No necesito nada de lo que necesito, no deseo nada de lo que deseo. Eso escribí en una nota, lo puse de fondo de pantalla en el teléfono. Quiero ahorrar, pero no solo quiero ahorrar dinero, también quiero ahorrar mi tiempo. Estoy un poco harta del bombardeo constante de estímulos que solo buscan explotar mi atención.
¿Es porque siento que el tiempo es más importante que otra cosa? ¿Es porque valoramos el tiempo más que antes? ¿O es porque nos acostumbramos a la inmediatez y nos hicimos adictos? ¿Es ahora (para la clase universitaria-blanca-económicamente estable) el tiempo más importante que el dinero?
Hace no mucho se impuso en Internet la video-reacción al estreno de los álbumes de música. Insoportable. No pasan ni siquiera 24 horas, y ya se llena de gente aleatoria reaccionando a las canciones una atrás de la otra, escuchándolas por primera vez adelante de una cámara con auriculares. Todos necesitamos decir lo que pensamos todo el tiempo sobre todas las cosas. Ganar la atención de otrxs. Y ganarla de inmediato.
No sé si antes vivíamos mejor, pero todo iba más lento, estábamos menos apurados, y en consecuencia, menos ansiosos. ¿Cómo no vamos a vivir sobreestimulados y ansiosos si compramos entradas hoy para un show que ocurrirá dentro de 10 meses? ¿Es necesario subir una review de un disco o una película el mismo día que se estrena? ¿Es necesario que todos sepan lo que vos pensás sobre eso de inmediato? Ahora parece que Internet existe solo para mostrar que disfrutamos de las cosas. Consumir para mostrar el consumo. Y es esa la palabra, consumo, porque las cosas ahora solo se consumen. Y el consumo se mide por las views, los likes, las reproducciones. Consumir a toda costa.
La velocidad cancela cualquier intervalo en el que podría aparecer una duda, un cálculo, una pregunta. Lo inmediato borra el intervalo crítico donde las cosas podrían desearse menos. En ese sentido, la inmediatez es una herramienta de control social. No te controla prohibiendo, te controla acelerando.
La aceleración impide que pienses si realmente necesitás lo que estás a punto de comprar. Si tenés ganas de ver ese show que ocurrirá el año que viene. Si tenés ganas de ir a esa fiesta que no sabés de qué va pero que promocionaron en las 24 redes sociales de las que formas parte. Si tenés ganas de comer esa super triple cheese burguer premium con doble aderezo y bacon y papas con super crunch con un vaso de cartón de 3 litros de gaseosa cola que con la app de tu banco virtual está al 50% del precio normal, que como está siempre al 50% del precio normal, este 50% es en realidad el precio normal.
Por ejemplo, hace poco, me enrosqué un montón pensando en esto: volvieron los auriculares con cable. Parece que la generación Z descubrió que la calidad del sonido de los viejos airpods que venían con el teléfono en los 2010’s es muy buena, y que la ventaja es que no hay que cargarlos. Entonces aparece como una moda, un trend, una tendencia. El precio aumenta junto con la demanda, aparece en las publicidades de todas las aplicaciones, googleas, haces tres clicks, y te llegan entre hoy y mañana a la puerta de tu casa.
Cuando dejamos de usar auriculares con cable lo hicimos justamente por una cuestión de comodidad. Y ahora, respetando el trend, vas y te compras otra vez unos airpods con cable que son iguales a unos que tuviste y dejaste de usar cuando te dijeron que eran incómodos porque tenían cable. Si todos hubiésemos conservado nuestros viejos auriculares con cable, o si los teléfonos todavía viniesen con auriculares, no habría ninguna tendencia por explotar. Y se explota de esta manera justamente gracias a la cultura de la inmediatez. Porque la inmediatez no da tiempo para pensar. Quiero algo, lo quiero ya, lo puedo tener ya, lo compro en el mismo momento en el que lo deseo, y me lo traen a la puerta de mi casa.
El avance tecnológico es apenas ético. Solo pregunta si algo puede hacerse. Si la respuesta es sí, se hace. Y si la respuesta es no, se rosquea para que sea un sí. Y casi todo lo que puede hacerse termina hecho, aunque sea a costa de erosionar la creatividad, la autonomía o cualquier forma de colectividad que no esté subordinada al rédito económico. Lo comunitario, si no es productivo, si no genera datos, si no acelera nada, aparece como una amenaza. Si un espacio funciona bien sin urgencias, si trae bienestar a las personas sin las métricas de eficiencia que exige el mercado, se convierte automáticamente en una alternativa peligrosa para este capitalismo groncho y automático que necesita que todo pase rápido para seguir existiendo.
El otro día en un asado conversaba con el padre de una amiga y su esposa sobre la esperanza revolucionaria frente a este capitalismo de la gronchada. También lo hablo con mi padre cada vez que voy de visita a mi ciudad natal. Lo primero que pienso es que no voy a llegar a verlo, y si es que llego, voy a ser muy vieja. Lo segundo es que no creo que sea un final de ciclo súbito, va a ser terrible y, paradójicamente, lento. Cada vez menos personas, pero concentradas en capitales superpobladas. Una brecha abismal, gobiernos dirigidos por corporaciones, y un malestar que va a ir creciendo progresivamente hasta que no se aguante más. Y ahí sí, después de ese final, un retorno a lo analógico, a lo comunitario, a lo colaborativo. De ahí saldrán las próximas revoluciones, pero no van a aparecer antes. Por ahora nos queda hacer un poco cada día para salir de la lógica de la inmediatez y no morirnos de angustia.
Buscamos remedios ancestrales para la ansiedad cuando la ansiedad es estructural. Nos ponemos un collar de piedra de no sé qué cosa para conservar la energía y estar más conectados con el presente y tener menos ansiedad. ¿Qué es eso? Yo también tengo ansiedad, por supuesto. Pero voy a correr como un loco hasta que dejo de pensar y solo siento el cuerpo en movimiento. No necesito un remedio ancestral, quizás un té de manzanilla, pero no ese retiro de tres días para conectar con la pachamama, ni esa pistola masajeadora para las cervicales, ni esa suscripción de una app para meditar en casa. Me aparece muy seguido una publicidad de una pareja que se fue a vivir al monte y son youtubers del monte. No es un juicio de valor, digo, es un hecho, la vida “natural” que proponen se vuelve contenido. ¿No hay límites? Detrás de cada gesto de aparente “resistencia”, de tratar de vivir por fuera del consumismo, también hay marketing. Nada escapa del todo.
El año pasado viajé a Berlín y a Amsterdam. En muchos lugares me pusieron una cinta en la cámara del teléfono. En otros lugares, menos turísticos y bastante más punks, las paredes estaban llenas de carteles con teléfonos tachados, y las personas respetaban la regla sin necesidad de una cinta. Entonces usé mucho más la cámara analógica, y tuve que llegar a Buenos Aires, llevar los rollos a revelar, y esperar las fotos, como se hacía antes. No me voy a poner ultra extremista, no voy a escaparme del todo, pero sí me propuse desde que, volví tratar de imitar esos comportamientos. Me di cuenta de que cuesta muy poco salir sin el teléfono, ir a correr sin música, pagar con billetes, usar un viejo reloj. Este año vuelvo a viajar muy lejos de casa, y mi propósito es explorar estas prácticas, escribir sobre ellas, hablar con personas. Abrir otra vez, que entre la experiencia.
Mi acto de rebeldía hoy es y seguirá siendo reivindicar la lentitud. Lo practico sola acá, y también con otrxs. Lo ejercito como si fuese un músculo, porque no es fácil escaparle a la porquería. Adelantarme lo menos posible. Estar en contacto con las cosas que siento y que me pasan en el día, con las cosas que hablo con mi familia, con mis amigxs. Ponerme contenta por lo que tengo. Celebrar las cosas, hundirme en las conversaciones, en los momentos que comparto y que siento que tienen mucho amor adentro. Tener hábitos saludables. Controlar los hábitos que no son saludables. Hacer planes a corto plazo, no comprometerme con cosas que no me interesan. Darle prioridad al deseo. Tomar el tiempo que necesito para decidir. Hacer listas de cosas que necesito comprar, y dar prioridades en función de la necesidad real. Que las cosas tomen más tiempo. Que haya demora. Pensar en el proceso y no solo en el resultado.
Hasta que algo se quiebre, que la curiosidad avance, pero a paso lento.
Por Rosina Lozeco




