“Qué tranquilo quererte.

También se sufre tranquilamente;

yo antes solo padecía agitado”.

 

Amado don Armando, carilargo de ojos hundidos, puntudo y de extraño filo, autodespreciador que igual ama a la suya, a la diabla, de reojo, con la cruz en el bolsillo y no por eso sacramente, es usted uno de mis católicos favoritos y, disuelto ya en la tierra, me perdonará las ganas de hacer esta reseña como si fuera una carta de amor, porque ¿qué es este libro sino un fantasma de los primeros amores que te lleva del brazo hacia el hermoso estúpido de los veinte? Los veinte y su engrasada maquinaria mental de dialogar con la amada sin ella. Los veinte y la prosa atarantada, torpe; escrita o solo pensada: derrochadora, confesional y patética. Gloriosamente patética.

Como si el deseo pudiera relevar su misterio de tanto ser dicho, un joven don Armando Uribe -para mí siempre serás “don”- gasta su tinta en el despecho elegíaco a Cecilia, repitiendo su nombre cual mantra y fundiendo su figura en la escritura diarística entendida como un riguroso molestarse a sí mismo, por ejemplo así: “Se trata de que escriba este diario diciendo las cosas. Entonces dilas animal, y no empieces con se trata de”. Se perfila aquí ya no solo su prosa -rápida, contestona, de punto seguido y generosa en punto y comas-, sino también el jazzeo de sus poemas, la rima que no rima, el contrapunto en la forma pero también en la dialéctica bruta del proceder humano, porque está el don Armando que ama, el que lo reta por amar a lo loco, y al final el que relata el conflicto y vuelve al comienzo.

El escindirse para contrariarse, escribir como quien se pellizca la carne y remata su propio párrafo con un TONTO es, parecido a Levrero en La novela luminosa, algo así como una foto movediza de nuestra dinámica inconsciente, esa con la que rumiamos cuestiones que no sabemos o no podemos decirnos. Don Armando niega la negación de la negación hasta que queda una habitación y en el centro una cama perfectamente hecha con un joven peinado a la raya que mira el techo y dice: Cecilia, por el amor de la Virgen, quiéreme. O para ser más exactos: “Cecilia quiero verte pero sin que me cueste verte, sin que me vea obligado apenas me despida a iniciar un plazo de abstención de ti (…) Quiero verte pero que quieras verme. Cómo eso no va a pasar”.

Hay en estos tempranos diarios un montón de ternura: “Creo que le gusto un poco, lo suficiente para mí; para estar contento si hablo con ella“. Ternura desordenada y casta, pensamiento pecaminoso atajado, rezo de contrabando al eros, permiso convenientemente concedido de Dios para amarla a través de invitaciones a leer juntos el Quijote, que son el tipo de panoramas que don Armando propone. El deseo juvenil lanzado como piedrazo redobla aquí su encanto, pues es este un muchacho bastante inseguro, y al mismo tiempo, espeso y productivo en la conciencia de esa inseguridad. Hay aquí una incesante búsqueda por ser elocuente e ingenioso. No necesariamente en el diario mismo, sino en sus encuentros sociales, largamente descritos en su cómica inadecuación (y, ya que pusimos todo lo bueno, por qué no decirlo: bastante aburridos en la excesiva descripción y apellidos con guión).

Suele aburrirnos de antemano lo desconocido, lo que no frecuentamos o usamos. Tiene el paisaje católico el estigma de su historia, de su derramamiento de sangre y peor aún: de cierta fomedad colegial quizá ya insalvable. ¿Cómo, entonces, puede uno sentirse tan dentro de unos diarios en los que la misa es un evento fundamental, una de las pocas instancias que tiene don Armando para propiciar los encuentros con su amada? Quizá porque encontramos aquí, igual que en el Diario íntimo de Amiel o las Confesiones de San Agustin, una interioridad rústica como todas. Ya sea en la examinación inmisericorde de la voluntad de un moralista europeo, en la autobiografía pecadora (que incluye un robo de peras) de un obispo, o en la inscripción del enamoramiento juvenil en clave misterios católicos, lo que concierne al lector no es tanto esa trascendencia sino la manera en que, iluminada de golpe por la escritura cotidiana, ésta revela una misma torpeza, una misma ternura.

 

Por Rodrigo Fernández

 

Armando Uribe

Diario enamorado

Editorial: Catalonia

Categoría: Literatura y ficción

Año: 2003

pp. 272