¿Cómo hacer para que lo que cada uno de nosotros asimila de esta realidad cultural nos hable, nos forme, nos prepare como hombres incompatibles con esta realidad misma que sin embargo nos constituye? (…) ¿cómo remontar la corriente de la disolución, esta degradación de lo humano que parece estar inscripta en la necesidad de su desarrollo?  León Rozitchner (“La izquierda sin sujeto”)

Ser el llorado y no el que llora. Vicente Zito Lema (“Conversaciones con Enrique Pichon Riviere sobre el arte y la locura”)

A

Hacia  el año 1897 Macedonio Fernández se va a vivir con Julio Molina y Vedia y algunos amigos más a una isla del Paraguay para fundar una colonia anarquista. El proyecto original incluía al padre de Borges, que por motivos de casamiento se ausenta de la aventura. De esta experiencia, nos queda como testimonio “La nueva Argentina” (1929-1931), que bajo la dirección de Horacio González, fue editado parcialmente en la colección “Los raros” de la Biblioteca Nacional. Al mencionar esta campaña utópica, Piglia los llama “náufragos de la sociedad”. El sueño de una literatura sin Estado. 

B

No sé qué busco. Un firulete en el paso, algo que me devuelva a la sensación de novedad y me saque de la apatía de un todos los días desmayado, sin vigor ni entusiasmo. Ando como un trompo rebotando entre las cosas. Qué cosas. Bueno, Macedonio, Piglia, Ludmer, personas que hicieron cosas raras con las palabras para acercarnos a todxs lo raro de las cosas.

Ahora es un tiempo difícil de pensar, aunque pensar no sea jamás una dificultad ya que no precisa de voluntad: pensar sería como respirar. Son tiempos difíciles de contar. Cuesta decir algo que nos permita dar el salto hacia otro tiempo. Trabados en esta dificultad, habitamos un tiempo sin tiempo. Pero sobre todo, y quizás a causa de lo anterior, estamos aburridxs. Un aburrimiento que no es hijo del ocio sino de la trampa. Y no porque no pase nada. Pareciera más bien que pasa de todo, o que todo lo que pasa es fundamental, decisivo, un de ahora para siempre. “Lo que pasa” se nos presenta con el carácter de lo definitivo, y es realmente insoportable. Las vidas que vivimos están abonando un gustito de impotencia y no hay ánimo que sobreviva sin transar con lo mecánico. Nos parecemos a condenadxs a la espera de una liberación. Nos motiva más la idea del fin que la de los inicios (la de finalizar que la de iniciarse), como si ya nada pudiera ser un comienzo. No sé cómo hacemos para salir de esta sensación de que ya no hay tiempo, ya no queda tiempo. Decimos “no tengo tiempo” sin sospechar que estamos afirmando algo distinto de lo que decimos al voleo para justificarnos: que no hay más tiempo, que el tiempo no existe más. Si el tiempo era una línea que conectaba pasado, presente y futuro, si en el transcurrir histórico podíamos situarnos en algún punto, ahora es un no lugar: no hay dónde situarse porque el tiempo murió, como hace un siglo moría Dios. El pasado es una invención, algo que estamos constantemente rearmando, que definimos desde el presente; también, desde que los archivos, los registros, las memorias ortopédicas de la tecnología se multiplicaron, el pasado se convirtió en una colección de datos que se acumula como basura, un exceso (de memoria, ya no podemos olvidar: en “Otra vuelta al giro autobiográfico” (2011), Albeto Giordano afirma que la memoria remite a lo memorable, es decir a “lo definitivo”, que es necesario olvidar). El futuro no existe porque es impalpable; pero además, en un contexto de crisis política, ecológica, económica, como el actual, imposible, una imposibilidad que sólo es capaz de concebir el fin de la especie (no hay proyecto de futuro). El presente se perdió, lo liquidó la velocidad que nos hace sentir que siempre es tarde, que llegamos tarde, que algo se termina, que estamos en el futuro (que no existe). Cómo demorarnos, cómo detenernos, cómo respirar, cómo reencontrar el tiempo o cómo vivir fuera del tiempo. Es una sensación colectiva, no soy yo: la primera persona es una excusa narrativa.  

C

Como me la paso pensando todos los días, escribiendo en mi cabeza, ensimismada y sola, voy a intentar darle forma a algo que en principio se presenta como una intuición. Los libros que me gustan, “Aquí América Latina” (2010), por ejemplo, me gustan por eso, porque cuando intento descifrar cómo están escritos, cómo fueron pensados, adivino que surgieron de una intuición, que esos libros son el andamiaje de una búsqueda (que escribir es perseguir, es pensar en texto): dar con una manera de definir o sistematizar, por ejemplo en Ludmer, lo que denomina el tiempo otro del 2000. Ensayar las ideas. Eso, entre otras cosas. También así son los libros que me gustan, libros de los que puede decirse muchas cosas, que no tienen una línea, una calle de sentido único, sino que se parecen a un mapa, a una superficie por la que podemos deambular, dando con calles y casas, historias y vidas, cada vez, distintas. Adivino también, que la experiencia de lectura de libros como esos, sería cada vez diferente, que se trata de libros que no se acaban nunca, que sobrepasan la frontera material de sus páginas, caracteres, capítulos. Las ideas, cuando son buenas, rehuyen al ordenamiento y la clasificación, no pueden enumerarse sin traicionar algo de lo que las tracciona, las pone en movimiento. Porque las ideas son, y que esto sea escrito en las piedras como quiso Sarmiento, para la vida, para el vivir, para ninguna otra cosa. Estos libros a los que me refiero nos invitan a caminar.

D

Pienso en la posibilidad de un texto hecho de fragmentos. Me está costando escribir. No ponerme sobre el teclado y hacer que la pantalla se llene de palabras, sino concebir algo que tenga un sentido, una forma, que sea un acto de comunicación. Pensando en las expresiones artísticas de hace tiempo a esta parte (no me atrevería del todo a precisar desde cuándo, aunque me parece que en los últimos 10 años existe una tendencia generalizada), lo meta resulta de la expresión de una imposibilidad (montones de ficciones-ensayo sobre la escritura, por ejemplo). Me pongo metadiscursiva cuando en la voluntad de decir me descubro dificultada o impedida. Es como la revelación de un fin, de algo acabado. Sólo la cercanía de la muerte debiera ponernos a perorar sobre el sentido de la vida, en vez de simplemente vivir. Entiendo que la dicotomía pueda resultar falaz (ya dije que unx piensa como respira), pero quiero que se entienda el punto. Me pongo metadiscursiva cuando estoy dificultada en el discurso. Me vuelvo sobre el mecanismo de la acción que no puedo desarrollar, hago de ese retorno la acción. Pero una cosa es identificarlo como un rodeo, una exploración, y otra convertirlo en un fin en sí mismo. Pasa algo parecido con lo fragmentario. ¿No será la expresión de nuestra dificultad para articular las partes en un todo, de encontrar continuidad entre una cosa y otra (nuestra continuidad es por saltos, rayada)? ¿No nos habla de una percepción cada vez más fragmentada, de nuestro estar ya sin tiempo? Y esta pregunta: ¿dónde queda el otrx, dónde está en ese movimiento salvaje e indistinto? ¿Dónde se ubica el otrx en mi discurso cuando hablo así, fragmentariamente, cuando vivo así? ¿Abro o cierro caminos para la comunicación? ¿Cuál sería la nueva comunicación para una vida fuera del tiempo? ¿No es la fantasía de una realidad mediada por pantallitas, imágenes luminosas y veloces, la práctica exteriorizada de una nueva experiencia perceptiva? ¿Se puede vivir sin sujeto, sin sujeción y aún así vivir en comunicación? ¿Cómo hacer comunidad? Las respuestas (tristes) que imagino, se parecen a una obra de Beckett. ¿Hay que recuperar el cuerpo, la presencia material y sensible de todas las cosas? ¿Recuperarla de dónde? ¿Quién o qué nos la sustrajo?  

E

La palabra confesión, confesarse, implica un acto de contrición, un mirar hacia adentro y un decir desembozado. Arrastra un aire de religiosidad y también de legalidad, repone el fantasma de un padre. Por lo mismo, es sospechosa. No se me escapa su parte de quimera, de artilugio en la escritura, pero quiero ser inocente, macedoniana, sin saltar afuera de mí, para observarme enloquecida. Masotta lo hace en “Roberto Arlt, yo mismo” (1965). Lo virtuoso del texto, si cabe el calificativo, está en su ambigüedad, una ambigüedad de fondo: bajo la superficie de la confesión hay preguntas que no se resuelven, oraciones que no se cierran, afirmaciones como titubeos. Parece que se dice algo, pero a la hora de relatarlo, dudamos realmente de qué es lo que se está confesando. ¿Qué confiesa Masotta en este texto? Está el descubrimiento de la pertenencia a una clase social, una especie de condena en términos arltianos, de determinismo político, y está también el patetismo de una duda: ¿hasta dónde llega eso que descubre en él, a través de Arlt, y de qué sirve reconocerlo, identificarlo? La clase media se expone como la personificación de una mediocridad, de una vida sin aventura, de un temor pegado a la cara, un apocamiento de miserable donde la traición, lejos de representar una fuga, representa una confirmación. ¿Es de clase media tener vergüenza? ¿Es de clase media tener miedo? Para un diván de pacotilla: ¿alcanza con nombrar el mal para zafarse de lo que el mal provoca? ¿Conciencia o estructura? Un poco de las dos, parece decirnos Masotta, o queremos que nos diga. Hacia el final, describe una fotografía de sus años de juventud, menciona el traje que tenía puesto, una “locura sociológica”, la expresión del miedo en su cara, algo que no podía sino enfermarlo. Confesarse, asumir una incomodidad, ¿enfermarse? 

F

Camino en zig zag, voy enhebrando intuiciones, en la esperanza de trazar un territorio que sea capaz de contar eso que no estoy pudiendo, las dificultades de un tiempo nuestro. Voy a hacer el esfuerzo. Pido un esfuerzo a quien lee, lo sé. Entre tanta información dispersa, hay un hilo. En lo fragmentario, la continuidad del abecedario crea un flujo. Podrían ser fechas, esto podría ser un diario. No salteado como en Ludmer, sino consecutivo, lineal. El desorden es aparente. Pero el calendario sería una invitación a la inconclusión o al cierre como interrupción. Prefiero un fin, aunque artificial, certero. Por otro lado, una vuelta a la lengua, aunque sea a través de un artificio tan rudimentario como el de las letras. El tiempo (como cronología) es otra cosa, y sumamente afectada en este contexto, como para entregarme inocentemente a su ilusión. Mejor volver a los palotes, a la regularidad de los renglones, a la insistencia de una caligrafía imaginaria, a la mano.

En una entrevista, León Rozitchner dice, citando a Valéry, que para hacer cualquier cosa es necesario ser arbitrario. Es necesario atreverse, dar el salto entonces, aunque cada gesto, cada movimiento que ensayamos venga acompañado de un cierto pudor, de la certeza de estar haciendo el ridículo. Quién nos dice sobre qué o cómo escribir. Ser arbitrario sería también autorizarse, darse permiso para la aventura con toda su sospecha de falta, de torpeza, de desacierto. Por qué no hacer filosofía en Argentina. Por qué no estudiar a Pichon Riviére, a Moffat, en vez de solamente a Lacan. Por qué no traer agua para nuestro molino, practicando hasta el cansancio nuestro manifiesto antropofágico. Poner distancia ante las modas, las teorías y discursos empaquetados, la jerga académica. Esto es un registro de ideas, de anotaciones en el margen de los libros, en hojas sueltas, en la cabeza, de esas que crecen y siguen creciendo como árboles al costado del camino, en el rumiar de todos los días. Tiene que ser un proceso consciente, para que no nos lleve puestos. Digo que la escritura colabora, es amiga para reencontrar el tiempo, es la savia que nutre y sostiene el árbol. 

H

En “Yo ya no. Horacio González: el don de la amistad” (2016), de María Pía López, leo: “Quizás la renuencia de Horacio de considerar sus novelas como tales surja de esa incomodidad frente a la clasificación y a lo que ella establece como modelo”. Sobre el énfasis clasificatorio del nombre. Las trampas de la precisión del nombre. Es necesario usar con cierta cautela las palabras. La publicidad y el diseño hacen estragos con la lengua, convierten las palabras en cosas y las cosas en una imagen chata, pobre, sin misterio. No se trata de la clásica confusión palabras-cosas, de desconocer la arbitrariedad del acto de nombrar, sino de algo peor. En época de redes virtuales, las palabras son también mercancía, bienes de consumo. Es necesario entonces, desarmar las palabras, crear un lenguaje nuevo, no obedecer y en cualquier caso ser conscientes de lo que el nombre no sólo inaugura sino también clausura, entorpece. Contra el eslogan, contra la jerga, contra la institucionalización y el mercantilismo. A propósito de las clasificaciones, en la última mudanza cambié el criterio con el que ordenaba mi biblioteca (toda biblioteca establece un orden del mundo; ni hablemos de la CDU): ¡adiós a los géneros! (poesía, narrativa, filosofía, historia, etc). A favor de la escritura como práctica plural, del acto de pensar con palabras, en contra del modelo. Aunque confieso, conservo intacta la ilusión de las naciones; en contra de la globalización, mi biblioteca traza fronteras, hace de los países mesas de café en las que muertos y vivos se pasan la posta para dar continuidad a una charla. 

I

Una amistad implica también una cierta relación con la ciudad. ¿Cuáles son los modos de socialización de otras épocas, de esta misma? La ciudad, la forma en que la habitamos, puede propiciar ciertas formas de la amistad. Me gustan los libros en los que la gente camina por las calles, se encuentra con otra gente, se mete en un bar, un cine, conversa. Leyendo los “Diarios de Emilio Renzi” de Piglia, por ejemplo, una tiene la sensación de que para encontrarse las personas tenían que salir a la calle. Lo ordeno mejor: las personas salían a la calle sólo o especialmente, para encontrarse con otras personas, daban vueltas hasta cruzarse. Ese hecho, aparentemente fortuito, es una constante, casi una fatalidad. Existía una rutina de calles y bares, donde se intuía andaban lxs amigxs. El lugar de reunión se situaba en el espacio público. Se podía estar endeudadx, pero siempre había un mango para el café y si no, un amigx invitaba. Los grupos, las prácticas sociales tenían sus barrios, sus zonas para designarse a sí mismxs, como si fueran una extensión de la misma ciudad: Florida y Boedo, para usar un cliché. Entonces, pasaba algo: la charla, la cita más o menos prolongada, las peripecias de las vidas sobre el mantel, el flujo de la amistad en acción. También en la calle, en andar, deambular, un modo de pensar, de pasear por las ideas sin sentido fijo aparente, hilando cosas discontinuas. O un ensimismamiento andariego, al aire, volcado hacia las cosas y las personas. En las fotografías que miro, la gente va casi siempre abrigada. Un pensamiento a la intemperie, en movimiento, tal vez incómodo. Sin apuro, no se iba a un lugar, sino al encuentro de algo o alguien: el destino era un trazo borroneado. La prohibición sobre el espacio público ejercida sistemáticamente por gobiernos autoritarios y siempre anti-populares, abrieron el campo de la clandestinidad, la circulación por ámbitos privados o semi-públicos, un repliegue desobediente.  

J

“El ojo mocho” era un derroche, cuenta María  Pía López. Hablando del exceso, la palabra derroche refiere una generosidad, es lo contrario de la palabra desperdicio, que implica una forma de desprecio, de goce sin ideas. Frente a una literatura comedida, de pocas palabras, parca, pulcra, elijo la otra, desbordante, que acumula adjetivos como adornos sobre una cabeza, no para precisar, sino por el contrario, para derramarse. Una literatura con plumas de colores, de loca de fiesta que no persigue lo lindo sino lo móvil, lo inestable, lo vivo, una desproporción. El derroche es siempre un gesto alegre, una celebración, una forma de la fiesta. En “El ojo mocho”, una entrevista puede tener 40 páginas, e incluye risas, chistes, preguntas inconclusas, es una conversación. El derroche está del lado de la vida, no del perfil museográfico, del monolito. Salto mentalmente a Perlongher, al neobarroso. Salto a la amistad, al encuentro, a la vida de todos los días. Las máquinas no saben derrochar, la IA no sabe de derroche. El cálculo, la especialización, la prolijidad en la cuenta de los debe y los haber, asfixian la imaginación, el deseo y la novedad. 

K

La escritura es una forma de la acción, es un acto. Quien escribe (no importa qué) es un hacedor, y también un “meditador” del vivir. La escritura es un “arte de vivir”. Quienes leemos somos como rastreadores, ese antiguo oficio campero que consistía en dar con las huellas de hombres, animales y caminos, en adivinarle a la tierra su vena invisible. En entrevista con Diego Sztulwark, León Rozitchner dice: “si vos no entendés el texto como un enigma, nunca vas a entender nada”. Lo que dice Josefina Ludmer, a través de Héctor Libertella, sobre la densidad urbana, el fantasma de la ciudad que todxs llevamos dentro, podría aplicarse también a los textos. Toda escritura tiene densidad textual, fantasmas de otras escrituras, algo como un enigma. Esa comunidad de invisibilidades en cualquier escritura es lo literario. La biblioteca borgiana es una metáfora de lo mismo. Tal vez podamos abandonar la linealidad y la cronología, reencontrar en el salto, en la verticalidad, el balbuceo infantil de una lengua a punto de crearse. Densidad urbana, densidad textual, densidad humana, vital. Tal vez vivir sea este andar un poco locxs viendo en la cara del verdulero la nariz de una abuela, la sonrisa de Gardel, la mirada de un santito de iglesia. La experiencia como composición, fuga y misterio, un enigma. Leer es también una actividad mediúmnica, hablar con fantasmas. 

L

Estamos duelando el tiempo, tal vez somos como viudxs nostálgicxs. En Argentina no hablamos de saudade sino de nostalgia. La nostalgia tiene un componente patético, de borracho tristón, de disco rayado. El tango de Cadícamo y Cobián dice así: “Nostalgias, de sentir su risa loca, de sentir junto a mi boca como un fuego su respiración. Angustias, de sentirme abandonado, de sentir que otro a su lado, pronto pronto le hablará de amor. Hermano, yo no quiero rebajarme, ni pedirle, ni llorarle, ni decirle, que no puedo más vivir. Desde mi triste soledad veré caer las rosas muertas de mi juventud”. Lloramos, pedimos (suplicamos), nos rebajamos, y sentimos vergüenza. ¿Será de clase media tener vergüenza? En la nostalgia, no se trata sólo de pérdida, sino también de ofensa: nos exilian, nos excluyen de una forma de felicidad. Con la nostalgia hay caída en la desgracia. ¿Eso que vemos del otro lado del vidrio, expulsadxs del adentro, qué es? Un cambio de eje: el espectro de la felicidad se transforma en lo real, nosotrxs en su fantasma. Lo que se muere no es una muerte. Volviendo a Ludmer, el que le decía a Libertella que veía “densidad urbana” en Buenos Aires era un español. Lo decía señalando una singularidad. ¿Acaso en España no hay pasado? Argentina, patria de fantasmas. Tal vez ser argentino sea vivir entre fantasmas, ser un fantasma (potencial o cabalmente), y a la vez, permanecer en comunicación con el más allá, vivir en contacto. Si la inmigración inventó la nostalgia, el mal se extendió desbordando la genética. Están los fantasmas de las comunidades mascaradas que habitaron estas tierras, el recuerdo de sus sobrevivientes, los fantasmas de las guerras, de los enfrentamientos, de  los fusilados, de los torturados en los centros clandestinos, de los desaparecidos, aparecidos como fantasmas, de los proyectos de país que no fueron. La nuestra es una retórica del fantasma.    

M

“El habilitado” es una película dirigida por Jorge Cedrón, con guión de Cedrón y Miguel Briante, de 1970. Cuenta la historia de cinco empleados que trabajan en el subsuelo de una casa de telas en Mar del Plata. El grupo está conformado por un trío payasesco, tres cuerpos que van remplazándose en la directiva de las bromas y la estupidez: se empujan, juegan, se golpean, sin tomarse nada demasiado en serio (Walter Vidarte, Héctor Tealdi y José María Gutiérrez). Del otro lado, tenemos a un español exiliado (Héctor Alterio) que entró a la empresa hace 25 años, sumiso, con cara de derrotado, cuyo único orgullo es el de ser un “habilitado”, cargo que lo ubica por encima del resto. El otro (Billy Cedrón), es un muchacho procedente de un barrio periférico, un Erdosain de trazos gruesos, de actitudes miserables, movido por el resentimiento. El conflicto estalla al comienzo de la película por unos sobretodos devueltos, que el patrón decide regalarles. Hay cuatro sobretodos, que se reparten, pelea mediante, en un entrevero grotesco. Cuando el joven vuelve al hogar, la madre lo interpela asustada: primero lo acusa de haberlo robado, luego de haberse gastado el sueldo en algo tan caro, sin consideración por sus mal vestidos hermanitos, finalmente, cuando el muchacho le dice que fue un regalo del jefe, la mujer contesta aliviada: “¿viste, viste que es bueno?”. El español, ausente al momento del “regalo”, no recibe nada. Para burlarse, el joven le confecciona un sobretodo de papel que el trío le coloca encima, entre risas. El español llora, los putea, y al ser descubierto en esa actitud, es despedido del trabajo.

En otra escena, Ana María Piccio le propone al muchacho asistir a una fiesta. Él se niega, ella insiste. “No tengo pantalón”, exclama, mientras le muestra la tela rasgada y sucia del que lleva puesto. Luego lo vemos abrir un placard, extraer admirado un traje ajeno. Frente al espejo, se prueba el pantalón, ajustando el cinturón para disimular un talle demasiado grande. 

¿Cómo, por qué, puede deducirse un drama de la ropa? “Aquel tapado de armiño, todo forrado en lamé”, cantaba Gardel. “Percal, te acuerdas del percal”, cantaba Charlo. “Mis descamisados”, decía Evita, para identificar a los trabajadores que, a diferencia de la burguesía porteña y otra clase de pitucos, no llevaban camisa. A la luz del presente, con elevados niveles de producción y consumo, el acceso a la ropa no representaría un problema para ningún habitante de cualquier centro urbano. Existe una circulación descomunal de ropa (ferias, locales, campañas de donación, etc), y montañas de basura de moda flotando por el mundo. Aparentemente esto no siempre fue así. Los signos de nuestra crisis difieren de los de crisis anteriores.

No es algo anodino, la ropa implica una performática, la identidad como composición. Su poder de transfiguración se extiende al espíritu, una actuación encarnada, una fantasía con papeleta. La ropa es una forma de la condena o de la salvación. Hoy, mientras caminaba por la calle, dos adolescentes que venían delante de mí repetían, refiriéndose a un buzo: “no es de tincho, ni de villero”. Como signo de una exterioridad, la ropa porta un don, el poder de una transformación alquímica. Ser y parecer. Si somos pobres, que no se note. Frente a la escasez de trajes y vestidos, la austeridad de telas baratas y de baja calidad, se levantaban en los conventillos el aseo, la pulcritud y el agua de colonia como nueva frontera. Esto lo cuenta muy bien María Moreno al rememorar sus años de infancia, el recelo de una madre, química de profesión, obsesionada con los gérmenes. Ya mencioné que en “Roberto Arlt, yo mismo”, Masotta se refiere al traje que lleva puesto en una foto, un traje usado confeccionado por un sastre famoso, comprado a su legítimo propietario. Sebreli, en otro texto, alcahuetea que se trató de un regalo, despojando al amigo de los beneficios de la compra. Masotta describe ese traje, en contraposición al del padre, a quien habría despreciado por carecer de gusto. El traje representa la posibilidad de fugarse de una clase social, de salir a otra cosa. En varios de los textos en los que Sebreli rememora sus años de juventud en los ‘50, describe puntillosamente cómo él o sus amigos iban vestidos, la actitud corporal, a quien o a quienes se parecían o querían parecerse, como si estuviesen imposibilitados de ser ellos mismos, o como si serlo fuera una tragedia a sortear. La ropa, la pose, las actitudes, la superficie de la imagen aparece como el santo y seña de una construcción identitaria, como la posibilidad de un salto. Mientras leo estos textos, pienso en una época, en los maniquíes de las vidrieras, en los escaparates de la calle Florida, en la construcción de las imágenes icónicas del cine, en el James Dean de “Rebelde sin causa” o en el Humphrey Bogart del cine negro, también en “la ñata contra el vidrio” de Discépolo. La preeminencia de la imagen sobre un fondo difuso, la exterioridad como drama. ¿Una salida facilonga del conflicto?

N

Le cuento a un amigo que a veces siento vergüenza por no tener guita. Me dice que le está pasando a todo el mundo, que no me preocupe, sólo que nadie lo dice. Me sorprende. Paso revista a todas las declaraciones de personas que expresan prosperidad y alegría, aún cuando están vendiendo un par de medias rotas. ¿Y si estuvieran actuando? ¿Se dan cuenta de que están actuando? La crueldad de una época pone así sus huevos. De pronto, me parece una obviedad: todxs tienen problemas de guita. El sujeto actual es un sujeto de consumo. La crisis económica actual alcanza tales proporciones que no sólo se trata de la dificultad o falta de acceso a aquello de lo que podríamos prescindir, sino que los derechos más básicos se han convertido en mercancía. En la cadena del consumo, todo se consume y el mismo sujeto se transforma en objeto de consumo, se trabaja para consumir y para ser consumido. No existe práctica, vínculo, actividad, que no estén siendo atravesados por esa lógica. En este sistema, se es sujeto de consumo o se es un paria, un desecho humano. Qué pasa con la guita. Se dice “no hay plata”, “no tengo plata”, de la misma manera que se dice “no tengo tiempo”. ¿Será que la guita no existe más? ¿Qué es “la guita” si no hay guita? ¿Qué significa no tener guita? Hablamos de la crisis económica para explicar groseramente el contexto, pero adivino que no es de eso de lo que hay que hablar. La literatura sabe bastante de ese silencio, de rodear las complejidades del asunto, de esa vergüenza. ¿Cómo abordar el tema sin clausurar el pensamiento, sin coartar la posibilidad de una acción transformadora, cómo saltar su tranquera? Del otro lado hay un campo desconocido.

Ñ

La palabra consagración tiene dos acepciones: la de consagrarse, entregarse a algo, y la de haber sido consagrado por alguien, que implica un reconocimiento externo. Entre la consagración a una actividad desinteresada, el interés por obtener cierto reconocimiento y la consideración de la tarea como trabajo, anda a los tumbos la literatura. ¿Cuál es el valor de un libro? “Peronismo imaginario” era como Sebreli llamaba a su peronismo y al de sus amigxs, durante la década del ‘50. La expresión, que podría extenderse más allá, propone la idea de una militancia espiritual. Si se nos frunce el ceño, el efecto es el esperado. ¿Será que con la literatura ni se come, ni se educa, ni se cura?  

O

Tal vez le estemos pifiando en la descripción y el nombre de los problemas. La desobediencia es un don al alcance de todxs. Tal vez lo mejor de nuestra historia se desarrolló en medio de crisis y restricciones. Hicimos a pesar de, con lo que teníamos a mano. Claro, hace falta imaginación. Pero, ¿y si la excepción fueran los momentos en que nuestras vidas se desplegaron en contextos de relativa comodidad? ¿Y si el problema fuera nuestra disposición anímica, la forma en que nos posicionamos frente a los requerimientos de un sistema que nos mantiene ansiosxs, ocupadxs para nada, sin tiempo para todo? ¿Y si estuviéramos haciendo un esfuerzo inútil por sostener una apariencia que nos arranca la vida, por no hacernos cargo de que la fantasía está rota? Tal vez tengamos que asumir la pérdida y mirar incómodamente qué de nosotrxs sigue sosteniendo un modo de vivir amparado en un sistema de crueldad destructivo de nuestras fuerzas vitales.

Milei es la manifestación burda, patética, grotesca, de nuestros males. Es una caricatura, un archi-enemigo berreta. Insistir con Milei tal vez sea no hacernos cargo del problema. No me refiero a que quedarán (siempre quedan) dando vueltas otros que piensan como él, o a que nuevas formas de fascismo sobrevendrán. Milei es la representación cabal de nuestra época, y es necesario pensar de qué está hecha nuestra época (no voy a problematizar el término ahora), cuánto de nuestra época somos también nosotrxs, nuestros hábitos, nuestras prácticas, nuestros modos de sentir y pensar. Vuelvo a León Rozitchner, cuando en “La izquierda sin sujeto” (1966), hace mención al nido de víboras que reside en cada unx de nosotrxs. Adherimos a solicitadas, declaraciones públicas, las hacemos nosotrxs mismxs con el tono de la arenga, exponiendo nuestro enojo o nuestra angustia en una performance inútil. Frente a la individuación, frente al aislamiento al que somos sometidxs y sostenemos, frente a la confusión de cuerpos e imágenes, de experiencia sensible y realidad virtual, frente a la irrealización de la presencia, del espacio y el tiempo, frente a la preeminencia de las máquinas, frente a lo colectivo como descarga fugaz ¿qué hacer? ¿Cómo abandonar la carrera?

P

Si el tiempo murió, el tiempo es ahora un fantasma. Si vivimos en una patria de fantasmas, por qué no habitar, por qué no crear un tiempo dentro de ese tiempo, sembrar en ese vacío, en el espectro, una semilla.

Q

Se dice de Macedonio Fernández que andaba siempre abrigado, que para paliar el frío usaba diarios entre la piel y la ropa. Se dice de él que su frío era metafísico. El punto de reunión entre las manifestaciones sensibles de un cuerpo, como otro de la voluntad y su hermana la conciencia, y las ideas, inquietudes, emociones que componen una subjetividad, es la respuesta a una pregunta no formulada, desconocida, desestimada además por el psicoanálisis (salvo cuando asume la forma del síntoma). La palabra “temblor” aplicada a un impulso, al nervio de las cosas, resulta ilustrativa en la medida en que acerca la carne a una vibración, a algo evanescente. Común, comunión, comunicación. Quisiera insistir con el cuerpo, con la preeminencia de la carne como expresión material de una subjetividad.  

R

En los primeros párrafos de “La izquierda sin sujeto” (1966), León Rozitchner afirma que las izquierdas leen la revolución desde el determinismo histórico. Se pregunta entonces qué pasa con las revoluciones que no son, las que no triunfan o ni siquiera asoman, aún cuando existe un conjunto de personas organizadas en pos de ese fin y un aparato teórico que las acompaña. ¿Dónde entran esas experiencias en el marco de la ley histórica? Frente a la revolución como triunfo, un no va más, algo acabado y completo en sí mismo, Horacio González, en “La mitad de un écharpe o un canto inconcluso” (1987), escribe: “De la revolución nada queda. Porque la revolución es, siempre, lo que queda”. Entre ambos textos median 20 años, una tragedia (un trauma) y una democracia que pretendía poner punto final no sólo a la dictadura, sino también a las militancias de los años ‘60 y ‘70 en Argentina, muy especialmente a aquellas que cuestionaban los usos legítimos de la violencia, un “nunca más” revoleado para todos lados. Ese “nunca más” es un tajo en nuestra propia historia, el abismo que nos impide trazar una continuidad, no narrada sino profunda en término de nuestros imaginarios, entre quienes nacimos en los años ‘80 (qué decir de quienes nacieron en los ‘90, o ya en el nuevo siglo) y las generaciones que integraron activamente esa parte de la historia. Ese “nunca más” es la expresión de un trauma.

A esto también se refiere Josefina Ludmer cuando habla del pasaje de la nación al imperio global, y Rozitchner, cuando describe la racionalidad del sujeto destramado de su propia historicidad. En una conversación con amigxs digo “pensamiento nacional” y me preguntan: “¿peronismo?”. No. En el texto citado, González cuenta la anécdota de una comunera de París, Luisa Michel, que tras haber sido deportada a una isla de Nueva Caledonia, le entrega la mitad de una banda roja de la Comuna a un sublevado canaco. Escribe González: “No hay otra revolución que no sea la transmisión de un resto”. ¿Y nuestra banda roja? 

S

Donde sea que estén los resquicios para pensar positivamente nuestra época, no deben estos prescindir del latido de lo pasado, de su reverberación. La novedad es siempre una respuesta.

T

En “Aquí América Latina”, Josefina Ludmer desarrolla su idea de las literaturas postautónomas, el signo de la literatura del nuevo siglo. Lo que está en juego es la autonomía literaria, y muy especialmente la distinción ficción/realidad. Esta consideración supone por un lado la ilusión de una implicación subjetiva autoral en la escritura, algo que pudiendo seguir siendo la pura imaginación, es también la pura realidad, o el modo en que la literatura elabora la realidad, la introduce, juega con ella. Se asume una subjetividad (histórica) en la escritura de ficción (también podríamos llevarlo a otros géneros). Esta elaboración tiene como contraparte cierta indistinción de universos o dimensiones. Como anticipación de lo que vendría después, quizás no se trate de un asunto de escritura, sino de un problema de lectura. De ahí buena parte de las polémicas en torno a las llamadas “literaturas del yo”, y también de la confusión que trajo la virtualidad. Lxs lectorxs debieran ser menos crédulos. 

U

Frente a estas literaturas que describe Ludmer, tengo la impresión de que irrumpe en el escenario literario actual (desde hace menos de una década), una vuelta a la ficción (sin “yo”) y al género, especialmente a través de la ciencia ficción. Si en la década del ‘50, el policial se convertía en un fenómeno editorial y de lectura (vastas colecciones dedicadas al género, grandes tiradas, traducciones y nuevas ficciones), no se trataba sólo de la decantación tardía del periodismo en la literatura, o de la obsesión por una forma pura de la ficción (un mecanismo narrativo), sino sobre todo de la trascendencia de su objeto: la ley. Abrocho esta circunstancia a la publicación de “Operación Masacre” (1957), de Rodolfo Walsh, y propongo también que en Walsh se cuenta la historia de una generación: en los años ‘50, la obsesión por la ley era ya la prueba de una crisis, de un orden roto o a punto de romperse. El padre, depuesto. Volviendo a la actualidad, sugiero entonces que, muerto el tiempo, la lectura se orienta hacia aquellas obras que crean un tiempo (fuera del tiempo), empezando por el futuro (no lo obturado, el pasado, sino lo robado, lo sustraído). La ciencia ficción está construyendo futuro para restablecer el presente. Al referirse al acto creativo del artista, Pichon Riviére afirma que la pérdida es el origen de toda creación y que es a través de lo creado que el artista restituye, recompone ese algo perdido. Tal vez exista en el fenómeno algo sintomático social y también de intento de reparación a través de la literatura. Ya hace algún tiempo Gabriela Cabezón Cámara llamaba a lxs escritorxs a imaginar futuro, a crearlo a través de la literatura.  

V

¿Seremos nostálgicos del futuro? Mientras la ofensa nos tiene paralizadxs, nos preguntamos a quién hablar, para quién hablamos. “Recuerdos del porvenir” (2001) es el título de una película de Chris Marker sobre la fotógrafa Denise Bellon. Otras torsiones del tiempo: mirar hacia atrás para ver hacia adelante. 

W

Julio Molina y Vedia escribe en 1960 “Invitación a los amigos”. Bajo el sueño de una “Nueva Argentina”, una comunidad utópica de personas liberadas, la amistad se constituye como fuerza motora. La nación como medida de comunidad, la comunidad como medida de amistad. El autor anarquista escribe un folleto sobre ese país por venir. La imaginación del futuro es asimismo una invitación, una solicitud alegre, la difusión de la buena nueva, un llamamiento a la reunión. Por fuera de todo cálculo, especulación, por fuera de toda lógica de consumo, la amistad funda un escenario social de solidaridad, cuidado mutuo, pasiones desplegadas, libertad compartida. El sujeto al que convoca es un artista, en el sentido amplio del término: creador de vida, persona de fe (un movimiento entusiasta hacia lo desconocido). Molina y Vedia vivió 99 años, se dice que siendo un solitario, nunca dejó de buscar esxs amigxs que hicieran posible la tarea no ya de un nuevo país sino de una nueva vida (la vida intensa). 

X

¿Cómo vivir? Esa sería la cuestión. 

Y

Escribo este abecedario inútil y arbitrario con la sombra de una queja como espada de Damocles. Tal vez me cayó encima y es responsable de todo este desparrame (despilfarro y despiplume, para saludar a  Néstor Perlongher). Hago un gran esfuerzo para ensayar nuestro presente sin ponerme sentenciosa, ni caer en los estereotipos que pretenden dar respuesta a todo. Si el abecedario termina, si el libro se cierra, las preguntas continúan abiertas, son también una invitación a lxs amigxs, para que haya conversación, movimiento, vida con el texto. Además de perpleja, como muchxs, me siento desanimada. No estoy fuera de lo que escribo, ni de la voluntad que me empuja a este esperpento. 

Z

Ricardo Piglia decía que si la literatura no hubiera estado ya inventada, no hubiéramos sido capaces siquiera de imaginarla. ¿Existe cosa más gratuita y arbitraria que escribir literatura? ¿Qué extraño móvil nos mantiene horas y horas con el culo en la silla, de cara a una pantalla o un cuaderno, elaborando ideas, creando personajes, meditando cada palabra, cada frase, corrigiendo hasta el cansancio, sin que nadie nos mire, ni nos anime, y todavía menos aún nos pague? ¿Qué raro impulso nos mantiene agarrados de la cabeza a esta actividad solitaria, obsesiva, terca, a espaldas de un mundo que prescinde de nosotrxs? La literatura, adivino, cada vez más se parece a una secta. A lxs que se nos caen los pelos pensando en todo esto, estamos más cerca de la filatelia, de la taba o el juego de bochas, que de tik tok. Para quién hablamos, quién nos escucha. Esto no pretende ser un lamento sino tan sólo una apreciación con la que lidiar. La literatura no tiene valor en el sistema de valores actual, o si lo tiene, está muy por fuera de ese sistema. Por lo mismo, para nosotrxs, representa un mundo habitable, posible. Aún así. 

Por Tamara Rutinelli

Fotografía de Richard Kalvar