Ciertos productos culturales de nuestro tiempo articulan un tipo de denuncia social que, mirada en detalle, no es más que reproducción del status quo disfrazada de protesta. Se sostienen en aparatos discursivos que pretenden cuestionar el orden cuando no hacen más que reafirmarlo. La crítica se convierte en pose; la rebeldía, en mercancía. El espectador sale del cine o cierra el libro con la tranquilidad de haber visto expuesta la podredumbre del mundo, pero sin que nada haya sido verdaderamente puesto en cuestión.

Leí hace poco un posteo en X que emparentaba la película El triángulo de la tristeza, del sueco Ruben Östlund, con la obra del escritor gringo David Foster Wallace, en particular con el libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, la crónica que Wallace escribió en 1997 tras viajar en un crucero por encargo de la Harper’s Magazine. La comparación me pareció fértil porque permite pensar dos formas muy distintas de crítica social desde la producción cultural.  

La película de Östlund es fiel reflejo de un tipo de cine muy premiado y celebrado por la “alta cultura” (ganó la Palma de Oro en Cannes, la meca del cine de autor). Un tipo de cine que aparenta rebeldía y sarcasmo frente al poder, pero que bien mirado no es más que misantropía reaccionaria. ¿De qué va esta peli? Una pareja de influencers pasea por un crucero de lujo que, luego de una tormenta, se hunde. Los sobrevivientes quedan varados en una isla. El crucero es un popurrí de los estereotipos más despreciables de nuestra fauna humana actual: oligarcas obscenos, vendedores de armas, tecnócratas cínicos, celebridades vacuas. Todos los personajes son insoportables. He aquí el primer gesto tranquilizador: el espectador progre -como uno- puede aborrecerlos con comodidad. La sátira funciona como un moralismo que no interpela, más bien alimenta en el espectador la certeza de estar en el lado correcto.

El verdadero problema de la película -ético y político- aparece después del naufragio. Cuando los sobrevivientes encallan en la isla, se revela la ideología del film. En ese supuesto “estado de naturaleza” —la isla desierta— ya no hay ricos ni pobres, no hay jerarquías formales, no hay dinero: solo humanos enfrentados al desafío de sobrevivir. Y lo que emerge, en una propuesta hobbesiana de manual o darwinista de Wikipedia, es el “verdadero” rostro de todos: egoístas que maximizan sus beneficios a cualquier costo.

¿Qué idea de lo humano y de lo político se desprende de una película como esta? La respuesta parece evidente: enfrentados a una situación extrema, responderíamos como lo que somos en lo más profundo de nuestro ser. Los poderosos son malos, muy malos, pero alerta, los oprimidos no se quedan atrás. La civilización es una capa fina; debajo, la guerra de todos contra todos. El orden social puede ser grotesco o injusto, pero al menos contiene la barbarie. Si el problema es algo así como la naturaleza humana, no hay alternativa real que imaginar. Cambiar las estructuras no cambiaría nada.

Ahí la crítica se vuelve profundamente conservadora. Se denuncia la obscenidad del capitalismo tardío, pero se refuerza la idea de que cualquier intento de superarlo solo dejaría al descubierto nuestra miseria intrínseca. Y entonces se cumple, una vez más, la sentencia tantas veces citada por Jameson o Fisher: hoy sigue siendo más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Si frente a la necesidad todos nos volvemos unos canallas desalmados, ¿qué salida puede haber? ¿Qué idea de lo común puede rescatarse de una historia contada por un titiritero que pone a sus personajes a descuerarse mutuamente porque el mundo no tiene sentido y somos todos perversos?

Nada más distante de esa operación que la fina ironía de Foster Wallace. En Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Wallace también describe un crucero de lujo, también retrata la maquinaria del entretenimiento diseñada para anestesiar cualquier pensamiento incómodo, también expone el absurdo de un sistema que promete placer ilimitado y produce angustia en masa. Pero su gesto está en las antípodas de Östlund. 

La ironía de Foster Wallace no está dirigida solo hacia los otros. No hay crueldad de demiurgo sobre unos personajes pasivos y unos espectadores dispuestos a creerse rebeldes por odiar a unos millonarios infames. No, en el caso de FW la ironía se vuelve contra sí mismo. 

En otro ensayo notable –E Unibus Pluram, Televisión y narrativa norteamericana– el escritor deja expuestos a los críticos snob que cuestionan la televisión desde un pedestal moral, pero que en el fondo están atrapados en la misma lógica que desprecian. Foster Wallace se exhibe a sí mismo como un asiduo observador de la “telebasura”. No se puede resistir. Es esta la complejidad de un orden social que se encarna en los cuerpos y orienta el deseo. Algo similar ocurre en el pasaje donde describe la “Sonrisa Profesional” en el libro sobre su experiencia en el crucero: primero expresa su irritación frente a esa cordialidad profesional, esa felicidad protocolar que forma parte de la economía de servicios; luego reconoce que la espera, que la desea, que se siente incómodo cuando no aparece. La contradicción no se resuelve; se expone.

“Ya conocen esa sonrisa –la contracción enérgica del cuadro circumoral con movimiento cigomático incompleto-, esa sonrisa que no llega a los ojos del que sonríe y que no significa nada más que un intento calculado de adelantarse a los intereses del que sonríe fingiendo que le cae bien el objeto de la sonrisa. ¿Por qué los empresarios y gerentes obligan a los profesionales de los servicios a irradiar la Sonrisa Profesional? ¿Soy el único consumidor en quien dosis elevadas de esa sonrisa producen desesperación? ¿Soy la única persona que está segura de que el número creciente de casos en que gente de aspecto totalmente ordinario aparecen de pronto con armas automáticas en centros comerciales, oficinas de seguros, complejos médicos y McDonald´s guarda alguna relación causal con el hecho de que estos lugares son centros notorios de difusión de la Sonrisa Profesional? ¿A quién creen que engañan con la Sonrisa Profesional?” 

Esa ironía tierna, ambigua, es mucho más elocuente que la sátira gruesa de Östlund. Porque en Foster Wallace la perversión, la banalidad o el egoísmo no aparecen como rasgos de una esencia humana inmutable. Son fenómenos complejos, sostenidos y reproducidos por un determinado orden social que legitima y performa la idea de que somos todos egoístas por naturaleza. No hay un “afuera” desde el cual mirar con desprecio; hay implicación, complicidad, incomodidad. Y también goce, el ingrediente secreto que podría sostener -con un buen cocktail de ansiolíticos- el edificio aparentemente inquebrantable del capitalismo tardío. 

La mordacidad de Foster Wallace es un hilo delgado y sutil al lado del grosor de los trazos de la película sueca. El cineasta aparece como un semidiós que se mantiene en la sombra, manipulando personajes para un espectador pasivo que no necesita interpretar nada: es evidente que es mejor que esas bestias que ve en pantalla. Y vale la pena subrayar: no se trata de reivindicar un humanismo naïf que apele a una bondad humana intrínseca —eso sería otra forma de esencialismo—. Nada más alejado de la causticidad de Foster Wallace. 

El cine de Östlund termina pareciéndose a una multinacional que urde una narrativa “disruptiva” para vender sus productos. Ofrece indignación empaquetada. Permite que el espectador se sienta lúcido sin arriesgar nada, sin verse incomodado. Y claro, los jurados de la Costa Azul se sienten cumpliendo con su compromiso social al premiar una película que creen que dirá algo importante sobre el mundo terrible en el que vivimos. Un mundo terrible del que ellos obviamente no forman parte. La ideología, en este sentido, es siempre reaccionaria: incluso cuando se disfraza de crítica feroz.

Parte de nuestra falta de imaginación política se alimenta de esta forma de arte que plantea una crítica social que, más que permitir pensar en otros mundos posibles, nos refuerza la idea de que no hay salida. No puedo, entonces, estar más en desacuerdo con ese tuit que leí al pasar. Foster Wallace y Östlund proponen dos formas hasta antagónicas de exponer la barbarie capitalista. Más Foster Wallace y menos Östlund, querría promover humildemente: más parodia autoconsciente, más contradicción asumida, más ternura en la ironía; menos pose, menos sátira misántropa, menos nihilismo pop.

Por Jota Fernández de Rota

Fotografía de John BaldessariHarry Shunk y János Kender