Sobre Una casa en medio de la fiesta, de Pablo Greene

Una pregunta se instala en mi cabeza cuando cierro Una casa en medio de la fiesta de Pablo Greene. ¿Qué es lo que acabo de leer? ¿Son cuentos? No lo sé. ¿Postales literarias? A lo mejor. ¿Reseñas? ¿Anécdotas de un barrio? Quizá. ¿Una novela? Puede ser. ¿Un stand-up? Mientras comienzo a escribir estas palabras, creo que la última opción es la que más me acomoda. Si debo decir algo de este libro, diría que es un stand-up que enreda diferentes situaciones de la vida de un narrador que habita un barrio infernalmente entrañable. 

Pero, ¿qué sé yo de stand-up?, pienso, y me voy inmediatamente a ver la definición de Wikipedia para comprobar qué tan perdida estoy. 

“El stand-up —leo— es un estilo de humor en el que un comediante, al que se le denomina standapero, se dirige directamente a una audiencia en vivo, de pie y sin intermediarios. Se caracteriza por utilizar guiones basados en anécdotas personales, con observaciones cotidianas o de sátira social, interactuando con el público y generando su complicidad. Estos guiones son originales, creados por el mismo standapero, y encuentran el humor en experiencias propias en las que el público se puede identificar. El standapero autoriza al público a reírse de sus miserias, pero también les invita, sin decirlo, a reírse de las suyas. Las rutinas, si son de calidad, están llenas de lucidez sociológica y antropológica, y en ellas el desconsuelo humano se vuelve una fiesta colectiva.” 

Veo que no ando tan mal. Esta definición calza con el espíritu de este libro. Pablo es un hombre de escenario, su hacer se cuela en estos textos. El humor, que he tenido la oportunidad de vivenciar en sus puestas en escena, y esa mirada aguda al contexto social en el que instala siempre su ojo de dramaturgo y director, encuentran aquí otra forma de expresión. Reconozco la ironía que circula en estas páginas, la necesidad de empatizar con el público, en este caso, de quienes leemos. 

En esta oportunidad, a diferencia de sus obras de teatro, el relato está instalado en una primera persona. En él, tal como lo cuenta en el prólogo, Pablo se asume como el narrador de un puñado de vivencias personales, como el standapero de un monólogo fragmentado, que pareciera imitar el habla del autor, en una suerte de talcualismo literario, donde nos sentimos escuchándole en vivo. Pablo se ríe de sus desdichas y con ello nos invita a reírnos de él y de este barrio que nos presenta, escenario y fin de este libro, que no es más que un reflejo de un barrio más grande donde todas y todos habitamos. 

¿Cómo no reconocer a los inmigrantes que atienden varios de los almacenes del barrio? ¿Cómo no reconocer al viejo curado que habla a pito de nada con frases de alta poesía como: En tiempos de antaño a mí también me miraban el pene? Todas, como Pablo, tenemos esos vecinos que nos gustan y también los que nos disgustan. Los que a ratos se vuelven insoportables. Reconocemos a esos cuidadores de auto que pueden ser ángeles o demonios. Reconocemos el bullicio de la calle, los rayados de la calle, los borrachos de la calle, los volados de la calle. Esa calle donde nos saquean una y otra vez, donde el olor a pichi nos sacude, donde a veces nos agreden sin razón. 

Pero pese a esta seguidilla de horrores que relata, este libro no es un reclamo. No es un grito de rabia contra la degradación de un barrio. Probablemente sea todo lo contrario. Y ese es el gran regalo que contiene, en estos tiempos de agresión y gritoneo. El standapero de este monólogo se sabe parte del problema. Lo asume como propio, convive con él con humor e intenta, desde sus posibilidades, aplicar estrategias de mejora. En un rincón meado hasta la saciedad por los transeúntes coloca un cartelito intentando espantar a los villanos: “Mea en otro lado, concha de tu madre. Te estamos grabando. Atte, vecinos enojados.”  Porque el standapero, pese al humor y la ironía, lo que hace en este libro es levantar una carta de amor al espacio habitado. A esa calle que es nuestra calle. Una plural que nos pertenece, pero que también le pertenece al resto. Una en la que somos protagonistas y actores secundarios. Una calle en la que se tejen, enredadas, todas las vidas. Una donde somos piezas sueltas que encuentran en las otras su forma de encajar. Y ahí transitamos y habitamos. 

Al final de este libro hay un inventario del barrio. Una enumeración de personajes y de lugares en la que se desprende puro cariño. Y es esa la palabra que quiero dejar rebotando hoy entre nosotras, porque circula en todo el libro. Un entrañable cariño al barrio y una voluntad amorosa de hacer de ese espacio un lugar mejor. En medio de estos tiempos intensos que nos afectan, me parece la mejor palabra que este libro ofrenda. Cariño.

Por Nona Fernández Silanes 
Fotografía de Manuel Álvarez Bravo

Sobre:

Una casa en medio de la fiesta
Pablo Greene
Bifurcaciones
2026