Este ensayo es un híbrido de reflexiones cotidianas y teóricas que se iban entrelazando mientras vivía en Santiago de Chile en 2022, junto con las emociones que me atravesaron durante ese proceso de adaptación, novedad e incertidumbre al habitar otro país.

 

1.- La llegada

Tomo una de las bitácoras que me acompañan desde hace rato, una que inicié en 2016 y que al día de hoy no he terminado, esa bitácora la tengo para múltiples registros, ha sido abandonada y retomada cada tanto, la tomo y decido que será la testigo oficial de mi estancia en Chile, escribo bien grande: Bitácora de quién se va, sin querer irse pero tampoco quedarse y deseando llegar, por la mezcla de sensaciones previas a un viaje que ya tenía planeado desde 2019, pero que con la inesperada pandemia se terminó postergando dos años.

23 de marzo de 2022

Estoy todavía en Bogotá, las clases recién comienzan y ni siquiera he podido solucionar mi visa estudiantil (la burocracia es la personificación del mal en la tierra), en todo caso, Rosario nos deja una tarea especial: hacer una presentación sobre quienes somos. Me emociono, ya que siempre me han gustado las tareas autobiográficas, además, justo días antes me entregaron el vídeo de los quince años de mi madrina digitalizado (1997), entre otros recuerdos. Ese vídeo es valioso, tanto por la memoria familiar cómo por el hecho de que es el único registro audiovisual donde salgo de pequeña 🙂 así que me pongo a la tarea de elaborar la presentación desde el material de archivo. Al hacerlo, reconozco de dónde vienen algunas de las temáticas que me apasionan como el barrio, la niñez o la familia en mi trabajo fotográfico. Esta sesión la tenemos por virtual el 28 de marzo, justo dos días antes de mi viaje. 

Viajo el 30 de marzo de 2022. Ya estando en Chile tengo mi primera clase presencial el 04 de abril, nuestra profesora nos pone a hacer un ejercicio afuera del salón que responda a la pregunta: ¿Cómo construir un relato al recorrer un espacio? Es interesante como mis compañeros generan diferentes estrategias de respuesta, aunque la verdad yo aún estoy procesando la llegada. Al terminar me voy para la casa en donde recién me instalé, una de esas para estudiantes extranjeros que se mezcló con locales desde la pandemia; varios que ya no parecían estar solo de paso. Esos días mi corazón anda latiendo a mil, entro en llanto porque hasta ahora comprendo el impacto de estar lejos de casa y de que esto apenas empieza.  

 

2.- Esta tierra no es mía, aunque a veces se parece

Abril 2022

Me persigue la pulsión de relacionar las cosas entre sí, de hacerlas cercanas a lo que conozco. Me doy cuenta de todas las palabras que al decirlas no se entienden acá, de que mi acento es mi sostén y de que tengo presente a mi territorio más de lo que pensaba. Me veo haciendo maromas para tratar de explicar que es un páramo, me canso de repetir que Bogotá no es de clima caliente, me aburro cada vez que esperan que responda al estereotipo de mujer colombiana (es una presión sutil, pero constante) y, sobre todo, me cansa que les parezca extraño que no hable como lo suelen ver en las telenovelas (acento paisa). Ya sé que salir de un país implica perder un poco la singularidad y verse de frente contra los prejuicios, es agotador. En todo caso, me enfoco en aprender a moverme en la ciudad, en saber cómo son vueltas 

Comienzo a ubicarme en los espacios públicos y noto el contraste con Bogotá. A pesar de ser dos capitales latinoamericanas, sus procesos urbanísticos son bastante disímiles; aun así, supongo que deben existir ciertos equivalentes atmosféricos y me dispongo a encontrarlos. Surge entonces una primera intuición, pronto fallida: encontrar lugares equivalentes entre Bogotá y Santiago para ponerlos en diálogo. Con el tiempo constato que los espacios que aprecio en Bogotá están anclados a mi universo emocional, resuenan con mi crianza y con cierta nostalgia; algo que no podría establecer con Santiago en tiempo récord, menos aún como extranjera y ya en la adultez.

Yi-Fu Tuan, en su libro Topofilia: un estudio de las percepciones, actitudes y valores sobre el entorno (1974), desarrolla toda una investigación sobre los afectos que devienen de los lugares que habitamos. Tuan, desmenuza cómo van desde lo biológico hasta lo cultural, por ejemplo, de cómo la visión de un foráneo siempre va a pasar primero por lo estético. O sobre cómo los lugares aportan al entramado de nuestra sensibilidad y arraigo, uno del que no siempre somos del todo conscientes: no el patriótico, que se impone y se enarbola con banderas, sino aquel que no registramos de forma explícita, sino que vamos experimentando e integrando en pequeñas y grandes pinceladas, especialmente durante los primeros años de vida. Antes de leer el libro en sí, revisé algunas reseñas; esta fue una de las primeras que guardé para mi futura tesis, extraída del blog de José Fariña:

“…Sin embargo, dado que la capacidad perceptiva del habitante de la ciudad no es capaz de abarcar la ciudad entera, sobre todo si se trata de grandes urbes, el amor al lugar se suele circunscribir a la parte conocida donde se desarrolla nuestra actividad vital. Y, a veces, sobre todo en ciudades que han conseguido asociarse a un símbolo o a una imagen simbólica o real, también existe una identificación con esta globalidad urbana. De forma que este amor al lugar puede llegar a expresarse en los dos extremos, lo particular (la vivienda, el edificio, la calle, a veces el barrio) y lo global (la imagen o el símbolo), desapareciendo en las brumas de lo desconocido todos aquellos espacios que no forman parte de nuestro entorno vital y que nos son ajenos. Se iluminan así en nuestra mente algunas zonas concretas, generalmente discontinuas, bien en el espacio bien en el tiempo, mientras que el resto de la ciudad nos resulta indiferente y no somos capaces de sentirla con igual intensidad, de amarla.”  

Al leer esto, pensaba en la casualidad de nacer en un territorio determinado, en crecer dentro de una ciudad y aprenderse un barrio de memoria. También en cómo eso nos da un lenguaje del mundo que nos genera cercanía con otros, pero que a veces se fricciona, pues no siempre es fácil de traducir para quienes no provienen de ese universo particular. Entonces volvía a las capas: a esas capas que se escapan de ser compartidas de manera tangible, pero que de pronto se encuentran con las de otras personas sin demasiado esfuerzo, como biografías compartidas.

 

3.- Todo lo que hago es una excusa para la nostalgia 

Por ese entonces se divisaba mi segunda idea fallida: A partir de cartas inventadas crearía una correspondencia entre dos hermanas, una establecida en Chile y otra en Colombia entre 1971 y 1985, donde se entrevería la realidad política de ambos países y el destino incierto de cada una, el clímax sería la toma del palacio de justicia en Bogotá en 1985. La intención de esta narrativa epistolar era crear un relato sociopolítico entre Chile y Colombia, ya que la premisa del archivo como fuente de memoria y ficción me inspiraba demasiado, me sentía convencida de ejecutar esta idea, como si solo fuera sentarme a que las palabras fluyeran pues no sería la primera vez que construiría un relato sociopolítico. No obstante, había algo con lo que no contaba, o más bien no calculaba, mi ritmo de trabajo era lánguido, parecía que mi voluntad se había evaporado, más que procrastinar me sentía poco apasionada del propósito de esa idea.

Mayo 2022

En medio de mi revisión de intereses para la tesis logré entrever que la emoción que me mueve por debajo de todo es la nostalgia, pero no es una nostalgia recién descubierta por el hecho de estar en otro país, es más una forma de ser y de relacionarme con el mundo que estoy confirmando. Esta nostalgia no solo tiene que ver con la idea de un pasado añorado, sino con mi angustia de que el presente carezca de cierta autenticidad que haga difícil valorarlo cuando se convierta en pasado. Hay una resistencia al exceso de tecnología que administra cómo se generan los recuerdos.

David Lowenthal, en El pasado es un país extraño (1985), relata que a comienzos del siglo XVII la nostalgia era considerada una enfermedad física, con el tiempo se comprendió que la nostalgia era más una condición psicológica y que no respondía solo a extrañar el terruño en tiempos de guerra, sino a rememorar el pasado en sí. Lowenthal se inquieta por la falta de objetividad para analizar los viejos tiempos y la tendencia a idealizarlos, volviéndose mercancía sentimental que simplifica. A la vez, el autor comprende que este efecto se da porque frente a la incertidumbre del presente o la desconfianza del futuro, el revisitar el pasado da una cierta sensación de control narrativo de nuestra historia, así que nos pregunta: 

“¿Es entonces la nostalgia la expresión de contención de nuestras identidades generadas en tiempos y/o espacios que ya no existen? E incluso ¿el instinto de enfrentar un pasado ya sabido a diferencia de un porvenir? y también ¿el deseo latente de imaginar otras versiones de nosotros mismos en épocas distintas?” 

Por aquel entonces me encontré en la Biblioteca de Santiago una joya: Voces de la ciudad, historias de barrios de Santiago. Este libro es el resultado de un concurso literario realizado en 1999, en el que las personas enviaban relatos sobre sus barrios. No podía sentirme más emocionada: esa distancia temporal respecto a una ciudad que apenas estaba comenzando a conocer me resultaba fascinante. Entre los relatos encontré uno escrito por Bárbara Miranda León, titulado Historias de la plaza Bogotá. Lo leí con dicha: pocos lugares en el mundo pueden llamarse Bogotá sin remitir a la capital colombiana. Además, muchas ciudades de Latinoamérica llevan nombres heredados de la conquista española; en cambio, Bogotá conserva su raíz indígena original: Bacatá. Leí el cuento como una señal del destino así que fui un par de veces y recorrí la plaza con los insumos del relato y sin este, me metí en el rol detectivesco, y aunque después no sentí que hubiese suficiente carne para armar algo, eso no me quitaba la emoción de haberme encontrado una Bogotá en Santiago, además ese sector me recordaba al barrio Ricaurte, tanto por su arquitectura como su atmósfera popular.

 

4.- La futura tesis viene del pasado

Junio 2022

Para mi clase de danza y expresión corporal, nos pidieron que cada una dirigiera una sesión al grupo. Peggy, nuestra profesora, nos habló varias veces de la flexibilidad para, pese a tener un plan de trabajo, estar dispuestas a modificarlo según la disposición que nos diera el espacio. En mi sesión les propuse un ejercicio de memoria sobre la niñez, el barrio y la familia, donde mientras estábamos recostados con música tranquila les iba preguntando cosas cómo: ¿Dónde crecieron?, ¿a que huele su barrio?, ¿cómo pasaban tiempo en familia?, ¿si tienen amigos desde la infancia? etc. (No esperaba que contestaran en voz alta, así que lamento no haber grabado ese momento porque fue bien interesante). La segunda parte iba a ser la elaboración de un collage colectivo en torno a un hogar para el grupo, pero ya acostados en colchonetas y con cobijas preferí proponerles que hiciéramos una casa con esos elementos, tal cual cómo cuando de niños hacíamos ese tipo de juegos improvisados, entonces entusiasmados construimos una casa momentánea donde el único requisito era que nadie quedara por fuera, finalmente entre prueba y error lo logramos. Ya estando adentro nos cogimos de las manos, cada uno agradeció y pidió en voz alta algo, yo les agradecí por la camaradería, ya que, en medio del atareo diario, esa clase era mi oasis.

Todo este recorrido me ponía justamente de frente a esas temáticas que ya venía expresando de manera intuitiva, pero que la tesis me posibilitaba a sustentarlas desde un marco teórico en el que distintos autores, como Bachelard, Barthes, Da Silva Catela, Guasch y Halbwachs, entre otros, empezaron a acompañarme en lo que yo llamo: lecturas bibliográficas donde la memoria y la espacialidad se fusionan. Debajo de esas lecturas notaba la pulsión emocional de cada autor al escribir sobre esos temas: no había frivolidad, sino un deseo de contención en sus teorías.

Ya para ese entonces me empecé a sentir más tranquila, porque ya no consideraba ninguno de mis intentos una pérdida de tiempo, y porque mi futura tesis empezaba a tener peso. Pero, sobre todo, porque había dejado de pelear con mi proceso de adaptación: por fin aceptaba que no podía ir al ritmo que deseaba, que mi cuerpo y mi mente aún estaban acoplándose, así que abandoné el vicio de tratar de controlar todo y me entregué a ver cómo me terminaba de acoplar.

 

5.- ¿Cómo se acomoda un cuerpo en un territorio ajeno?

Mientras aún estaba allá, revisé con calma los apuntes de mi bitácora y me encontré varias veces con esta pregunta, la que da título a este ensayo y a este numeral, entonces terminé convirtiéndola en una especie de instructivo que compartí con algunas conocidas que estaban afuera de su ciudad natal. Luego, junto a mi amiga Yuri (que ya llevaba más tiempo viviendo en Chile que yo) realizamos un pequeño video a partir de ese texto. El segundo semestre allá fue más ligero, y cómo suele pasar, solo es que una se acomode para tener que volver a moverse. 

Julio 2022

…De paso pensé en todas las personas que también estaban fuera de su país, en la soledad que sentían en sus procesos migratorios, en sentirse agotadas de repente, en la angustia económica, en las mínimas cosas que les disparaban melancolía o alegría, pero también en la relación con la novedad, en verse en otros escenarios, en aprender otros modismos, en no tener que responder a círculos cercanos, en fin… pensé en que en medio de todo se estaban sosteniendo o reinventando a sí mismas… 

De nuevo en casa, la tesis reposó y después tomó pulso. Trata sobre las derivas afectivas de los espacios cotidianos a través del archivo fotográfico familiar: un intercambio entre Santiago y Bogotá, donde puse a dialogar un par de álbumes con sus dueños y los imaginarios del otro. Creo que tanto mi tesis como este ensayo son maneras de honrar y desprenderme, a la vez, de la nostalgia que a veces me impulsa a crear. Aunque sé que una versión mía aún recorre esas calles, también sé que pertenecemos a muchos lugares, incluso a aquellos que ya no existen.

 

Por Liz Stefhanie Cubillos Díaz

 

Fotografía de Garry Winogrand