El psicoanálisis como una forma de lectura
Cada tanto aparece una voz que devuelve al psicoanálisis su potencia original: la de ser una forma de lectura antes que un conjunto de técnicas. Leer la vida, los cuerpos, los deseos y, sobre todo, leer lo que no queremos leer de nosotros mismos. Adam Phillips, psicoanalista y ensayista británico, recuerda que tanto el analista como el escritor deben estar “dispuestos a no saber lo que van a decir hasta que lo dicen”. Esa disposición al no saber constituye el centro de su obra y la brújula de su pensamiento.
En “Sobre el deseo de cambiar”, Phillips aborda una pregunta fundamental de nuestro tiempo: ¿qué significa querer cambiar en una cultura que convierte el cambio en un mandato? Desde el prefacio, advierte que “cambiamos constantemente y envejecemos cada día más, nos guste o no; sin embargo, a menudo queremos elegir —o incluso diseñar— las formas en que cambiamos”. En esa frase se cifra su diagnóstico: el cambio ya no es solo un proceso vital, sino una mercancía administrada por los discursos del progreso y la autoayuda. El deseo de cambiar, dice, se ha vuelto inseparable del imperativo de hacerlo.
El psicoanálisis, tal como lo entiende Phillips, no ofrece fórmulas de superación personal ni terapias de adaptación. Es, más bien, una conversación que sostiene la incertidumbre. Escribir, analizar y hablar son modos de sostener la vida en el intervalo de la pregunta. “Siempre deberíamos prestar atención, afirma, a la manera en que pensamos sobre el cambio. Y a cómo cambia con el tiempo lo que pensamos sobre el cambio”.
Como anticipa en “Placeres permitidos”, Phillips complementa esta ética del no saber con una ética del placer: la posibilidad de pensar y hablar sin la mediación de la ley ni del control moral. Allí sugiere que los placeres, cuando son “permitidos”, ya no necesitan del lenguaje del castigo o de la disciplina, sino que abren un espacio de crecimiento. En ambos casos —en el deseo de cambiar y en el deseo de permitir—, Phillips nos invita a suspender la obediencia del saber y de la norma.
El deseo de cambiar y sus fantasías contemporáneas
La primera tesis del libro, y del pensamiento de Phillips en general, es que el deseo de cambiar está siempre mediado por las fantasías de época. El cambio, en tanto objeto de deseo, revela las coordenadas morales y políticas de una sociedad: “Si hay algo que revela profundamente una época —escribe— es su fantasía sobre el cambio: cómo imagina y describe los cambios que desea en relación con los que considera fuera de su control.”
En nuestras sociedades neoliberales, esas fantasías toman la forma del crecimiento personal, la productividad y la mejora continua. Cambiar se convierte en sinónimo de optimizar. Sin embargo, Phillips subraya que esta forma de cambio es coercitiva: un moralismo preventivo disfrazado de libertad. “Sin el pragmatismo americano —advierte— el psicoanálisis y todas las demás terapias psicológicas pueden convertirse simplemente en otro moralismo coercitivo.”
Desde una ética del deseo, Phillips nos invita a desconfiar de toda versión gerencial del cambio. Su gesto es profundamente subversivo: nos insta a escuchar no solo la parte que quiere moverse, sino también aquella que resiste. El psicoanálisis, en esta perspectiva, no es una tecnología del progreso, sino una práctica de la demora; una ética de la conversación con lo que no se deja transformar del todo.
Creo que uno de los mayores aportes de “Sobre el deseo de cambiar” es su revisión del concepto de “conversión”. Phillips reconstruye la genealogía de esta idea desde su raíz religiosa hasta su apropiación por las terapias modernas. En el siglo XIX —recuerda— la “conversión” fue para Freud una categoría clínica: la llamada “histeria de conversión”. En ella, “una idea poderosa es despojada de su afecto y transformada en un fenómeno corporal”, lo que convierte el sufrimiento psíquico en síntoma físico. La conversión, en ese sentido, es un modo de hacer soportable lo insoportable.
Pero Phillips amplía la noción y le devuelve su dimensión política. En un pasaje central, observa que “la conversión fue en su día el ejemplo más profundo de cambio personal y cultural; sin embargo, se ha convertido en una de las descripciones más perniciosas de los tipos de cambio que somos capaces de realizar”. Allí donde antes la conversión prometía redención, hoy despierta sospecha. En efecto, toda conversión implica una violencia: la imposición de una forma sobre otra. De ahí que Phillips se pregunte “cómo podemos saber, cuando cambiamos, si estamos siendo convertidos o no, y qué significa esto en términos de cómo otros pueden cambiarnos”.
Phillips traza un arco entre las antiguas conversiones religiosas y las terapias de conversión contemporáneas, mostrando que ambas comparten una misma lógica: la idea de que algo está mal en nosotros y debe ser corregido. “Las ideas de reparación y pecado original —escribe— quedan necesariamente entrelazadas, con la conversión como su complemento tradicional.”
Sin embargo, el autor no se limita a denunciar la coerción terapéutica o moral. Lo que le interesa es pensar qué dice la conversión sobre nuestra vulnerabilidad al lenguaje y a la influencia. “El hecho de que exista algo llamado ‘terapia de conversión’ —incluso si está desacreditada— lleva a preguntarnos qué ocurre realmente en una terapia si no es, en esencia, una forma de experiencia de conversión.”
Frente a esto, Phillips propone entender el psicoanálisis como “una forma de persuasión honesta”. No se trata de convertir al paciente a una verdad, sino de mantener abierta la conversación sobre lo que se desea. En esa línea, afirma: “El psicoanálisis puede concebirse como una conversación en la que se resiste el deseo de convertir y ser convertido. Una conversación en la que podemos descubrir lo que es posible entre las personas cuando la conversión ya no es posible ni deseada.”
Cambiar sin convertirse: el arte de traducir
A mi parecer, Phillips hereda de Freud no la teoría, sino la curiosidad. En “Sobre el deseo de cambiar”, esa curiosidad se convierte en método. La conversión freudiana —el paso de la idea al síntoma— es para Phillips una metáfora del modo en que el sujeto traduce lo inaceptable en formas de vida soportables. “La conversión —dice— es la capacidad de cambiar permaneciendo igual, de no renunciar a nada y de no reemplazar lo que supuestamente se ha perdido.”
Esa idea redefine el sentido mismo del cambio. Cambiar, para Phillips, no significa sustituir una identidad por otra, sino mantener viva la conversación entre lo que se transforma y lo que permanece. En este punto retoma la enseñanza de Jean Laplanche: traducir es hacer lugar a lo extranjero en uno mismo. El cambio auténtico consiste en esa hospitalidad interior, no en la conquista del yo sobre el ello.
Phillips formula una paradoja luminosa: el deseo solo existe si algo lo impide. “El deseo —dice— es el recuerdo de una frustración.” De ahí que la frustración no sea un fracaso, sino el medio a través del cual imaginamos lo que queremos. El obstáculo no se opone al deseo: lo produce.
En “Placeres permitidos”, Phillips lleva esta reflexión aún más lejos al proponer que el placer mismo es una forma de desobediencia creativa: una forma de conversar con lo prohibido sin dejarse gobernar por él. Así como el deseo se produce en su frustración, el placer se produce en su liberación del mandato moral. La libertad, entonces, no solo consiste en desear lo que se desea, sino también en poder disfrutarlo sin la mediación de la culpa ni del deber. Cambiar, desde esta perspectiva, podría implicar aprender a permitir.
Esta visión invierte el paradigma del bienestar contemporáneo, que asocia la felicidad con la eliminación de toda falta. En cambio, Phillips sostiene que “la felicidad no es un estado, sino un intervalo; ser feliz es, por un instante, dejar de intentar ser feliz.” La libertad, en consecuencia, no consiste en hacer lo que se quiere, sino en descubrir lo que realmente se desea, un descubrimiento siempre parcial, cambiante y conversacional.
Lo político del no saber: conversar para no obedecer
En tiempos de hipertecnología y autoexplotación, Phillips propone una política del no saber. Su apuesta no es la ignorancia, sino la suspensión del saber como gesto ético. En un mundo que exige certezas, productividad y transparencia, reivindicar la ambivalencia es un acto de resistencia. “Cuando hablamos de cambio —escribe— hablamos de nuestras normas preferidas, de los estándares por los que queremos regirnos, de lo que preferiríamos considerar normal.”
Desde esta perspectiva, el deseo de no cambiar puede ser tan subversivo como el deseo de cambiar. Frente a la cultura de la reinvención permanente, Phillips nos invita a conservar algo: reivindica la opacidad frente al otro, la indecisión, el derecho a no saber. En su último gesto, Phillips nos devuelve a la conversación como forma de vida. Cambiar —dice— no es volverse otro, sino mantener viva la posibilidad de decir no. En esa negativa se juega una política del deseo: resistir la conversión, sostener la conversación.
Los dos libros de AP que ha publicado Roneo son protestas frente a los mandatos de esta época. Si en “Sobre el deseo de cambiar” el cambio se piensa como una conversación que resiste la conversión, en “Placeres permitidos” el placer se presenta como un lenguaje que resiste la ley. Ambos libros, leídos juntos, delinean una ética de la conversación y del permiso: hablar, cambiar y desear como actos de hospitalidad hacia lo que en nosotros aún no sabemos disfrutar. Phillips parece recordarnos que cambiar también puede significar reaprender los placeres que alguna vez nos prohibimos.
Phillips nos recuerda que el psicoanálisis es un arte de la conversación con lo desconocido. No promete redención, sino posibilidad. No ofrece certezas, sino hospitalidad hacia lo que aún no sabemos de nosotros mismos. Y en un mundo que ha confundido libertad con rendimiento, esa invitación a conversar el cambio se convierte, más que en una teoría, en una forma de resistencia. Frente a los fascismos antiguos y nuevos, frente a las terapias reparativas y las pedagogías de la productividad, “Sobre el deseo de cambiar” ofrece una ética mínima pero radical: seguir conversando. Conversar para no repetir. Conversar para no obedecer. Conversar para sostener la vida allí donde otros quieren clausurarla.
Por Trinidad Avaria M. – Colectivo Trenza

Sobre el deseo de cambiar
adam phillips
2025
Número de páginas: 118
Roneo
Traductora: Izaskun Arrese











