o de rociarla sobre el hombro izquierdo para ahuyentar la pobreza. Los luchadores de sumo hacen uso de la sal para purificar el lugar previo a la pelea, en un ritual de origen sintoísta llamado shikiri. En la alquimia, es conocida como la tria prima o la tria principia en donde se hallan la sal, el mercurio y el azufre. Por su parte, el reconocido alquimista Paracelso relacionó a esta triada con espíritu, alma y cuerpo, así lo señala en el Tratado de las tres primeras sustancias, en el que agrega que el principio salino actúa purgando, modificando, suavizando y también conserva a aquello de no entrar en la putrefacción. “Lo que se convierte en cenizas es la sal” es una frase que aparece en Paramirum. Entonces, la sal es un residuo de la materia, pero también del alma, cuerpo y espíritu, ¿No es acaso la escritura de estos poemas un ritual por el que se registran los diversos estados de la palabra?
La primera crónica sobre Chile, de Jerónimo de Vivar, publicada en 1558, relata cómo la conquista del territorio estuvo en entredicho, producto de las mermas de sal en las tropas invasoras: “Así los españoles iban temerosos que no la hallarían […] viendo que era invierno y que le parecía ser imposible haber sal, caminaron todos juntos, puesto que la duda iba oculta, aunque iba repartida entre todos, porque cada uno llevaba su parte”. Entonces se celebraba “la suerte de hallar la sal”. La conquista de la sal, la memoria, la materia, la cultura de lo material del cuerpo y también del espíritu pasan por la sal, por pasar también, más allá de la sal.
Luego de estos datos alquímicos quisiera continuar este texto con la siguiente cita del poeta Wallace Stevens, que dice: “A poet’s words are of things that do not exist without the words.” / “Las palabras de un poeta hablan de cosas que no existen sin las palabras.” Cita que extraigo de una conversación de Susan Howe, poeta para quien las palabras tienen entre sí una alquimia aural, que genera una fuerza dominante. Así desde el poder ritual de las palabras y de nombrar aquello que existe desde las palabras, pero que tiene la capacidad de elaborar un ambiente ritual es que quisiera situar mi lectura de este poemario.
“no te podría convencer de llevar una cruz /menos de creer en ella”, así comienza el libro pasar la sal en la mano de Catherina Campillay. Estos poemas están llenos de supersticiones, signos y señales que develan un más allá que se desborda, fuera de la superficie de lo cotidiano: “busco eso que late / debajo del polvo / debajo / del piso falso / donde las arañas se esconden”, o más adelante en el mismo poema: “atrapo las palabras / con que ya han sido nombradas”. Esa imaginación poética que atrapa arañas, como instantes, palabras que con cuidado ya no pueden ser dichas, o atrae la buena fortuna bañándose en aceite “fuente alta en grasas de buena fortuna”.
Ya sea perseguir la luz (contra el mal de ojo), así se intenta ordenar un desorden imposible, o bien, a ratos pareciera que se pregunta inevitablemente, por cómo no alterar el caos de lo cotidiano:
“la respuesta está en los recreos / en la mesa donde me senté a mirar / a la señora que lee el tarot”. Es este un o una sujeto poético que deambula entre colores, instantes para alternarlo con versos / frases rituales, tales como: “no miro a los ojos / a quienes sienten nostalgia”. Este universo lírico nos abre a nuevos rituales como leer la suerte con fósforos; imagen y olor del calefón, cabezas de fósforos quemados, en un ritual doméstico de una poética y práctica de las materias de un hogar.
Augurios como los tréboles secos o los remolinos en las calles, nombran una constelación observada por un sujeto, una cronista de estos pequeños signos en que se detiene. Augurios premeditadamente supersticiosos, anunciando catástrofes varias: “en la esquina se forman remolinos / tú sabes bien qué dicen de eso”. Sin embargo, ese miedo tiene que ver en un punto con cómo hablarle a un otro, advertirle de seres ominosos u objetos oscuros e iluminados. “de qué ternura hablaremos mañana / cuando las manos no sean suficientes / para agarrar las hojas de un arbusto”, dice uno de mis versos favoritos. Plantar, encontrar un bosque, hacer la cama a la intemperie, “hay quienes buscan la ceniza” y pienso otra vez en la sal, el fuego que todo ilumina, y vislumbro algo de la alquimia en esta poética, pero también de la transformación que nombré al comienzo, de las palabras atraídas entre sí.
“la buena fortuna la ves en mis manos”, en la forma en que usas la sal, en el modo de habitar la fortuna, podría ser, pero el poema sigue e ironiza con leer la suerte en otro gesto: “en la forma que tomaron mis uñas / luego de años de morderlas”. En pasar la sal con la mano, lo cotidiano adquiere un ritmo que es suficiente, pero en donde también tiene lugar la simpleza, así como el deambular entre diversas escenas, veredas, ropa secándose, rendijas de la lavadora, hormigas invasoras, o modos de no acudir a leer al mismo horóscopo, sino que desviar la mirada hacia esos otros signos, aún vivos.
“pasa la sal de mano en mano / como pronóstico”, y, así como en un conjuro directo y simple, pero en el que no es claro si se ahuyentará algo la mala suerte o bien, atraerá buena fortuna.
Pareciera que el poemario se preguntara por el cómo nombrar, no solo a través de la presencia, espacio, sonoridad de las palabras, sino también la resonancia de la superstición en nuestro día a día: “nombres partidos por la mitad / en puertas de armarios / los recuerdos atascados en una malla de gallinero”. Incluso en estas páginas se vislumbra un hogar o varios, los que, a veces, semejan “apocalipsis domésticos” (parafraseando el poema de Millán), espacios en donde aún existe la posibilidad de realizar un ritual, algo que restablezca cierto orden: ante el plomo en la sopa, la presencia de una paloma muerta, una estatuilla de San Judas que se quiebra o recuerdos que se atascan como hilos o tela en una reja de gallinero. Un desfase, un calendario pegado, con todas sus páginas, anuncia un final: “tinta azul roja al sol … / desfase con los días que pasaron / cuando tu día y el mío dejaron de encontrarse”.
En medio de este caos de accidentes, así como de infinitas posibilidades de fallas, pequeños fracasos, aparecen instantes reflejados en versos como este: “encuentro un refugio / donde la luz avanza en el ángulo / esperado”. Una subjetividad poética se refugia en la luz, confía en la palabra y en otras posibilidades como llevar un cuarzo y acarrear esa energía, esa luz, y con ello la capacidad mística de algunas piedras.
Más adelante, el fuego arde y consume, otra vez transforma y aparece esta idea alquímica, que transforma el decir, pero también la presencia de un dúo: “cuando la madera arde y consume / el oxígeno que nos mantenía juntos”. De esta manera, cada gesto de cotidianeidad se vuelve protección, posibilidad de conjurar, de convocar con un gesto o de advertir cómo protegerse de algunas miradas o de ciertos rostros. “el olor a eucalipto y la ceniza/ cubrió un altar improvisado / al que rezamos preguntándonos / si entre los mil y diez mil no habrá / miradas conocidas”.
Hay un poema sobre la clarividencia, la cual se presenta en sonidos ambiguos, llanto de guaguas en salas de espera, palabras a medias y lecturas de signos en pozas de aceite bajo los pies. Las correspondencias se visualizan como índice de los augurios, ruidos de bisagra, ruido eléctrico “dibujan sobre la cortina / la sombra del polvo”, como es arriba es abajo, dicen los estudios esotéricos, como es en el poema, es en el espacio escrito y proyectado.
Una voz sostenida a lo largo del poemario hace emerger una frecuencia, que es cada vez más reconocible en cuanto a su novedad. Así como a evocar imágenes que se vuelven poéticas como descifrar un ruido, deshacer un chaleco apolillado, o leer signos ocultos en radiografías. “y fuimos piedras… par de conejos”, el poema va de los residuos de lo humano, a la agencia de elementos no humanos, animal, materias de diversos reinos, pero que devienen en materia no solo vibrante, y, sobre todo, poética.
De lo dramático se da paso a una ciudad post apocalíptica donde la violencia es visible a simple vista “moretones en los brazos de las amigas”. Imágenes yuxtapuestas, carnicerías, edificios enormes sin ventanas, el olor de músculos, lo absurdo se cierne en un espeso universo que sale de ese lugar más doméstico previamente presente en los poemas, para corresponder con un afuera que es también problemático y caótico, en el que: “nieva bajo el sol de verano/ y viven renos que emigran / hacia tierras más cálidas”.
El final del poemario alude a lo que se escapa, lo que se pierde, la dificultad de conservar las cosas, una chispa puede devenir fuego y vuelvo a pensar en la alquimia, la sal, la ceniza, la chispa, el elemento que es palabra, el verbo salar, adjetivo, sustantivos, imposibilidades varias de archivar un recuerdo confuso entre reliquias: “el vidrio se ablanda / en contacto con el fuego / puede obligarnos a escribir /pérdida total sobre un informe”. ¿De dónde emerge el poema?, del resto del fuego, de la ceniza por la cual ese grano de sal podría contenerse en su derramamiento. Pasar la sal en la mano moldea también el gesto de la escritura, mano guiada por la superstición, mano que es oído, algo va de mano en mano, nos preguntamos: ¿qué queda todavía?
Pensar en el objeto antes que la palabra, la sal en la mano. Pero también reflexionar en la poesía encontrada en esas experiencias y metáforas del cotidiano, pequeños ritos que pueden ser las supersticiones. Pequeñas resistencias de lo artificial o ceremonia ante la pérdida, las varias que experimentamos día a día. Una voz que realiza altares con sus palabras / conjuros en que se conjugan la experiencia y la reflexión poética. “El poema enseña a contemplar los pensamientos en lugar de cambiarlos”, dice Simone Weil. Así el poema dialoga aquí con lo sobrenatural, la alquimia, el adentro o el afuera de este mundo que habita nuestros breves relatos y nuestros días y, es en ese lenguaje en el que fija su residencia la poética de Catherina Campillay.
Por Macarena Urzúa Opazo
Sobre

Pasar la sal con la mano
Catherina Campillay
Overol
2025




