No amaina desde el amanecer. Cuando parece que las nubes se rompen todas al mismo tiempo le da la vuelta al mesón de recepción del edificio, sale y aprovecha a estirarse. Empuja el agua con la escoba. Se desplaza lateralmente, una y otra vez, intentando hacer retroceder al enemigo. Ni multiplicándose por diez lo conseguiría, pues lo que en la tarde eran oleadas ahora es un azote constante. No hay escoba que aguante ni alcantarilla que resista. Mientras retrocede, con las zapatillas en la mano ante el agua que entra, comprende que será una madrugada odiosa.
Fracasa intentando cerrar las amplias puertas de entrada y el vendaval se cuela como un ejército de televisores sin señal. Las voces de los residentes que comienzan a bajar se oyen apenas por debajo del ruido blanco. Allí, en conserjería, el agua les llega ya a las rodillas. Macedonio no entiende por qué las señoras han empezado a bajar y a amontonarse ahí con él. Parecen periodistas exagerando la valentía para una transmisión en vivo.
Mal carácter no tiene, pero la situación lo supera de inmediato. Se le escapa un grito ante el alboroto de la veintena de vecinas a medio remojar. Petición de silencio que es acogida solo porque supone que quien la erige dispone ya de un plan y solo necesita calma para exponerlo. No es el caso: Macedonio no tiene nada. Ni calma, ni plan. Cuando toma el teléfono para llamar a la administradora nota que no hay señal, pero marca de todos modos. Demasiado rápido el agua les llega ya a la cintura. Simula estar a la espera y sonríe como bobo; necesita al menos unos treinta segundos de silencio para inventarse algo.
Siente que las señoras le endosan una responsabilidad que él como conserje no ha previsto. Señoras grandes, señoras pequeñas, señoras que al moverse suenan como un manojo de llaves y señoras que no suenan pero murmuran, rezan y parecieran estar siempre masticando algo invisible. Por ejemplo doña Bernabea, que, de pie sobre el mesón, les hace saber a todas que si algo le pasa a su alfombra persa la administración va a conocer a su hijo mayor, que es abogado. O doña Altagracia, parada sobre un macetero y con la enagua recogida, alzando su Yorkshire como si fuera la última criatura del mundo y su salvación fuera más urgente que la de ella misma. Macedonio las conoce, entiende que así, apuntando, apaciguan su temor. Intenta convencerlas para que suban a la azotea, les dice que lo más probable es que el agua no avance más de dos pisos, y mientras lo dice se da cuenta de que varias de ellas son, justamente, del segundo.
Más por correteo del agua subiendo que por gestión de Macedonio, la comunidad —tres hombres, todas las señoras— se distribuye ahora entre el segundo piso y más arriba. El primero ya lo han dado por perdido. Todo el mundo ayuda a las señoras del segundo a trasladar los objetos de valor económico o sentimental. Macedonio es quien más ayuda, se mantiene en movimiento, va de allá para acá cargando baúles, bolsos, alfombras persas, gatos chilenos. Un puñado de señoras que bordean los noventa lo elogian a viva voz, sin darse cuenta de que no es buena voluntad sino su manera de esquivar el juicio.
Liberado del trajín, nota que ya nadie le presta atención. Quizá porque el ánimo general comienza a teñirse de un pánico silencioso, ambiental y sin culpables; quizá porque, en general, la culpa de Macedonio suele comenzar dentro de su cabeza antes que en el mundo. Las cosas salvadas han quedado en el tercer piso. El agua ha detenido su avance, subrayando la tregua. Según el hijo de doña Bernabea, a quien escuchan por el altavoz del celular de su madre, que sí tiene señal, ni la radio ni la tele están funcionando, pero de boca en boca se acumulan los reportes de personas desaparecidas y el caos reina en las calles. Debería haber dicho en el interior de los hogares, porque en las calles sumergidas es imposible que quede nadie, pero no le corrigen, y no deja de ser cierto que el caos comienza a reinar también allí, de a poco, con miradas esquivas, un silencio extra que se suma a la torpeza natural de toda comunidad así reunida, de golpe y de madrugada.
—Si él, que es abogado, no sabe qué se hace en estos casos, qué queda para una —dice la doña en medio de una perorata que deviene rezo o una suerte de murmullo, que se va apagando después de mencionar a la Virgen y los últimos tiempos.
Macedonio ya se siente uno más de la comunidad de señoras y, guiado por la misma desesperación callada, sube también a la azotea.
No lo confiesan, pero la visión aérea de la ciudad inundada les parece una de las escenas más hermosas que han presenciado. Da la sensación de que el suelo se hubiese elevado y brillara. Los autos estacionados y la señalética deformándose por la refracción del agua conmueven incluso a doña Bernabea, que se apoya en la baranda y estira el cuello buscando ampliar la panorámica. ¿Qué quiso decir su hijo hablando de personas desaparecidas?, le pregunta Macedonio, desvalido igual que las señoras ante la experiencia estética del desastre. Doña Bernabea traza un arco en el aire con su dedo índice, de izquierda a derecha, y ahí repara en que no se ve a nadie en los edificios cercanos; más importante aun, ha parado de llover.
El silencio que reina en las calles, ríos o como sea que se les deba llamar ahora pareciera subir por las paredes y asentarse en la azotea. Apenas comienza a atardecer, los únicos dos sujetos masculinos relativamente ágiles que van quedando, quizá por la mera conciencia de serlo, se lanzan a buscar ayuda. Se lanzan literalmente, saltan en calzoncillos desde la azotea, se tiran un piquero, prometen volver con alguien que al menos vista uniforme o tenga alguna información esencial. Qué son tres, cuatro pisos de altura, dice uno, y una señora sola aplaude mientras los vecinos atraviesan el agua en perpendicular; nadie la sigue, no es para tanto, en el fondo nadie cree que vayan a volver, en su fuero interno celebran que ahora hay dos bocas menos que alimentar. La comunidad de señoras se alinea a la manera de las gárgolas en el borde de la azotea y observa cómo los hombres se alejan nadando por la avenida que solían recorrer a paso lento con la bolsa de las compras.
Se las arreglan para que la vida quepa en la mitad del edificio. A la azotea ya no van porque ha vuelto a llover. El ritmo de subida del agua lo van tanteando desde las ventanas, pero de todos modos cada tres horas mandan a alguien a que constate el panorama desde arriba. En el fondo lo que quieren son noticias de cualquier ser humano ajeno al edificio, pero nadie lo dice. Tratan de no pensar. Poco a poco empiezan a actuar de conformidad con la isla que son. La isla que conforman el cuarto piso y la azotea, lo único que permanece aún sobre el nivel del agua.
Macedonio se funde con las señoras. Su aura de conserje, si es que la había, se difumina en la nueva configuración comunitaria. La primera noche la atra-viesan sin problemas, se repartieron indistintamente en camas, sillones y alfombras. En la despelotada mudanza cada departamento ha perdido su identidad, ganando una nueva que nadie ha conseguido apropiarse. El desánimo y la inquietud caen como la lluvia que parece haber vuelto para quedarse, y quizá por eso a primera hora Celso se ofrece para sumergirse en el tercer piso en busca de conservas. Celso tiene cincuenta y cinco años, la piel plomiza y un yoqui del Ejército, que usa en cualquier clima. Dice que estuvo en la Marina y otras cosas que no le importan a nadie. Amontonadas en el pasillo, las señoras lo ven bajar las escaleras en vertical y luego en horizontal. Cinco minutos más tarde emergen dos tarros de duraznos, tres de porotos negros y un yoqui del Ejército. Quedan flotando ante el solitario llanto de Petronila, su mujer.
Amanece como suele amanecer, de a poco y luego de golpe. Macedonio sube a la posición de gárgola a contemplar la Venecia forzada. Intuye que con un día más de lluvia todo estará perdido. Prefiere no hacer el cálculo. No le gusta imaginarle personalidad a la naturaleza, ver el diluvio como venganza. De qué, si no cree en nada. Prefiere el azar, decirse que así como empezó de pronto va a terminar.
Pero no. El color del cielo, o del bloque que les impide verlo, sugiere que esto es otra cosa. El retumbar de las nubes tiene algo de temblor aéreo. No sabría explicárselo de otro modo, pero le parece que el techo brumoso que se ha instalado no tiene que ver con el clima. Siendo esa su única evidencia, y viendo que los dos jóvenes emisarios no han vuelto, la idea de irse le parece tentadora. La presión de ser ahora el último hombre del edificio no se compara con la intriga que le produce el silencio alrededor. Un silencio que hace rato le llama. Mientras las señoras rezan, la imaginación se le va lejos. Antes que valentía, es como si de pronto necesitara que la experiencia fuera solo propia.
Apenas despierta anuncia su decisión, lo que suspende momentáneamente la disputa por las últimas conservas. Pero cómo nos va a abandonar, reclama doña Bernabea, secundada por el coro de señoras. Un reclamo instintivo, asociado más a las responsabilidades de un mundo que va quedando atrás que a una amonestación sentida. Luego, una por una, lo abrazan, se despiden. Macedonio les da igual: como los otros exploradores, es solo una botella lanzada al mar.
A diferencia de los primeros nadadores, Macedonio prevé: se calza una mochila en la cual ha metido un par de barras de cereal y una botella de agua que robó de madrugada desde el lugar de acopio. No sabe si se le han quedado mirando o le han aplaudido porque usa la fuerza del salto para adentrarse serpenteando en el agua y luego ya no mira atrás. Tensionando el cuerpo, estirándolo como en los dibujos animados, llega lo más hondo que puede, justo hasta el poste de alumbrado, que usa para apoyar ambos pies e impulsarse hacia la superficie. Se acuerda de esos sueños en que recorre la ciudad volando. Le gusta la sensación, así que lo repite un par de veces, sorprendido de haber avanzado una cuadra completa así, sumergiéndose e impulsándose desde los postes de luz.
Avanza rápido buscando la tibieza del cuerpo, que demora pero llega. El ángulo de nadador y el azote de la lluvia le cierran la vista hacia los edificios, así que cada tanto se detiene para mirar y echar algunos gritos, sin otra consecuencia que comprobar su soledad. Se encarama en el balcón de un cuarto piso que resulta ser un banco. Lo sabe porque entra, no porque consiga ver las letras bajo el agua turbia. Recorre los pasillos, entra en algunas oficinas, grita aló como si estuviera ante una casa sin timbre, se avergüenza y luego se pregunta si eso tiene sentido. Hay abrigos colgados, tazas de café a medias, un televisor encendido, atrapado en su propia carraspera. La sensación de que él mismo podría desaparecer si no sale de allí se vuelve más intensa que su curiosidad. Agarra a la pasada un par de botellas de agua y vuelve a la ruta.
Sabe que lo siguen. No necesita mirar hacia arriba. Desde que salió del banco ya no va solo. Primero pensó que oscurecía de golpe y luego entendió que eran las nubes. Aunque no exactamente las nubes: por encima de la cortina ocre y homogénea que ha rediseñado la ciudad en un par de días, la silueta lejana de una esfera negra lo acompaña, o custodia. Es un seguimiento amable. A distancia. Tiene el porte de un estadio pero, para Macedonio, la sensación no es de agresividad sino como cuando un perro aparece en el camino y te acompaña.
Ni eso ni el hecho de que lentamente los edificios de cuatro pisos vayan quedando bajo el nivel del agua alteran su decisión de llegar hasta la plaza, punto cívico en el que supone encontrará respuestas o seguirá expandiendo la pregunta. Bracea más lento y ya no patalea. Está cansado. Quisiera sentarse en una banca. En cualquiera de esas bancas pintadas de blanco que resaltan como corales allá abajo. Mientras recorre los pisos accesibles de algunos edificios institucionales, se resiste al descanso. Repleta su mochila con snacks que va encontrando, primero en la azotea de los bomberos, luego en el último piso de la municipalidad.
Corrobora lo que ya sabía: todos se han ido, quizá hacia dónde.
Solo para asegurarse de que no sea una casualidad, un invento de su mente cansada, asoma levemente la cabeza a través de la escotilla del baño del Tercer Juzgado de Policía Local y eleva la vista. El objeto sigue allí: justo encima, un borde lunar asomado por el margen del edificio como la puesta de un sol negro. Como ya no oye el repiqueteo del agua sobre las cosas decide subir a la azotea a descansar. Antes se quita la ropa, se seca y se calza un uniforme de aseo que encuentra colgado en una sala. Arrastra un sillón esponjoso y reclinable a través de las escaleras con sus últimas fuerzas, lo despliega en ángulo obtuso y en esa posición come y bebe hasta caer dormido.
Abre los ojos de golpe pensando que si, como ahora, cada vez que despierta sabe exactamente qué hacer, lo único que debe procurar de aquí en adelante es dormir más de una vez al día. Lo que sabe es que ahora tiene que dirigirse hacia su hogar. Lo que no sabe es que eso que percibe como el repentino peso de la noche lo es solo porque tarda en alzar la vista. Cuando se dispone a volver al agua, y estira los brazos y hace círculos con el cuello, cae en la cuenta: no es que ya no llueva, ni que haya anochecido, es solo que la esfera ha bajado. Ahora es un paraguas demencial, quietísimo y equidistante entre Macedonio y el bloque nuboso. Piensa que seguro es él que se imagina que la esfera insinúa una presentación, un saludo.
Traga saliva. No ve ninguna puerta, escotilla o cabina; no le ve ventanas, ruedas, tubo de escape o propulsores; no le ve fisura, pliegue, tornillo, logo. Nada que le permita conferirle la categoría de vehículo, nave o lo que sea. No emite sonido alguno, ni siquiera al moverse como hace ahora. Boquiabierto, sabe que tiene que descartar toda posibilidad, decirse a sí mismo que al menos lo intentó, así que aletea, chifla, salta. No hay reacción arriba. Quizá si se queda en blanco le vaya mejor con la telepatía. Se concentra, cierra los ojos, habla sin hablar, dibuja las frases en su mente: Hola, soy Macedonio, ¿con quién tengo el gusto?
Es inútil.
Ahora ya le sigue siempre a corta distancia, a poco más de diez metros, oscureciéndole el entorno y dándole la sensación de ir nadando por un enorme pasillo. Sabe que no es la intención de la esfera. Le parece que lo que quiere es hacerle un favor, ahorrarle el golpeteo molesto de la lluvia. Prefiere no ahondar ni reintentar lo de la telepatía, solo seguir, recorrer las cuatro o cinco cuadras que lo separan de su hogar, un plan limitado y al mismo tiempo lleno de sentido.
La lluvia no cesa. No la ve pero la escucha. Calcula el nivel del agua ya por el piso seis o siete. Modera la tristeza que le viene de golpe al imaginar que quizá alcanzaron a irse. ¿A dónde? Se fueron, se los llevaron, lo que sea que haya pasado. Quizá están donde mismo se fueron todos. ¿Y él, cuando? No le gusta la idea de ser el último. Demasiado conveniente. Ansioso, apura el nado.
De pronto se siente en un mar sin oleaje ni orilla. No le resulta fácil encontrar su casa. Le cuesta incluso dar con su calle. Los puntos de referencia de su barrio eran los edificios, ahora borrados. Decide bucear, se sumerge hasta que le zumban los oídos; a cinco metros de profundidad y volteado hacia el fondo, apenas consigue distinguir las copas de los árboles de los techos de los autos. Sube. La esfera, con su sombra, más le resta que le suma. Le lanzaría una piedra si hubiera un suelo donde recoger una.
No se había rendido, pero de nuevo estaba cansado, buscando ya con algo de desesperación una superficie donde reposar y reunir fuerzas para una excursión más profunda cuando le pareció oír que algo caía al agua. Solo alcanzó a ver un pequeño orificio que se cerraba en la parte baja de la esfera. Nadó hasta situarse bajo ese punto. Otra esfera negra, esta vez del porte de un ojo, flotaba en el agua. La tomó, la apretó, la agitó, la mordió, buscó abrirla, no pudo, le gritó improperios a la esfera mayor, intentó lanzársela de vuelta, no llegó. A esas alturas ya estaba harto de tanto misterio, de tanto nadar, de la lluvia y de todo; era más acción que pensamiento. Se la echó a la boca y simplemente se la tragó.
Un ardor tremendo le bajó de la garganta al estómago y luego volvió a subir. La cabeza, que por un instante sintió llena, a punto de estallar, le pareció que se le vaciaba. Los oídos se le cerraban, algo le arrastraba la lengua hacia atrás, la visión lateral se le expandía. Comenzó a ahogarse. La idea de morir así le pareció ridícula, pero plausible. Un cuerpo contorsionándose bajo la lluvia infinita en un mar sin orillas aplanando el mundo. Un último bailoteo desesperado le sumergía la cabeza a intervalos y de pronto supo que debía descender. Ya habría tiempo para formalidades.
En ángulo recto, y a una velocidad que le sorprendió a la parte suya que, desapareciendo y todo, aún opinaba, llegó a su hogar, ahí, en el fondo. Entró raudo por un ventanal roto y se quedó unos segundos flotando ante el umbral de su pieza. No era Macedonio propiamente tal quien contemplaba la escena. Algunos objetos le parecían suyos y otros le eran completamente extraños. Recorrió las habitaciones, recordó o concluyó que vivía solo. Pasó el dedo por encima de algunas fotos, forzando el recuerdo. Podía abrir la boca, podía ver incluso mejor que en la superficie. Oscilaba entre el asombro de su nuevo organismo y las últimas señales de un Macedonio que se disolvía en la reescritura del nuevo. Aunque ya no recordaba su nombre, se alegró de no encontrar el cadáver de su perro. Seguro que estaría con el resto, pensaron ambas partes de Macedonio al mismo tiempo, por única y última vez.
Por Rodrigo Fernández
Fotografía de Lua Ribeira

Atarantado
Rodrigo Fernández
Laurel
2025




