Un cuento infantil

(escrito para W.M. chico)

1841 

 

 

I.

Hay un pueblo llamado Hamelín, en Brunswick,

Por ahí por la famosa Hannover;

El río Weser, hondo y ancho, 

Lava su muralla por el lado sur;

Nunca has visto un lugar tan bonito;

Pero en el momento en que empieza mi canto, 

Hace como unos quinientos años,

Era muy triste ver a la gente

Sufriendo así por las alimañas.

 

II.

¡Ratas!

Se agarraban con los perros y mataban a los gatos,

Y mordisqueaban a las guaguas en las cunas,

Y se zampaban los quesos de la despensa, 

Y lengüeteaban la sopa en plena cocina, 

Quebraban los frascos de conservas,

Hacían nidos en los sombreros del domingo, 

Y hasta arruinaban las conversaciones,

Porque hundían sus voces

Chillando y chirriando

Con cincuenta maneras de subir y bajar los tonos.

 

III.

Hasta que vuelto un solo cuerpo el pueblo

Se congregó en tropel frente a la municipalidad:

“Está más que claro, exclamaban, que el alcalde es un bueno para nada;

Y también la Corporación… ¡Increíble pensar

Que pagamos ropas y pieles

Para bobos que no pueden o no quieren decidir

Cómo hacerlo para liberarnos de las alimañas!

Pónganse los pantalones, señores, usen sus cabezas

Para dar con el remedio que nos falta,

¡O si no, en serio, se van al carajo!”

Y ante esto, el alcalde y la Corporación

Temblaron con gran consternación. 

 

IV.

Pasaron una hora sentados en el Concejo

Y así fue como el alcalde rompió el silencio:

“Vendería todas mis ropas por un florín;

Ojalá estar lejos de aquí. 

Es fácil pedir que nos exprimamos el cerebro

Pero a mí ya me está doliendo de nuevo la cabeza, 

De tanto rascármela, en vano. 

¡Necesitamos una trampa, una trampa, una trampa!”

Y mientras decía esto, ¿qué fue lo que pasó? 

¿En la puerta del salón un golpeteo suavecito?

“¡Qué cresta!, gritó el alcalde, ¿qué es eso?”

(Sentado junto a la Corporación,

Chiquitito pero sorprendentemente gordo)

“¿Zapatos nada más en el felpudo?

Es que cualquier cosa que parezca ruido de rata

Se me vuelve loco el corazón”.

 

V.

“¡Pase!” – exclamó el alcalde, y lució más alto:

¡Y entró, entonces, extrañísimo el tipo! 

Super raro, su abrigo largo de los talones a la cabeza

Era mitad amarillo mitad rojo;

Y él mismo era alto y flaco,

Con los ojos azules con filo, como alfileres,

Y el pelo largo y suelto, aunque piel morena,

Sin pelusas en la cara ni barba en la pera, 

Labios no más por donde unas sonrisas entraban y salían– 

¡Imposible adivinar de dónde venía!

Y todos admiraron

A ese hombre alto y su insólito atavío:

Y hubo uno que dijo: ¡Es como si mi tatarabuelo,

Sintiendo las trompetas del Juicio Final,

Hubiese venido para acá desde su tumba!

 

Se acercó a la mesa del Concejo:

“Con mucho respeto”, señaló, “mediante 

un encanto secreto, yo puedo cautivar

A todas las criaturas existentes bajo el sol,

Ya sea que se arrastren, naden, vuelen o corran.

¡Ustedes ni se imaginan el caso que me hacen!

Y por lo general uso este poder

Con bichos dañinos para la gente,

Topos, sapos, tritones, víboras;

Y la gente me dice el Flautista.

(Y cuando dijo eso todos notaron

Que andaba con una bufanda roja y amarilla,

Que combinaba con su abrigo del mismo material

Y que al extremo de la bufanda colgaba una flauta;

Y notaron que sus dedos como que se agitaban

Como ansiosos por tocar

Su flauta, que se bamboleaba ahí 

Sobre su viejo traje).

“Bueno, dijo, soy un pobre flautista pero

En Tartaria liberé al Khan, 

En junio pasado, de unas enormes nubes de mosquitos;

Y en Asia le quité de encima al Nizam

Una banda monstruosa de murciélagos vampiro.

Pero volviendo a lo que les tortura el cerebro a ustedes, 

Si yo me deshago de las ratas

¿Me darían mil florines?”

“¿Mil? ¡Cincuenta mil!” – vocearon

El muy sorprendido alcalde y la Corporación. 

 

VII. 

El flautista salió a la calle 

Medio sonriendo, 

Como sabiendo la magia que dormía

En su flauta por el momento callada;

Y luego, como un experto de la música,

Torció sus labios para soplar la flauta,

Y los ojos se le pusieron verdes y azules 

Como la llama de una vela cuando se le echa sal,

Y se empezó a escuchar como si hubiera en algún lado un ejército en marcha;

Y ese murmullo se transformó en gruñido;

Y de gruñido pasó a retumbar;

Y las ratas salieron atropellándose de las casas,

Ratas grandes, chicas, enclenques, fuertes,

Cafés, negras, grises, rubias,

Ratas viejas y cojas, jóvenes y hábiles, 

Padres, madres, tíos, primos,

Con las colas paradas y los bigotes en punta, 

Familias de decenas y docenas, 

Hermanos, hermanas, esposos, esposas– 

Se pusieron a seguir al flautista como por urgencia vital.

Avanzaban de calle en calle, 

Y paso a paso lo seguían, bailando,

Hasta que llegaron al río Weser

Donde se hundieron y murieron

–Salvo una que, denodada como Julio César, 

Cruzó a nado y sobrevivió para contar

(tal y como él conservó el manuscrito)

En Ratalandia su impresión, 

Que era: “A las primeras notas bien agudas de la flauta, 

Escuché un sonido como si cortaran cerámica, 

O como si estuvieran poniendo manzanas maravillosamente maduras 

En una prensa de sidra;

O como que había toneles con embutidos a disposición,

O como que se abría una despensa de conservas,
O como que saltaban los corchos de los aceites,

O como que había acceso a mucha mantequilla.

Y parecía como si una voz

(Más dulce que un arpa o un salterio)

Invitara: “¡Ratas queridas, regocíjense! 

¡El mundo se ha convertido en una gran despensa!

Así que royan, masquen, coman, 

¡¡¡Desayuno, almuerzo, merienda, cena!!!”
Y justo cuando veía ante mí un gran tarro de azúcar

Listo ahí para comerlo, brillando solar, 

Gloriosamente cerca mío, 

Y como diciendo: ¡Devórame!

Me encontré revolcándome adentro del Weser”.

 

VIII.

Hubieran escuchado a la gente de Hamelín

Haciendo sonar las campanas hasta dar vuelta los campanarios;

“¡Vayan, gritó el alcalde, y agarren palos largos,

Saquen los nidos y tapen los hoyos!

¡Consulten con carpinteros y albañiles,

Y no dejen ni una sola huella

De las ratas!” – cuando de repente, la cara

Del flautista asomó en el mercado

Diciendo “Primero, si le parece, ¡mis mil florines!”

 

¡Mil florines! El alcalde se puso azul,

Y la Corporación igual. 

Porque las cenas del Concejo hacían feroz estrago

Con las reservas de vino clarete, de Mosela, de Graves;

Y la mitad de esa plata llenaría

De vino renano la parte más amplia de la bodega.

¡Darle esa suma a un vago

Con su abrigo gitano rojo y amarillo!

“Además, dijo el alcalde guiñando sabedor, 

El asunto se acabó recién mismito en el río;

Vimos con nuestros propios ojos a las alimañas ahogarse,

Y lo que se muere, me parece, no revive.

Así que, amigazo, nosotros no somos gente que vaya

A negarle algo para tomar, 

Y un poco de plata para el bolsillo;

Pero los florines, lo que hablamos,

Como usted entenderá, no era en serio. 

Además, por nuestras pérdidas nos toca ahorrar.

¡Mil florines! ¡No sea leso, tome cincuenta!”

 

Se le cayó la cara al flautista, y dijo

“¡Regateos no! ¡Además, ando apurado!

Prometí estar en Bagdad para la cena, 

Porque acepté probar la receta nueva

Del cocinero jefe, que es hombre muy rico y que me debe

Por haber exterminado, en la cocina del Califa, 

Un nido de escorpiones:

¡Con él no tuve que regatear;

Con ustedes, ni se les ocurra que voy a andar negociando chauchas!

Y los que me sacan de mis casillas

Puede ser que se encuentren con otra versión de mí”.

 

XI.

“¡¿Cómo?!”, gritó el alcalde, “¿Estás diciendo

Que un cocinero te ha tratado mejor que yo?

¿Me insulta un flojo 

Con su flauta cagona y su ropa colorinche?

¿Nos estás amenazando, muchacho? Haz lo que quieras, 

¡Sopla tu flauta hasta que revientes!”

 

XII.

De nuevo en la calle

Y una vez más en sus labios

La gran flauta de recta y lisa caña;

Tocó apenas tres notas (dulces, suaves,

Que ningún músico en el mundo

Había tocado nunca).

Hubo un murmullo como un gran bullicio

De personas contentas empujándose,

Piececitos retozando, zuecos traqueteando,

Manitos aplaudiendo y lengüecitas cotorreando.

E, igualito que las aves de corral cuando les tiran alpiste,

Salieron los niños corriendo.

Chiquillos y chiquillas,

Con las mejillas rosadas y rulos rubios,

Y los ojos chispeantes y los dientes como perlas,

Tropezando y saltando, corriendo salieron felices a la siga

De la maravillosa música, con gritos y risas.

 

XIII.

El alcalde estaba estupefacto, y el Concejo se quedó

Como vuelto madera,

No podían moverse, ni llamar

A los niños que los esquivaban felices– 

Solamente podían seguir con la mirada

A esa multitud dichosa que seguía al flautista.

Pero qué angustia sintió el alcalde

Y cómo batía el pecho malo de los del Concejo,

Cuando el flautista dio la vuelta en la calle larga

Hacia donde vierte sus aguas el Weser 

¡Ahí con sus hijos e hijas!

Pero dio la vuelta del sur al oeste,

Y se fue para el monte Koppelberg

Y tras él apurándose iban los niños;

En todos los pechos hubo alivio.

¡Imposible que cruce ese monte!

Va a tener que dejar la flauta botada, 

¡Y los niños lo van a dejar de seguir!

Pero cuando iban llegando al costado de la montaña,

Un portal fantástico se abrió

Como si se hubiera producido de repente un socavón;

Y el flautista se adentró y detrás los niños,

Y cuando ya todos hasta el último habían pasado,

El portal se cerró completamente.

¿Todos, dije? ¡No! Había uno más lento,

Que no había logrado llegar bailando;

Y años después, si uno se lamentaba por

La tristeza suya, él decía:

“¡Es muy fome este pueblo desde que se fueron mis amigos!

No puedo dejar de pensar que me quedé sin ver

Todas las cosas lindas que están viendo ellos,

Y que el flautista también me prometió a mí.

Porque nos estaba llevando a una tierra de gozo,

Aquí cerquita,

Pero donde brota agua y crecen árboles frutales,

Y los colores de las flores tienen más matices,

Y todo es raro y nuevo;

Allí los gorriones se lucen más que los pavos reales,

Y los perros corren más rápido que los ciervos,

Y las abejas no pican, 

Y los caballos nacen con alas de águila: 

Y justo cuando entendí

Que allí mi pie malo no demoraría en curarse,

La música paró y me quedé plantado,

Y vi que estaba por fuera de la colina,

Solo, contra mi voluntad,

Cojo como siempre, 

¡Sin nunca ver ese lugar!”

 

XIV. 

¡Ay, ay de Hamelín!

¡En muchas de las casas hubo quien pensó

Eso de que las puertas del cielo

Se abren para los ricos tan fácil

Como un camello pasa por el ojo de una aguja!

El alcalde mandó mensajeros al este, al oeste, al norte y al sur,

Para ofrecerle al flautista, de palabra,

Donde fuera que se encontrase,

Tanta plata y oro como su corazón anhelase 

Si volvía por el mismo camino 

Trayéndose a los niños.

Pero cuando entendieron que era vano esfuerzo 

Y que el flautista y los niños se habían ido para siempre,

Decretaron que los abogados no podían

Saltarse, si querían fechar lo que decían

Poniendo mes y año,

Estas palabras:

“Y esto se declara después de lo que pasó aquí

El 22 de julio, 

Del año 1376”. 

Y para fijar en la memoria 

El último lugar en que estuvieron los niños

Lo llamaron Calle del Flautista, – 

Y en esa calle cualquiera que tocara flauta o algún tamborcito

Era seguro que iba a perder su trabajo.

Y calle tan solemne no tuvo

Que aguantar ni taberna ni hostal;
Y frente al lugar en que se había abierto el socavón

Inscribieron la historia en una columna, 

Y pintaron en el gran vitral de la iglesia grande

La misma cosa, para que todo el mundo sepa

Cómo fue que les robaron a los niños

Y ahí sigue el asunto todavía.

Y que no se me quede en el tintero

Que en Transilvania hay una comunidad

De gente rara que adhiere

A maneras y ropas exóticas

Y que insisten

En que sus ancestros salieron

De cierta cárcel subterránea

A la que los habían llevado

Hace mucho tiempo

Desde Hamelín en la zona de Brunswick,

Aunque no entienden cómo. 

 

XV.
Así que Willy, seamos gente que salda 

Siempre sus deudas con todos –en especial con los flautistas:

Y que ya sea que nos liberen de ratas o de lauchas,

Si les hemos prometido algo, mantengamos la promesa.

 

Traducción libre de un poema de Robert Browning (1812-1889)

Por Ernesto Feuerhake 

Fotografía de Marketa Luskacova