Remo Ceserani escribe que lo fantástico no es un género, sino un modo literario, en el que un hecho extraño irrumpe en la realidad y la desacomoda. Aunque solo sea un poco, el corrimiento mínimo de todos modos lleva al lector a inquietarse, a sentir que hay algo en ese mundo que se parece a lo real pero que, a la vez, tiene algo distinto. Raro. Desfasado. Que no cuadra del todo.
Así sucede al leer Alma oscura del alba (Marciana, 2026), de Giovanna Rivero: es una historia que se siente conocida –territorios indígenas usurpados, grandes empresas destruyendo al planeta y sus recursos para enriquecerse, la dominación del norte del continente– y que, sin embargo, tiene algo extraño. Un elemento que no es fácil de poner en palabras, una sensación mágica que recubre al libro como la bruma al bosque de Red Hill, y lo aleja de lo conocido.
Es un poco lo que pasa con Alma Montes, la protagonista de la novela, que vive en la reserva indígena de los Sin Huella pero se siente una extranjera ahí. Se lo dice Willa Comecrudo, integrante clave de la comunidad: “Recuerda que, aunque vivas mil años en este lugar, nunca serás totalmente de aquí.” Hay algo de las costumbres y códigos implícitos del lugar que se le escapan, y también de las expectativas de vida de los lugareños, la frustración y la sensación de que no hay futuro posible para ellos.
En gran parte esto es por la barrera de idioma: ella habla español, la reserva se encuentra en Estados Unidos, por lo tanto se habla inglés, y además, está la lengua nativa de los Sin Huella, el shekwi. Esta frontera fangosa y escurridiza que supone el lenguaje en este mundo, se traduce también en la narración: el libro está escrito en español pero, cuando aparecen diálogos o incluso capítulos completos en inglés, no se traducen. Acá, los idiomas conviven hasta mezclarse, sus límites se difuminan y eso se vuelve parte de la postura política de la novela: ¿qué pasa cuando una lengua se sobrepone a otra?, ¿se puede tener un idioma que se sienta propio cuando está atravesado por otro? Y no cualquier otro, sino el inglés, que de a poco se va comiendo las lenguas de distintos países y comunidades para volverse la norma.
Este desfasaje que siente Alma con respecto a la realidad que la rodea no se da solamente por el hecho de haber emigrado y estar en un territorio que no es el suyo, sino también por algo que le sucedió antes de mudarse ahí: ella asegura haber sido abducida y violada por unos alienígenas. La razón por la que está en Red Hill es que quiere entrar en contacto una vez más con estos seres que se la llevaron.
Esta experiencia es parte fundamental de quién es y los efectos de la misma se irradian en cada aspecto de su vida, pero tal vez en el que más se hacen notar es en el relacionado con el lenguaje y la escritura: “Luego sucedió el secuestro estelar y todo eso que rozaba lo innombrable, lo horripilante. Pero su tarea, claro, era encontrar el lenguaje, la lengua, el último adjetivo para ese desalojo. Se encontraba, de hecho, llamando con frecuencia de esa manera a su desgracia, ‘desalojo’. Era el término que le ofrecía un molde a su demencia, a su desesperación.” Desde el suceso, Alma tiene fobia a tomar un lápiz y escribir, y no encuentra las palabras justas para nombrar eso que vivió con su cuerpo.
Y es que en Alma oscura del alba el cuerpo es otro de los ejes centrales de la historia. En la reserva Sin Huella, asediada por el fracking en manos de una empresa canadiense, los cuerpos se tiran a un río contaminado que los deglute y devuelve desarmados. También están los cuerpos fornidos de los obreros, que se abalanzan sobre los cuerpos débiles de las indias explotadas y obligadas a trabajar como prostitutas por los blancos de la región, hasta que los doblegan y destruyen. “Lo había aprendido con su propio cuerpo, haciéndolo trabajar, obligándolo a algunas avalanchas químicas cuando era inevitablemente necesario. Esa exudación del cuerpo nunca era limpia. No tenía por qué serlo.” Enola, y tantas otras mujeres de la reserva, usan su cuerpo esperando que éste sea una escapatoria. Pero pronto la novela deja en claro que la mayoría no lo logra, no hay salida, solo son violentadas una y otra vez, usadas y comercializadas como un recurso más que se roban las grandes empresas de la región. “¿Quién allí no tenía una madre que se desmadraba?, ¿que abandonaba?, ¿que se apartaba de la palabra que la nombraba?, ¿que se iba?, ¿que incluso quedándose ya estaba ausente?”
En un gesto por recobrar la autonomía de su cuerpo, Enola se tatúa la cara, la interviene como una manera de resistir, y esto es similar a lo que hacen los indios de la reserva: usan sus cuerpos para defenderse, porque justamente también éstos son territorios de disputa, no solo el geográfico. Se manifiestan contra la violencia del colonialismo, el fracking desenfrenado y la exterminación de su cultura.
Incluso los cuerpos de los animales son importantes en la historia, a veces para observarlos, y otras para compararlos con el humano, “Porque una araña podía dar fe de esa fuerza, de esa presión despótica que se ejercía sobre su cuerpo blando, el cuerpo con el que había tejido preciosos tapices para adornar el techo sucio de Willa.” Los ciervos, osos y búfalos son imprescindibles en las creencias de la comunidad: “Cada uno llevaba un animal adentro. En la mitología Sin Huella, el animal prestaba su pisada cuando la cuerda con la que el Gran Espíritu sostenía a un hombre o a una mujer se pudría.”
Otra línea que resulta vital para esta novela es la relacionada a lo telúrico. Tanto para los Sin Huella como para la historia, la naturaleza es un personaje más, que se va desarrollando junto con la trama. El Río Escarlata es quizás uno de los elementos más importantes dentro de Red Hill, y desde que comenzó el extractivismo en la zona no es el mismo: irremediablemente contaminado, esconde todo tipo de misterios en sus profundidades. Monstruos, bacterias que enferman a los ciervos y otros animales de la reserva, y restos de cuerpos humanos, sobre todo de mujeres, que “la loca del río”, como la llaman ahí, recolecta de forma minuciosa y dedicada, “(…) algunos se escondían bajo los pliegues del agua, entre las algas, albergando peces en las cuencas ya vacías de lo que antes habían sido ojos, nervios ópticos que hacían de la luz un paisaje.”
La advertencia sobre un inminente desastre natural, que culmina en un sismo de magnitud 6.2, es también uno de los modos en que se expresa el terror geológico en esta novela. Además, Alma oscura del alba actualiza al género gótico latinoamericano, tomando gran parte de sus características tradicionales e instalándolas en un contexto contemporáneo, donde la crisis ambiental es cada vez más urgente. Y no solo eso, sino que también hibrida estos motivos con los propios del new weird, uno de los géneros literarios que, creo, es de lo más interesante y único de nuestra época.
Esta reflexión de Alma en la novela resume bastante bien la intención literaria del libro: “A Red Hill no era posible narrarla únicamente desde el realismo sucio; todo allí era irrealidad, sucia, sí, pero también deslumbrante, obsesiva.”
En su edición boliviana, la novela de Giovanna Rivero viene con un subtítulo: “una fábula”. Me parece que esto le suma otra capa más de sentido al libro, que en un momento cercano al final, dice: “Russell había llegado a pensar que todo era una fábula. Una fábula, sí. El modo en que ocurrían las cosas en la reserva, el modo en que esa mujer esperaba que ocurrieran. Temperley, el cura, le había dicho que las parábolas eran relatos para entender el mundo, así como el pasado de los Sin Huella se lo guardaba en la memoria cifrado en fábulas.”
Esta es otra forma de decir que los relatos que escribimos o contamos tienen la potencia de crear mundos, de alterar la realidad en la que estamos inmersos y, en el mejor de los casos, hacerla más tolerable. Eso que dicen de que la ficción supera a la realidad parece cada vez más acertado y, de ser así, nos vamos a acordar mucho de esta novela en los próximos años. Después de todo, como dice Russell: “Una fábula podía ser inmortal.”
Por Lara Buonocore

Alma oscura del alba
Giovanna Rivero
Marciana
2026




