Lunes. Bajo del subte, esquivo a unos borrachos que todavía gritan cambio para ver si pueden engatusar a algún turista, camino por Florida. Llegar no es tan sencillo, el lugar no aparece en los mapas de Internet, no hay redes sociales ni anuncios. Lo más fácil es venir con alguien que sepa. Que haya venido antes. Es un departamento en una galería del centro. La primera vez, recorrimos con un amigo casi todo el edificio, exploramos oficinas y salas de espera de consultorios, estudios contables o jurídicos. Después terminamos haciendo lo mismo en otros edificios del centro.

El centro es un lugar trash, como el centro de todas las ciudades grandes. Droga, borrachos, gente durmiendo en la calle, hombres de traje saliendo de oficinas, señoras paseando sus caniches, tachos de basura explotados, extranjeros pagando por comida fea. Y en el medio de todo eso, una sala de cine hecha por un grupo de amigos en un departamento de una galería de oficinas. Un proyector, butacas viejas cirujeadas montadas sobre unas maderas, una barra improvisada en el hall, que alguna vez fue living. En la sala se puede fumar y beber. Como no estaban preparados para tanta gente (digamos que, en un día normal, el cineclub recibe a unas 15/20 personas) vendieron toda la cerveza y el vino. Así que tomamos unas cervezas y después ya no hay más.

Conseguimos solo dos butacas, una tercera que no tiene respaldo, y el último de los cuatro que somos, que llega más tarde, termina viendo la película de parado. Un bajón, pero no tanto, porque solo dura 38 minutos.

La asistente de dirección agradece al espacio, anuncia que está presente junto con ella parte del equipo técnico, y que llegará Luis hacia el final a sentarse a conversar con nosotros. Pienso que de pronto y sin querer, estoy en la premiere de la última película del director de El jockey. Esta ciudad es así, a veces te pasan estas cosas, y bueno, un poco te enamorás. Más si sos como yo que me enamoro de cualquier cosa.

La programación semanal llega a través de un grupo de WhatsApp, tenés que venir seguido, pedir que te agreguen y tener paciencia. Así me enteré: Hoy en el FLORIDA Un estreno… SIEMPRE ES DE NOCHE (2025) de Luis Ortega.

La película es una belleza, condensa una historia de amor atravesada por imágenes preciosas, un montaje lumínico caprichoso que se agradece, personajes que se sienten construidos con pedazos de distintos sueños, todo obedece al extremo respeto que tiene Luis por sus ideas, y que logra transmitir en la mayoría de sus películas. Pero yo no quiero hablar de la película.

Después de clase, en el gimnasio actoral de Ale Gigena, siempre nos quedamos conversando. Cómo nos sentimos, cómo se sintió él, etc. El jueves pensé, y también dije, que cuando en escena nos preguntamos si lo que estamos haciendo es bueno o malo, hay más verdad en la búsqueda de la respuesta a esa pregunta, que en la respuesta que podemos llegar a encontrar. En la creación escénica es habitual que aparezca esa pregunta en clave exitista. En el arte en general, también. Y yo creo que debería aparecer apuntando al binomio “verdadero / falso”. Quiero decir, lo verdadero, lo que es verdad, pero no como sinónimo de certeza. 

En la búsqueda de la certeza, como confirmación de si lo que hicimos fue bueno o malo, solo encontraremos ansiedad. La certeza en el arte no existe, en el arte es cierto lo que nosotros queremos que sea cierto. Si todo puede ser cierto, también nada puede ser cierto, y esa subjetividad anula toda posibilidad de confirmación.

Pero sí existe lo verdadero.

En la sala, con la poquísima luz que había, saqué una birome y anoté en un papel algunas cosas que dijo Luis:

El Jockey es lo que es porque hicimos esta película antes. Cuando tenés algo para mostrar, no importa si hay o no hay historia. Esta historia no es nada surrealista, es una película hecha por dos amigos, uno llamando al otro, a las 4 de la mañana. La muerte es el guión de todos, es comunitario. Ya solo pensarlo con tu amigo es lindo. Si amás a alguien ya tenés una película. Cuando terminás de hacer la película tenés que volver al mundo, y yo estaba en un mundo en el que no podía despertarme y solo quería morir. En la realidad no hay refugio.

En 2009 escribí un poema larguísimo que se llama “El fracaso” y empieza diciendo “Fumo porque me va a matar / el fracaso en cambio, no / no puede matarme”. No sé si está bueno venir a citarme a mí misma, entonces quiero citar también a Juanpe Sánchez López que escribió un ensayo maravilloso sobre el amor (“Super Emocional: Una defensa del amor”) que empieza diciendo algo parecido: “Todo está destinado a fracasar”. Es liberador entender esto. Que no existe la certeza, que solo existe la verdad, y que si todo está destinado a fracasar, el fracaso como se lo concibe, como oposición al éxito, no existe tampoco. Todo está destinado a fracasar si atravesamos la existencia buscando o apuntándole a la certeza. 

Tyler the Creator se refiere al fracaso en una entrevista reciente. Le preguntan cómo hace para lidiar con el hecho de no poder controlar ciertos aspectos de algunos proyectos en los que no tiene este rol de productor / creativo / músico / director de arte que sí tiene en la mayoría de sus discos. Y él cuenta que cuando terminaron de editar Marty Supreme, Josh Safdie le mostró la peli, y él automáticamente empezó a juzgarse en el material. 

Nunca actué en serio en mi vida, pero estoy tipo, “bueno, lo peor que puede pasar es que actué mal y qué importa, ¿no?” Así que lo hice, fui, le dije al director “che estoy acá para vos, no tengo ni idea, ¿qué necesitás? Voy a dar lo mejor de mí, etc.” Aprendí un montón, tuve una experiencia increíble. Y hace dos semanas, me mostró algunas escenas de la película. Mientras miraba la pantalla pensaba “vieja estoy en una peli, es una locura, estoy actuando” y a medida que avanzaba, me preguntaba “fa, ¿soy malo? ¿soy terrible? ¿soy bueno? ¿esto está bueno?” Y cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, me detuve y pensé “no importa, estoy en una película, la gente la ama, la odia, me ama, me odia, pero yo tuve una experiencia increíble, y ojalá sea lo suficientemente decente como para volver a actuar en otra película alguna vez.”

(https://www.youtube.com/watch?v=ATSBD1jPTVU)

Muchas veces, al terminar un libro, salir del teatro, o del cine, pienso en lo que estoy haciendo, escribiendo, algo que empecé a grabar y tengo que terminar, y me enrosco ahí. Que ya se hizo todo, que para qué voy a hacer algo yo, a quién le va a servir, quién está esperando eso. La cabeza me queda trabada, un rato, hasta que puedo desarmar la sensación. No importa para qué, para quién. A mí me importa hacerlo, y por eso lo tengo que hacer. Por eso lo quiero hacer. Por eso lo puedo hacer. Y porque lo hice, tal vez alguien después, un martes a la tarde, me escribe que se le pegó una canción de mi banda. O un domingo a la mañana, una persona que no conozco me etiqueta y sube un poema de mi primer libro a una story. O un sábado en el parque, pedaleo hasta la costanera a comer un choripán, hago una foto, me acuerdo de algo, saco el cuaderno y escribo para terminar un poema que estaba en suspenso. Quizás ese acto creativo termina siendo el canal por el que atravieso un mal momento, o el recuerdo de un momento maravilloso. 

En 2023, Lucrecia Martel en una entrevista, dice que mientras esperamos financiamiento y fondos para hacer las cosas, y justificamos que no estamos rodando películas porque estamos esperando el dinero, nuestra vida pasa fugazmente. 

Es mucho más fácil estar tirado en la cama que sentarse a pensar qué hacer. Hay que tener muy claro este panorama, que nos excluye por un buen rato del billete que nos va a permitir la película que va a ir a no sé donde, pero que nos da la oportunidad con las herramientas que hay hoy de quizás empezar a observar y que las ideas de lo que podemos hacer surjan del entorno nuestro.  

(https://www.youtube.com/watch?v=kl90BHxjLNs)

¿A dónde quiero llegar con todo esto? No lo sé bien aún, pero sí sé que son cosas que me detengo a escuchar de personas a las que admiro, que me ayudan a salir de la casa para hacer lo que hay que hacer cuando en el horizonte parece que ya no hay nada, y siento que da igual si lo hago o no lo hago, porque bueno, ¿a quién le importa?

Al final de “Perfect days” de Wim Wenders, hay un frame con una palabra: “Komorebi” y abajo dice “Es la palabra en japonés para referirse al resplandor de luz y sombras que crean las hojas moviéndose en el viento. Solo existe una vez, en ese momento.” 

Ese resplandor existe, porque las hojas se mueven. Si las hojas no se mueven, no existe. 

Quizás quiero llegar a mí misma, a la Rosina que se pierde y a veces se olvida de todo esto. Quisiera decirle que vayamos a rodar una película con los amigos, que nos sentemos en una sala de cine en un departamento del centro, que escribamos sobre tener ganas y no tener plata, que tomemos cerveza en una plaza y hablemos por horas sobre las cosas que amamos con otras personas, que está bien frenar un poco para escuchar a quienes admiramos. 

No importa si es bueno o malo, importa si es verdadero. No importa si es un éxito o un fracaso, importa si lo disfrutaste y la pasaste bien. No importa si no tenés plata, hacelo con lo que tengas y aprendé cosas nuevas. No importa si no tenés ideas, levantate, mové el orto, salí de tu casa, y abrí los ojos, las ideas van a llegar. 

Porque la vida, como dice Lucrecia, pasa fugazmente, y en la realidad, como dice Luis, no hay refugio.

 

Por Rosina Lozeco

Fotografía de Narahara Ikkō