Como en una casa llena de música – Por Claudio Gaete

Mênis (cólera) es la primera palabra de la Ilíada. Es algo que se recuerda a menudo: que la literatura occidental comienza con la palabra cólera. “Canta, oh musa, la ira del Pélida Aquiles”, dice una de las traducciones, o bien: “La cólera canta, oh diosa, del Pélida Aquiles”. Lo que no suele recordarse tan a menudo es el motivo de esta cólera. Si uno no releyera el primer canto, estaría tentado a creer que se trata de la ira contra los troyanos, los secuestradores de Helena, o del deseo de venganza por la muerte de su amigo Patroclo a manos de Héctor. Pero el primer motivo es en verdad absurdo e injustificable. Los botines de guerra más preciados de los aqueos eran las mujeres troyanas. Agamenón, el general en jefe, se ha quedado con Criseida. Aquiles, “el más terrorífico de todos los hombres”, con Briseida. Pero Apolo no consiente el rapto de Criseida, hija de uno de sus sacerdotes, de manera que desata entre los aqueos una suerte de covid-19. A regañadientes, Agamenón cede, aunque no sin tomar como compensación ‘el botín’ de Aquiles. Este se enfurece y abandona el asedio de Ilión, consciente de que sin la participación de él y sus tropas los aqueos serán vencidos por el ejército troyano liderado por Héctor. Solo la muerte de su amigo Patroclo lo hace recapacitar y entrar en batalla, enardecido ahora por una segunda furia.

Es importante hacer este zoom out para recordar que el poema que inaugura la literatura occidental no celebra una violencia legítima dirigida a castigar las fechorías y agresiones del enemigo, sino que más bien canta la ira entre los propios compañeros de armas, surgida de los celos por una prisionera de guerra cuyo destino será envejecer lejos de su patria, “aplicándose al telar y compartiendo mi lecho”, dice Agamenón. Esa es la ira que el poeta le pide a la musa, a la diosa, que le ayude a cantar. No es tan evidente, entonces, la razón por la que damos a leer la Ilíada a los adolescentes durante su enseñanza media. Esta inquietante intimidad entre el arte verbal y el retrato de la deshumanización exige una lectura crítica que no se limite al primer nivel de sentido del texto.

Un ejercicio análogo de zoom out podría hacerse con un pasaje de la novela Claire de Luz Marina [2013] de Edwidge Danticat, en la excelente versión de Lucía Stecher y Thomas Rothe (Banda Propia, 2022). En el tercero de sus ocho capítulos, un joven llamado Bernard Dorien, empleado en la sección de noticias de la radio Zòrèy (Orejas) y residente de un barrio pobre y peligroso cercano a la capital haitiana, tiene la idea de hacer un programa de conversación con algunos miembros de las pandillas de su propio barrio, jóvenes y no tan jóvenes que reciben el apodo de chimè: quimeras o fantasmas. “Si no sabemos qué hace llorar a estos hombres”, piensa Bernard, nunca podremos “avanzar como vecindario, como pueblo, o como país” (80). Es lo que piensa después de haber visto a uno de ellos secarse las lágrimas en el bar de sus padres. Lo apodaban Tiye, que en creol significa “matar”, probablemente derivado del verbo francés “tuer”. Pero si ampliamos el encuadre de la cita vemos que, al igual que la primera cólera de Aquiles, estas lágrimas no son todavía las de un dolor sincero sino las lágrimas crueles de un ataque de risa provocado por el recuerdo de una ocasión en que golpeó con las palmas las orejas de otro hombre. Detrás de estas lágrimas de risa está la cólera y detrás de la cólera, los ríos profundos: “la mayoría [de los miembros de las pandillas] eran niños de la calle que no recordaban haber vivido nunca en una casa, niños cuyos padres habían sido asesinados o atacados por alguna enfermedad mortal, y habían quedado solos en el mundo” (77). Y aquí todavía podríamos retirar otra tela más, ya que el haber sufrido violencia y abandono no determina a todas las personas a reproducir la violencia y el abandono. Necesitamos saber qué es lo que hace llorar a una persona (y a un país), qué la hace llorar de risa, qué es lo que desata su ira, y necesitamos también saber qué es lo que hace con su ira y su pena y su crueldad, si es que consigue hacer algo con ellas o si por el contrario son estas pasiones las que hacen algo con la persona (y el país), condenándola a una reiteración irresponsable.

El abandono, la separación, algún grado de ruptura en el vínculo entre padres e hijos, recorren y enhebran las ocho partes del relato. El título es de hecho el nombre de una niña –Claire of the Sea Light en el título original y Claire Limyè Lanmè en el relato– cuya madre muere en el parto y cuyo padre, un pescador que a duras penas consigue el sustento, resolverá entregarla en adopción al cumplir siete años. La madre sustituta es una señora adinerada marcada por un doble duelo: el de su esposo acribillado en la radio Zòrèy por alguien como Tiye y el de su única hija que murió hace algunos años en un accidente de tránsito. Por otra parte, Maxime, el hijo del director y sostenedor de la escuela donde estudia Claire de Luz Marina, viola a una empleada doméstica llamada Flore. El fruto de esta violación, Pamaxime, será otro niño que crecerá sin contacto con su padre. Y hay todavía otra historia de abandono, la de Jessamine, amiga haitiana-estadounidense de Maxime, quien vino a conocer a su padre recién en su lecho de muerte. “Jessamine le había dicho [a Maxime] que el peor tipo de amor no correspondido era ser abandonado por un padre” (111).

Los relatos se entrelazan con admirable precisión y síntesis poética, a todo lo largo de una atmósfera de pobreza extrema, violencia y muerte, a la que se agregan la deforestación, la erosión y en definitiva el ecocidio, un conjunto trágico realmente abrumador que haría pensar o en la afasia o en el tremendismo pero que Edwidge Danticat aborda con calma, con la sencillez de un estilo bastante oral, y a través de escenas de una visualidad entre delicada y cruda, como en la narrativa japonesa (Ineko Sata, Fumiko Enchi, Taeko Kōno). “Doscientos mil y más” es la dedicatoria de la colección de doce ensayos titulada Crear en peligro. El trabajo del artista migrante [2010] (Banda Propia, 2019, también traducida por Lucía S. y Thomas R.), en referencia a las personas que murieron a causa del terremoto de 2010 en Haití. Es también alusión a su maestra, Toni Morrison, quien dedica Beloved a los “Sesenta millones y más” que sufrieron el Maafa, holocausto africano de la deportación y la esclavitud. En la novela de Danticat, la madre adoptiva de Claire llega incluso a decirle: “Demasiadas personas mueren aquí, ¿por qué los demás seguimos vivos?” (172). Y si intentáramos encontrar en la propia novela una respuesta, podríamos sugerir la reflexión que la narradora hace sobre el nombre de la niña y que se resume en esta frase: “Era un nombre de amor, no de venganza” (129).

Edwidge Danticat nace en 1969, a finales del régimen del primer Duvalier. Su familia tomará el rumbo del exilio en los Estados Unidos siendo ella todavía una niña, cuando Haití atravesaba la dictadura de Duvalier hijo. Después de las tres décadas de la era Duvalier (1957-1986) viene una media docena de gobiernos durante los cuales la historia de Haití no ha podido desprenderse de la tradición de los golpes de Estado, las matanzas y la tortura, hasta llegar al magnicidio del año pasado. Nada de todo esto contribuye desde luego a que el país esté preparado para hacer frente a las consecuencias arrasadoras de los terremotos y los huracanes. Las dimensiones del peligro a que se refiere el título del libro de ensayos son realmente múltiples y gravísimas. Con una población de once millones de habitantes, la diáspora haitiana en el mundo llega a los dos millones de personas.

Una de las ventajas de ser migrante es que dos países muy distintos están obligados a unirse dentro de uno. La lengua que uno habla al nacer y la otra que probablemente hablará al morir no tienen otra opción que encontrar un lugar en común dentro del cerebro, en el que con frecuencia deben unirse. Lo mismo ocurre con las catástrofes y los desastres, los que inevitablemente obligan a pensar las lealtades nacionales fáciles. (121)

En Claire de Luz Marina abundan las palabras y frases en creol, por lo general traducidas de inmediato al inglés de su escritura. Y al mismo tiempo hay una conversación vital con la tradición literaria haitiana en lengua francesa; “Hijas de la memoria”, por ejemplo, es un ensayo dedicado a las novelistas francófonas Jan J. Dominique y Marie Vieux-Chauvet. De hecho, Crear en peligro presta más atención a la literatura francófona que a la literatura anglófona del Caribe. En cuanto al concepto de lo real maravilloso que propuso Alejo Carpentier en El reino de este mundo, Edwidge Danticat afirma que “lo real maravilloso se encuentra en lo extraordinario y en lo mundano, en lo bello y lo repulsivo, lo dicho y lo no dicho” (113). Por lo tanto, no tiene que ver con un lenguaje barroco ni con la literatura fantástica. En cualquier caso, la autora no se autodefine en los términos de lo real maravilloso, más bien, a juzgar por la multitud de referencias literarias y artísticas, explícitas e implícitas, así como por el modo particular en que combina el relato, la crónica, la precisión de las imágenes y la reflexión crítica, se ponen de relieve, sin exclusión de otros, especialmente tres espacios culturales: Haití y el Caribe, la literatura anglófona afroamericana, y la literatura francesa.

En L’artiste et son temps, la conferencia de la que proviene la frase que sirve de título al libro de ensayos de Edwidge Danticat, Albert Camus desarrolla una discusión entre dos polos que amenazan con vaciar la creación artística, por un lado el idealismo burgués que pulveriza el arte en lujo y frivolidad, y por otro el realismo socialista que a fuerza de reducir el arte a un rol de mera propaganda acaba transformado en un especie de nuevo idealismo. En fin, esta es ya una discusión manida con olor a guerra fría y, sin embargo, al igual que la guerra fría, no se puede decir que haya alcanzado su punto final. El problema epistemológico es que si bien el uso informativo y discursivo del lenguaje admite mil y una reformulaciones, dejando supuestamente intacto el significado, en literatura la forma y el contenido son indisociables y por ello es que la traducción literaria no es lo mismo que una traducción literal, de lo contrario las computadoras sí sabrían traducir literatura. El problema ético, en cambio, sí que es complejo, ya que cualquier persona que haya verdaderamente viajado a través de la lectura sabe que el compromiso político no es garantía de calidad y que, por ejemplo, el mayor escritor argentino y uno de los autores más relevantes de nuestro tiempo, vino a Chile a mediados de los 80 a recibir un premio de manos del dictador. Por lo demás, cuando Camus denostaba el lujo y la frivolidad, ¿habrá incluido en esa categoría a Proust y a Rilke? Sobre el realismo socialista soviético no hace falta agregar nada más, pero no deja de ser sorprendente, y esto es tal vez una consecuencia tardía de su política de silenciamiento, que la antología coordinada por Nicanor Parra, Poesía rusa contemporánea (1965, 1971), no incluya a quien es hoy en día uno de los poetas rusos más releídos, en particular en el ámbito de las lenguas inglesa, francesa y española: Ósip Mandelshtam.

Edwidge Danticat incluye unos versos de Mandelshtam, nos dice, en The Dew Breaker, título que reenvía por cierto, como lo recuerdan los traductores de Danticat, a la novela de Jacques Roumain Gouverneurs de la rosée. Estos son los versos, seguidos del comentario de Danticat:

Quizás este es el comienzo de la locura […]

Perdóname por lo que te digo

Léelo… en silencio, silenciosamente.

Existen muchas interpretaciones posibles de lo que significa crear en peligro y Camus, como Mandelstam, sugiere que se trata de crear rebelándose contra el silencio, crear cuando tanto la creación como la recepción, la escritura y la lectura, son actividades peligrosas que desafían un mandato (21).

El peligro en medio del cual la creación literaria contemporánea busca reanudar una conversación con sus lectores y consigo misma, adopta la forma de una profusión de ideologías que operan como iglesias que operan como policías, y cuyo objetivo general es cercenar la libertad. Algo que puede llevar a cualquier persona al límite de la locura, pero que asimismo puede ser contrarrestado por la difícil e imprevisible acción de la poesía, como una casa llena de música en donde volvemos a encontrarnos.

Último zoom out, esta traducción del poema de Ósip Mandelshtam:

Может быть, это точка безумия,
Может быть, это совесть твоя —
Узел жизни, в котором мы узнаны
И развязаны для бытия.Так соборы кристаллов сверхжизненных
Добросовестный свет-паучок,
Распуская на рёбра, их сызнова
Собирает в единый пучок.Чистых линий пучки благодарные,
Направляемы тихим лучом,
Соберутся, сойдутся когда-нибудь,
Словно гости с открытым челом, —

 

Только здесь, на земле, а не на небе,
Как в наполненный музыкой дом, —
Только их не спугнуть, не изранить бы —
Хорошо, если мы доживём…

 

То, что я говорю, мне прости…
Тихо-тихо его мне прочти…

 

1937

Tal vez este sea el punto de la locura,
tal vez esta sea tu consciencia:
el nudo de vida donde somos reconocidos
y desatados para ser.Catedral de cristales ultravivos,
una consciente araña de luz
disuelve los límites y luego vuelven
a juntarse en un solo haz.Haces agradecidos de líneas puras
llevados por un rayo calmo,
convergerán, se reunirán algún día,
como invitados con frentes abiertas.Sólo aquí, en la tierra pero no en el cielo,
como en una casa llena de música
–no los asustes ni les hagas daño–,
felices, si estamos vivos.

 

Entonces, perdóname por lo que digo…

En voz baja, despacio, léemelo.

 

 

 

Por Claudio Gaete

Foto de portada por Donna Ferrato

Claire de Luz Marina
Edwidge Danticat
Traducción de Lucía Stecher y Thomas Rothe
2021
Banda Propia editoras
256 pp.

 

 

 

 

 

 

Crear en peligro
El trabajo del artista migrante
Edwidge Danticat
2019
Banda Propia editoras
202 pp.

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