Cada uno tiene modos de leer, se construye y reconstruye vías de lectura; trucos de lectura. Desde hace algún tiempo, mi lectura tiene una característica que sólo puedo definir como invertida. Una lectura invertida. A Paz López, por ejemplo, la leí desde Pánico y ternura (Lumen, 2025) hacia Velar la imagen (Mundana, 2021) y luego la vida: una imagen que nos falta (cuadro de tiza, 2019), para volver todas las veces a su último libro o para sentir que este estaba presente ya de alguna forma en los anteriores. Quizás sea por ese modo de lectura invertida, pero también por otra razón, que explicaré en seguida, que he captado o dibujado una línea de continuidad –que no niega, sin embargo, las múltiples discontinuidades– entre sus textos. Esa otra razón para encontrar una continuidad tiene que ver con que pienso la escritura como una urdimbre que se teje para intentar sostener una existencia o sostener/nos en la existencia. Urdimbre que, en ese sentido, tiene que ver con un modo de recorrer aquellas preguntas que, a lo largo de nuestras vidas, no nos dejan en paz, aquellas preguntas que parecemos reconocer en todo. Preguntas… deseos también. Preguntas que funcionan como punta de flecha del deseo, haciendo de la escritura un hilo que nos vincula de algún modo a eso, a lo desconocido.
Esa continuidad, el truco de lectura que quisiera compartir, tiene que ver con lo que en Pánico y ternura aparece del lado del pánico, es decir del afecto o la e-moción –dice Paz, separando la «e» de la «moción»– que nos invade cuando, en una de las vueltas en que consiste la vida, quedamos enfrentadxs a la finitud, la fragilidad, la dependencia, el desamparo. Cuando, de pronto, nos hallamos frente a la separación, la fractura, el desgarro, la caída, la distancia, la des/vinculación.
Ese desgarro estaba presente también en Velar la imagen, pero más diseminado que en Pánico y ternura, disperso entre las distintas figuras de la Pietà: como duelo de la madre por el hijo caído; como recogimiento frente a las vidas de los desposeídos –perdidas sin ser lloradas–; como los brazos de una madre que no nos dejan caer en el abismo; y, en esa línea de interpretación más clásica, como el gesto patético –el pathos– de recepción del cuerpo sacrificado.
Al comienzo de Velar la imagen, y siguiendo a Pascal Quignard en la idea de que hay una imagen que nos falta en el origen, en el nacimiento, y otra al final, en la muerte, Paz señala que la Pietà quizás se trate de una imagen que condensa ambos momentos, una «imagen que nos falta y que por eso mismo abre la posibilidad de la imaginación y del pensamiento».
En Pánico y ternura, esa escena doble y primordial, fundacional, que es negación y afirmación al mismo tiempo, sigue articulando la escritura, pero de manera menos diseminada. Si en Velar la imagen la madre aparecía como una de las figuras de la Pietà, en Pánico y ternura pasa a ocupar el centro de la escena. De la escena de escritura. La madre, lo materno, lo madre, como lo nombró Paz en una de las muchas entrevistas que le han hecho en torno al libro. Lo madre, lo neutro, algo como un centro blanco¹, que puede ser frío y carnicería (como en Brossard), o volverse sostén y ternura.
Si en Velar la imagen, esa fractura original o primordial abría la posibilidad de la imaginación y el pensamiento, en Pánico y ternura, abre algo a la vez más grande y humilde: la posibilidad de la vida. Es como si entre 2021 y 2025 –años que pasaron entre ambos libros– las ambiciones de la vida se hubieran despojado de sus ropajes, quedando reducidas a algo mucho más esencial que no puede ser ya dado por descontado: la vida.
¿Será que hoy, mucho más teñidxs de muerte, de despojo, amargura y deserción, ni siquiera el futuro es evidente y lo que se juega frente a la fractura es pasar del lado de la vida o bien del de la muerte?
Como señala Paz hablando de Massimo Recalcati (pero también de Nick Cave), se trata de esa fuerza, de ese deseo que puede hacer que aquella vida que se inicia –siempre mucho más inclinada hacia la muerte–, no caiga en el vacío, sino que quede al menos con unos de sus pies apoyado del lado de la vida.
En un texto de Freud publicado póstumamente, llamado Proyecto de psicología para neurólogos (1895-1950) (Amorrortu, 1998), escribió sobre este mismo instante inaugural de la existencia, y lo llamó Hilflosigkeit: el desamparo o desvalimiento primordial del ser humano, haciendo de él un núcleo organizador de la subjetivación. A diferencia de otros animales, explica Freud, el bebé humano nace inacabado desde el punto de vista biológico, y por esa razón nace atado a, y en total dependencia de, un otro que lo auxilie para sobrevivir. La vida o la muerte. Somos presas de un deseo ajeno, de esa presencia voluble. La vida, para Freud, aparece entonces como efecto de ese instante de afirmación o negación. La historia que él nos cuenta es así: frente a la primera aparición de la necesidad (hambre, sed, frío…), llamamos desesperades a otro que nos auxilie y, por su intervención ponga fin a la necesidad. De ahí en más, la emergencia de la necesidad (que en adelante Freud llamará pulsión) quedará asociada a la representación del otro que la puede colmar, y entonces –esto lo aclara ya no Freud, sino Lacan– esa necesidad se transformará en demanda. Una demanda dirigida al otro cuyo deseo puede orientarle –o no– al auxilio, al resguardo, a la protección, a la recepción, a la caricia, a la ternura, o a la frialdad, la carnicería, el abandono. La vida o la muerte.
Yo no sé si Paz tuvo entre sus lecturas estas ideas de Freud, y esto puede leerse también como una pregunta, pero tampoco desconozco que él no fue el único en trabajar ese momento de vulnerabilidad absoluta que da cuenta de la necesidad de una mano que acuda y que acune, con ternura, esa vida. Sea como fuere, esta referencia a Freud no es gratuita. Y es que, en mi lectura, el texto de Paz dialoga constantemente con el psicoanálisis, aunque de sus autores sólo nombre a dos, bastante poco ortodoxos, como Massimo Recalcati y Anne Dufourmantelle. Y es que Freud y Lacan hablaron bastante de ese desvalimiento inicial y de la supuesta «falta» que marca en el origen, del pánico –aunque le llamaron angustia– al que nos arroja, pero poco de las formas en que puede intentar aplacarse, más allá de la cura psicoanalítica (lo que no es poco, pero tampoco es suficiente).
En este punto, creo que el libro de Paz es tremendamente político. Y me gustaría saber si Paz lo entiende así también. Cuando escribe acerca de «la tristeza (…) adherida a toda vida mortal», a propósito de la lectura que hace George Steiner de Schelling, anota:
«(…) hay un velo de pesadumbre y de melancolía indestructible en cada uno de nosotros, porque todo lo que construimos se apoya en un fundamento oscuro e inaccesible. (…) No es que la tristeza se manifieste siempre en nosotros como un estado de ánimo, porque desde el fondo de esa bruma puede irradiarse una alegría inocente. Se trata de una tristeza, podríamos decir, política. Cuando retiramos de nuestras vidas las preguntas por el enigma de la vida y la muerte, cuando defendemos el ideal monocromo de una verdad, cuando llenamos las grietas de lo desconocido con nuestras grandes y pequeñas certezas, crece el monstruo del fundamentalismo y la indignación». (2025, p. 16)
Frente a ese vacío o esa falta inaugural e insistente, hay quienes no harán más que negarla, taponearla con monstruosas certezas y eso es, quizás, una forma de definir o de pensar sino el fascismo –palabra grande y algo insignificante hoy en día–, al menos algunas de formas de él.
La pregunta entonces persiste: ¿qué hacer con esa imagen que nos falta? La escritura es probablemente una respuesta. El síntoma es, para el psicoanálisis, otra. El fascismo es también otra, al igual que el fundamentalismo religioso. Pero quizás la más interesante propuesta de Paz sea precisamente esta: la ternura es otra forma de encarar ese vacío, esa tristeza fundamental.
Antes de comentar un poco ese camino de la ternura, digamos que justamente entre la vida: una imagen que nos falta y Velar la imagen, lo que hubo fue el inicio de un diagnóstico sobre la imagen y su carencia, sobre la vida y la muerte como falta de imagen, pero no el dibujo de un camino de «salida» (a falta de una palabra mejor), que Paz comienza a delinear en Pánico y ternura. Un camino que tiene un antecedente en la vida: una imagen que nos falta:
«A diferencia de los grandes melancólicos de la historia, que no intentaron restituir el lazo perdido entre el humano y el mundo, sino que se entregaron amorosa o desesperadamente a esa fisión, hoy parecemos asistir a una lucha por cicatrizar esa llaga mediante la asimilación del hombre a ese mundo siempre encendido, siempre de día, imperturbable y predecible al modo de un algoritmo. Ese rito curativo, sin embargo, funda su ideología en la fobia a una sola cosa: al cuerpo, al cuerpo cuando se lo despoja de sus identidades reconocibles, sus estereotipos y sus marcas, para devolverlo a la contingencia, al deseo y la noche, todas figuras que ponen a tambalear la determinación de una ley». (2019, pp. 16-17)
La forma en que Paz trabaja la ternura en su último libro retoma justamente esta intuición: la ternura tiene que ver con el cuerpo, pero no cualquier cuerpo. No es el organismo, como diría Artaud (cuyo nombre recorre también sus libros), no es necesariamente tampoco el cuerpo deseante, ni el cuerpo erótico, sino más bien aquello que es a la vez lo más superficial y lo más profundo del cuerpo: la piel. Como escribió Deleuze en Lógica del sentido (2024), hablando de Paul Valéry: «lo más profundo es la piel». Se trata del tacto –como su gesto–, y la piel como su momento y lugar; momento y lugar de descanso del tiempo enloquecido del presente (p. 75).
La ternura no ha sido, sin embargo, objeto de abundantes indagaciones teóricas, por lo que quizás una de las contribuciones más importantes del ensayo de Paz sea precisamente el desarrollo de esa intuición. La ternura, la dulzura, la amabilidad son acaso nuevas formas de darle una vuelta a la violencia del presente y al imposible peso de su fuerza. Anne Dufourmantelle en Potencia de la dulzura (Nocturna, 2022)², Natalia Ortiz Maldonado en un rayo cualquiera (Kikuyo, 2025), Tania Pérez Bustos en Gestos textiles (Editorial Univ. Nac. De Colombia, 2023) y, aunque con otro trasfondo, Simone Weil, con el concepto de «gracia»³, han intentado, cada una a su manera, develar algo que podría tal vez pensarse como una alternativa a la guerra y la violencia (Godot, 2025). También lo hizo una y otra vez Ursula K. Le Guin, y también lo subrayó la semana pasada aquí también, en Alma Negra, la artista medial Poli Mujica en su videoensayo titulado «Armaduras de ternura»⁴.
Paz aborda el concepto desde la experiencia y la lectura, y eso es probablemente lo más hermoso de su libro, e intenta diferenciarlo del amor y del tedio, por un lado, el deseo y su prisa, por el otro. No contempla el desgano de la rutina amorosa, como tampoco la aceleración y la conmutabilidad del deseo y su satisfacción. Se queda entonces en esa zona de apariencia grisácea, pero que rápidamente toma otras tintas:
«Quizás la ternura no sea un estado permanente, ni siquiera un afecto, sino un desencadenamiento que, teniendo la intensidad que le falta al amor y la permanencia y el cuidado que le faltan al deseo, revive en nosotros una imagen perdida: la de estar abandonados en otro en completa confianza y amistad». (2025, p. 87)
Desencadenamiento es la palabra que Paz elige: quitar las cadenas, pero también una imagen del tiempo, algo que no es permanente y que tampoco es una posesión. Algo que acontece, que se arranca a algo, repite Paz, sobre todo algo que se arranca a la muerte, que se arranca al vacío. Lo que nos permite andar con mayor holgura en medio de las ruinas, caminar, escribe citando a Perec, con menor torpeza.
Por Silvana Vetö
Fotografía de Guy Bourdin

Pánico y ternura
Paz López
Lumen
2025
¹ Esto me hace pensar en un poema de la canadiense Nicole Brossard, en Le centre blanc: «todo se neutraliza y se aclara se vacía de todo sentido todo la muerte respiro blanco silencio de memoria silencio silencio silencio la memoria todo en un solo respiro el último centro donde todo se puede por fin concentrar centro blanco sin superficie el tiempo el tiempo no transforma nada desde ahora el tiempo se endurece blanco». Mi traducción.También me hace pensar en la figura de la «boca de cocodrilo» con la que Lacan habla del deseo materno asfixiante, voraz, absoluto, impredecible que puede cerrarse en cualquier momento y devorar causando lo que él llama «estrago materno» sobre la subjetividad de lx hijx. Esto se encuentra en el Seminario 17 de Lacan, dictado entre 1969-1970, titulado El reverso del psicoanálisis (Paidós, 1992).
² Y de algún modo también antes con Jacques Derrida, en La hospitalidad (2006)
³ Véase el texto de Nicolás González Rodríguez en Revista Carcaj, titulado «Simone Weil: La fuerza que todo lo toca». Publicado el 15 de marzo de 2026.
⁴ Se puede ver un extracto del videoensayo en el siguiente link: https://www.instagram.com/reel/DQbmKxaDtzy/?igsh=OWYwamtzNG0yeWFu




